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El retrato del Marqués

 Santos Cámara siempre bajaba las persianas antes de dormirse, siempre, desde que era capaz de recordar, durante todos los días de su vida antes de meterse en la cama, como un ritual, por eso le extrañó encontrarlas abiertas. Tenía la cabeza muy pesada, como si hubiese bebido, y eso no era normal, porque Santos Cámara nunca bebía. Observó que había sangre en la colcha y en las sábanas, y en el cable blanco de la lamparilla de noche. Entonces vio el cuerpo de Carmen tumbado sobre la cama.

Sabía que se llamaba Carmen porque ella se lo dijo en el bar donde la conoció. Pero entonces aún no recordaba por qué conocía el nombre de aquella mujer. Su cabeza estaba tan descolocada como los objetos que veía a su alrededor; una cómoda, dos espejos de armarios y varias prendas de ropa esparcidas por el suelo.

No era posible. Nada le era familiar. Aquella habitación, simplemente, no era la suya. En ese momento solo deseó encontrarse lejos de aquel lugar, pero su cerebro funcionaba demasiado despacio, como si arrastrara una saca de tornillos. Pensó en salir de allí, lo necesitaba como no recordaba haber necesitado algo antes. Fue solo un instante, pero pudo sentir ese deseo con todo su cuerpo.

Lo primero era incorporarse de la cama. Lo hizo. Apoyó los dos pies en el suelo casi a la vez y pudo sentir en sus plantas el frío de las baldosas. Trató de centrarse en aquella sensación, que pronto se extendió por sus piernas y le atravesó la columna, hasta la base de la nuca. Mecánicamente, recogió la camisa y metió el brazo en una manga. Entonces supo que se llamaba Carmen, porque ella se lo dijo en el bar donde la había conocido.

En realidad él no acostumbraba a tratar con mucha gente, y menos con una mujer. Hola, dijo, soy Carmen y recogió un periódico de la barra. Santos preguntó que si le conocía, aun sabiendo de sobra que ella no le conocía. Si Santos Cámara hubiese conocido a esa mujer seguro que lo recordaría. Seguro. No habría olvidado ningún detalle. ¿Nos conocemos?, le preguntó, y ella dijo, no, y sonrió.

Lo recordaba perfectamente. Podía recordar todo eso, cada detalle, excepto cómo llegó a su cama.  Se colocó un calcetín. Sobre las baldosas un bolso con mariquitas rojas había vomitado todo su contenido por el suelo. Carmen estaba ahora completamente blanca, casi trasparente. Se puso los calzoncillos, los pantalones y, de repente, su cuerpo se paralizó. En el tobillo izquierdo de la mujer una mancha azulada parecía brillar, algo insignificante, un detalle sin importancia, si no fuera por que se trataba de la misma marca de nacimiento que él mismo también tenía.

El aire había dejado de llenar sus pulmones y solo una sensación en las tripas lo mantenía alerta. Trató de centrarse en aquella sensación, como el que se aferra a una certeza, a una base de verdad. Ahora solo podía confiar en su estómago, seguir aquella punzada, como un ciego sigue la punta de su bastón.

Salió del cuarto, sin reconocer nada a su alrededor, ningún objeto. Buscó el baño, girando varios picaportes con la manga de su camisa y abrió un grifo. En el espejo pudo recomponer un poco su propia imagen, recolocar las lineas angulosas de su rostro, que parecían mezclarse con el recuerdo de un antiguo retrato al oleo, de alguien que no era él mismo.

La luz de la ventana se reflejaba en los objetos de acero del aseo. Calculó que debía ser casi mediodía. Tenía que salir de aquel piso, aquella era la única idea que su cabeza generaba una y otra vez, como una rueda de piedra girando sobre un eje. Santos podía escuchar esa voz que se repetía sin ninguna variación de tono, casi un rezo, sin ningún énfasis en particular. SEGUIR LEYENDO 




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