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Historias de terror para adultos

Historias de terror para adultosHistorias de terror para adultos

Santos estiró la camisa sobre la cama, dobló una manga y pasó su mano sobre ella. En la casa el silencio era completo. Luego estiró la otra manga, usando los mismos movimientos, tratando de borrar toda arruga de la prenda. No. Él no podía haber matado a Carmen Durán.

Con ambas manos, una vez estaba perfectamente doblada, levantó la camisa. “Cuidar la ropa es importante” escuchó dentro de su cabeza, pero solo dos veces, porque enseguida recordó el cuerpo blanco de Carmen, casi transparente, yaciendo sobre la cama.

Dejó la camisa en la silla y trató de respirar. A su cabeza, como trenes a punto de descarrilar, los pensamientos acudían; “cuidar la ropa”…”la ropa cuidada dice mucho de la gente”…Pero entonces, sin poder evitarlo, las ideas se pararon en seco. Junto a los botones de la prenda una pequeña arruga surcaba la tela. En la pared, lentamente, el rostro de un anciano había comenzado a dibujarse.

Santos no abrió la boca. Dentro de su estómago una sensación de calor y de frío había empezado a crecer. Tenía que bajar las persianas. Tenía que bajarlas, como siempre, hasta abajo, hasta que no quedase una sola rendija por la que se colase la luz, pero sus piernas se negaban en rotundo a dar un paso. En la pared, el rostro del anciano había tomado mayor nitidez.

Santos Cámara trató de calmarse. Junto a la ventana, el anciano, completamente desnudo, sostenía sobre la espalda una vieja escopeta de caza.

No era la primera vez que Santos Cámara veía ese tipo de cosas, ni tampoco era la primera vez que sentía esa sensación en las rodillas, como si todo su cuerpo anunciara la intención de abandonarle por completo y, sin embargo, en esta ocasión sentía dentro de sus tripas algo totalmente distinto; una sensación que iba creciendo, que comenzaba a subir por la traquea, como una bola de fuego congelada, que le obligó, irremediablemente, a desencajar las mandíbulas para expulsarla.

En forma de alarido, más que de terror, como una manera de mantener el contacto con algo de sí mismo, al menos con su propia voz, Santos dejó que la bola saliera por su garganta. En el pasillo, en el salón, en los tejados del edificio, se podía oír, en todo el barrio, sin límites, su grito desgarrado.

Dentro de la casa, arrodillado sobre la alfombra, Santos ya había perdido por completo la noción de tiempo y la posesión de su cuerpo. A su cabeza acudían sin cesar los trigales amarillos de San Andrés, su plaza llena de gente gritando, y los vestido manchados de café junto a la figura difusa de Carmen, tirada sobre la cama.

Sólo al cabo de mucho tiempo el sonido insistente del timbre y los golpes en la puerta de la entrada devolvieron a Santos a la realidad. Al abrir los ojos vio que el anciano había desaparecido de la habitación.

Necesitaba concentrarse. Unirse a las cosas tangibles del mundo, aferrarse a ellas, como un avaro a la fría realidad de sus monedas. El sonido insistente del timbre le ayudó a mantener la concentración en algo empírico y demostrable.

Lentamente se puso en pié. En su costoso viaje por el pasillo se apoyó en el bastón de sus percepciones más básicas; tres acuarelas enmarcadas en la pared, treinta y cinco baldosas azules y un reloj en la entrada señalando las cinco de la madrugada.

Giró el picaporte. Al otro lado de la puerta dos agentes de la policía lo contemplaban sin ninguna expresión en el rostro.

– Buenas noches, tenemos un aviso por gritos. ¿Está usted solo en la casa?

Santos giró la cabeza. A su espalda no había ningún rastro del viejo. Uno de los agentes dio un paso atrás y apoyó la mano sobre su cartuchera

-Señor, tenemos que entrar en su domicilio

El rostro del policía tenía un tono moreno, como el de Carmen Durán. En la memoria de Santos ella apareció de repente, con total nitidez. Ahora podía recordar el color oscuro de su piel mientras se desnudaba. Un tono tostado que, a la mañana siguiente, tirada de bruces sobre la cama, había perdido por completo.

-Señor, necesito que se aparte de la puerta. Tenemos que entrar.

Santos Cámara dejó caer la mandíbula y, con mucho esfuerzo, apenas en un murmullo, consiguió articular tres palabras

-Yo soy culpable

Por la rendija de la puerta la nariz de un vecino asomaba sin pudor. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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