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Historias de amor tristes

Historias de amor tristesHistorias de amor tristes para leer online

Durante un buen rato, después de haber escuchado toda la historia que Santos le había contado, Carmen Durán permaneció muda. Como si estuviese hipnotizada por los bordados del mantel, lentamente, rellenó su copa de vino

-No debí aceptar verte de nuevo

Santos bajó la cabeza y ella se apartó la melena

-Mira, no te conozco de nada. Es la segunda vez que te veo y ahora dices que has conocido a mi madre en un pueblo perdido de la provincia. ¿Crees que eso es normal?. En serio, no te ofendas, pero eres un tío muy raro. Primero me dejas tirada en la cama, inconsciente, luego me despierto sola, medio desangrada por la regla, y ahora me vienes con esta historia. En serio, ¿nunca te vio un medico?

-Disculpen, ¿Han decidido ya los señores?- Santos Cámara sostuvo la mirada del camarero. Tenía un rostro normal, sin ninguna otra cosa que llamase especialmente su atención. Carmen levantó la copa para beber. Sus dedos eran largos y delgados, justo como los recordaba. Una gruesa gota de vino cayó sobre su vestido.

-Vaya, no me lo puedo creer- Exclamó desconcertada

A Santos no le extrañó aquella reacción, era algo que ya había sucedido antes y, sin embargo, ella se sorprendía, como si fuese la primera vez que se manchaba una prenda en toda su vida. Con la punta de la servilleta ella comenzó a frotarse la mancha

-No. No hemos decidido todavía. Vuelva dentro de un rato 

Durante un instante ella frotó la mancha con la servilleta, en silencio, mientras a la cabeza de Santos acudían todos los recuerdos de su visita al pueblo de San Andrés

-La historia que te he contado antes es cierta. Creo que tú y yo somos hijos del mismo padre

Las pupilas de Carmen brillaron de pronto, luego, una sonrisa fue creciendo en su rostro, lentamente, hasta estallar en una carcajada

Santos Cámara guardó silencio unos segundos antes de seguir hablando

-Entiendo que te cueste comprender. Sé que todo esto no es fácil. Tu familia de San Andrés…

Ella golpeó la mesa

-Mi familia vive toda en Italia

Santos observó detenidamente los ojos de Carmen, su postura, el tono de su voz, y pudo percibir en el estómago una ligera señal, una pequeña punzada que reconocía perfectamente. Podía darse cuenta enseguida de esas cosas, pero guardó silencio

Carmen apuró el último sorbo de su copa.

-Me tengo que ir

Santos se mantuvo en silencio, siempre había preferido no decir nada cuando no tenía nada que decir. Y ahora no sabía qué decir, y sabía que sabía que no sabía qué decir, y solo podía repetirse eso para sí mismo, lentamente, casi sin oírse. Luego levantó la vista hacia ella, que seguía allí, observando de cerca los bordados del mantel, desde un lugar muy lejano

-Me voy a ir. Me duele un poco la cabeza.

Santos sintió otra pequeña punzada en la tripa. Reconocía una mentira inmediatamente. Se daba cuenta de esas cosas, no podía evitarlo. Ella se levantó de la silla, como hacen las actrices que mienten cuando aparecen en las revistas, o se despiden de alguien desde la proa de un barco que se va. Santos percibía esas cosas con absoluta claridad. Entonces, a su espalda, escuchó unos pasos acercándose, mientras ella se alejaba entre las mesas

-¿Está todo bien, Señor? ¿Sabe ya lo que van a tomar?

No. No está todo bien, pensó, o dijo, no sabía muy bien. A veces no estaba completamente seguro de esas cosas. El camarero lo miraba sin pestañear.

-No está todo bien- exclamó Santos, sin saber muy bien por qué hablaba con un desconocido, y volvió a repetirlo, como si quisiera asegurarse de que ya lo había dicho, “No está todo bien”, como si a aquel tipo le importase un pimiento la respuesta o,  tal vez, solamente por aquella costumbre suya de repetirse a sí mismo las cosas. 

El camarero, con pulso tembloroso, retiró un vaso de la mesa. A lo lejos, Carmen Durán, con paso seguro, caminaba entre las últimas mesas del restaurante. Colgadas del techo, las lámparas de cristal emitían un sonido ensordecedor, un tintineo incesante por el roce de los vidrios, aunque, misteriosamente, nadie más que Santos parecía darse cuenta de aquello. No sabía qué pensar. Observó que las lámparas del restaurante eran todas iguales y que, sin embargo, había pequeñas diferencias entre ellas, tal vez por la manera en que estaban colocadas, o por la luz, y pensó si eso era importante ahora, si eran importantes la malditas lámparas. Él no iba por ahí preguntando a la gente qué cosas les parecían importantes y qué cosas no. Pero no podía evitar fijarse en los detalles; en la nuez del camarero, que se movía para dejar pasar la saliva, mientras él se levantaba, metía su mano en la chaqueta, dejaba un billete sobre la mesa, la nuez del camarero subía y bajaba, como si quisiera salirse de la garganta.

Carmen también subía la correa de su bolso para que no bajase de su hombro. Cuando Santos la alcanzó en mitad de la calle ella frunció el ceño

-¿Qué quieres ahora?

-Tienes que escucharme, lo nuestro no ha sido un encuentro casual

Carmen no se inmutó. Estaba acostumbrada a encontrarse con bastantes locos en su vida, aunque tal vez pensara, por la manera de mirarlo, que Santos era el caso más grave que había conocido.

-Verás, quiero tratar de ser amable contigo, pero es mejor que nos olvidemos de todo

-No. Tu familia no vive en Italia

De repente, Carmen empuñó con fuerza su bolso de mariquitas rojas 

-Está bien. Soy huérfana. Ahora ya lo sabes. ¿Qué quieres de mi? 

-Si, eso lo sé, tu madre te dejó en un hospicio

Durante casi un minuto Carmen se quedó inmóvil, hasta que, por fin, tras pestañear, arrastrada por la fuerza de la gravedad, la correa de su bolso se descolgó, y todos los objetos rodaron por el suelo.  SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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