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Historias cortas de militares

Historias cortas de militares para leer online

Todos los días eran lo mismo con Julián. Eran demasiadas semanas viviendo la misma representación, demasiados meses, demasiados años. Aquella tarde, como todas, regresó a casa a la misma hora, dejó sobre la mesilla de la entrada su llavero de cuero desgastado y entró en el salón vestido de uniforme.

La misma postura, la misma gorra de tres estrellas reluciendo sobre su cabeza, todo igual. Miré a mi alrededor, repasando cada detalle de la casa; nuestros dos sillones de tela frente al televisor, los recuerdos de boda y la fotografía del pobre Pablito. Todo estaba recogido, en perfecto orden, y eso me tranquilizó. No quería que Julián notase nada diferente que le hiciera sospechar, porque aquella tarde, antes de que él llegara, yo había cometido un acto horrible.

Como de costumbre Julián se acercó y besó mi mejilla derecha. Por primera vez, aquel ritual me apreció agradable, tal vez sólo tranquilizador. Necesitaba que todo siguiera igual que siempre, que él se comportara igual que siempre, pero entonces, en el fondo de sus ojos me pareció descubrir algo distinto, una chispa, una inquietud, un pequeño incendio al mirarme.

-Ha estado aquí el Teniente Sánchez, ¿verdad?, dijo

Guardé la compostura, tratando de disimular los oleajes que acudían a mi pecho y el cambio de color en la pigmentación de mi piel , pero no pude sostener su mirada. No tenía ni idea de cómo había podido saber que el Teniente Sánchez, esa misma tarde, había estado allí. Sólo sabía que, si respondía afirmativamente a su pregunta le entregaría la pala con la que cavar nuestra tumba.

-Sí- Reconocí por fin

Julián no dijo nada. Solo caminó hacia el pasillo, pasando a través de mi cuerpo. Sin aire en los pulmones lo seguí hasta nuestro dormitorio. No me lo pude creer; la cama estaba hecha, como yo la había dejado, después de ventilar bien y repasarlo todo cien veces; La foto de Julian, triunfante, con el pecho condecorado, que durante toda la tarde descansó en el fondo de los cajones, junto a sus calcetines y sus calzoncillos, también estaba en su sitio. No podía ser. Había repasado todo muchas veces. Estaba completamente segura de habérsela visto poner al rededor del cuello, ajustar el nudo, mientras sonreía como un niño travieso, antes de marcharse, pero estaba allí, colgando del mismísimo cabecero de la cama; la corbata roja del Teniente Sánchez.

Cuando Julián se giró con aquella prenda entre sus manos toda la sangre se me congeló dentro de las venas. Se acercó lentamente, con la corbata entre sus manos, como si sujetase un niño muerto. El poco aire que conseguí respirar apenas me llegaba para mantener la consciencia. Había llegado al límite de mi capacidad para resistir. Quería confesar todo, contarlo todo. Tenía la absurda necesidad de que Julián me abrazase, muy fuerte, de liberarme de un peso que incendiaba mi cabeza.

Necesitaba hacerlo, quería hacerlo, mientras contemplaba aquella corbata entre sus manos, que sostenía con el mismo cuidado que un criminólogo sostiene una valiosa prueba. Pero entonces, inesperadamente, en su rostro comenzó a dibujarse una extraña sonrisa.

No podía creerlo. Parecía satisfecho, como un detective que acaba de encontrar la pieza final para resolver un crimen. Miraba aquella prenda y sonreía, con sus tres estrellas brillando sobre la cabeza. No entendí nada. Pensé que todo era una treta, una estrategia perversa para desencadenar mi locura, un cruel castigo para desestabilizarme aún más de lo que yo ya estaba.

Dejó la corbata sobre la cama. Luego, muy despacio, se desabrochó el cinturón y deslizó la cartuchera con cuidado entre sus dedos. Sin desenfundar, sostuvo el arma durante un rato, como si desease cerciorarse de su peso, con ambas manos, como dos balanza de la justicia que sopesan una decisión importante. Pero de pronto cambió el gesto.

Tomó asiento en un esquina de la cama y dejó caer su cabeza sobre el pecho. Parecía cansado. En su frente, poco a poco, las arrugas comenzaron a acumularse. Estaba mayor. Su aspecto nada tenía que ver con el de aquella foto sobre la mesilla, posando orgulloso con todas sus condecoraciones. Parecía un árbol viejo, a punto de derrumbarse. No, pensé, eso si que no. Prefiero que me cruce la cara de un revés. Incluso que me descerraje un tiro a bocajarro.

Entonces, sin saber por qué, me senté a su lado

-Tenemos que hablar, dije

-Sí, dijo, puede que sí

-Tenemos que hablar

-Claro, hablar, sí, tal vez en otro momento

-Tenemos que hablar ahora

-Bueno, de acuerdo, pero dime, ¿A qué hora vino el Teniente Sánchez?

-Y eso ya qué importa, dije

-Es cierto, era sólo curiosidad

-¿Curiosidad?, pregunté

-Si- contestó

-Y dime, ¿Cómo supiste que él había estado hoy en casa?

Entonces Julián mostró esa expresión, entre triste y cansada, que siempre ponía cuando no deseaba hablar de las cosas, y sonrió un poco

– No sé, ayer le presté la corbata al teniente Sánchez, y dijo que hoy mismo me la devolvería.




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Historias de terror para adultos

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Santos estiró la camisa sobre la cama, dobló una manga y pasó su mano sobre ella. En la casa el silencio era completo. Luego estiró la otra manga, usando los mismos movimientos, tratando de borrar toda arruga de la prenda. No. Él no podía haber matado a Carmen Durán.

Con ambas manos, una vez estaba perfectamente doblada, levantó la camisa. “Cuidar la ropa es importante” escuchó dentro de su cabeza, pero solo dos veces, porque enseguida recordó el cuerpo blanco de Carmen, casi transparente, yaciendo sobre la cama.

Dejó la camisa en la silla y trató de respirar. A su cabeza, como trenes a punto de descarrilar, los pensamientos acudían; “cuidar la ropa”…”la ropa cuidada dice mucho de la gente”…Pero entonces, sin poder evitarlo, las ideas se pararon en seco. Junto a los botones de la prenda una pequeña arruga surcaba la tela. En la pared, lentamente, el rostro de un anciano había comenzado a dibujarse.

Santos no abrió la boca. Dentro de su estómago una sensación de calor y de frío había empezado a crecer. Tenía que bajar las persianas. Tenía que bajarlas, como siempre, hasta abajo, hasta que no quedase una sola rendija por la que se colase la luz, pero sus piernas se negaban en rotundo a dar un paso. En la pared, el rostro del anciano había tomado mayor nitidez.

Santos Cámara trató de calmarse. Junto a la ventana, el anciano, completamente desnudo, sostenía sobre la espalda una vieja escopeta de caza.

No era la primera vez que Santos Cámara veía ese tipo de cosas, ni tampoco era la primera vez que sentía esa sensación en las rodillas, como si todo su cuerpo anunciara la intención de abandonarle por completo y, sin embargo, en esta ocasión sentía dentro de sus tripas algo totalmente distinto; una sensación que iba creciendo, que comenzaba a subir por la traquea, como una bola de fuego congelada, que le obligó, irremediablemente, a desencajar las mandíbulas para expulsarla.

En forma de alarido, más que de terror, como una manera de mantener el contacto con algo de sí mismo, al menos con su propia voz, Santos dejó que la bola saliera por su garganta. En el pasillo, en el salón, en los tejados del edificio, se podía oír, en todo el barrio, sin límites, su grito desgarrado.

Dentro de la casa, arrodillado sobre la alfombra, Santos ya había perdido por completo la noción de tiempo y la posesión de su cuerpo. A su cabeza acudían sin cesar los trigales amarillos de San Andrés, su plaza llena de gente gritando, y los vestido manchados de café junto a la figura difusa de Carmen, tirada sobre la cama.

Sólo al cabo de mucho tiempo el sonido insistente del timbre y los golpes en la puerta de la entrada devolvieron a Santos a la realidad. Al abrir los ojos vio que el anciano había desaparecido de la habitación.

Necesitaba concentrarse. Unirse a las cosas tangibles del mundo, aferrarse a ellas, como un avaro a la fría realidad de sus monedas. El sonido insistente del timbre le ayudó a mantener la concentración en algo empírico y demostrable.

Lentamente se puso en pié. En su costoso viaje por el pasillo se apoyó en el bastón de sus percepciones más básicas; tres acuarelas enmarcadas en la pared, treinta y cinco baldosas azules y un reloj en la entrada señalando las cinco de la madrugada.

Giró el picaporte. Al otro lado de la puerta dos agentes de la policía lo contemplaban sin ninguna expresión en el rostro.

– Buenas noches, tenemos un aviso por gritos. ¿Está usted solo en la casa?

Santos giró la cabeza. A su espalda no había ningún rastro del viejo. Uno de los agentes dio un paso atrás y apoyó la mano sobre su cartuchera

-Señor, tenemos que entrar en su domicilio

El rostro del policía tenía un tono moreno, como el de Carmen Durán. En la memoria de Santos ella apareció de repente, con total nitidez. Ahora podía recordar el color oscuro de su piel mientras se desnudaba. Un tono tostado que, a la mañana siguiente, tirada de bruces sobre la cama, había perdido por completo.

-Señor, necesito que se aparte de la puerta. Tenemos que entrar.

Santos Cámara dejó caer la mandíbula y, con mucho esfuerzo, apenas en un murmullo, consiguió articular tres palabras

-Yo soy culpable

Por la rendija de la puerta la nariz de un vecino asomaba sin pudor. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Historias de Amor

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Santos Cámara se sentía mareado. Necesitaba ordenar su cabeza. Ahora sabía que Rosa Durán había sido la amante de su padre, cuya hija en común estaba en algún lugar. Tal vez todo era una extraña coincidencia. Tal vez Carmen sí era hija de Rosa y por alguna razón había aparecido en aquel bar. 

Demasiada casualidad. No habían pasado ni tres días después del entierro de Doña Petra. Santos llevaba años pasando por la puerta de aquel bar, pero nunca en su vida había puesto un pié dentro. A través de las vidrieras, solía mirar cómo la clientela se reunía, tras salir de las oficinas cercanas, para beber y pinchar chorizo que el camarero colocaba sobre la barra. Allí, algunas mujeres con aspecto de ejecutivas tomaban gambas a la gabardina y se limpiaban los labios con servilletas de papel. Santos, solía mirar a través del cristal. Había observado muchas veces a todas aquellas personas reír, gesticular, incluso tocarse las unas a las otras mientras charlaban. Pero aquella tarde Santos no se paró a mirar por la vidriera.

Aquella tarde Santos empujó la puerta del bar, caminó hacia la barra y tomó asiento en uno de aquellos taburetes giratorios. Luego, con su gabardina perfectamente doblada sobre las piernas, respiró profundamente. Desde su posición podía percibir el aroma de los cuerpos y escuchar las conversaciones, tan de cerca, que le hubiese bastado estirar un brazo para tocar los cabellos que, delicadamente, se apartaban de la cara mientras reían, entre bocados de anchoas y sorbos de vino, un pequeño grupo de mujeres. Pero lo que Santos no se podía imaginar era que, esa tarde, Carmen Durán se acercaría a la barra para preguntarle si se conocían.

Santos sabía que no sabía cómo comportarse exactamente ante una situación como esa, pero en ese momento pareció no importarle demasiado el detalle, como si en el fondo, por primera vez, se sintiese cómodo sintiéndose incómodo. Entonces se dejó llevar, como un bailarín cojo sobre un escenario inestable y, a Carmen, a juzgar por la frecuencia en que su sonrisa asomaba, parecía resultarle divertida la situación

Ahora recordaba aquel encuentro. Lo recordaba de una manera diferente a como habitualmente recordaba las cosas. No solo había guardado en su memoria cada detalle, cada milímetro de tiempo. No. No era eso, no era sólo eso, porque ahora aquellos recuerdos estaban compuestos de otras cosas, que iban unidas, de sensaciones que también se habían guardado dentro de su cabeza y que, ahora, lo provocaban un ligero mareo.

Ahora podía recordar a Carmen con toda claridad. “Me gustan los hombres cuidadosos” dijo, sonriendo, mientras él doblaba su gabardina sobre una silla, en aquella casa tan desordenada. Luego la siguió hasta la cocina. Ella abrió un armario, cogió una sartén, bajó un poco la cabeza, “no paras de mirarme”, dijo, y sacó de la nevera dos filetes de carne envueltos en plástico trasparente, “me vas a desgastar” añadió, y giró un poco la muñeca, como si espantase una mariposa.

Cenaron en el sofá. Ella masticaba la carne. La cortaba en el plato y la masticaba, cuando se manchó el vestido. Luego bajó la cabeza hacia la mancha y se quedó sorprendida, como si aquella fuera la primera vez en toda su vida que se manchaba un vestido. “No me lo puedo creer” dijo, y levantó la mano derecha, manchada de grasa.

En en la cabeza de Santos, aquella imagen iba y volvía, una y otra vez, como una pelota que choca y regresa sin parar.

Tenía los dedos manchados de grasa. Se dio cuenta enseguida de eso, como si para ella poner cuidado en las cosas no fuera importante, y aquella idea se enroscó en la cabeza de Santos, como un turbante.

Pero ahora ella no estaba. Entonces se vio a sí mismo, desde algún lugar de la sala, y dejó de recordar. Por un instante, le atravesó la idea de que ya nunca más volvería a ver a Carmen con vida. Un violento baile de tripas casi lo tira al suelo. Tenía que tranquilizarse. Caminó hasta el cuarto y sacó una camisa del armario. Dentro de su cabeza, otra extraña idea comenzaba a tomar forma. Pero no era sólo un pensamiento. Santos podía recordar claramente aquel pequeño aseo, donde se lavaba las manos, mientras ella yacía en la cama, totalmente blanca. SEGUIR LEYENDOLEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Historias Tristes Cortas

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Después de que mataran al marqués Petra hidalgo se trasladó a la ciudad. Había decidido criar a su hijo lejos de aquel pueblo maldito. Con el dinero de la herencia tendían suficiente para vivir. Sólo era necesario invertir en algunos inmuebles para después alquilarlos y así dedicarse por completo a la educación de Santos.

Al principio, cuando el pequeño se acercaba con los brazos abiertos o trataba de buscar el contacto físico, Doña Petra apenas podía soportar la situación. Debía enseñarle que aquellas conductas no eran una buena idea. Tenía que aprender a mantener las distancias con sus propios sentimientos. Pero sobre todo, tenía que aprender a no confiar en la gente. SEGUIR LEYENDO    ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela Corta

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Santos caminó hasta la puerta y esperó a que el sonido eléctrico del ascensor cesara de sonar unos pisos más arriba. Luego sus tripas le llevaron hasta la escalera; cinco pisos de bajada, 95 escalones, dos hileras de buzones verdes y uno que decía; 5 A Carmen Durán Durán. 

En la calle algunos conductores tocaron el claxon de sus vehículos al cambiar el color del semáforo. Varias personas esperaban en la parada del autobús, junto a un cartel que anunciaba el estreno de una película bélica. Tras los escaparates de cristal tres maniquíes, semidesnudos, variaban ligeramente la posición de sus brazos.

Santos levantó la vista antes de girar la esquina; Calle del Coronel Salgado. Tenía la cabeza a punto de estallar, no podía recordar cómo llegó hasta aquel piso, tal vez lo mejor era olvidarse de todo. Nadie podía relacionarle con aquella mujer. Un extraño anciano le ofreció un folleto que no recogió.

Continuó caminando calle abajo hasta el parque. Olvidar es importante, escuchó dentro de su cabeza, varias veces. Caminó por la vereda del río, junto a los hombres reunidos en los bancos que jugaban al ajedrez. Olvidar es importante. Caminó entre ellos, a suficiente distancia, aunque podía observar cómo los dedos de los jugadores se desplazaban por el tablero, colocando las fichas en las casillas, en el centro de las casillas, más o menos, dentro de los cuadrados, aunque no siempre, porque a veces alguna ficha no estaba bien colocada y tocaba la línea; un alfil, un caballo, a veces no estaban bien colocados, a veces no.

Caminó entre aquellas personas a las que parecía no importar en absoluto los detalles, como si los detalles no fuesen importantes, pero Santos Cámara no podía dejar de percibir con precisión esas cosas, incluso ahora, con la cabeza a punto de estallar.

Se paró un rato a respirar. El no podía haber matado a aquella mujer, ¿Por qué motivo? Un hombre con la pierna escayolada movió una torre blanca, la mandíbula sobresalía de su cara proyectando una sombra verde sobre el tablero, como un tumor. 

Solo al entrar en su casa pudo Santos llenar del todo los pulmones. Aquel orden le permitía respirar. Sobre el escritorio del salón descansaba la carpeta del notario, nada que no supiera; cinco apartamentos en el centro, varias cuentas bancarias, vehículos, y la escritura de una finca; Las Contentas; termino municipal de San Andrés, parcela 345.

Su pobre madre nunca mencionó aquella propiedad. A su funeral apenas habían asistido media docena de personas. Las suficientes para certificar la realidad de su defunción y, sin embargo, Santos podía escuchar el sonido seco de sus tacones por el pasillo, un sonido monótono, sin matices, que recordaba desde siempre. Santos podía recordar ese sonido con toda claridad. No podía evitar que las cosas se grabasen en su memoria con una precisión milimétrica y, sin embargo, todavía no era capaz de recordar el momento en que subió al piso de Carmen Durán.

Entró en el aseo, abrió el grifo de la ducha y se quitó la ropa, entonces se percató de una mancha oscura sobre la solapa de su gabardina. Tener la ropa limpia es importante, escuchó dentro de su cabeza, pero aquel pensamiento no se repitió más de tres veces, como si el agua lo hubiese arrastrado por el sumidero.

Cerró los ojos bajo el chorro y pudo recordar a Carmen Durán, su timbre de voz, juvenil y desenfadado, como si dentro de aquel cuerpo, ya maduro, aún viviese una niña muy pequeña. Movía las manos al hablar, apenas un ligero giro de muñecas, incluso cuando llamó al camarero mientras tomaba asiento, se apoyaba en la barra, pedía una taza de café, hablaba sobre un proyecto para evitar que las palomas se estampasen sobre los cristales de los edificios, y luego, como si no fuese capaz de evitar la torpeza, derramó unas gotas de café sobre la gabardina de Santos Cámara.

Era solo una gabardina. Una gabardina que él sostenía, perfectamente doblada, sobre sus piernas. Una gabardina impecable, como el resto de su ropa. Es importante llevar la ropa cuidada. Es importante. Podía escuchar dentro de su cabeza aquella frase, “cuidar la ropa es importante, dice mucho de la gente” podía escuchar cómo se repetía en su cabeza, otra vez más, hasta que recordó la sonrisa de Carmen Durán.

Perdona”, dijo ella después de mancharle, “ha sido sin querer”. Eso dijo, y miró de reojo, como una niña que ha hecho algo malo y no quiere que la castiguen. Lo recordaba perfectamente. “Perdona, de verdad que lo siento”, y se rió. Solo una breve carcajada, como si tampoco hubiese podido evitar reírse, “de verdad que lo siento” Luego corrió su taburete, como si quisiera estar más cerca, y dijo que no vivía muy lejos. Entonces sacó del bolso un monedero verde con mariquitas rojas, muy rojas, y llamó al camarero.

El agua de la ducha hizo que el dolor de cabeza remitiese un poco, no obstante, Santos Cámara caminó en albornoz hasta el salón para buscar una caja de aspirinas. Sobre la pared principal un enorme retrato parecía contemplarlo con el mismo gesto de siempre. “Míralo bien, hijo, porque tu eres su viva imagen”, escuchó en el fondo de su cerebro, y recordó las manos de su madre doblando la ropa bajo aquel retrato. Solo en dos ocasiones había tratado de averiguar las circunstancias de la muerte de aquel hombre, dos ocasiones en las que los ojos de Doña Petra se cerraron, como cuando alguien recibe un impacto de bala en mitad de la frente. Solo en dos ocasiones había formulado Santos la misma pregunta, una pregunta que sólo ahora recordaba que había olvidado.

Contempló aquel retrato que se sabía de memoria. Podía cerrar los ojos y comprobar luego cómo, cada grieta del lienzo, estaba perfectamente representada en su cerebro. “Eres su vivo retrato”, escuchó de nuevo. Sobre la cómoda, en el jarrón verde de cristal, agonizaba una rosa. Entonces percibió el olor de su madre flotando en el ambiente. Seguir leyendo.  ♦Leer toda la historia desde el principio




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