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Novela corta: El entierro

El cadáver del abuelo Durán fue enterrado en tierra santa junto a su hijo Pepe, en absoluta intimidad. Solo la familia estuvo presente. Rosa lloró, silenciosamente, mientras Carmen apretaba su mano. Santos Cámara miraba la escena, un poco retirado. Él se había encargado de todos los trámites, y se había hecho cargo de los gastos de la exhumación y del entierro, aún así, sus relaciones con la anciana no mejoraron demasiado con los años, incluso empeoraron un poco, cuando Rosa, ya sin fuerzas para poder vivir sola, se instaló en casa de la pareja.

Los primeros meses fueron los peores, hasta que una tarde, Santos Cámara, harto de discutir, descolgó de la pared el retrato de su padre.

En realidad solo accedió a trasladarlo a otra habitación, lo suficiente para que las dos mujeres dejasen de refunfuñar a sus espaldas por la presencia de aquel retrato presidiendo el salón. Santos colocó el cuadro en uno de los cuartos que nadie usaba, negándose a sacarlo de la casa, aunque solo fuera por evitar que el viejo lo persiguiese desde el otro mundo sin cesar. Santos conocía demasiado bien el carácter obstinado de los muertos.

Rosa Durán vivió hasta los 103 años, y tuvo tiempo de trasmitir a sus nietas, dos preciosas hijas adoptadas por Carmen y Santos, cientos de historias sobre la familia, aunque cuando preguntaban por las vidas de todos los antepasados que descansaban retratados en la casa, la anciana prefiriera ocultar algunos pequeños detalles.

De esa manera, los acontecimientos que sufrieron Pepe y el abuelo, se vieron ligeramente modificados, como pasa en todas las familias, donde el pasado necesita recuperarse de una manera ligeramente distinta, para que los que vienen nuevos puedan representarse su historia de una manera más amable.

Santos dejaba a la anciana contar las mismas historias, que sus hijas no se cansaban nunca de escuchar. Y sólo, cuando preguntaban por el hombre del retrato, él interrumpía enérgicamente, desmintiendo todas las afirmaciones de la anciana, alegando, sin demasiado entusiasmo, que en el fondo aquel hombre solo había cometido el pecado de ser un poco egoísta, aunque para poder decirlo tuviese que soportar en su tripas, la certera punzada que le producían las mentiras.

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