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Novela corta: El beso

Durante la cena tampoco hablaron del tema, ni a la mañana siguiente, en el desayuno, aunque Santos la acompaño hasta la puerta, como siempre, para darle un beso de despedida, Carmen apartó la mejilla.

Durante un rato Santos se quedó mirando la puerta de la calle sin reaccionar. Esa mañana, por primera vez, en la soledad de su casa, sintió en su interior algo desconocido para él. Nunca antes había sentido nada igual, en realidad no recordaba haber sentido muchas cosas en su vida, y aquello, desde luego, era nuevo. El pecho le dolía, como si el aire se negase a entrar en sus pulmones.

No podía entender nada. Lo único que pedía era un beso, pensó, un beso de despedida, como siempre, como todos los días. Carmen podía haberle negado un beso en cualquier circunstancia y nada hubiese sucedido, pero ese beso, ´que se producía a diario, cada dantes de salir de la casa…

Desde luego que esa no era la primera vez que se disgustaban por algo. No siempre habían estado de acuerdo, pero pasara lo que pasara entre ellos, antes de marcharse, él la acompañaba hasta la puerta y se besaban.

Santos trató de apartar aquella sensación de su pecho, olvidarse de todo, pero desde la pared, el marqués tenía, por primera vez, una clara expresión en su rostro. En realidad todo el retrato había tomado una expresión diferente, contraída, de ceño marcadamente fruncido.

Al principio le costó comprender, pero ese día los pensamientos no acudieron a la cabeza de Santos para girar en círculos, para girar repetidamente, en surcos cerrados. Ese día su cerebro estaba completamente vacío, despejado. Sentía claramente la presión de sus puños contra el escritorio. Y entonces comprendió al fin. Estaba claro. Lo que el rostro del retrato parecía expresar, sólo era lo que él mismo sentía.

Caminó agitado hasta la habitación y se quitó la camisa. Hasta ahora no había protestado por nada. No era agradable pasar los fines de semana en aquel pueblo desierto, escuchando las historias de la vieja, pero nunca se había quejado por ello. Lo soportaba por Carmen, y soportaba después, sin protestar, las malditas apariciones del abuelo Duran, sólo por ella

Extendió la camisa sobre la cama y pasó la mano sobre una arruga. Si, se sentía excluido por Rosa, esa era la palabra, pero nunca había dicho nada. Había escuchado durante meses todas sus historias, en silencio, aunque sabía con certeza que aquella mujer nunca contaba toda la verdad.

En realidad soportaba aquellas historias por Carmen. A veces, desde la ventana de Rosa, se entretenía mirando las vayas de piedra que subían por la colina, delimitando las fincas de cardos y tomillos, avanzando hasta lo alto, mientras la vieja recordaba el pasado. Lo hacía por ella, pasaba las horas mirando por la ventana, mientras ellas charlaban animadamente, reían, y Carmen seguía preguntando más y más sobre los detalles de todo lo que la vieja contaba. Y Santos, a través de los cristales, contemplaba las ruinas del viejo caserón de su padre. Si algo podía reprochar a ese hombre era el hecho de haberse dejado matar. Y ahora, ella, quería echar su retrato a la basura.

Estaba seguro de que aquella vieja no lo apreciaba en absoluto. No sabía por qué pero estaba seguro de eso. Era recíproco, Sí, ahora podía reconocer eso sin ningún problema, igual que podía reconocer en sus tripas, ahora, una presión, como si lo estuviesen pellizcando desde dentro.

Santos Cámara dejó de planchar la camisa. A su cabeza acudían todas estas ideas, con total fluidez, sin re-estructurarse, ni repetirse siempre de la misma forma, como si los surcos de su cerebro hubiesen tomado una vía recta y clara. Había sido demasiado generoso con Carmen. Ese era el problema. Pero aquello ya no iba a consentirlo más. El retrato de su padre siempre había estado allí y seguiría estando siempre allí. Si Carmen Durán ahora tenía una familia era por él. Si ahora tenía una casa donde vivir era por él. ¿De qué se quejaba? ¿Qué pretendía?. En eso Santos no pensaba ceder. Ella ni siquiera tenía el derecho de haberlo planteado.

Desde la ventana miró los coches circulando por la avenida. Estaba claro, si ahora Carmen Durán tenía por fin una familia había sido por él. Por él ella tenía un abuelo, un bisabuelo y una madre. Ella, la huérfana, ahora pertenecía a toda una saga familiar.

Santos caminó hasta el salón. Aquel oleo había estado en la casa desde el principio y se merecía un respeto. Después de todo aquel hombre también era el padre de Carmen. O tal vez no.

De repente todo su cuerpo se paralizó, y aquella idea se repitió varias veces seguidas en su cerebro. Tal vez ellos no eran hijos del mismo padre. Tal vez no. Tampoco era una idea tan rara. Santos sacudió la cabeza. Tal vez ella ni siquiera era hija de Rosa Durán.

La camisa de Santos aún estaba arrugada en una manga. Tal vez todo había sido una enorme mentira. Aquellas historias de San Andrés, tal vez sólo habían sido tomadas por ella para colocase un traje que, en realidad, no era suyo; para inscribirse en una pertenencia que no le correspondía. Santos respiró profundamente.

Si. Era eso, tenía que ser eso. Carmen y él en realidad no eran familia. Ahora lo veía todo claro. Tomó aire. No era difícil averiguar la verdad. Caminó hasta el servicio, con todas aquellas ideas rebotando dentro de su cabeza, y tomó del armario el peine de Carmen Durán. Las mismas ideas, unas detrás de otras, se reproducían en su mente. Corrió hasta el salón y buscó en el cajón una guía de teléfonos. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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