Home » Historias seleccionadas » Historias de Amor

Historias de Amor

Historias de AmorHistorias de Amor para leer online sin descargar

Santos Cámara se sentía mareado. Necesitaba ordenar su cabeza. Ahora sabía que Rosa Durán había sido la amante de su padre, cuya hija en común estaba en algún lugar. Tal vez todo era una extraña coincidencia. Tal vez Carmen sí era hija de Rosa y por alguna razón había aparecido en aquel bar. 

Demasiada casualidad. No habían pasado ni tres días después del entierro de Doña Petra. Santos llevaba años pasando por la puerta de aquel bar, pero nunca en su vida había puesto un pié dentro. A través de las vidrieras, solía mirar cómo la clientela se reunía, tras salir de las oficinas cercanas, para beber y pinchar chorizo que el camarero colocaba sobre la barra. Allí, algunas mujeres con aspecto de ejecutivas tomaban gambas a la gabardina y se limpiaban los labios con servilletas de papel. Santos, solía mirar a través del cristal. Había observado muchas veces a todas aquellas personas reír, gesticular, incluso tocarse las unas a las otras mientras charlaban. Pero aquella tarde Santos no se paró a mirar por la vidriera.

Aquella tarde Santos empujó la puerta del bar, caminó hacia la barra y tomó asiento en uno de aquellos taburetes giratorios. Luego, con su gabardina perfectamente doblada sobre las piernas, respiró profundamente. Desde su posición podía percibir el aroma de los cuerpos y escuchar las conversaciones, tan de cerca, que le hubiese bastado estirar un brazo para tocar los cabellos que, delicadamente, se apartaban de la cara mientras reían, entre bocados de anchoas y sorbos de vino, un pequeño grupo de mujeres. Pero lo que Santos no se podía imaginar era que, esa tarde, Carmen Durán se acercaría a la barra para preguntarle si se conocían.

Santos sabía que no sabía cómo comportarse exactamente ante una situación como esa, pero en ese momento pareció no importarle demasiado el detalle, como si en el fondo, por primera vez, se sintiese cómodo sintiéndose incómodo. Entonces se dejó llevar, como un bailarín cojo sobre un escenario inestable y, a Carmen, a juzgar por la frecuencia en que su sonrisa asomaba, parecía resultarle divertida la situación

Ahora recordaba aquel encuentro. Lo recordaba de una manera diferente a como habitualmente recordaba las cosas. No solo había guardado en su memoria cada detalle, cada milímetro de tiempo. No. No era eso, no era sólo eso, porque ahora aquellos recuerdos estaban compuestos de otras cosas, que iban unidas, de sensaciones que también se habían guardado dentro de su cabeza y que, ahora, lo provocaban un ligero mareo.

Ahora podía recordar a Carmen con toda claridad. “Me gustan los hombres cuidadosos” dijo, sonriendo, mientras él doblaba su gabardina sobre una silla, en aquella casa tan desordenada. Luego la siguió hasta la cocina. Ella abrió un armario, cogió una sartén, bajó un poco la cabeza, “no paras de mirarme”, dijo, y sacó de la nevera dos filetes de carne envueltos en plástico trasparente, “me vas a desgastar” añadió, y giró un poco la muñeca, como si espantase una mariposa.

Cenaron en el sofá. Ella masticaba la carne. La cortaba en el plato y la masticaba, cuando se manchó el vestido. Luego bajó la cabeza hacia la mancha y se quedó sorprendida, como si aquella fuera la primera vez en toda su vida que se manchaba un vestido. “No me lo puedo creer” dijo, y levantó la mano derecha, manchada de grasa.

En en la cabeza de Santos, aquella imagen iba y volvía, una y otra vez, como una pelota que choca y regresa sin parar.

Tenía los dedos manchados de grasa. Se dio cuenta enseguida de eso, como si para ella poner cuidado en las cosas no fuera importante, y aquella idea se enroscó en la cabeza de Santos, como un turbante.

Pero ahora ella no estaba. Entonces se vio a sí mismo, desde algún lugar de la sala, y dejó de recordar. Por un instante, le atravesó la idea de que ya nunca más volvería a ver a Carmen con vida. Un violento baile de tripas casi lo tira al suelo. Tenía que tranquilizarse. Caminó hasta el cuarto y sacó una camisa del armario. Dentro de su cabeza, otra extraña idea comenzaba a tomar forma. Pero no era sólo un pensamiento. Santos podía recordar claramente aquel pequeño aseo, donde se lavaba las manos, mientras ella yacía en la cama, totalmente blanca. SEGUIR LEYENDOLEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Facebook

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *




Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

Únete a otros 11 suscriptores

Facebook