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Historias cortas de militares

Historias cortas de militares para leer online

Todos los días eran lo mismo con Julián. Eran demasiadas semanas viviendo la misma representación, demasiados meses, demasiados años. Aquella tarde, como todas, regresó a casa a la misma hora, dejó sobre la mesilla de la entrada su llavero de cuero desgastado y entró en el salón vestido de uniforme.

La misma postura, la misma gorra de tres estrellas reluciendo sobre su cabeza, todo igual. Miré a mi alrededor, repasando cada detalle de la casa; nuestros dos sillones de tela frente al televisor, los recuerdos de boda y la fotografía del pobre Pablito. Todo estaba recogido, en perfecto orden, y eso me tranquilizó. No quería que Julián notase nada diferente que le hiciera sospechar, porque aquella tarde, antes de que él llegara, yo había cometido un acto horrible.

Como de costumbre Julián se acercó y besó mi mejilla derecha. Por primera vez, aquel ritual me apreció agradable, tal vez sólo tranquilizador. Necesitaba que todo siguiera igual que siempre, que él se comportara igual que siempre, pero entonces, en el fondo de sus ojos me pareció descubrir algo distinto, una chispa, una inquietud, un pequeño incendio al mirarme.

-Ha estado aquí el Teniente Sánchez, ¿verdad?, dijo

Guardé la compostura, tratando de disimular los oleajes que acudían a mi pecho y el cambio de color en la pigmentación de mi piel , pero no pude sostener su mirada. No tenía ni idea de cómo había podido saber que el Teniente Sánchez, esa misma tarde, había estado allí. Sólo sabía que, si respondía afirmativamente a su pregunta le entregaría la pala con la que cavar nuestra tumba.

-Sí- Reconocí por fin

Julián no dijo nada. Solo caminó hacia el pasillo, pasando a través de mi cuerpo. Sin aire en los pulmones lo seguí hasta nuestro dormitorio. No me lo pude creer; la cama estaba hecha, como yo la había dejado, después de ventilar bien y repasarlo todo cien veces; La foto de Julian, triunfante, con el pecho condecorado, que durante toda la tarde descansó en el fondo de los cajones, junto a sus calcetines y sus calzoncillos, también estaba en su sitio. No podía ser. Había repasado todo muchas veces. Estaba completamente segura de habérsela visto poner al rededor del cuello, ajustar el nudo, mientras sonreía como un niño travieso, antes de marcharse, pero estaba allí, colgando del mismísimo cabecero de la cama; la corbata roja del Teniente Sánchez.

Cuando Julián se giró con aquella prenda entre sus manos toda la sangre se me congeló dentro de las venas. Se acercó lentamente, con la corbata entre sus manos, como si sujetase un niño muerto. El poco aire que conseguí respirar apenas me llegaba para mantener la consciencia. Había llegado al límite de mi capacidad para resistir. Quería confesar todo, contarlo todo. Tenía la absurda necesidad de que Julián me abrazase, muy fuerte, de liberarme de un peso que incendiaba mi cabeza.

Necesitaba hacerlo, quería hacerlo, mientras contemplaba aquella corbata entre sus manos, que sostenía con el mismo cuidado que un criminólogo sostiene una valiosa prueba. Pero entonces, inesperadamente, en su rostro comenzó a dibujarse una extraña sonrisa.

No podía creerlo. Parecía satisfecho, como un detective que acaba de encontrar la pieza final para resolver un crimen. Miraba aquella prenda y sonreía, con sus tres estrellas brillando sobre la cabeza. No entendí nada. Pensé que todo era una treta, una estrategia perversa para desencadenar mi locura, un cruel castigo para desestabilizarme aún más de lo que yo ya estaba.

Dejó la corbata sobre la cama. Luego, muy despacio, se desabrochó el cinturón y deslizó la cartuchera con cuidado entre sus dedos. Sin desenfundar, sostuvo el arma durante un rato, como si desease cerciorarse de su peso, con ambas manos, como dos balanza de la justicia que sopesan una decisión importante. Pero de pronto cambió el gesto.

Tomó asiento en un esquina de la cama y dejó caer su cabeza sobre el pecho. Parecía cansado. En su frente, poco a poco, las arrugas comenzaron a acumularse. Estaba mayor. Su aspecto nada tenía que ver con el de aquella foto sobre la mesilla, posando orgulloso con todas sus condecoraciones. Parecía un árbol viejo, a punto de derrumbarse. No, pensé, eso si que no. Prefiero que me cruce la cara de un revés. Incluso que me descerraje un tiro a bocajarro.

Entonces, sin saber por qué, me senté a su lado

-Tenemos que hablar, dije

-Sí, dijo, puede que sí

-Tenemos que hablar

-Claro, hablar, sí, tal vez en otro momento

-Tenemos que hablar ahora

-Bueno, de acuerdo, pero dime, ¿A qué hora vino el Teniente Sánchez?

-Y eso ya qué importa, dije

-Es cierto, era sólo curiosidad

-¿Curiosidad?, pregunté

-Si- contestó

-Y dime, ¿Cómo supiste que él había estado hoy en casa?

Entonces Julián mostró esa expresión, entre triste y cansada, que siempre ponía cuando no deseaba hablar de las cosas, y sonrió un poco

– No sé, ayer le presté la corbata al teniente Sánchez, y dijo que hoy mismo me la devolvería.




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El retrato del Marqués

 Santos Cámara siempre bajaba las persianas antes de dormirse, siempre, desde que era capaz de recordar, durante todos los días de su vida antes de meterse en la cama, como un ritual, por eso le extrañó encontrarlas abiertas. Tenía la cabeza muy pesada, como si hubiese bebido, y eso no era normal, porque Santos Cámara nunca bebía. Observó que había sangre en la colcha y en las sábanas, y en el cable blanco de la lamparilla de noche. Entonces vio el cuerpo de Carmen tumbado sobre la cama.

Sabía que se llamaba Carmen porque ella se lo dijo en el bar donde la conoció. Pero entonces aún no recordaba por qué conocía el nombre de aquella mujer. Su cabeza estaba tan descolocada como los objetos que veía a su alrededor; una cómoda, dos espejos de armarios y varias prendas de ropa esparcidas por el suelo.

No era posible. Nada le era familiar. Aquella habitación, simplemente, no era la suya. En ese momento solo deseó encontrarse lejos de aquel lugar, pero su cerebro funcionaba demasiado despacio, como si arrastrara una saca de tornillos. Pensó en salir de allí, lo necesitaba como no recordaba haber necesitado algo antes. Fue solo un instante, pero pudo sentir ese deseo con todo su cuerpo.

Lo primero era incorporarse de la cama. Lo hizo. Apoyó los dos pies en el suelo casi a la vez y pudo sentir en sus plantas el frío de las baldosas. Trató de centrarse en aquella sensación, que pronto se extendió por sus piernas y le atravesó la columna, hasta la base de la nuca. Mecánicamente, recogió la camisa y metió el brazo en una manga. Entonces supo que se llamaba Carmen, porque ella se lo dijo en el bar donde la había conocido.

En realidad él no acostumbraba a tratar con mucha gente, y menos con una mujer. Hola, dijo, soy Carmen y recogió un periódico de la barra. Santos preguntó que si le conocía, aun sabiendo de sobra que ella no le conocía. Si Santos Cámara hubiese conocido a esa mujer seguro que lo recordaría. Seguro. No habría olvidado ningún detalle. ¿Nos conocemos?, le preguntó, y ella dijo, no, y sonrió.

Lo recordaba perfectamente. Podía recordar todo eso, cada detalle, excepto cómo llegó a su cama.  Se colocó un calcetín. Sobre las baldosas un bolso con mariquitas rojas había vomitado todo su contenido por el suelo. Carmen estaba ahora completamente blanca, casi trasparente. Se puso los calzoncillos, los pantalones y, de repente, su cuerpo se paralizó. En el tobillo izquierdo de la mujer una mancha azulada parecía brillar, algo insignificante, un detalle sin importancia, si no fuera por que se trataba de la misma marca de nacimiento que él mismo también tenía.

El aire había dejado de llenar sus pulmones y solo una sensación en las tripas lo mantenía alerta. Trató de centrarse en aquella sensación, como el que se aferra a una certeza, a una base de verdad. Ahora solo podía confiar en su estómago, seguir aquella punzada, como un ciego sigue la punta de su bastón.

Salió del cuarto, sin reconocer nada a su alrededor, ningún objeto. Buscó el baño, girando varios picaportes con la manga de su camisa y abrió un grifo. En el espejo pudo recomponer un poco su propia imagen, recolocar las lineas angulosas de su rostro, que parecían mezclarse con el recuerdo de un antiguo retrato al oleo, de alguien que no era él mismo.

La luz de la ventana se reflejaba en los objetos de acero del aseo. Calculó que debía ser casi mediodía. Tenía que salir de aquel piso, aquella era la única idea que su cabeza generaba una y otra vez, como una rueda de piedra girando sobre un eje. Santos podía escuchar esa voz que se repetía sin ninguna variación de tono, casi un rezo, sin ningún énfasis en particular. SEGUIR LEYENDO 




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Novela corta: El entierro

El cadáver del abuelo Durán fue enterrado en tierra santa junto a su hijo Pepe, en absoluta intimidad. Solo la familia estuvo presente. Rosa lloró, silenciosamente, mientras Carmen apretaba su mano. Santos Cámara miraba la escena, un poco retirado. Él se había encargado de todos los trámites, y se había hecho cargo de los gastos de la exhumación y del entierro, aún así, sus relaciones con la anciana no mejoraron demasiado con los años, incluso empeoraron un poco, cuando Rosa, ya sin fuerzas para poder vivir sola, se instaló en casa de la pareja.

Los primeros meses fueron los peores, hasta que una tarde, Santos Cámara, harto de discutir, descolgó de la pared el retrato de su padre.

En realidad solo accedió a trasladarlo a otra habitación, lo suficiente para que las dos mujeres dejasen de refunfuñar a sus espaldas por la presencia de aquel retrato presidiendo el salón. Santos colocó el cuadro en uno de los cuartos que nadie usaba, negándose a sacarlo de la casa, aunque solo fuera por evitar que el viejo lo persiguiese desde el otro mundo sin cesar. Santos conocía demasiado bien el carácter obstinado de los muertos.

Rosa Durán vivió hasta los 103 años, y tuvo tiempo de trasmitir a sus nietas, dos preciosas hijas adoptadas por Carmen y Santos, cientos de historias sobre la familia, aunque cuando preguntaban por las vidas de todos los antepasados que descansaban retratados en la casa, la anciana prefiriera ocultar algunos pequeños detalles.

De esa manera, los acontecimientos que sufrieron Pepe y el abuelo, se vieron ligeramente modificados, como pasa en todas las familias, donde el pasado necesita recuperarse de una manera ligeramente distinta, para que los que vienen nuevos puedan representarse su historia de una manera más amable.

Santos dejaba a la anciana contar las mismas historias, que sus hijas no se cansaban nunca de escuchar. Y sólo, cuando preguntaban por el hombre del retrato, él interrumpía enérgicamente, desmintiendo todas las afirmaciones de la anciana, alegando, sin demasiado entusiasmo, que en el fondo aquel hombre solo había cometido el pecado de ser un poco egoísta, aunque para poder decirlo tuviese que soportar en su tripas, la certera punzada que le producían las mentiras.

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Novela corta: bajo la lluvia

A la mañana siguiente Santos Cámara se abrió paso entre un grupo de transeúntes, sin esperar a que el disco del semáforo cambiara de color cruzó la calle, caminó hasta el parque, con paso decidido, entre los jugadores de ajedrez, sin fijarse en la posición de las fichas en los tableros, ni en la distancia que guardaban entre los límites de las lineas que demarcaban las casillas, porque Santos Cámara ahora tenía cosas más importantes en las que pensar.

Al salir del parque caminó deprisa por una larga avenida, tomó varias calles estrechas, hasta llegar a un portal de hierro. Sacó el papel del bolsillo, lo desdobló con cuidado y miró el letrero de la calle. Luego llamó al telefonillo. Estaba seguro de que Carmen aceptaría sus disculpas.

Volvió a timbrar el botón de nuevo sin obtener respuesta. Desdobló el papel una vez más, para asegurarse que aquella era la dirección correcta. Había empezado a chispear. Estaba confundido. Si. No le importó reconocerlo, como cuando los pensamientos son turbios, o agitados, como cuando se llena la mente de pensamientos turbios y agitados. Se repitió a sí mismo esa idea cuatro veces.

Tal vez Rosa le había dado mal la dirección. No podía fiarse de aquella mujer. Bajo la marquesina del autobús un grupo de turistas se refugiaba de la lluvia.

Cada diez minutos pasaba un tranvía, Llegaban y se iban enseguida, mientras Santos Cámara permanecía de pié, escuchando las gotas de agua estrellarse contra el asfalto. Había sido un estúpido reaccionado así frente a Carmen, había sido un estúpido, escuchó decir desde algún lugar dentro de su cerebro. Ahora sólo tenía que concentrarse en las cosas, mirar a su alrededor y observar, olvidarse de todos aquellos pensamientos que se repetían en su cabeza sin cesar. Ahora solo tenía que esperar a Carmen y disculparse. A su derecha el sonido del cierre metálico de un comercio se mezclaba con las risas de un grupo de adolescentes, de cabellos azules y violetas, que pasaron a su lado.

A lo lejos, por fin, pudo ver a Carmen Durán corriendo hasta una cafetería. Santos también corrió. Desde la cristalera pudo ver cómo ella se acercaba a la barra, hablaba un segundo con el camarero, cogía un periódico y se sentaba en un taburete giratorio. Podía verla, entre todas aquellas personas que gesticulaban, reían, levantaban sus cabezas frente al televisor, mientras ella pasaba lentamente las hojas del periódico y el camarero echaba la leche en su café.

Desde la cristalera, podía ver a Carmen, levantando la taza, paralizada, mientras bajaba la mirada hasta el vestido, y levantaba los brazos, como sorprendida, como si pensase “no me lo puedo creer” como si mancharse la ropa fuera algo que le acababa de suceder por primera vez en toda su vida, y Santos pensó que estaba más bonita que nunca, mientras ella se frotaba el vestido con una servilleta de papel, movía la cabeza de lado a lado, como si mantuviese para sí misma un diálogo interior, o tratase de encontrar alguna explicación ante un hecho inexplicable.

Luego, al ver acercarse a Santos, dejó de frotarse la ropa, y la cafetera soltó un agudo pitido.

-Si no te marchas pienso gritar- dijo ella

A su lado un hombre de traje azul dejó su cerveza a la mitad y salió apresuradamente.

Santos tomó asiento en otro taburete giratorio. El sonido de las cucharillas y los platos cesó cuando el camarero vio el brazo de Carmen levantado .

Ella, con los labios apretados, había abierto su bolso verde de mariquitas rojas y empezó a contar monedas, en silencio, con movimientos precisos, cortos, como si dentro de ella hubiese tomado una decisión irrevocable.

Santos podía percibir todos aquellos cambios con milimétrica precisión, aunque no supiera qué decir exactamente en esos momentos. Carmen provocaba esa cosas en él, como una especie de confusión momentánea donde se encontraba perdido, completamente perdido, y era justo en ese momento dónde más lenta y rítmica se volvía su respiración, como si ella, de repente, se encontrase en un territorio completamente conocido.

Sólo tenía que esperar, porque no necesitaba decir nada, solo esperar, hasta que ella levantara la cabeza. Sólo había que fijarse en las cosas para darse cuenta de eso. Bastaba con eso. Por que Santos sabía que era mejor no decir nada cuando no se tenía nada qué decir.

Carmen enroscó la bufanda alrededor del cuello. Sobre los estantes de la pared, las botellas de licor estaban perfectamente alineadas, las unas junto a las otras. Había que esperar, pasar la yema de los dedos por la barra, percibir los pequeños cambios de relieve sobre la superficie lisa, sobre el borde de metal del servilletero, que tenía diferente temperatura, ese cambio de matices, imperceptible para todos los demás.

Entre la gente, Carmen caminaba hacia la puerta, a lo largo de la barra, de las estanterías, donde las botellas seguían guardando la misma alineación, la misma proporción en tamaño.

Había que esperar, para poder verla, tal como ella era, desde cierta distancia, a través de los cristales de la vidriera, cruzando la acera, subiéndose la correa del bolso sobre el hombro, alejándose, hasta desaparecer de su vista. Solo entonces podía verla, de la misma manera que podía ver a todos los que nunca estaban, a todos los desaparecidos, y conocerlos perfectamente, a través del poso, de la sensación que residía en su cuerpo, tan cerca, cuando los otros ya estaban lejos.

Pero Carmen Durán no llegó muy lejos. Antes de cruzar la esquina Santos agarró su brazo. Al girarse, la muchacha frunció el ceño y apretó con fuerza los labios.

-Suéltame

Santos la miró a los ojos. Tenía que fijarse, observar en ella una correspondencia completa entre las palabras y los gestos, una alineación. Y entonces esperó un poco más, un poco, hasta ver cómo iban desapareciendo algunas de las arrugas en su entrecejo, y se abrían otro poco las aletas de su nariz, aunque sus labios todavía estaban duros, como piedras, cuando él comenzó a besarlos. Y a lo lejos, entre los coches, un extraño anciano se alejaba por la calle, sin ropa, saltando bajo la lluvia. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta: Santos y Rosa

El rostro de Rosa era severo cuando abrió la puerta. Santos tampoco saludó. Solo al cabo de un rato preguntó directamente por el paradero de Carmen.

-No tengo ni idea – contestó la anciana sin alterarse – No he vuelto a verla

Santos comprendió enseguida que la vieja mentía. No sabía porqué, pero se daba cuenta enseguida de esas cosas. De un solo vistazo pudo percibir todo el interior de la casa. Sobre el fogón de leña yacía el cadáver de una gallina blanca

-¿Puedo pasar?

Rosa se apartó de la entrada, sin entusiasmo. Al entrar en la casa, varios objetos se fijaron, con precisión fotográfica, en la mente de Santos Cámara

La anciana comenzó a desplumar la gallina sobre la encimera

-es mejor que te olvides de ella

Santos cogió aire en sus pulmones

-Señora, usted siempre me ha castigado, sin anunciarme los motivos de mi delito. Sé que la relación que mantuvo con mi padre la hizo a usted daño, pero yo no tuve nada que ver, ni siquiera había nacido.

La anciana lo miró fugazmente

-Aquello pasó hace mil años. No sufras, lo he superado

-Entonces ¿Cuál su problema?

-Tu padre sólo pensaba en lo suyo, eso es cierto, cuando le anuncié mi embarazo acabó con lo poco que quedaba entre nosotros. Esas cosas pasan. La clase social, qué te voy a contar

-Si, señora, pero yo no soy mi padre

-Ya ves, algunos se creen con derecho a tratar a los demás de forma diferente por eso

-¿Qué quiere decir?

Rosa se giró del todo, se limpió las manos en el delantal, sacó unos papeles del cajón y los dejó sobre la mesa.

Santos bajó la cabeza

-Entiendo. Fue una disputa entre Carmen y yo. Usted no debería meterse en eso

-En realidad tu y tu padre no sois tan diferentes

Santos tomó asiento.

-Mi padre ahora está muerto

-Si, y no fueron unos ladrones los responsables

Las manos de Santos Cámara comenzaron a temblar sobre la mesa, pero quería conservar la calma, de manera que sólo tragó un poco de saliva

Rosa volvió a girarse y continuó desplumando aquel animal

-En parte yo fui la responsable de su muerte. No fue el encarcelamiento de mi padre lo que volvió loco al abuelo. Cuando reparó por primera vez en mi vientre se quedó bloqueado. El pobre llevaba demasiadas cosas encima. Me cogió con fuerza de los brazos. Cuando le dije el nombre del padre se le salió de las entrañas el poco corazón que le quedaba. Si le hubiera dicho otro nombre, cualquiera del pueblo, cualquiera de esos zánganos que vivían por aquí, no le habría afectado tanto

-¿Qué está usted diciendo?

-Le dije al Abuelo que tu padre me había abusado

Santos cerró los ojos. Entraba demasiada luz en aquella casa. Ni siquiera esas malditas persianas a medio bajar evitaban el exceso de iluminación. Sintió deseos de pedir a la vieja que las bajase, hasta abajo, sin ninguna rendija, pero no podía hablar. Sólo después de haber apretado con fuerza los puños pudo articular palabra

-Me alegro que Carmen no sea hija suya- dijo al fin.

La anciana soltó la gallina y se giró de nuevo

-Si. Tenía miedo de decirle la verdad al abuelo, que yo me estaba viendo con tu padre desde hacía mucho tiempo, a sus espaldas, a espaldas de todos, como una furtiva. Se me ocurrió la estúpida idea del abuso. Entonces me asusté de verdad. Nunca había visto esa mirada en los ojos de un hombre. Pero el abuelo la tenía, traté de decirle que lo del abuso no era verdad, pero para entonces ya era tarde. No escuchaba. Primero se quitó la chaqueta, y caminó hasta la habitación, como sonámbulo. Yo lo seguí, recogiendo del suelo la ropa que se iba quitando. Abrió el armario y sacó la escopeta. Estaba segura de que iba a matar a tu padre.

Santos levanto la mano en señal de que parase de hablar. Le dolían los tímpanos, como si acabara de estallar un petardo bajo sus pies. Solo quería que aquella vieja le diese la dirección de Carmen y marcharse de allí.

La anciana se puso en jarras.

-Si, durante un instante disfruté con la idea de ver a tu padre agujereado por las balas. Te lo confieso.

-Usted está enferma

-Ya ves, cuando somos jóvenes no aceptamos que nadie derrumbe nuestra bonita idea del mundo

-No diga más tonterías

-El abuelo no estaba bien…

-El no pudo haber matado a mi padre

-…acababan de encarcelar a su hijo y todo este pueblo cobarde le estaba dando la espalda. Y ahora su única nieta había sido abusada por un marquesito intocable.

-A mi padre no lo mataron con una escopeta

-Traté de retenerlo y contarle la verdad. Me dio un empujón y caí de espaldas, para cuando me levanté y quise atajarlo el abuelo ya estaba sobre el escenario de la plaza.

-A mi padre lo mataron de varias cuchilladas.

-Luego se lo llevaron los guardias…

Santos se puso en pie

-Son solo suposiciones. ¿Acaso lo vio usted matarlo?

-Cuando a las pocas semanas el abuelo salió del psiquiátrico vi cómo ensillaba su mula y salía en dirección a la finca de tu padre. Al día siguiente los coches de policía iban por todas partes. Habían matado al marqués. Esa fue la última noche que vi al abuelo. Al día siguiente su mula regresó sola a la cuadra.

-Está usted loca

-Mi abuelo desapareció para siempre el mismo día que mataron a tu padre

-Pero se habría descubierto. Lo habría investigado la justicia

-Eran tiempos de guerra. En aquellos momentos la justicia no pasaba por los tribunales, no seas ingenuo

-¿Qué quiere decir?

La anciana metió las manos en el delantal

-A mi abuelo también lo mataron esa tarde

De repente las tripas de Santos se contrajeron, y tuvo que sentarse de nuevo.

-¿Quién?

Rosa sonrió, con aire condescendiente, como se sonríe a un pobre ignorante

-Después de todo también es la historia de tu familia. ¿No es eso lo que querías saber desde el principio?

Las tripas de Santos seguían enredándose, casi al borde del colapso, como si estuviesen digiriendo grandes bloques de cemento.

-Lo que usted insinúa es que mi familia, mi madre, tuvo algo que ver en la muerte de su abuelo. ¿Es así? Sea clara

Rosa se cruzó de brazos y miró al suelo, como el que da una conversación por terminada.

Santos se puso en pié

-Ahora lo entiendo, usted no me odia por ser hijo de mi padre, sino por ser el hijo de mi madre

Rosa abrió la puerta de la calle

-Es mejor que te marches

-Si. Tiene sentido. Tal vez mi madre encargó la muerte de su abuelo. ¿Por qué no? Mejor, Tal vez lo hizo con sus propias manos, no sé, con un arma. Por aquí todo el mundo tenía una, ¿No es cierto?

La anciana miró para otro lado.

-Es mejor que te vayas

-Si, bueno, tal vez si. Quizás ella, toda su vida recluida en casa, no sé, Pero Si, puedo aceptarlo. lo acepto. Su sentimiento por la familia era tan arraigado como el de usted. Ella no era peor que usted. Es el aire de este pueblo, que vuelve locas a las personas.

La anciana transmutó el gesto.

-Lo que te he contado no lo he hecho por ti, porque crea que tienes derecho a saber la verdad…

-No era tan difícil comprender sus motivos, tampoco había que ser tan ingenuo, después de todo el abuelo Durán era el asesino de su esposo. Tiene sentido. Tal vez ella presenció el crimen y decidió vengarse. No me estañaría nada, después de todo, ella siempre ocultaba cosas, igual que usted. Solo era una mujer, como cualquier otra, como usted, cogida por reacciones irracionales. Si. Tal vez todas sus conjeturas sean ciertas. Tiene mucho sentido, ¿por qué no?

-Ni siquiera te he contado esto por ayudarte a comprender de dónde vienes…

-Claro. Ahora entiendo. Aquí la guerra les perturbó a todos. Por eso se desnudaban y se mataban los unos a los otros. El psiquiátrico debía estar muy lleno por estos lugares

-Si te lo he contado no es por hacerte un favor a ti. Lo hago sólo por Carmen.

-No la meta a ella en esto.

-No voy a consentir que la trates de cualquier modo.

-Ahora que ya me ha contado todo ya puede darme su dirección ¿Dónde puedo encontrarla?

-No quiero que llene su cabeza de sueños y ahora vengas tu a destrozarlos.

-Deme su dirección. Solo quiero disculparme con ella y poder aclarar las cosas

La anciana lo contempló un rato, lentamente,

-Sé que usted no me aprecia, Rosa. Pero tenemos algo en común; los sentimientos por Carmen …

Rosa permaneció un rato en silencio sujetando la puerta, luego sacó un trozo de papel del bolsillo de su delantal y extendió el brazo de mala gana.

Santos recogió el papel y cerró el puño contra su pecho. Ahora tenía la dirección de Carmen y solo necesitaba salir de aquella casa. Rosa se apartó lentamente y vio como se alejaba por el camino. Pero entonces Santos detuvo su paso en seco, como si de repente se hubiera quedado pegado a la tierra. Se giró y comenzó a caminar hacia ella.

Sorprendida, Rosa contempló cómo se paraba a su lado, mirando justo por encima de su cabeza, con el rostro completamente pálido. La anciana, casi por instinto, se giró bruscamente en la dirección donde él miraba. Luego se volvió de nuevo hacia Santos, que se introdujo en la casa, muy lentamente, como si le costase caminar. Rosa frunció el ceño, como si se negase a creer lo que veía. Santos seguía caminando, como si alguna fuerza externa tirase de su pecho, en dirección a la ventana de la cocina, como si hubiese visto un fantasma y caminase a su encuentro. La anciana no pestañeaba. El cuerpo de Santos Cámara estaba comenzando a tomar un color más brillante; toda la luz del sol, se iba concentrado al rededor de su figura, mientras él levantaba lentamente el brazo derecho, que parecía tirado por un hilo invisible y que señalaba con el dedo hacia lo alto de la colina, donde se situaban las ruinas de la antigua finca del marqués

-Su abuelo, Rosa, está enterrado allá arriba.  SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta: La casa vacía

Aquella tarde, cuando Santos Cámara regresó a casa, tampoco encontró a Carmen. Su primera reacción fue abrir las ventanas, pero el aire no entró desde fuera, pese a que las copas de los árboles se mecían con furia. Tampoco escuchó el sonido de los coches, que no paraban de pasar por la calle.

Por un instante le pareció escuchar algo, el sonido de unos zapatos caminando. Podía escucharlo con toda claridad, podía sentir el aroma de ella flotando por toda la casa, sólo que ahora, sabía perfectamente que todo aquello era solo un producto que había fabricado su cerebro. Y por un instante dudó si había sucedido alguna vez. Si ella, realmente, alguna vez había estado en esa casa. Miró a su alrededor de nuevo y vio que algunas persianas estaban a medio bajar.

Sobre el escritorio, el retrato de su padre parecía diferente. Contemplo el oleo detenidamente, con si fuese la primera vez que lo veía, como si en realidad se estuviese contemplando a sí mismo. El mismo peinado, la misma expresión inexpresiva. Entonces se dio cuenta que toda aquella identificación era una forma de complacer a su pobre madre viuda. Una forma de salvarla del hueco que aquel hombre la había dejado al morirse.

Y ahora aquel hombre del retrato, cargado de virtudes, había sido el motivo del conflicto con Carmen. No iba a defendedlo. Sabía que aquel hombre no podía ser tan bueno como le habían contado.

Santos Cámara no era ningún estúpido. Sabía que él era diferente de su padre. Pero después de todo era su padre. A su espalda, un sonido seco le trajo un instante al presente. Podía sentirlo, claramente, y percibir la presencia de Carmen Durán apoyada sobre el escritorio. Podía sentir con absoluta precisión la ausencia de su cuerpo, de su sonrisa, de sus ojos oscuros y profundos. Pero su ausencia era solo una gran certeza, una forma de darse cuenta de las cosas. Una conciencia de que ella era completamente real.

Santos podía darse cuenta de las cosas, incluso aunque todos los demás lo negasen. Tenía esa maldición dentro de su cuerpo, de la que nunca conseguía desprenderse. En el fondo envidiaba de la gente su capacidad para olvidar, incluso para negar las cosas que veían claramente. Pero a Santos no se le escapaban los detalles, como ahora, mientras cada rasgo de aquel retrato se constreñía, amargamente, al borde de las lágrimas.

De repente cerró los ojos, apretó los puños, y corrió hasta la ventana para subir las persianas. El sol de la mañana iluminaba los tejados de los edificios, pero dentro de la casa continuaba reinando la penumbra. Bajó las persianas hasta abajo y volvió a subirlas. Y entonces comprendió claramente lo que siempre había sabido; el hecho de que era, justamente, todo aquello que no estaba presente lo que más realidad e importancia tenía.

El aire de la casa se había hecho tan sólido que casi le dolía al pasar por los pulmones. Estaba acostumbrado a aquella sensación. Podía soportarla, como un médico soporta la presencia de la sangre, mientras tapona una hemorragia, sin inmutarse, cuando a su alrededor todos lloran y se desmayan y miran para otro lado. Pero esta vez Santos Cámara tenía que salir de allí. Le costaba demasiado respirar. Recogió una chaqueta y salió a la calle, como el que huye del humo asfixiante de un incendio.

Angustiado, caminó por la calle, con el boquete que deja en el pecho el disparo de un bazoca, un poco extrañado de que ningún transeúnte se diese cuenta de eso, solo un poco extrañado, pues conocía muy bien la tendencia en el ser humano a negar las cosas importantes.

Tenía que encontrar a Carmen, tenía que pedirle disculpas por haberle arrojado aquellos papeles a la cara. Ese era, el único pensamiento que acudía a su cabeza, mientras arrancaba el motor de su auto. Solo una persona podía conocer su paradero, pero aquella vieja estaba en su contra, como si él fuese responsable de toda su desgracia familiar. SEGUIR LEYENDO   ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta: Carmen y Rosa

Rosa Durán estaba en el patio trasero de la casa recogiendo la ropa cuando escuchó llamar a la puerta. Era la primera vez que Carmen aparecía sin Santos en su casa, y la mirada turbia en los ojos de la muchacha no pasó desapercibida para la anciana.

Carmen entró en la casa sin saludar y tomó asiento. Rosa colocó un cazo de leche sobre el fogón, lentamente, como el que se prepara para escuchar una noticia desagradable.

Sin decir palabra, Carmen abrió su bolso y dejó sobre la mesa una carpeta con papeles. La anciana se colocó las gafas. Luego, tras leer los documentos, retiró lentamente la leche del fuego.

Carmen se mostró algo confundida por aquella reacción de la anciana.

-¿Has entendido lo que dicen estos informes?

-Pues claro, ¿acaso piensas que soy una tonta?

-En realidad no hay ningún vínculo genético entre Santos y yo

La anciana permaneció extrañamente tranquila. Carmen continuó

-Eso significa que tu y yo tampoco somos familia.

Sobre la mesa, Rosa colocó dos grandes tazas de porcelana. Carmen permaneció paralizada, esperando una respuesta. Entonces pestañeó por fin, como si hubiese sufrido un pequeño chock

-Tu ya sabias todo esto

Lentamente, la anciana sacó unas magdalenas del armario y las puso sobre un plato. Luego, con el cazo de leche en la mano, miró a la muchacha, sin disimular cierta ternura, como cuando alguien contempla, consternadamente, a una persona demasiado ingenua.

-¿Y por qué crees que eso de la genética es importante? La genética sólo es una manera de hacer una familia. ¿Te pongo leche?

-¿Cómo?

-El calcio es bueno para los huesos

Carmen desvió la mirada, trató de contener el temblor irremediable de sus labios, hasta que la anciana se sentó a su lado

-¿Qué te preocupa en realidad?

-El imbécil de Santos…esta mañana…me tiró estos papeles a la cara

Rosa introdujo la mano en el bolsillo de su delantal y ofreció un paquete de pañuelos a la muchacha, luego frunció el ceño y movió la cabeza de lado a lado.

-Mira, hija, los hombres, a veces, se vuelven completamente idiotas. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta: El beso

Durante la cena tampoco hablaron del tema, ni a la mañana siguiente, en el desayuno, aunque Santos la acompaño hasta la puerta, como siempre, para darle un beso de despedida, Carmen apartó la mejilla.

Durante un rato Santos se quedó mirando la puerta de la calle sin reaccionar. Esa mañana, por primera vez, en la soledad de su casa, sintió en su interior algo desconocido para él. Nunca antes había sentido nada igual, en realidad no recordaba haber sentido muchas cosas en su vida, y aquello, desde luego, era nuevo. El pecho le dolía, como si el aire se negase a entrar en sus pulmones.

No podía entender nada. Lo único que pedía era un beso, pensó, un beso de despedida, como siempre, como todos los días. Carmen podía haberle negado un beso en cualquier circunstancia y nada hubiese sucedido, pero ese beso, ´que se producía a diario, cada dantes de salir de la casa…

Desde luego que esa no era la primera vez que se disgustaban por algo. No siempre habían estado de acuerdo, pero pasara lo que pasara entre ellos, antes de marcharse, él la acompañaba hasta la puerta y se besaban.

Santos trató de apartar aquella sensación de su pecho, olvidarse de todo, pero desde la pared, el marqués tenía, por primera vez, una clara expresión en su rostro. En realidad todo el retrato había tomado una expresión diferente, contraída, de ceño marcadamente fruncido.

Al principio le costó comprender, pero ese día los pensamientos no acudieron a la cabeza de Santos para girar en círculos, para girar repetidamente, en surcos cerrados. Ese día su cerebro estaba completamente vacío, despejado. Sentía claramente la presión de sus puños contra el escritorio. Y entonces comprendió al fin. Estaba claro. Lo que el rostro del retrato parecía expresar, sólo era lo que él mismo sentía.

Caminó agitado hasta la habitación y se quitó la camisa. Hasta ahora no había protestado por nada. No era agradable pasar los fines de semana en aquel pueblo desierto, escuchando las historias de la vieja, pero nunca se había quejado por ello. Lo soportaba por Carmen, y soportaba después, sin protestar, las malditas apariciones del abuelo Duran, sólo por ella

Extendió la camisa sobre la cama y pasó la mano sobre una arruga. Si, se sentía excluido por Rosa, esa era la palabra, pero nunca había dicho nada. Había escuchado durante meses todas sus historias, en silencio, aunque sabía con certeza que aquella mujer nunca contaba toda la verdad.

En realidad soportaba aquellas historias por Carmen. A veces, desde la ventana de Rosa, se entretenía mirando las vayas de piedra que subían por la colina, delimitando las fincas de cardos y tomillos, avanzando hasta lo alto, mientras la vieja recordaba el pasado. Lo hacía por ella, pasaba las horas mirando por la ventana, mientras ellas charlaban animadamente, reían, y Carmen seguía preguntando más y más sobre los detalles de todo lo que la vieja contaba. Y Santos, a través de los cristales, contemplaba las ruinas del viejo caserón de su padre. Si algo podía reprochar a ese hombre era el hecho de haberse dejado matar. Y ahora, ella, quería echar su retrato a la basura.

Estaba seguro de que aquella vieja no lo apreciaba en absoluto. No sabía por qué pero estaba seguro de eso. Era recíproco, Sí, ahora podía reconocer eso sin ningún problema, igual que podía reconocer en sus tripas, ahora, una presión, como si lo estuviesen pellizcando desde dentro.

Santos Cámara dejó de planchar la camisa. A su cabeza acudían todas estas ideas, con total fluidez, sin re-estructurarse, ni repetirse siempre de la misma forma, como si los surcos de su cerebro hubiesen tomado una vía recta y clara. Había sido demasiado generoso con Carmen. Ese era el problema. Pero aquello ya no iba a consentirlo más. El retrato de su padre siempre había estado allí y seguiría estando siempre allí. Si Carmen Durán ahora tenía una familia era por él. Si ahora tenía una casa donde vivir era por él. ¿De qué se quejaba? ¿Qué pretendía?. En eso Santos no pensaba ceder. Ella ni siquiera tenía el derecho de haberlo planteado.

Desde la ventana miró los coches circulando por la avenida. Estaba claro, si ahora Carmen Durán tenía por fin una familia había sido por él. Por él ella tenía un abuelo, un bisabuelo y una madre. Ella, la huérfana, ahora pertenecía a toda una saga familiar.

Santos caminó hasta el salón. Aquel oleo había estado en la casa desde el principio y se merecía un respeto. Después de todo aquel hombre también era el padre de Carmen. O tal vez no.

De repente todo su cuerpo se paralizó, y aquella idea se repitió varias veces seguidas en su cerebro. Tal vez ellos no eran hijos del mismo padre. Tal vez no. Tampoco era una idea tan rara. Santos sacudió la cabeza. Tal vez ella ni siquiera era hija de Rosa Durán.

La camisa de Santos aún estaba arrugada en una manga. Tal vez todo había sido una enorme mentira. Aquellas historias de San Andrés, tal vez sólo habían sido tomadas por ella para colocase un traje que, en realidad, no era suyo; para inscribirse en una pertenencia que no le correspondía. Santos respiró profundamente.

Si. Era eso, tenía que ser eso. Carmen y él en realidad no eran familia. Ahora lo veía todo claro. Tomó aire. No era difícil averiguar la verdad. Caminó hasta el servicio, con todas aquellas ideas rebotando dentro de su cabeza, y tomó del armario el peine de Carmen Durán. Las mismas ideas, unas detrás de otras, se reproducían en su mente. Corrió hasta el salón y buscó en el cajón una guía de teléfonos. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Historia del conflicto

HISTORIA DEL CONFLICTO

Después de tomar un vaso de leche caliente, Santos se quedó dormido por fin. Sentada a su lado, Carmen recordó los enormes ojos de Rosa, recorriendo cada centímetro de aquellas viejas fotografías, y toda aquella historia familiar que la anciana le había contado. Tenía una sensación extraña, casi de paz, como cuando de niña se sentaba en silencio, en la capilla del hospicio, a mirar los rayos del sol colándose por las vidrieras de colores. En San Andrés, escuchando las historias que la anciana le contaba, tenía la misma sensación. Aquella extraña sensación, como si, en aquellos encuentros con Rosa, algunas cosas, por fin, hubiesen tomado sentido.

¿Y si en realidad Rosa Durán fuera su madre?

¿Y si la historia de Rosa fuera también su propia historia?

Tal vez sólo fuera el calor de aquella humilde casa, o los deliciosos guisos de la anciana, o quizás, pensó, su tono de su voz, que trasladaba el pasado hasta el presente, envuelto en una atmósfera casi sagrada.

Recordó la fotografía de Pepe Durán, entre los dedos de la anciana. Aquella instantánea en blanco y negro, amarillenta por el paso de los años, le conmovía tanto como un abuelo conmueve a una nieta cuando, sin haberlo conocido, alguien le cuenta su historia. Una historia que cosía con hilos invisibles la vida de todos ellos, que reencuadraba, de repente, todos los acontecimientos posteriores de su propia existencia.

Aquellas tardes de domingo, escuchando las historias que Rosa contaba de San Andrés, todo tomaba un sentido cada vez más claro. Ahora, en el silencio de la casa, como en el silencio de aquel hospicio, Carmen sabía en el fondo algo que ya entonces no sabía que sabía.

Pero de repente su rostro se endureció, como si hubiese percibido una sombra sobre su cabeza. Tal vez todo era una simple casualidad, pensó, algo que ella utilizaba para llenar un vacío dentro de su cabeza y de su pecho, algo que había quedado hueco, perdido, al igual que San Andrés que, como el resto de los pueblos del país se habían ido quedando solos, desapareciendo del mapa, absorbidos por el crecimiento de las grandes ciudades. Tal vez Rosa solo era alguien que había quedado allí, como una superviviente, para recordar las huellas, para evitar que la memoria se perdiese. Y pensó que ahora, misteriosamente, ella también se sentía formando parte de toda aquella historia. Se preguntó qué habría pasado si Pepe Durán no se hubiese negado a disparar sobre aquellos cinco hombres. ¿Cómo hubiese sido todo entonces?… y pensó que, si él no se hubiese negado a fusilar, no lo habrían encarcelado, y su hija Rosa no se hubiese quedado en la ruina, ni hubiese tenido que dejar a su hija, abandonada, en un hospicio.

Pero entonces ella, tal vez, ahora mismo no estaría sentada junto a Santos. No podía evitar sentir algo muy especial por aquel hombre, aunque tuviese la cabeza un poco destartalada. Aquel hombre no se parecía en nada al tipo del retrato que colgaba en la pared. Santos nunca hubiese dejado tirada, en la cuneta, a una mujer que llevase en su vientre a su propia hija.

Cuando Santos abrió los ojos, los últimos rayos de sol se colaban entre las rendijas de las persianas a medio bajar, iluminando débilmente el retrato del marqués.

-Era un hombre extraordinario, según decía siempre mi pobre madre.

Carmen no hizo ningún comentario.

Tenía que aguantar la presencia del marqués en el salón y callar. Olvidarse de sus propios sentimientos hacia aquel hombre, cuya presencia le producía una desagradable sensación en el cuerpo. Carmen se mordió el labio y trató de contenerse. Quería seguir los dictados de su cabeza y guardar silencio, pero no lo consiguió

-Tengo algo que decirte

Santos esbozó un pequeña sonrisa

-Espero que no te moleste

-¿Qué tendría que molestarme?

-No me gusta ese retrato

Santos cambió el gesto

-Prefiero que no sigas por ahí

-Sé que no tengo ningún derecho de pedirte esto

-¿Pedirme?

-Si. Quiero que te deshagas del cuadro

Santos había cambiado su rostro por completo

-Carmen, Es mi padre

-Es solo un retrato. Tampoco te estoy pidiendo la luna. Puedes colgarlo en cualquier otro cuarto.

Santos Cámara no contestó. Simplemente le dirigió una mirada rápida y fría, como si de repente no la conociese de nada. Luego saltó del sofá y se encerró en el baño. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta: de regreso a la ciudad

De regreso a la cuidad Santos condujo en silencio. Sólo al entrar en casa empezó a ser consciente de las cosas que le rodeaban. Desde la ventana del salón los edificios de cristal brillaban con los últimos rayos de sol. Sobre el hombro derecho, sintió una mano presionado levemente.

-Estoy aquí – dijo Carmen Durán – por si no te has dado cuenta.

Santos se giró hacia ella y, visiblemente cansado, recorrió todo su cuerpo con la mirada.

-Hoy no te has manchado el vestido

-No, Tonto, hoy no me he manchado. Me estoy convirtiendo en toda una señorita

-Una señorita…

-Si, ¿qué pasa? Por lo menos no soy tan rara como tu

-¿Yo raro?

Carmen se puso en jarras, y se fue acercando a Santos Cámara, configurando una inocente sonrisa

-Muy raro… pero tu ya lo sabes.

Durante un segundo, sin poder evitarlo, Santos respiró aquel aroma de mujer.

-Muy raro – añadió ella – y cuando me acerco a ti…así…como ahora…pones siempre esa cara, ¿ves? Pones cara de bobo.

Pero Santos no respondía. Como paralizado, miró por encima del hombro de ella. Sentado en el sillón de su madre podía ver, con toda claridad, al abuelo Durán, completamente desnudo, con la escopeta de su hijo entre las piernas.

Carmen se giró un instante, para mirar en la misma dirección, pero no vio nada.

-¿Estás bien?

El pecho de Santos subía y bajaba deprisa. Carmen trató de tocarlo pero él se apartó un paso. En pié, el abuelo Durán abrió los brazos y bajó la cabeza hacia las baldosas, entre las juntas comenzaron a emerger las figuras de algunos feligreses con rostro deformados. Desde algún lugar del salón comenzó a salir un murmullo de voces y una música de dulzainas y tambores. Entonces el abuelo caminó hasta el retrato del marqués, levantó la escopeta sobre los hombros y echó acorrer en zigzag, como si alguien lo persiguiese.

Santos escuchó gritos de mujer, mientras el abuelo daba giros a derechas, y más gritos, mientras el abuelo daba giros a izquierdas, y también veía el rostro de Carmen que lo miraba sin pestañear “tienes mala cara” y Santos no podía contestar, sentía ganas de vomitar, se puso una mano en el estómago, y los músicos bailaron, un paso adelante, un paso atrás, todos a la vez, y Carmen preguntaba si era necesario llamar a un médico, cuando los ojos de Santos se abrieron, de par en par, al ver crecer dos enormes alas blancas, sobre la espalda desnuda del abuelo Durán.

Carmen giró la cabeza en todas las direcciones posibles, pero tampoco vio nada esta vez, entonces una corriente de aire entró en el salón y sus cabellos se alborotaron, y desde el escritorio una bandada de folios salieron volando por los aires. Sobrecogida, se agachó para recoger los papeles del suelo; eran los documentos de un notario; finca de Las Contentas, termino municipal de San Andrés. Las ventanas estaban completamente cerradas. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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