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Historia de Carmen Durán

Durante los meses siguientes las cosas trascurrieron con normalidad. Carmen visitaba a Santos cada tarde; había tomado gusto por su compañía y, por primera vez, no se sentía ante un hombre con tanta necesidad de protegerse.

Santos era diferente. Era obvio que se sentía atraída, pero él jamás permitiría nada carnal entre hermanos. Tal vez lo fueran en realidad, aunque solamente de padre, de ese hombre retratado en el salón, al que ella, de vez en cuando, dedicaba alguna mirada furtiva.

Los fines de semana, de manera regular, Santos la llevaba a San Andrés, donde pasaban la tarde en compañía de Rosa. Tal vez aquella anciana sí fuera de verdad su madre. Carmen no tenía ni idea de cómo debía ser una madre, ni de qué naturaleza podía estar hecho ese tipo de vínculo humano, pero lo que sí sabía era que, junto a esa mujer, ella podía sentirse en paz consigo misma y con el mundo.

¿Sería eso algo parecido a un sentimiento familiar?

Lo que sentía por la anciana era, sin duda, algo que jamás había experimentado antes. Era como si en realidad, ellas, se hubiesen conocido desde siempre. Podía contarla cualquier cosa sin sentirse juzgada, incluso su discutible pasado, aunque para eso debiese esperar a que Santos saliera de la casa, después de cada comida, a dar sus paseos por la finca de la colina.

Incluso cuando se encontraba más perdida, la anciana sabía mantener un espíritu tranquilizador. Para Carmen aquella mujer era un especie de heroína. Y después de cada despedida, ya anhelaba con impaciencia el siguiente encuentro. Junto a Rosa Durán tenía la sensación de poder ser como ella era, de sentirse, por fin, a salvo del maldito mundo.

Luego, de regreso a la ciudad, recordaba sus historias, sus cabellos blancos brillando junto al fuego de la estufa, y el sabor del café que preparaba. Era en aquellos instantes donde más agradecía los largos silencios de Santos. Más tarde, en su piso, recostada sobre su hombro, le preguntaba con insistencia cuándo sería la próxima vez que volverían a San Andrés para ver a Rosa, y él, con gesto resignado negociaba sin éxito una fecha lejana. Triunfante, Carmen paseaba su mano por el rostro de Santos, y en aquellos instantes todo le parecía, de repente, demasiado bueno para ser cierto. Todo, menos aquel retrato del marqués. No sabía porqué, pero aquel hombre del cuadro le inquietaba. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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