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Novela corta: El entierro

El cadáver del abuelo Durán fue enterrado en tierra santa junto a su hijo Pepe, en absoluta intimidad. Solo la familia estuvo presente. Rosa lloró, silenciosamente, mientras Carmen apretaba su mano. Santos Cámara miraba la escena, un poco retirado. Él se había encargado de todos los trámites, y se había hecho cargo de los gastos de la exhumación y del entierro, aún así, sus relaciones con la anciana no mejoraron demasiado con los años, incluso empeoraron un poco, cuando Rosa, ya sin fuerzas para poder vivir sola, se instaló en casa de la pareja.

Los primeros meses fueron los peores, hasta que una tarde, Santos Cámara, harto de discutir, descolgó de la pared el retrato de su padre.

En realidad solo accedió a trasladarlo a otra habitación, lo suficiente para que las dos mujeres dejasen de refunfuñar a sus espaldas por la presencia de aquel retrato presidiendo el salón. Santos colocó el cuadro en uno de los cuartos que nadie usaba, negándose a sacarlo de la casa, aunque solo fuera por evitar que el viejo lo persiguiese desde el otro mundo sin cesar. Santos conocía demasiado bien el carácter obstinado de los muertos.

Rosa Durán vivió hasta los 103 años, y tuvo tiempo de trasmitir a sus nietas, dos preciosas hijas adoptadas por Carmen y Santos, cientos de historias sobre la familia, aunque cuando preguntaban por las vidas de todos los antepasados que descansaban retratados en la casa, la anciana prefiriera ocultar algunos pequeños detalles.

De esa manera, los acontecimientos que sufrieron Pepe y el abuelo, se vieron ligeramente modificados, como pasa en todas las familias, donde el pasado necesita recuperarse de una manera ligeramente distinta, para que los que vienen nuevos puedan representarse su historia de una manera más amable.

Santos dejaba a la anciana contar las mismas historias, que sus hijas no se cansaban nunca de escuchar. Y sólo, cuando preguntaban por el hombre del retrato, él interrumpía enérgicamente, desmintiendo todas las afirmaciones de la anciana, alegando, sin demasiado entusiasmo, que en el fondo aquel hombre solo había cometido el pecado de ser un poco egoísta, aunque para poder decirlo tuviese que soportar en su tripas, la certera punzada que le producían las mentiras.

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Novela corta: bajo la lluvia

A la mañana siguiente Santos Cámara se abrió paso entre un grupo de transeúntes, sin esperar a que el disco del semáforo cambiara de color cruzó la calle, caminó hasta el parque, con paso decidido, entre los jugadores de ajedrez, sin fijarse en la posición de las fichas en los tableros, ni en la distancia que guardaban entre los límites de las lineas que demarcaban las casillas, porque Santos Cámara ahora tenía cosas más importantes en las que pensar.

Al salir del parque caminó deprisa por una larga avenida, tomó varias calles estrechas, hasta llegar a un portal de hierro. Sacó el papel del bolsillo, lo desdobló con cuidado y miró el letrero de la calle. Luego llamó al telefonillo. Estaba seguro de que Carmen aceptaría sus disculpas.

Volvió a timbrar el botón de nuevo sin obtener respuesta. Desdobló el papel una vez más, para asegurarse que aquella era la dirección correcta. Había empezado a chispear. Estaba confundido. Si. No le importó reconocerlo, como cuando los pensamientos son turbios, o agitados, como cuando se llena la mente de pensamientos turbios y agitados. Se repitió a sí mismo esa idea cuatro veces.

Tal vez Rosa le había dado mal la dirección. No podía fiarse de aquella mujer. Bajo la marquesina del autobús un grupo de turistas se refugiaba de la lluvia.

Cada diez minutos pasaba un tranvía, Llegaban y se iban enseguida, mientras Santos Cámara permanecía de pié, escuchando las gotas de agua estrellarse contra el asfalto. Había sido un estúpido reaccionado así frente a Carmen, había sido un estúpido, escuchó decir desde algún lugar dentro de su cerebro. Ahora sólo tenía que concentrarse en las cosas, mirar a su alrededor y observar, olvidarse de todos aquellos pensamientos que se repetían en su cabeza sin cesar. Ahora solo tenía que esperar a Carmen y disculparse. A su derecha el sonido del cierre metálico de un comercio se mezclaba con las risas de un grupo de adolescentes, de cabellos azules y violetas, que pasaron a su lado.

A lo lejos, por fin, pudo ver a Carmen Durán corriendo hasta una cafetería. Santos también corrió. Desde la cristalera pudo ver cómo ella se acercaba a la barra, hablaba un segundo con el camarero, cogía un periódico y se sentaba en un taburete giratorio. Podía verla, entre todas aquellas personas que gesticulaban, reían, levantaban sus cabezas frente al televisor, mientras ella pasaba lentamente las hojas del periódico y el camarero echaba la leche en su café.

Desde la cristalera, podía ver a Carmen, levantando la taza, paralizada, mientras bajaba la mirada hasta el vestido, y levantaba los brazos, como sorprendida, como si pensase “no me lo puedo creer” como si mancharse la ropa fuera algo que le acababa de suceder por primera vez en toda su vida, y Santos pensó que estaba más bonita que nunca, mientras ella se frotaba el vestido con una servilleta de papel, movía la cabeza de lado a lado, como si mantuviese para sí misma un diálogo interior, o tratase de encontrar alguna explicación ante un hecho inexplicable.

Luego, al ver acercarse a Santos, dejó de frotarse la ropa, y la cafetera soltó un agudo pitido.

-Si no te marchas pienso gritar- dijo ella

A su lado un hombre de traje azul dejó su cerveza a la mitad y salió apresuradamente.

Santos tomó asiento en otro taburete giratorio. El sonido de las cucharillas y los platos cesó cuando el camarero vio el brazo de Carmen levantado .

Ella, con los labios apretados, había abierto su bolso verde de mariquitas rojas y empezó a contar monedas, en silencio, con movimientos precisos, cortos, como si dentro de ella hubiese tomado una decisión irrevocable.

Santos podía percibir todos aquellos cambios con milimétrica precisión, aunque no supiera qué decir exactamente en esos momentos. Carmen provocaba esa cosas en él, como una especie de confusión momentánea donde se encontraba perdido, completamente perdido, y era justo en ese momento dónde más lenta y rítmica se volvía su respiración, como si ella, de repente, se encontrase en un territorio completamente conocido.

Sólo tenía que esperar, porque no necesitaba decir nada, solo esperar, hasta que ella levantara la cabeza. Sólo había que fijarse en las cosas para darse cuenta de eso. Bastaba con eso. Por que Santos sabía que era mejor no decir nada cuando no se tenía nada qué decir.

Carmen enroscó la bufanda alrededor del cuello. Sobre los estantes de la pared, las botellas de licor estaban perfectamente alineadas, las unas junto a las otras. Había que esperar, pasar la yema de los dedos por la barra, percibir los pequeños cambios de relieve sobre la superficie lisa, sobre el borde de metal del servilletero, que tenía diferente temperatura, ese cambio de matices, imperceptible para todos los demás.

Entre la gente, Carmen caminaba hacia la puerta, a lo largo de la barra, de las estanterías, donde las botellas seguían guardando la misma alineación, la misma proporción en tamaño.

Había que esperar, para poder verla, tal como ella era, desde cierta distancia, a través de los cristales de la vidriera, cruzando la acera, subiéndose la correa del bolso sobre el hombro, alejándose, hasta desaparecer de su vista. Solo entonces podía verla, de la misma manera que podía ver a todos los que nunca estaban, a todos los desaparecidos, y conocerlos perfectamente, a través del poso, de la sensación que residía en su cuerpo, tan cerca, cuando los otros ya estaban lejos.

Pero Carmen Durán no llegó muy lejos. Antes de cruzar la esquina Santos agarró su brazo. Al girarse, la muchacha frunció el ceño y apretó con fuerza los labios.

-Suéltame

Santos la miró a los ojos. Tenía que fijarse, observar en ella una correspondencia completa entre las palabras y los gestos, una alineación. Y entonces esperó un poco más, un poco, hasta ver cómo iban desapareciendo algunas de las arrugas en su entrecejo, y se abrían otro poco las aletas de su nariz, aunque sus labios todavía estaban duros, como piedras, cuando él comenzó a besarlos. Y a lo lejos, entre los coches, un extraño anciano se alejaba por la calle, sin ropa, saltando bajo la lluvia. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta: Santos y Rosa

El rostro de Rosa era severo cuando abrió la puerta. Santos tampoco saludó. Solo al cabo de un rato preguntó directamente por el paradero de Carmen.

-No tengo ni idea – contestó la anciana sin alterarse – No he vuelto a verla

Santos comprendió enseguida que la vieja mentía. No sabía porqué, pero se daba cuenta enseguida de esas cosas. De un solo vistazo pudo percibir todo el interior de la casa. Sobre el fogón de leña yacía el cadáver de una gallina blanca

-¿Puedo pasar?

Rosa se apartó de la entrada, sin entusiasmo. Al entrar en la casa, varios objetos se fijaron, con precisión fotográfica, en la mente de Santos Cámara

La anciana comenzó a desplumar la gallina sobre la encimera

-es mejor que te olvides de ella

Santos cogió aire en sus pulmones

-Señora, usted siempre me ha castigado, sin anunciarme los motivos de mi delito. Sé que la relación que mantuvo con mi padre la hizo a usted daño, pero yo no tuve nada que ver, ni siquiera había nacido.

La anciana lo miró fugazmente

-Aquello pasó hace mil años. No sufras, lo he superado

-Entonces ¿Cuál su problema?

-Tu padre sólo pensaba en lo suyo, eso es cierto, cuando le anuncié mi embarazo acabó con lo poco que quedaba entre nosotros. Esas cosas pasan. La clase social, qué te voy a contar

-Si, señora, pero yo no soy mi padre

-Ya ves, algunos se creen con derecho a tratar a los demás de forma diferente por eso

-¿Qué quiere decir?

Rosa se giró del todo, se limpió las manos en el delantal, sacó unos papeles del cajón y los dejó sobre la mesa.

Santos bajó la cabeza

-Entiendo. Fue una disputa entre Carmen y yo. Usted no debería meterse en eso

-En realidad tu y tu padre no sois tan diferentes

Santos tomó asiento.

-Mi padre ahora está muerto

-Si, y no fueron unos ladrones los responsables

Las manos de Santos Cámara comenzaron a temblar sobre la mesa, pero quería conservar la calma, de manera que sólo tragó un poco de saliva

Rosa volvió a girarse y continuó desplumando aquel animal

-En parte yo fui la responsable de su muerte. No fue el encarcelamiento de mi padre lo que volvió loco al abuelo. Cuando reparó por primera vez en mi vientre se quedó bloqueado. El pobre llevaba demasiadas cosas encima. Me cogió con fuerza de los brazos. Cuando le dije el nombre del padre se le salió de las entrañas el poco corazón que le quedaba. Si le hubiera dicho otro nombre, cualquiera del pueblo, cualquiera de esos zánganos que vivían por aquí, no le habría afectado tanto

-¿Qué está usted diciendo?

-Le dije al Abuelo que tu padre me había abusado

Santos cerró los ojos. Entraba demasiada luz en aquella casa. Ni siquiera esas malditas persianas a medio bajar evitaban el exceso de iluminación. Sintió deseos de pedir a la vieja que las bajase, hasta abajo, sin ninguna rendija, pero no podía hablar. Sólo después de haber apretado con fuerza los puños pudo articular palabra

-Me alegro que Carmen no sea hija suya- dijo al fin.

La anciana soltó la gallina y se giró de nuevo

-Si. Tenía miedo de decirle la verdad al abuelo, que yo me estaba viendo con tu padre desde hacía mucho tiempo, a sus espaldas, a espaldas de todos, como una furtiva. Se me ocurrió la estúpida idea del abuso. Entonces me asusté de verdad. Nunca había visto esa mirada en los ojos de un hombre. Pero el abuelo la tenía, traté de decirle que lo del abuso no era verdad, pero para entonces ya era tarde. No escuchaba. Primero se quitó la chaqueta, y caminó hasta la habitación, como sonámbulo. Yo lo seguí, recogiendo del suelo la ropa que se iba quitando. Abrió el armario y sacó la escopeta. Estaba segura de que iba a matar a tu padre.

Santos levanto la mano en señal de que parase de hablar. Le dolían los tímpanos, como si acabara de estallar un petardo bajo sus pies. Solo quería que aquella vieja le diese la dirección de Carmen y marcharse de allí.

La anciana se puso en jarras.

-Si, durante un instante disfruté con la idea de ver a tu padre agujereado por las balas. Te lo confieso.

-Usted está enferma

-Ya ves, cuando somos jóvenes no aceptamos que nadie derrumbe nuestra bonita idea del mundo

-No diga más tonterías

-El abuelo no estaba bien…

-El no pudo haber matado a mi padre

-…acababan de encarcelar a su hijo y todo este pueblo cobarde le estaba dando la espalda. Y ahora su única nieta había sido abusada por un marquesito intocable.

-A mi padre no lo mataron con una escopeta

-Traté de retenerlo y contarle la verdad. Me dio un empujón y caí de espaldas, para cuando me levanté y quise atajarlo el abuelo ya estaba sobre el escenario de la plaza.

-A mi padre lo mataron de varias cuchilladas.

-Luego se lo llevaron los guardias…

Santos se puso en pie

-Son solo suposiciones. ¿Acaso lo vio usted matarlo?

-Cuando a las pocas semanas el abuelo salió del psiquiátrico vi cómo ensillaba su mula y salía en dirección a la finca de tu padre. Al día siguiente los coches de policía iban por todas partes. Habían matado al marqués. Esa fue la última noche que vi al abuelo. Al día siguiente su mula regresó sola a la cuadra.

-Está usted loca

-Mi abuelo desapareció para siempre el mismo día que mataron a tu padre

-Pero se habría descubierto. Lo habría investigado la justicia

-Eran tiempos de guerra. En aquellos momentos la justicia no pasaba por los tribunales, no seas ingenuo

-¿Qué quiere decir?

La anciana metió las manos en el delantal

-A mi abuelo también lo mataron esa tarde

De repente las tripas de Santos se contrajeron, y tuvo que sentarse de nuevo.

-¿Quién?

Rosa sonrió, con aire condescendiente, como se sonríe a un pobre ignorante

-Después de todo también es la historia de tu familia. ¿No es eso lo que querías saber desde el principio?

Las tripas de Santos seguían enredándose, casi al borde del colapso, como si estuviesen digiriendo grandes bloques de cemento.

-Lo que usted insinúa es que mi familia, mi madre, tuvo algo que ver en la muerte de su abuelo. ¿Es así? Sea clara

Rosa se cruzó de brazos y miró al suelo, como el que da una conversación por terminada.

Santos se puso en pié

-Ahora lo entiendo, usted no me odia por ser hijo de mi padre, sino por ser el hijo de mi madre

Rosa abrió la puerta de la calle

-Es mejor que te marches

-Si. Tiene sentido. Tal vez mi madre encargó la muerte de su abuelo. ¿Por qué no? Mejor, Tal vez lo hizo con sus propias manos, no sé, con un arma. Por aquí todo el mundo tenía una, ¿No es cierto?

La anciana miró para otro lado.

-Es mejor que te vayas

-Si, bueno, tal vez si. Quizás ella, toda su vida recluida en casa, no sé, Pero Si, puedo aceptarlo. lo acepto. Su sentimiento por la familia era tan arraigado como el de usted. Ella no era peor que usted. Es el aire de este pueblo, que vuelve locas a las personas.

La anciana transmutó el gesto.

-Lo que te he contado no lo he hecho por ti, porque crea que tienes derecho a saber la verdad…

-No era tan difícil comprender sus motivos, tampoco había que ser tan ingenuo, después de todo el abuelo Durán era el asesino de su esposo. Tiene sentido. Tal vez ella presenció el crimen y decidió vengarse. No me estañaría nada, después de todo, ella siempre ocultaba cosas, igual que usted. Solo era una mujer, como cualquier otra, como usted, cogida por reacciones irracionales. Si. Tal vez todas sus conjeturas sean ciertas. Tiene mucho sentido, ¿por qué no?

-Ni siquiera te he contado esto por ayudarte a comprender de dónde vienes…

-Claro. Ahora entiendo. Aquí la guerra les perturbó a todos. Por eso se desnudaban y se mataban los unos a los otros. El psiquiátrico debía estar muy lleno por estos lugares

-Si te lo he contado no es por hacerte un favor a ti. Lo hago sólo por Carmen.

-No la meta a ella en esto.

-No voy a consentir que la trates de cualquier modo.

-Ahora que ya me ha contado todo ya puede darme su dirección ¿Dónde puedo encontrarla?

-No quiero que llene su cabeza de sueños y ahora vengas tu a destrozarlos.

-Deme su dirección. Solo quiero disculparme con ella y poder aclarar las cosas

La anciana lo contempló un rato, lentamente,

-Sé que usted no me aprecia, Rosa. Pero tenemos algo en común; los sentimientos por Carmen …

Rosa permaneció un rato en silencio sujetando la puerta, luego sacó un trozo de papel del bolsillo de su delantal y extendió el brazo de mala gana.

Santos recogió el papel y cerró el puño contra su pecho. Ahora tenía la dirección de Carmen y solo necesitaba salir de aquella casa. Rosa se apartó lentamente y vio como se alejaba por el camino. Pero entonces Santos detuvo su paso en seco, como si de repente se hubiera quedado pegado a la tierra. Se giró y comenzó a caminar hacia ella.

Sorprendida, Rosa contempló cómo se paraba a su lado, mirando justo por encima de su cabeza, con el rostro completamente pálido. La anciana, casi por instinto, se giró bruscamente en la dirección donde él miraba. Luego se volvió de nuevo hacia Santos, que se introdujo en la casa, muy lentamente, como si le costase caminar. Rosa frunció el ceño, como si se negase a creer lo que veía. Santos seguía caminando, como si alguna fuerza externa tirase de su pecho, en dirección a la ventana de la cocina, como si hubiese visto un fantasma y caminase a su encuentro. La anciana no pestañeaba. El cuerpo de Santos Cámara estaba comenzando a tomar un color más brillante; toda la luz del sol, se iba concentrado al rededor de su figura, mientras él levantaba lentamente el brazo derecho, que parecía tirado por un hilo invisible y que señalaba con el dedo hacia lo alto de la colina, donde se situaban las ruinas de la antigua finca del marqués

-Su abuelo, Rosa, está enterrado allá arriba.  SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta: La casa vacía

Aquella tarde, cuando Santos Cámara regresó a casa, tampoco encontró a Carmen. Su primera reacción fue abrir las ventanas, pero el aire no entró desde fuera, pese a que las copas de los árboles se mecían con furia. Tampoco escuchó el sonido de los coches, que no paraban de pasar por la calle.

Por un instante le pareció escuchar algo, el sonido de unos zapatos caminando. Podía escucharlo con toda claridad, podía sentir el aroma de ella flotando por toda la casa, sólo que ahora, sabía perfectamente que todo aquello era solo un producto que había fabricado su cerebro. Y por un instante dudó si había sucedido alguna vez. Si ella, realmente, alguna vez había estado en esa casa. Miró a su alrededor de nuevo y vio que algunas persianas estaban a medio bajar.

Sobre el escritorio, el retrato de su padre parecía diferente. Contemplo el oleo detenidamente, con si fuese la primera vez que lo veía, como si en realidad se estuviese contemplando a sí mismo. El mismo peinado, la misma expresión inexpresiva. Entonces se dio cuenta que toda aquella identificación era una forma de complacer a su pobre madre viuda. Una forma de salvarla del hueco que aquel hombre la había dejado al morirse.

Y ahora aquel hombre del retrato, cargado de virtudes, había sido el motivo del conflicto con Carmen. No iba a defendedlo. Sabía que aquel hombre no podía ser tan bueno como le habían contado.

Santos Cámara no era ningún estúpido. Sabía que él era diferente de su padre. Pero después de todo era su padre. A su espalda, un sonido seco le trajo un instante al presente. Podía sentirlo, claramente, y percibir la presencia de Carmen Durán apoyada sobre el escritorio. Podía sentir con absoluta precisión la ausencia de su cuerpo, de su sonrisa, de sus ojos oscuros y profundos. Pero su ausencia era solo una gran certeza, una forma de darse cuenta de las cosas. Una conciencia de que ella era completamente real.

Santos podía darse cuenta de las cosas, incluso aunque todos los demás lo negasen. Tenía esa maldición dentro de su cuerpo, de la que nunca conseguía desprenderse. En el fondo envidiaba de la gente su capacidad para olvidar, incluso para negar las cosas que veían claramente. Pero a Santos no se le escapaban los detalles, como ahora, mientras cada rasgo de aquel retrato se constreñía, amargamente, al borde de las lágrimas.

De repente cerró los ojos, apretó los puños, y corrió hasta la ventana para subir las persianas. El sol de la mañana iluminaba los tejados de los edificios, pero dentro de la casa continuaba reinando la penumbra. Bajó las persianas hasta abajo y volvió a subirlas. Y entonces comprendió claramente lo que siempre había sabido; el hecho de que era, justamente, todo aquello que no estaba presente lo que más realidad e importancia tenía.

El aire de la casa se había hecho tan sólido que casi le dolía al pasar por los pulmones. Estaba acostumbrado a aquella sensación. Podía soportarla, como un médico soporta la presencia de la sangre, mientras tapona una hemorragia, sin inmutarse, cuando a su alrededor todos lloran y se desmayan y miran para otro lado. Pero esta vez Santos Cámara tenía que salir de allí. Le costaba demasiado respirar. Recogió una chaqueta y salió a la calle, como el que huye del humo asfixiante de un incendio.

Angustiado, caminó por la calle, con el boquete que deja en el pecho el disparo de un bazoca, un poco extrañado de que ningún transeúnte se diese cuenta de eso, solo un poco extrañado, pues conocía muy bien la tendencia en el ser humano a negar las cosas importantes.

Tenía que encontrar a Carmen, tenía que pedirle disculpas por haberle arrojado aquellos papeles a la cara. Ese era, el único pensamiento que acudía a su cabeza, mientras arrancaba el motor de su auto. Solo una persona podía conocer su paradero, pero aquella vieja estaba en su contra, como si él fuese responsable de toda su desgracia familiar. SEGUIR LEYENDO   ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta: Carmen y Rosa

Rosa Durán estaba en el patio trasero de la casa recogiendo la ropa cuando escuchó llamar a la puerta. Era la primera vez que Carmen aparecía sin Santos en su casa, y la mirada turbia en los ojos de la muchacha no pasó desapercibida para la anciana.

Carmen entró en la casa sin saludar y tomó asiento. Rosa colocó un cazo de leche sobre el fogón, lentamente, como el que se prepara para escuchar una noticia desagradable.

Sin decir palabra, Carmen abrió su bolso y dejó sobre la mesa una carpeta con papeles. La anciana se colocó las gafas. Luego, tras leer los documentos, retiró lentamente la leche del fuego.

Carmen se mostró algo confundida por aquella reacción de la anciana.

-¿Has entendido lo que dicen estos informes?

-Pues claro, ¿acaso piensas que soy una tonta?

-En realidad no hay ningún vínculo genético entre Santos y yo

La anciana permaneció extrañamente tranquila. Carmen continuó

-Eso significa que tu y yo tampoco somos familia.

Sobre la mesa, Rosa colocó dos grandes tazas de porcelana. Carmen permaneció paralizada, esperando una respuesta. Entonces pestañeó por fin, como si hubiese sufrido un pequeño chock

-Tu ya sabias todo esto

Lentamente, la anciana sacó unas magdalenas del armario y las puso sobre un plato. Luego, con el cazo de leche en la mano, miró a la muchacha, sin disimular cierta ternura, como cuando alguien contempla, consternadamente, a una persona demasiado ingenua.

-¿Y por qué crees que eso de la genética es importante? La genética sólo es una manera de hacer una familia. ¿Te pongo leche?

-¿Cómo?

-El calcio es bueno para los huesos

Carmen desvió la mirada, trató de contener el temblor irremediable de sus labios, hasta que la anciana se sentó a su lado

-¿Qué te preocupa en realidad?

-El imbécil de Santos…esta mañana…me tiró estos papeles a la cara

Rosa introdujo la mano en el bolsillo de su delantal y ofreció un paquete de pañuelos a la muchacha, luego frunció el ceño y movió la cabeza de lado a lado.

-Mira, hija, los hombres, a veces, se vuelven completamente idiotas. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta: El beso

Durante la cena tampoco hablaron del tema, ni a la mañana siguiente, en el desayuno, aunque Santos la acompaño hasta la puerta, como siempre, para darle un beso de despedida, Carmen apartó la mejilla.

Durante un rato Santos se quedó mirando la puerta de la calle sin reaccionar. Esa mañana, por primera vez, en la soledad de su casa, sintió en su interior algo desconocido para él. Nunca antes había sentido nada igual, en realidad no recordaba haber sentido muchas cosas en su vida, y aquello, desde luego, era nuevo. El pecho le dolía, como si el aire se negase a entrar en sus pulmones.

No podía entender nada. Lo único que pedía era un beso, pensó, un beso de despedida, como siempre, como todos los días. Carmen podía haberle negado un beso en cualquier circunstancia y nada hubiese sucedido, pero ese beso, ´que se producía a diario, cada dantes de salir de la casa…

Desde luego que esa no era la primera vez que se disgustaban por algo. No siempre habían estado de acuerdo, pero pasara lo que pasara entre ellos, antes de marcharse, él la acompañaba hasta la puerta y se besaban.

Santos trató de apartar aquella sensación de su pecho, olvidarse de todo, pero desde la pared, el marqués tenía, por primera vez, una clara expresión en su rostro. En realidad todo el retrato había tomado una expresión diferente, contraída, de ceño marcadamente fruncido.

Al principio le costó comprender, pero ese día los pensamientos no acudieron a la cabeza de Santos para girar en círculos, para girar repetidamente, en surcos cerrados. Ese día su cerebro estaba completamente vacío, despejado. Sentía claramente la presión de sus puños contra el escritorio. Y entonces comprendió al fin. Estaba claro. Lo que el rostro del retrato parecía expresar, sólo era lo que él mismo sentía.

Caminó agitado hasta la habitación y se quitó la camisa. Hasta ahora no había protestado por nada. No era agradable pasar los fines de semana en aquel pueblo desierto, escuchando las historias de la vieja, pero nunca se había quejado por ello. Lo soportaba por Carmen, y soportaba después, sin protestar, las malditas apariciones del abuelo Duran, sólo por ella

Extendió la camisa sobre la cama y pasó la mano sobre una arruga. Si, se sentía excluido por Rosa, esa era la palabra, pero nunca había dicho nada. Había escuchado durante meses todas sus historias, en silencio, aunque sabía con certeza que aquella mujer nunca contaba toda la verdad.

En realidad soportaba aquellas historias por Carmen. A veces, desde la ventana de Rosa, se entretenía mirando las vayas de piedra que subían por la colina, delimitando las fincas de cardos y tomillos, avanzando hasta lo alto, mientras la vieja recordaba el pasado. Lo hacía por ella, pasaba las horas mirando por la ventana, mientras ellas charlaban animadamente, reían, y Carmen seguía preguntando más y más sobre los detalles de todo lo que la vieja contaba. Y Santos, a través de los cristales, contemplaba las ruinas del viejo caserón de su padre. Si algo podía reprochar a ese hombre era el hecho de haberse dejado matar. Y ahora, ella, quería echar su retrato a la basura.

Estaba seguro de que aquella vieja no lo apreciaba en absoluto. No sabía por qué pero estaba seguro de eso. Era recíproco, Sí, ahora podía reconocer eso sin ningún problema, igual que podía reconocer en sus tripas, ahora, una presión, como si lo estuviesen pellizcando desde dentro.

Santos Cámara dejó de planchar la camisa. A su cabeza acudían todas estas ideas, con total fluidez, sin re-estructurarse, ni repetirse siempre de la misma forma, como si los surcos de su cerebro hubiesen tomado una vía recta y clara. Había sido demasiado generoso con Carmen. Ese era el problema. Pero aquello ya no iba a consentirlo más. El retrato de su padre siempre había estado allí y seguiría estando siempre allí. Si Carmen Durán ahora tenía una familia era por él. Si ahora tenía una casa donde vivir era por él. ¿De qué se quejaba? ¿Qué pretendía?. En eso Santos no pensaba ceder. Ella ni siquiera tenía el derecho de haberlo planteado.

Desde la ventana miró los coches circulando por la avenida. Estaba claro, si ahora Carmen Durán tenía por fin una familia había sido por él. Por él ella tenía un abuelo, un bisabuelo y una madre. Ella, la huérfana, ahora pertenecía a toda una saga familiar.

Santos caminó hasta el salón. Aquel oleo había estado en la casa desde el principio y se merecía un respeto. Después de todo aquel hombre también era el padre de Carmen. O tal vez no.

De repente todo su cuerpo se paralizó, y aquella idea se repitió varias veces seguidas en su cerebro. Tal vez ellos no eran hijos del mismo padre. Tal vez no. Tampoco era una idea tan rara. Santos sacudió la cabeza. Tal vez ella ni siquiera era hija de Rosa Durán.

La camisa de Santos aún estaba arrugada en una manga. Tal vez todo había sido una enorme mentira. Aquellas historias de San Andrés, tal vez sólo habían sido tomadas por ella para colocase un traje que, en realidad, no era suyo; para inscribirse en una pertenencia que no le correspondía. Santos respiró profundamente.

Si. Era eso, tenía que ser eso. Carmen y él en realidad no eran familia. Ahora lo veía todo claro. Tomó aire. No era difícil averiguar la verdad. Caminó hasta el servicio, con todas aquellas ideas rebotando dentro de su cabeza, y tomó del armario el peine de Carmen Durán. Las mismas ideas, unas detrás de otras, se reproducían en su mente. Corrió hasta el salón y buscó en el cajón una guía de teléfonos. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Historia del conflicto

HISTORIA DEL CONFLICTO

Después de tomar un vaso de leche caliente, Santos se quedó dormido por fin. Sentada a su lado, Carmen recordó los enormes ojos de Rosa, recorriendo cada centímetro de aquellas viejas fotografías, y toda aquella historia familiar que la anciana le había contado. Tenía una sensación extraña, casi de paz, como cuando de niña se sentaba en silencio, en la capilla del hospicio, a mirar los rayos del sol colándose por las vidrieras de colores. En San Andrés, escuchando las historias que la anciana le contaba, tenía la misma sensación. Aquella extraña sensación, como si, en aquellos encuentros con Rosa, algunas cosas, por fin, hubiesen tomado sentido.

¿Y si en realidad Rosa Durán fuera su madre?

¿Y si la historia de Rosa fuera también su propia historia?

Tal vez sólo fuera el calor de aquella humilde casa, o los deliciosos guisos de la anciana, o quizás, pensó, su tono de su voz, que trasladaba el pasado hasta el presente, envuelto en una atmósfera casi sagrada.

Recordó la fotografía de Pepe Durán, entre los dedos de la anciana. Aquella instantánea en blanco y negro, amarillenta por el paso de los años, le conmovía tanto como un abuelo conmueve a una nieta cuando, sin haberlo conocido, alguien le cuenta su historia. Una historia que cosía con hilos invisibles la vida de todos ellos, que reencuadraba, de repente, todos los acontecimientos posteriores de su propia existencia.

Aquellas tardes de domingo, escuchando las historias que Rosa contaba de San Andrés, todo tomaba un sentido cada vez más claro. Ahora, en el silencio de la casa, como en el silencio de aquel hospicio, Carmen sabía en el fondo algo que ya entonces no sabía que sabía.

Pero de repente su rostro se endureció, como si hubiese percibido una sombra sobre su cabeza. Tal vez todo era una simple casualidad, pensó, algo que ella utilizaba para llenar un vacío dentro de su cabeza y de su pecho, algo que había quedado hueco, perdido, al igual que San Andrés que, como el resto de los pueblos del país se habían ido quedando solos, desapareciendo del mapa, absorbidos por el crecimiento de las grandes ciudades. Tal vez Rosa solo era alguien que había quedado allí, como una superviviente, para recordar las huellas, para evitar que la memoria se perdiese. Y pensó que ahora, misteriosamente, ella también se sentía formando parte de toda aquella historia. Se preguntó qué habría pasado si Pepe Durán no se hubiese negado a disparar sobre aquellos cinco hombres. ¿Cómo hubiese sido todo entonces?… y pensó que, si él no se hubiese negado a fusilar, no lo habrían encarcelado, y su hija Rosa no se hubiese quedado en la ruina, ni hubiese tenido que dejar a su hija, abandonada, en un hospicio.

Pero entonces ella, tal vez, ahora mismo no estaría sentada junto a Santos. No podía evitar sentir algo muy especial por aquel hombre, aunque tuviese la cabeza un poco destartalada. Aquel hombre no se parecía en nada al tipo del retrato que colgaba en la pared. Santos nunca hubiese dejado tirada, en la cuneta, a una mujer que llevase en su vientre a su propia hija.

Cuando Santos abrió los ojos, los últimos rayos de sol se colaban entre las rendijas de las persianas a medio bajar, iluminando débilmente el retrato del marqués.

-Era un hombre extraordinario, según decía siempre mi pobre madre.

Carmen no hizo ningún comentario.

Tenía que aguantar la presencia del marqués en el salón y callar. Olvidarse de sus propios sentimientos hacia aquel hombre, cuya presencia le producía una desagradable sensación en el cuerpo. Carmen se mordió el labio y trató de contenerse. Quería seguir los dictados de su cabeza y guardar silencio, pero no lo consiguió

-Tengo algo que decirte

Santos esbozó un pequeña sonrisa

-Espero que no te moleste

-¿Qué tendría que molestarme?

-No me gusta ese retrato

Santos cambió el gesto

-Prefiero que no sigas por ahí

-Sé que no tengo ningún derecho de pedirte esto

-¿Pedirme?

-Si. Quiero que te deshagas del cuadro

Santos había cambiado su rostro por completo

-Carmen, Es mi padre

-Es solo un retrato. Tampoco te estoy pidiendo la luna. Puedes colgarlo en cualquier otro cuarto.

Santos Cámara no contestó. Simplemente le dirigió una mirada rápida y fría, como si de repente no la conociese de nada. Luego saltó del sofá y se encerró en el baño. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Historia de Carmen Durán

Durante los meses siguientes las cosas trascurrieron con normalidad. Carmen visitaba a Santos cada tarde; había tomado gusto por su compañía y, por primera vez, no se sentía ante un hombre con tanta necesidad de protegerse.

Santos era diferente. Era obvio que se sentía atraída, pero él jamás permitiría nada carnal entre hermanos. Tal vez lo fueran en realidad, aunque solamente de padre, de ese hombre retratado en el salón, al que ella, de vez en cuando, dedicaba alguna mirada furtiva.

Los fines de semana, de manera regular, Santos la llevaba a San Andrés, donde pasaban la tarde en compañía de Rosa. Tal vez aquella anciana sí fuera de verdad su madre. Carmen no tenía ni idea de cómo debía ser una madre, ni de qué naturaleza podía estar hecho ese tipo de vínculo humano, pero lo que sí sabía era que, junto a esa mujer, ella podía sentirse en paz consigo misma y con el mundo.

¿Sería eso algo parecido a un sentimiento familiar?

Lo que sentía por la anciana era, sin duda, algo que jamás había experimentado antes. Era como si en realidad, ellas, se hubiesen conocido desde siempre. Podía contarla cualquier cosa sin sentirse juzgada, incluso su discutible pasado, aunque para eso debiese esperar a que Santos saliera de la casa, después de cada comida, a dar sus paseos por la finca de la colina.

Incluso cuando se encontraba más perdida, la anciana sabía mantener un espíritu tranquilizador. Para Carmen aquella mujer era un especie de heroína. Y después de cada despedida, ya anhelaba con impaciencia el siguiente encuentro. Junto a Rosa Durán tenía la sensación de poder ser como ella era, de sentirse, por fin, a salvo del maldito mundo.

Luego, de regreso a la ciudad, recordaba sus historias, sus cabellos blancos brillando junto al fuego de la estufa, y el sabor del café que preparaba. Era en aquellos instantes donde más agradecía los largos silencios de Santos. Más tarde, en su piso, recostada sobre su hombro, le preguntaba con insistencia cuándo sería la próxima vez que volverían a San Andrés para ver a Rosa, y él, con gesto resignado negociaba sin éxito una fecha lejana. Triunfante, Carmen paseaba su mano por el rostro de Santos, y en aquellos instantes todo le parecía, de repente, demasiado bueno para ser cierto. Todo, menos aquel retrato del marqués. No sabía porqué, pero aquel hombre del cuadro le inquietaba. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Novela corta capitulo 2

Santos estrujó entre sus manos una punta de la servilleta, pero no hizo ningún comentario, como si el precio por obtener la verdad sobre la vida de su padre pasara por mantener los labios sellados.

-Dime, Rosa- dijo Carmen inquieta- ¿Cómo acabó la cosa entre tú y el Marqués?

La anciana, pausadamente, apartó con la mano unas migas de pan

-Un día desapareció, sin más. Durante semanas esperé sentada en los pastos, como una tonta, viendo pasar las nubes sobre las tejas de su casa. Yo no entendía nada, sólo quería verlo de nuevo para notificarle mi embarazo. Ahora lo recuerdo casi con agrado, ya ves, cuando una es joven se sienten esas cosas. Una tarde, a lo lejos, vi una pequeña nube de polvo por las curvas de la carretera. No esperé. Subí corriendo la colina, como un animal agitado ante el regreso del dueño, pero el marqués no venía solo. Me escondí detrás de unas zarzamoras. Pude ver cómo bajaba del coche y se besaba con aquella mujer. 

-¿Qué mujer?

-Petra Hidalgo.

Al escuchar ese nombre Santos dio un respingo en la silla.

-Tenga cuidado con lo que diga

La anciana se rascó una oreja

-Continúa, por favor- pidió Carmen- ¿Qué hiciste entonces?

-Nada. Regresé a mi casa por la vereda. Había comprendido enseguida la situación. Lo único que me preocupaba era que mi padre notase el embarazo. Tenía claro que jamás le pediría a ese hombre nada. Podía arreglarme yo sola. Pero entonces las cosas se complicaron mucho más. En una semana mi padre fue encarcelado y todo el pueblo nos abandonó. Estábamos en la ruina, y no me quedó más remedio que hacer lo que más odiaba. Subí de nuevo la cuesta para pedir trabajo en la casa del Marqués. Al menos a eso no podía negarse. Entré en su salón, detrás de la criada que me abrió la puerta. Él estaba junto a la ventana, posando para un retrato. Al verme, pidió al pintor que nos dejase un momento a solas. Entonces le conté la situación y le pedí que me dejase trabajar en la casa. Claro, dijo, puedes empezar cuando quieras. Entonces levantó la mirada. En lo alto de la escalera Petra Hidalgo preguntó qué pasaba, “nada, cariño- contestó él- una chica del pueblo, que está buscando trabajo”. Si hubiese podido elegir me hubiese marchado de allí pegando un portazo. Pero no pude. Necesitaba ganar dinero.

De pronto, Rosa Durán quedó en silencio. Parecía cansada. Carmen se dispuso a recoger un poco la mesa, pero la anciana se lo impidió con un amable gesto

-Trabajé en esa casa hasta el día que mataron al marqués. Entonces Petra Hidalgo me despidió. Cogió sus cosas y desapareció del pueblo para siempre. Las dos estábamos a punto de dar a luz. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Santos Cámara estaba en el mismo lugar cuando Carmen salió de la cocina y le ofreció uno de los vasos que sostenía en la mano.

-¿Aún estás vestido?- preguntó, y luego soltó una pequeña carcajada – no te asustes, es broma, dijo, pero Santos pudo observar en su ojos un fondo de tristeza. Podía reconocer esa emoción.

-Me gustan los hombres serios. Toma, no voy a comerte

Santos tragó saliva, pero cogió el vaso. Ella levantó el suyo

-Por la familia

La luz de la tarde aún se colaba por la persiana a medio bajar, iluminando los hombros desnudos de ella. Pero Santos no iba a dejarse engañar tan fácilmente. Podía ir a la cocina con cualquier excusa y mirar en su bolso.

El vaso de Carmen permanecía levantado.

-¿Te pasa algo? Ya pones de nuevo esa cara tan rara.

Santos levantó la mirada, esperando un gesto de reproche, pero solo encontró una sonrisa infantil.

-Ya te has ido a tu mundo, ¿Ves? a ese sitio donde nadie más puede entrar

Santos Cámara trató de apartar algunos pensamientos de su cabeza. Tenía que apartarlos, solo eso, seguir respirando, nada más. Tenía que confiar e ella. Dio un largo sorbo de refresco,

Los ojos de Carmen brillaban con pasión y tristeza al mismo tiempo, luego alargó una mano y enredó sus dedos en el cabello de él. Por un instante, los pensamientos de Santos se detuvieron. Cerró los ojos. Ella despedía un aroma a chicle y sudor.

-Espero que esta vez no te desmayes, susurró, y abrió un botón de su camisa, como si se dejase llevar, simplemente, como cuando alguien hace algo sin pensar, solo porque le surge hacerlo, nada más que por eso.

Santos abrió los ojos. Se sentía ligeramente mareado, pero no era por la bebida. Dejarse llevar es importante. Y aquella idea se repitió de nuevo en su cabeza, mientras los labios de ella estaban cada vez más cerca, avanzando, como si no pensara las cosas, como si se hubiese dejado llevar por un impulso, como cuando la gente se deja llevar por un impulso y hace algo sin pensar. Aquella idea volvía de nuevo. Podía respirar el aroma de su aliento. Muy cerca. Colocó su mano sobre la boca de ella.

-No podemos hacerlo.

Lo labios de Carmen se plegaron hacia adentro. Santos frunció el ceño

-Somos hermanos. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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