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Relatos eróticos

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Santos Cámara estaba en el mismo lugar cuando Carmen salió de la cocina y le ofreció uno de los vasos que sostenía en la mano.

-¿Aún estás vestido?- preguntó, y luego soltó una pequeña carcajada – no te asustes, es broma, dijo, pero Santos pudo observar en su ojos un fondo de tristeza. Podía reconocer esa emoción.

-Me gustan los hombres serios. Toma, no voy a comerte

Santos tragó saliva, pero cogió el vaso. Ella levantó el suyo

-Por la familia

La luz de la tarde aún se colaba por la persiana a medio bajar, iluminando los hombros desnudos de ella. Pero Santos no iba a dejarse engañar tan fácilmente. Podía ir a la cocina con cualquier excusa y mirar en su bolso.

El vaso de Carmen permanecía levantado.

-¿Te pasa algo? Ya pones de nuevo esa cara tan rara.

Santos levantó la mirada, esperando un gesto de reproche, pero solo encontró una sonrisa infantil.

-Ya te has ido a tu mundo, ¿Ves? a ese sitio donde nadie más puede entrar

Santos Cámara trató de apartar algunos pensamientos de su cabeza. Tenía que apartarlos, solo eso, seguir respirando, nada más. Tenía que confiar e ella. Dio un largo sorbo de refresco,

Los ojos de Carmen brillaban con pasión y tristeza al mismo tiempo, luego alargó una mano y enredó sus dedos en el cabello de él. Por un instante, los pensamientos de Santos se detuvieron. Cerró los ojos. Ella despedía un aroma a chicle y sudor.

-Espero que esta vez no te desmayes, susurró, y abrió un botón de su camisa, como si se dejase llevar, simplemente, como cuando alguien hace algo sin pensar, solo porque le surge hacerlo, nada más que por eso.

Santos abrió los ojos. Se sentía ligeramente mareado, pero no era por la bebida. Dejarse llevar es importante. Y aquella idea se repitió de nuevo en su cabeza, mientras los labios de ella estaban cada vez más cerca, avanzando, como si no pensara las cosas, como si se hubiese dejado llevar por un impulso, como cuando la gente se deja llevar por un impulso y hace algo sin pensar. Aquella idea volvía de nuevo. Podía respirar el aroma de su aliento. Muy cerca. Colocó su mano sobre la boca de ella.

-No podemos hacerlo.

Lo labios de Carmen se plegaron hacia adentro. Santos frunció el ceño

-Somos hermanos. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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Relato Corto del Ascensor

Relato Corto del AscensorEs solo un ascensor con paredes cuadradas y techo alto, con botones colocados de abajo a arriba, en línea, desde el número más alto al más pequeño, que según descendía se iban iluminando en escrupuloso orden. Hacía ruido al bajar, pero no mucho, no ese ruido de motores rugiendo, no, era más bien un ruido disimulado, eléctrico, que hace tiempo ha dejado de sonar.

Si al menos hubiera un ascensorista podría hablar con alguien. Nunca piensas que acabarás atascado entre dos pisos. Debería haber bajado por las escaleras, quizá entonces me habría torcido un tobillo, nunca se sabe. Veo en el suelo unas pequeñas manchas, tal vez los cercos secos de algún pervertido que aprovechó el ascensor para masturbarse. Por lo demás está limpio, como esos paisajes lunares donde solo hay eco. Si acaso, como digno de mención, por decir algo, veo una mosca. Y un espejo, para que los pasajeros se miren mientras suben y bajan; disimuladamente si van acompañados o de forma desinhibida si viajan solos. Cuando uno está solo siempre puede ser un poco más sincero.

Un ascensor con espejo parece más grande de lo que es. A todos nos pasa. Un ascensorista lo sabe, incluso aunque no se de cuenta de que se da cuenta, eso es lo de menos, lo importante es que los usuarios lo piensan, y tratan de disimular; aprietan los puños, carraspean, levantan la barbilla y miran todo el rato los botones, calculando los pisos que les quedan, esperando que se iluminen deprisa, que suene pronto la campana, que se abran de una vez las puertas, para poder salir, por fin, y dejar de ser observados. La gente que toma un ascensor no quiere que la observen, en una distancia tan corta, donde todo se nota.

La gente que toma un ascensor solo espera que el trayecto sea rápido. No hay nada interesante en un ascensor. Uno solo espera llegar a su destino y salir, no quedarse atascado. Cuando yo bajo con mi esposa siempre nos miran. Algunos se dan codazos, otros reprimen todos los músculos de la cara para no soltar una carcajada. Los peores son los que no paran de hablar, lo hacen para que no se note lo que piensan, hablan sobre cualquier cosa y cuando ya no tienen más que decir, entonces miran la hora, observan el techo sin trampilla, taconean, respiran entrecortadamente, se miran de reojo en el espejo, o se ponen a silbar.

Si hubiese sabido que acabaría atascado entre dos pisos habría bajado andando, ahora estaría en el bar de Juanjo echando la partida. Mi esposa dice que los hombres casados no deben ir a los bares. También dice que soy demasiado bajito y nada cariñoso. La gente no se casa para eso. La primera vez que cogí un ascensor tenía una sensación extraña en las tripas, como si ellas no pudiesen entender ese movimiento vertical hacia abajo y se quisieran quedar en los pisos de arriba. Se siente como una caída; un vuelo. Luego te acostumbras, no pasa nada, el suelo está ahí, y dejas de sentirlo. Si volviera a nacer me quedaría soltero.

La mosca zumba a mi alrededor, lanzo manotazos al aire. Salto. Vuelvo a saltar, pero no la alcanzo. La mosca se posa en el espejo y va subiendo, luego se para para frotarse las manos porque sabe que a esa distancia está a salvo. El espejo está sujeto sin remaches y ocupa toda una pared. Me desabotono la camisa para usarla como arma.

La luz de emergencia empieza a parpadear y el reflejo de mi cara aparece y desaparece en el espejo. En la adolescencia me miraba en el del aseo durante horas. Era aterrador. Pensaba que en cualquier momento la cara haría un gesto involuntario, de repente se echaría a reír ella sola. No es una cuestión de aceptarse o no aceptarse, es algo mucho más terrible. Podía ser cualquier cosa; una vieja, una avispa. Cuando conocí a mi mujer a ella le pasaba lo mismo.

Lanzo la camisa al aire. Fallo. Cuando eres adolescente siempre te miras en el espejo por partes. Primero miras tu nariz, mucho rato, y todo el rostro se descompone. Entonces empiezas a asustarte pero no dejas de mirar, aguantas, sabes que en cualquier momento la cara cambiará de gesto ella sola, y cuando eso ocurre ya nunca sabrás si sucedió en realidad o solo te pareció verlo, luego piensas que la taza del váter se cerrará de repente, o que alguien te tocará la espalda, aunque estás solo, con la puerta del baño cerrada. Vuelvo a lanzar la camisa, pero no se eleva, mi esposa se empeña en comprarme camisas de seda, que no pesan.

Por fin la luz de emergencia deja de parpadear. Ahora me parece que el ascensor ha encogido. Golpeo las paredes con la palma de las manos, pregunto que si alguien me escucha, espero, la mosca se ha revolucionado y vuela en círculos por encima de mi cabeza.

Mis hijos ya no viven con nosotros. Cuando eran adolescentes también necesitaban mirarse en todos los espejos. Se miraban en los cristales de los coches, en la luna de los escaparates, y en mis gafas de sol mientras les hablaba. Cuando los hijos son pequeños te ilusiona volver del trabajo para verlos, hasta que entran en la adolescencia y de repente dejas de reconocerlos. Solo quieres que crezcan deprisa y desaparezcan de tu vista para siempre. Desgraciadamente eso es lo que ocurre; un día se van de casa y te quedas solo, con tu mujer.

Toco los botones de los pisos y no pasa nada. Ni sube ni baja. Un ascensor solo puede hacer eso, subir o bajar, es sencillo, solo dos opciones, nadie espera cuando coge un ascensor que vaya para la derecha ni para la izquierda, no es pedir por pedir, no es obsesionarse en que se cumplan grandes expectativas, es solo esperar lo justo, al menos, que tenga una trampilla en el techo, los ascensores con trampilla son otra cosa, aunque uno no llegue ni a los botones. Pero la ves. Un hombre no puede vivir sin esperanza.

Al final todo son elecciones, algunas personas pueden ser muy valientes, yo nunca lo fui, preferí mil veces antes la comodidad. Podía haber bajado andando. A veces en la vida no se acierta. Luego ya no hay remedio. Quizás se haya ido la luz en todo el barrio. Seguro que hay mucha más gente en mi situación. Me alegro. Lo mejor de tener una mosca dentro del ascensor es que ella tampoco puede ir a ningún otro sitio. Solo tienes que esperar a que baje del techo sin trampilla para poder darle caza.




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Cuento corto Epistolar

Cuento corto EpistolarYo te recuerdo a tu padre. Por eso me odias. Pero cómo no iba a parecerme a él, si soy su hermano. Y no creas que no te entiendo, sé que no es fácil aceptar las cosas,  pero no es culpa nuestra. Fue tu abuelo quien nos inculcó aquella extraña costumbre de orinar desde el balcón.
Al principio nosotros tampoco lo aceptábamos, incluso llegamos a oponernos seriamente. Cuando se es joven uno se hace rebelde. Yo me negué en rotundo, “no quiero esta herencia” grité a tu abuelo, y él, muy tranquilo, nos explicó que igualmente habíamos heredado los ojos azules y la destreza para criar galgos. Tampoco pudo decirnos mucho más. No es que tu padre y yo no queramos responderte. Al principio también necesitábamos saber el motivo de aquella manía, pero el abuelo nunca dijo nada. Él tenía esa costumbre desde siempre. Su padre también. No insistas. Ninguna persona viva recuerda ya por qué cada 24 de Marzo todos los hombres de la familia se ponen a orinar desde un balcón.




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Relato histórico corto

Relato histórico cortoRelato histórico corto. EL CAFÉ BASIA

Todas las tardes el Café Basia se llenaba de sombreros y bufandas, de cáscaras de cacahuetes y ceniceros repletos de cigarrillos estrujados. Por la puerta se colaban los abrigos vacíos, y el humo de la carne de los hombres oscurecía los cielos. Pero nunca se hablaba de eso. Solo los camareros pululaban entre las mesas, como libélulas negras, y alguno, para distraerse, recorría con su mirada plana los bigotes de un enorme gato imaginario. El café Basia era una mordaza bajo los sombreros negros, el vodka y los dientes amarillos de los que viven un destino de barco de papel y de barreño. Todos decían sí. Todos estaban de acuerdo en estar de acuerdo. Eso era básicamente lo que pasaba, aunque nunca se expresara abiertamente.

Se rascaban las nucas y las miradas recorrían las baldosas. Las baldosas coloreadas del Café Basia, por cuyas grietas se perdía el coraje amarillo de los hombres. Pero nunca se hablaba de eso, como tampoco se hablaba de las manchas oscuras sobre los cipreses, y cada vez se podía hablar de menos cosas, y mucho menos del humo. En realidad ya no se hablaba de nada. De nada importante. De nada que supusiera algo más que los comentarios sobre lo adecuado de llevar botas altas por la ribera del río, y entonces todos estaban de acuerdo. “Sí, eso es cierto”, se apresuraba a decir alguien aparentemente más decidido, como en un intento de recuperar el valor, quizá solo el ánimo, y luego bajaba la cabeza, como si pensase que había sido demasiado impulsivo, o como los que temen que un primer paso les arrastre demasiado lejos. Y luego ya no se decía nada más, solo el ruido de la cafetera, algunas manos temblando que barajaban los naipes, las miradas que se evitaban, las patillas que se rascaban, y los perfumes en el aire, para esconder el olor de la muerte, en el café Basia, donde los hombres que ya no podían ser hombres, y se asomaban al hueco de sus pipas y al abismo de las cascaras de cacahuete que desbordaban los ceniceros.

Y mientras, las fábricas de la muerte expulsaban sus columnas de humo, arrastradas por los vientos helados, hasta los cristales de la ventana, y las manos agitaban los vasos, como si el tintineo de los hielos pudiese espantar los fantasmas, y cuando alguno ya no podía más, se arrancaba a contar alguna anécdota desgastada, y todos trataban de sonreír, solo para agradar, para seguir estando de acuerdo, hasta que se congelaban los gestos y las miradas caían de nuevo sobre las baldosas, como canicas heladas, como los arrecifes sin mar, como cuando los curas se llevan a la boca una hostia sin Dios, mientras los ciegos, mastican, sin ganas, los cristales rotos de sus corneas.

Si al menos algo hubiese podido decirse; un lo siento. Un no me mires así que te mato. Pero no. Nada estaba permitido. Solo la rumiación sin fin de unas hierbas de cartón, las miradas caídas sobre una escupidera sin saliva, que trataban de desaparecer entre las baldosas rotas, que se estampaban una y otra vez, como pájaros negros, contra los espejos de marcos dorados, sobre las barras de bronce, por encima de los percheros. Y luego, al caer la tarde, los abrigos se levantaban, los sombreros bajaban de sus baldas y las botas salían por la puerta del café, unas al lado de las otras, bajo las sombras de aquellas enormes chimeneas.




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