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Novela corta: La casa vacía

Aquella tarde, cuando Santos Cámara regresó a casa, tampoco encontró a Carmen. Su primera reacción fue abrir las ventanas, pero el aire no entró desde fuera, pese a que las copas de los árboles se mecían con furia. Tampoco escuchó el sonido de los coches, que no paraban de pasar por la calle.

Por un instante le pareció escuchar algo, el sonido de unos zapatos caminando. Podía escucharlo con toda claridad, podía sentir el aroma de ella flotando por toda la casa, sólo que ahora, sabía perfectamente que todo aquello era solo un producto que había fabricado su cerebro. Y por un instante dudó si había sucedido alguna vez. Si ella, realmente, alguna vez había estado en esa casa. Miró a su alrededor de nuevo y vio que algunas persianas estaban a medio bajar.

Sobre el escritorio, el retrato de su padre parecía diferente. Contemplo el oleo detenidamente, con si fuese la primera vez que lo veía, como si en realidad se estuviese contemplando a sí mismo. El mismo peinado, la misma expresión inexpresiva. Entonces se dio cuenta que toda aquella identificación era una forma de complacer a su pobre madre viuda. Una forma de salvarla del hueco que aquel hombre la había dejado al morirse.

Y ahora aquel hombre del retrato, cargado de virtudes, había sido el motivo del conflicto con Carmen. No iba a defendedlo. Sabía que aquel hombre no podía ser tan bueno como le habían contado.

Santos Cámara no era ningún estúpido. Sabía que él era diferente de su padre. Pero después de todo era su padre. A su espalda, un sonido seco le trajo un instante al presente. Podía sentirlo, claramente, y percibir la presencia de Carmen Durán apoyada sobre el escritorio. Podía sentir con absoluta precisión la ausencia de su cuerpo, de su sonrisa, de sus ojos oscuros y profundos. Pero su ausencia era solo una gran certeza, una forma de darse cuenta de las cosas. Una conciencia de que ella era completamente real.

Santos podía darse cuenta de las cosas, incluso aunque todos los demás lo negasen. Tenía esa maldición dentro de su cuerpo, de la que nunca conseguía desprenderse. En el fondo envidiaba de la gente su capacidad para olvidar, incluso para negar las cosas que veían claramente. Pero a Santos no se le escapaban los detalles, como ahora, mientras cada rasgo de aquel retrato se constreñía, amargamente, al borde de las lágrimas.

De repente cerró los ojos, apretó los puños, y corrió hasta la ventana para subir las persianas. El sol de la mañana iluminaba los tejados de los edificios, pero dentro de la casa continuaba reinando la penumbra. Bajó las persianas hasta abajo y volvió a subirlas. Y entonces comprendió claramente lo que siempre había sabido; el hecho de que era, justamente, todo aquello que no estaba presente lo que más realidad e importancia tenía.

El aire de la casa se había hecho tan sólido que casi le dolía al pasar por los pulmones. Estaba acostumbrado a aquella sensación. Podía soportarla, como un médico soporta la presencia de la sangre, mientras tapona una hemorragia, sin inmutarse, cuando a su alrededor todos lloran y se desmayan y miran para otro lado. Pero esta vez Santos Cámara tenía que salir de allí. Le costaba demasiado respirar. Recogió una chaqueta y salió a la calle, como el que huye del humo asfixiante de un incendio.

Angustiado, caminó por la calle, con el boquete que deja en el pecho el disparo de un bazoca, un poco extrañado de que ningún transeúnte se diese cuenta de eso, solo un poco extrañado, pues conocía muy bien la tendencia en el ser humano a negar las cosas importantes.

Tenía que encontrar a Carmen, tenía que pedirle disculpas por haberle arrojado aquellos papeles a la cara. Ese era, el único pensamiento que acudía a su cabeza, mientras arrancaba el motor de su auto. Solo una persona podía conocer su paradero, pero aquella vieja estaba en su contra, como si él fuese responsable de toda su desgracia familiar. SEGUIR LEYENDO   ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




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