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Cuento corto de desamor

Cuento corto de desamorCuento corto de desamor. SAPITIENTOS.

Un sapitiento es una ligera convulsión que sufren las mujeres gordas en las azoteas de los edificios con piscina, y que sólo se quita si alguien las coloca boca abajo, es decir, haciendo el pino. Esto lo supo en septiembre, cuando abrió los ojos en la cama de ella, y ella, que siempre estaba muy pendiente de él, abrió los ojos casi al mismo tiempo. Sapitientos, dijo él, y ella frunció un poco el ceño. Sapitientos, repitió, y explicó el significado de aquella palabra, porque no quería que hubiese secretos entre ellos.

Ella se levantó de la cama medio dormida y salió de la habitación, pero regresó enseguida con un diccionario en la mano, “esa palabra no existe” dijo. Él, le explicó amablemente que la había encontrado en un sueño y ella se mordió un labio, como cuando no acertaba a escoger el color de sus calcetines. luego carraspeó un poco y preguntó si quería miel para el desayuno. Él asintió con la cabeza, en uno de esos gestos que hacen a veces los hombres para no herir sentimientos,  y ella susurró “sapitientos” con ese tono que usan las mujeres cuando cogen algo que no les pertenece.

Ella salió de la habitación, pero su piso era tan pequeño que él pudo escuchar como abría los cajones de la cocina, revolvía entre los cubiertos, ponía a hervir la leche, y comentaba que tal vez sería buena idea utilizar aquella palabra para otros fines como, por ejemplo, para referirse al frío. Él trató de incorporarse de la cama, para atender las demandas de su vejiga, pero para entonces ella ya había regresado con una enorme bandeja con patas que colocó sobre su vientre. Los rayos del sol apenas cabían entre las rendijas de la persiana.

Él, alargó el brazo para coger una galleta, ella desenroscó la tapa del bote de la mermelada, “sapitientos” repitió satisfecha, y giró la cuchara en la taza de él, como si ya, aquella extraña palabra le perteneciera por completo. Luego ladeó la cabeza y preguntó, sonriendo, si quería algo más. Él no devolvió la sonrisa, Sí, dijo, quiero un poliver.

Ella frunció el ceño, dejó la bandeja en el suelo, acercó su rostro, clavó la mirada en los ojos de él, que retrocedieron un poco ante aquellas pupilas que se dilataban, que no paraban de avanzar, como dos antorchas penetrando en la jungla. ¿Qué es un poliver? .Nada. ¿Qué es?. Solo una palabra que encontré en otro sueño. ¿Qué es un poliver exactamente?. Nada, en serio, dijo él, y su vejiga le aguijoneó de nuevo. Tragó saliva, levantó la mirada hasta el techo, hasta aquella lámpara de papel del techo de la habitación de ella, bajó la mirada, hasta las pequeñas zapatillas azules sobre la alfombra, incluso le rozó de un vistazo los tirantes blancos del camisón que caían sobre sus hombros, y no pudo más. Saltó de la cama, casi sin darse cuenta, él no, su cuerpo, y solo después de un rato se reunió consigo mismo frente a la taza del water, cerró los ojos, aliviado, ese alivio egoísta que les entra a los hombres cuando están empezando a ser hombres. Luego vació la cisterna y se vistió a toda prisa, contento, por haber encontrado otra palabra en un sueño pero, sobre todo, porque aquel era el primer día de clase y no deseaba llegar tarde al colegio.




Historias cortas

Historias cortas

Historias cortas: Algo en común

Como una aparición, destacando entre todos los demás transeúntes, el hombre cabizbajo salió por la puerta de un enorme edificio acristalado. Desde su coche Bruno Soto pudo verlo cruzar por el paso de cebra. Caminaba con dificultad, cojeando sobre el asfalto caliente, como si, en cualquier momento, fuese a morirse allí mismo. Era maravilloso. Bruno apartó su flequillo de la frente y pegó la nariz en el volante.

No. Aquel hombre no tenía ningún parecido con los Martínez. Milagrosamente, mientras lo miraba, durante un instante, el recuerdo de los Martínez había desaparecido de su cabeza.

Había dejado de recordar todas las veces que ellos contestaban el teléfono, en cualquier momento, a cualquier hora del día, eligiendo las palabras adecuadas, en un tono tan suave que casi conseguía sosegarle.

Don Luís, el padre de la familia, era el más amable de todos. Posee usted una casa maravillosa, decía. Incluso daba su opinión cuando, de repente, ojeando el catálogo, Bruno proponía alguna combinación de colores que a él le parecía inadecuada. A veces, en el entusiasmo que mostraba la familia, el padre y las hijas se interrumpían al hablar. Un día, una de ellas, la más joven, en mitad de la conversación, excitada por el proyecto, casi llegó a tocarle.

Mientras miraba al hombre cabizbajo el recuerdo de los Martínez se iba diluyendo en su cabeza.

No. No se trata de cualquier tipo de pavimento, aseguraba la hija mayor, Nada industrial, decía, nada hecho en serie. Son piezas únicas, fabricadas a mano, una por una, de manera artesanal, con la misma técnica centenaria que sirvió para embellecer las estancias de las mejores casas del mundo.

Si. Se trataba de unas baldosas tan extraordinarias y exclusivas como la propia familia que las vendía. Una familia que poseía esa manera única de comportarse, distinguida pero natural, propia de las personas refinadas y felices.

Me gusta tanto su casa que un día le diré a mi mujer que venga a conocerla, insistía el padre. Bruno esperaba que, tal vez, la esposa sólo sería una mujer fea y amargada. Una señora corroída por los celos ante un marido tan apuesto y refinado. Un ser insignificante y excluido a la sombra de la estrecha relación que mantenía aquel hombre con sus deliciosas hijas. Pero no fue así. Con el tiempo descubrió que ella también era guapa, muy guapa, y siempre sonreía.

Durante algún tiempo Bruno pensó que las cosas cambiarían por sí solas; que algún acontecimiento inesperado y dramático haría que los Martínez, de una maldita vez, perdieran para siempre aquella costumbre de ilusionarse y sonreír por el más insignificante de los motivos. Mientras tanto, cada noche, bajo la luz de una farola, oculto por los setos del jardín, los veía bailar y reír tras las enormes vidrieras del salón. Era desolador.

El hombre cabizbajo era diferente. Al verlo cojear entre la gente, arrastrando su pie derecho por el asfalto, Bruno se recostó en el asiento y respiró. Ahora podía disfrutar. Ahora sabía que la familia Martínez, por fin, estaba descansando en el infierno. Lo que Bruno Soto no sabía era que los Martínez además de elegantes y felices también eran previsores, y guardaban, cuidadosamente, más de una copia del registro de todos sus clientes.

Pero entonces Bruno Soto ignoraba ese detalle. De repente, un muchacho en patinete pasó rozando el espejo de su coche. Cuando giró la cabeza de nuevo dio un respingo en el asiento. A lo lejos, entre los demás peatones, el hombre cabizbajo había desaparecido de su vista.

Bruno Soto bajó del vehículo de un salto. Una señora gorda lo increpó cuando pasó corriendo a su lado. En la esquina, junto a un viejo quiosco, el hombre cabizbajo metía su mano en el bolsillo del pantalón y contaba monedas, una a una, lentamente, para pagarse un paquete barato de cigarrillos.

A pocos metros de distancia Bruno Soto respiraba con codicia cada centímetro cúbico de aire. Era perfecto; un hombre vulgar, desalineado, sometido a la rutina. Un hombre, con toda seguridad, solitario e infeliz, que regresa a su casa, agotado, tras una larga jornada de trabajo

El hombre cabizbajo guardó el tabaco y reanudó la marcha. Se desplazaba con dificultad, entre cientos de peatones que pasaban a su lado sin mirarlo, con la barbilla botando sobre el pecho, como si todo el peso de los edificios chocara sobre su nuca. Por la carretera, a toda velocidad, dos ambulancias pasaron con las sirenas encendidas.

A tres pasos de distancia el flequillo de Bruno saltaba de júbilo sobre su frente. Siempre con el mismo paso lento y torpe, como si fuera a desplomarse de lado en cualquier momento, el hombre cabizbajo cojeaba junto a los elegantes maniquíes de los escaparates. Pegado a sus talones Bruno Soto soplaba su flequillo con verdadero ritmo. Era maravilloso. Sobre el tejado de un enorme edificio una estatua de bronce abría sus brazos al cielo.

Media hora después el hombre cabizbajo detuvo la marcha y apoyó su codo en una papelera. Luego, tras coger un poco de aire, doblo la esquina mientras secaba el sudor de su cara con el brazo. Al cabo de unos metros, frente a un viejo portal, introdujo una mano en el bolsillo.

Bruno no podía apartar ni un sólo instante la vista de él. Sin pestañear, observó como trataba de acertar con la cerradura. Una y otra vez, realizando un esfuerzo sobrehumano, giraba la llave y empujaba la puerta con el hombro. Era increíble. A tres metros de distancia Bruno Soto sonreía excitado. Por un momento creyó que se le caerían todas las llaves al suelo. Reflejado en los cristales de la puerta el rostro del hombre cabizbajo enrojecía a cada instante.

Oculto tras la marquesina del autobús, bajo un espeso flequillo, los ojos de Bruno brillaban sin cesar. Por primera vez en muchos meses se sentía satisfecho. Lo único que deseaba ya era regresar a su coche y seguir viajando por el país. Había tenido suficiente. Disfrutaba pensando que la imagen del hombre cabizbajo le ayudaría a conciliar el sueño aquella noche. Estaba equivocado.

Mientras se giraba para irse, la mata de pelo que casi tocaba su nariz no pudo ocultar lo que vio a continuación. Por el rabillo del ojo observó cómo, de repente, el portal se abría desde dentro y una bella mujer que salía besó al hombre cabizbajo tiernamente en los labios.

Bruno Soto palideció. No lo podía creer. Reflejada en los cristales, hasta casi salirse de los putos cercos de la puerta, la sonrisa del hombre cabizbajo no paraba de crecer. Alrededor de la pareja un chucho pequeño y peludo movía la cola sin parar, en cualquier dirección, como si se le hubiera desencajado de la columna.

Los Martínez también tenían perro. En ese momento Bruno Soto pensó que eso era lo único en común que había entre ellos. Dos familias separadas por cientos de kilómetros de distancia. Dos familias completamente diferentes; distinta edad, distinta clase social…Nada en común, se dijo, nada que pudiera relacionarlos.

Bruno Soto reaccionó con rapidez. Tras tres enormes zancadas evitó con el pie que la puerta se cerrase cuando la pareja entró en el portal. Se les veía tan dichosos que no se percataron de su tenebrosa presencia. Ni siquiera cuando su respiración tronaba ya sobre sus cogotes cesaron de reír y de besarse. Cuando el hombre cabizbajo se giró hacia Bruno ya era demasiado tarde. Como un cordero, con las manos en alto, entró cojeando en su apartamento. Tras él, con el perrillo entre los brazos, la mujer caminaba aterrada.

Todo sucedió muy deprisa. Como en la casa de los Martínez.

Cuando Bruno acabó de recoger del suelo los casquillos tomó aire, sopló su flequillo y miró alrededor. El dormitorio era húmedo y pequeño. A pocos metros, en otra estancia, un televisor antiguo, un espejo barato y dos sofás de tela se agolpaban sin espacio.

Mientras caminaba por el pasillo recordó la casa de los Martínez. No había comparación; apenas cuarenta metros cuadrados frente a los más de cuatrocientos que tenía aquel chalet. Recordó sus enormes vidrieras y la escalera colonial que subía hasta las habitaciones. Nada que ver con aquello.

En la pared del pasillo, sobre una escarpia, junto a una habitación cerrada, colgaba un delantal. Bruno Soto se detuvo en seco. Con la manga de la camisa giró cuidadosamente el picaporte

Mientras se abría la puerta las bisagras chirriaron sin piedad. Durante un instante le pareció escuchar de nuevo el gemido del perro. Pero lo que vio a continuación no era ningún producto de su imaginación. La presencia de un enorme salón hizo que el aire se quedara congelado en sus pulmones. No era posible. Aquel palacio no podía formar parte de la casa. Debía tratarse de un error.

Pero entonces un nuevo detalle paralizó a Bruno Soto por completo. Bajo sus pies, majestuosamente, se extendían por los suelos, hasta casi el infinito, las mismas malditas baldosas que pavimentaban su casa.

Sin saber por qué, tirado de una extraña sensación, Bruno regresó al dormitorio. Tras una cortina de pelo negro sus pupilas brillaron en todas las direcciones a la vez.

Movido por un impulso irracional abrió el cajón de la mesilla. Luego, de rodillas, estúpidamente, metió la cabeza debajo de la cama.

En realidad no tenía ni idea de qué diablos estaba buscando. Lo único que sí sabía con certeza Bruno Soto era que en el fondo de sus tripas comenzaba a crecer un mal presentimiento. Entonces, bruscamente, giró el cuello y la vio allí, como una burla, saliendo por el bolsillo de la camisa del hombre cabizbajo; la maldita tarjeta de visita de los Martínez.

F.S. Estaire

 





Relato de Familia

Relato de FamiliaRelato de Familia: Me hice escritor a los diez años, porque no me quedó más remedio. Nunca entendí gran cosa de los seres humanos, de hecho, hasta esa edad, creí firmemente que era de Huelva.

Cuando nací, lo hice porque mi madre lo quiso y desde entonces no hice otra cosa que seguir sus instrucciones. Hasta los cinco años, que decidí hacer todo lo contrario. Entonces mi madre comenzó a mandarme lo que deseaba que yo desobedeciese.

Pero de esto me enteré más tarde, cuando mi primo José Luís tuvo sus primeras zapatillas a cuadros. Yo le miré extrañado, porque me di cuenta de que tenía una pierna algo más larga que la otra. Cuando lo dije en voz alta, toda mi familia miró al techo. Aun así, yo me empeñe en insistir sobre aquello, hasta que me mandaron a mi cuarto. Sólo muchos meses después, mi propio primo me confesó que era cierto y que, aquella desproporción, se debía a haber pasado la polio.

Ahí fue cuando decidí empezar a creer firmemente en mí mismo, por encima de la opinión de los demás. Entonces me quedé completamente solo. Aun así, seguí diciendo todo lo que veía, como que el abuelo tenía un problema con las botellas de vino, o que tía Petri salía por las noches de la casa, cuando todos dormían.

Aún no había cumplido siete años y ya había conseguido que ninguna persona de mi familia me dirigiera la palabra.

Durante meses camine por la casa como un fantasma, y casi no tengo recuerdos. Sólo sé que, un día, encontré en la calle una jaula de pájaros. Metí dentro una zapatilla de José Luís, y la colgué de la lámpara. Por la noche, mi madre por fin me habló. Descolgó la jaula, se sentó en la cama, y dijo que estaba pensando en comprase una lavadora.

Si algo me ayudó en la infancia fue conocer a Molosku. Sucedió una tarde al salir del colegio. Molosku era el capitán de un ejército imaginario, de soldados azules, que me siguió a todas partes desde los siete a los nueve años. Recuerdo que aquellos tiempos fueron estables, hasta que mi abuela, sin darse cuenta, lo echó todo a perder.

Sucedió una mañana. Mi abuela no paraba de recorrer el pasillo, primero con unas sábanas, luego con unas mantas, entonces le pregunte, con una sonrisa cómplice, si ella se estaba imaginando que era la directora de una pensión importante. Mi abuela se paró en seco. Me miró, como se mira a un tipo de Huelva, y dijo: “No tengo tiempo de imaginar nada. Son las doce y aún están las camas sin hacer” Aquello fue un duro golpe. Descubrí, de repente, el primer gran misterio de los seres humanos; todos parecían vivir en una extraña realidad.

De repente, pude entenderlo todo. Tomé una decisión. Uno a uno, me fui despidiendo para siempre de todos los soldados de mi ejército imaginario. Fue un gran error. Desde aquel día, tuve que acudir solo al colegio. Por las noches no podía dormir. Cerraba los ojos con fuerza, como hacen los de Huelva, y le pedía a Dios, porque mi abuela me dijo que él sí formaba parte del mundo real, que, al menos, mi vecina Tere , que también formaba parte del mundo real, se fijase en mi.

Pero la Tere, que me sacaba seis años, nunca me miró. Cada tarde, yo acudía a los pequeños conciertos del barrio y le miraba los pies. Me quedaba embobado. La Tere podía pasar horas y horas cantando descalza sobre un escenario. 

Yo sabía que aquella obsesión por los pies me venía de lejos, cuando, de pequeño, jugaba al corro de las patatas con mi prima Azucena, que también tenía pies, y que solo hacía caso a mi hermano Alberto.

Desde entonces siempre me han gustado las mujeres con pies. Imagino que de tanto jugar al corro de las patatas se me quedó ese trauma. Si veía una mujer con pies ahí iba. Me acercaba muy serio, ponía cara de ser de Huelva, y le decía: “No voy a hacerte daño. Solo quiero que hablemos”

En realidad la frase no era mía. Debí de escucharla en alguna película de entonces, pero con aquellas palabras las chicas quedaban bastante impresionadas. Sobre todo al principio. Un día, se las dije a la Tere. Ella miró al cielo, sin inmutarse, luego, se tocó la coleta y se fue a comer pipas a un banco.

A los diez años por fin conocí Huelva. Sucedió en una excursión del colegio. Yo caminaba por aquella ciudad, junto a un chico que no paraba de quejarse, porque decía que en todas las películas el bueno siempre ganaba y se quedaba con la chica.

Huelva me pareció una ciudad muy bonita, pero no recordaba nada de sus calles. Me costó mucho aceptar aquello. Durante semanas apenas pude dormir. Una tarde, decidí que todo había terminado, y me puse a escribir una carta de despedida.

La dejé sobre la mesa de la cocina. Al día siguiente, la carta ya no estaba, y en casa sólo se hablaba del resfriado de mi hermano Juan. Durante semanas escribí más y más cartas. Las iba dejando por todas partes, y siempre desaparecían. Una noche, mi madre entró en el cuarto, se sentó en el borde de la cama, me arropó, y dejó sobre la mesilla un cuaderno verde con las hojas en blanco.

 







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