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Historia del conflicto

HISTORIA DEL CONFLICTO

Después de tomar un vaso de leche caliente, Santos se quedó dormido por fin. Sentada a su lado, Carmen recordó los enormes ojos de Rosa, recorriendo cada centímetro de aquellas viejas fotografías, y toda aquella historia familiar que la anciana le había contado. Tenía una sensación extraña, casi de paz, como cuando de niña se sentaba en silencio, en la capilla del hospicio, a mirar los rayos del sol colándose por las vidrieras de colores. En San Andrés, escuchando las historias que la anciana le contaba, tenía la misma sensación. Aquella extraña sensación, como si, en aquellos encuentros con Rosa, algunas cosas, por fin, hubiesen tomado sentido.

¿Y si en realidad Rosa Durán fuera su madre?

¿Y si la historia de Rosa fuera también su propia historia?

Tal vez sólo fuera el calor de aquella humilde casa, o los deliciosos guisos de la anciana, o quizás, pensó, su tono de su voz, que trasladaba el pasado hasta el presente, envuelto en una atmósfera casi sagrada.

Recordó la fotografía de Pepe Durán, entre los dedos de la anciana. Aquella instantánea en blanco y negro, amarillenta por el paso de los años, le conmovía tanto como un abuelo conmueve a una nieta cuando, sin haberlo conocido, alguien le cuenta su historia. Una historia que cosía con hilos invisibles la vida de todos ellos, que reencuadraba, de repente, todos los acontecimientos posteriores de su propia existencia.

Aquellas tardes de domingo, escuchando las historias que Rosa contaba de San Andrés, todo tomaba un sentido cada vez más claro. Ahora, en el silencio de la casa, como en el silencio de aquel hospicio, Carmen sabía en el fondo algo que ya entonces no sabía que sabía.

Pero de repente su rostro se endureció, como si hubiese percibido una sombra sobre su cabeza. Tal vez todo era una simple casualidad, pensó, algo que ella utilizaba para llenar un vacío dentro de su cabeza y de su pecho, algo que había quedado hueco, perdido, al igual que San Andrés que, como el resto de los pueblos del país se habían ido quedando solos, desapareciendo del mapa, absorbidos por el crecimiento de las grandes ciudades. Tal vez Rosa solo era alguien que había quedado allí, como una superviviente, para recordar las huellas, para evitar que la memoria se perdiese. Y pensó que ahora, misteriosamente, ella también se sentía formando parte de toda aquella historia. Se preguntó qué habría pasado si Pepe Durán no se hubiese negado a disparar sobre aquellos cinco hombres. ¿Cómo hubiese sido todo entonces?… y pensó que, si él no se hubiese negado a fusilar, no lo habrían encarcelado, y su hija Rosa no se hubiese quedado en la ruina, ni hubiese tenido que dejar a su hija, abandonada, en un hospicio.

Pero entonces ella, tal vez, ahora mismo no estaría sentada junto a Santos. No podía evitar sentir algo muy especial por aquel hombre, aunque tuviese la cabeza un poco destartalada. Aquel hombre no se parecía en nada al tipo del retrato que colgaba en la pared. Santos nunca hubiese dejado tirada, en la cuneta, a una mujer que llevase en su vientre a su propia hija.

Cuando Santos abrió los ojos, los últimos rayos de sol se colaban entre las rendijas de las persianas a medio bajar, iluminando débilmente el retrato del marqués.

-Era un hombre extraordinario, según decía siempre mi pobre madre.

Carmen no hizo ningún comentario.

Tenía que aguantar la presencia del marqués en el salón y callar. Olvidarse de sus propios sentimientos hacia aquel hombre, cuya presencia le producía una desagradable sensación en el cuerpo. Carmen se mordió el labio y trató de contenerse. Quería seguir los dictados de su cabeza y guardar silencio, pero no lo consiguió

-Tengo algo que decirte

Santos esbozó un pequeña sonrisa

-Espero que no te moleste

-¿Qué tendría que molestarme?

-No me gusta ese retrato

Santos cambió el gesto

-Prefiero que no sigas por ahí

-Sé que no tengo ningún derecho de pedirte esto

-¿Pedirme?

-Si. Quiero que te deshagas del cuadro

Santos había cambiado su rostro por completo

-Carmen, Es mi padre

-Es solo un retrato. Tampoco te estoy pidiendo la luna. Puedes colgarlo en cualquier otro cuarto.

Santos Cámara no contestó. Simplemente le dirigió una mirada rápida y fría, como si de repente no la conociese de nada. Luego saltó del sofá y se encerró en el baño. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO





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