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Novela corta: bajo la lluvia

A la mañana siguiente Santos Cámara se abrió paso entre un grupo de transeúntes, sin esperar a que el disco del semáforo cambiara de color cruzó la calle, caminó hasta el parque, con paso decidido, entre los jugadores de ajedrez, sin fijarse en la posición de las fichas en los tableros, ni en la distancia que guardaban entre los límites de las lineas que demarcaban las casillas, porque Santos Cámara ahora tenía cosas más importantes en las que pensar.

Al salir del parque caminó deprisa por una larga avenida, tomó varias calles estrechas, hasta llegar a un portal de hierro. Sacó el papel del bolsillo, lo desdobló con cuidado y miró el letrero de la calle. Luego llamó al telefonillo. Estaba seguro de que Carmen aceptaría sus disculpas.

Volvió a timbrar el botón de nuevo sin obtener respuesta. Desdobló el papel una vez más, para asegurarse que aquella era la dirección correcta. Había empezado a chispear. Estaba confundido. Si. No le importó reconocerlo, como cuando los pensamientos son turbios, o agitados, como cuando se llena la mente de pensamientos turbios y agitados. Se repitió a sí mismo esa idea cuatro veces.

Tal vez Rosa le había dado mal la dirección. No podía fiarse de aquella mujer. Bajo la marquesina del autobús un grupo de turistas se refugiaba de la lluvia.

Cada diez minutos pasaba un tranvía, Llegaban y se iban enseguida, mientras Santos Cámara permanecía de pié, escuchando las gotas de agua estrellarse contra el asfalto. Había sido un estúpido reaccionado así frente a Carmen, había sido un estúpido, escuchó decir desde algún lugar dentro de su cerebro. Ahora sólo tenía que concentrarse en las cosas, mirar a su alrededor y observar, olvidarse de todos aquellos pensamientos que se repetían en su cabeza sin cesar. Ahora solo tenía que esperar a Carmen y disculparse. A su derecha el sonido del cierre metálico de un comercio se mezclaba con las risas de un grupo de adolescentes, de cabellos azules y violetas, que pasaron a su lado.

A lo lejos, por fin, pudo ver a Carmen Durán corriendo hasta una cafetería. Santos también corrió. Desde la cristalera pudo ver cómo ella se acercaba a la barra, hablaba un segundo con el camarero, cogía un periódico y se sentaba en un taburete giratorio. Podía verla, entre todas aquellas personas que gesticulaban, reían, levantaban sus cabezas frente al televisor, mientras ella pasaba lentamente las hojas del periódico y el camarero echaba la leche en su café.

Desde la cristalera, podía ver a Carmen, levantando la taza, paralizada, mientras bajaba la mirada hasta el vestido, y levantaba los brazos, como sorprendida, como si pensase “no me lo puedo creer” como si mancharse la ropa fuera algo que le acababa de suceder por primera vez en toda su vida, y Santos pensó que estaba más bonita que nunca, mientras ella se frotaba el vestido con una servilleta de papel, movía la cabeza de lado a lado, como si mantuviese para sí misma un diálogo interior, o tratase de encontrar alguna explicación ante un hecho inexplicable.

Luego, al ver acercarse a Santos, dejó de frotarse la ropa, y la cafetera soltó un agudo pitido.

-Si no te marchas pienso gritar- dijo ella

A su lado un hombre de traje azul dejó su cerveza a la mitad y salió apresuradamente.

Santos tomó asiento en otro taburete giratorio. El sonido de las cucharillas y los platos cesó cuando el camarero vio el brazo de Carmen levantado .

Ella, con los labios apretados, había abierto su bolso verde de mariquitas rojas y empezó a contar monedas, en silencio, con movimientos precisos, cortos, como si dentro de ella hubiese tomado una decisión irrevocable.

Santos podía percibir todos aquellos cambios con milimétrica precisión, aunque no supiera qué decir exactamente en esos momentos. Carmen provocaba esa cosas en él, como una especie de confusión momentánea donde se encontraba perdido, completamente perdido, y era justo en ese momento dónde más lenta y rítmica se volvía su respiración, como si ella, de repente, se encontrase en un territorio completamente conocido.

Sólo tenía que esperar, porque no necesitaba decir nada, solo esperar, hasta que ella levantara la cabeza. Sólo había que fijarse en las cosas para darse cuenta de eso. Bastaba con eso. Por que Santos sabía que era mejor no decir nada cuando no se tenía nada qué decir.

Carmen enroscó la bufanda alrededor del cuello. Sobre los estantes de la pared, las botellas de licor estaban perfectamente alineadas, las unas junto a las otras. Había que esperar, pasar la yema de los dedos por la barra, percibir los pequeños cambios de relieve sobre la superficie lisa, sobre el borde de metal del servilletero, que tenía diferente temperatura, ese cambio de matices, imperceptible para todos los demás.

Entre la gente, Carmen caminaba hacia la puerta, a lo largo de la barra, de las estanterías, donde las botellas seguían guardando la misma alineación, la misma proporción en tamaño.

Había que esperar, para poder verla, tal como ella era, desde cierta distancia, a través de los cristales de la vidriera, cruzando la acera, subiéndose la correa del bolso sobre el hombro, alejándose, hasta desaparecer de su vista. Solo entonces podía verla, de la misma manera que podía ver a todos los que nunca estaban, a todos los desaparecidos, y conocerlos perfectamente, a través del poso, de la sensación que residía en su cuerpo, tan cerca, cuando los otros ya estaban lejos.

Pero Carmen Durán no llegó muy lejos. Antes de cruzar la esquina Santos agarró su brazo. Al girarse, la muchacha frunció el ceño y apretó con fuerza los labios.

-Suéltame

Santos la miró a los ojos. Tenía que fijarse, observar en ella una correspondencia completa entre las palabras y los gestos, una alineación. Y entonces esperó un poco más, un poco, hasta ver cómo iban desapareciendo algunas de las arrugas en su entrecejo, y se abrían otro poco las aletas de su nariz, aunque sus labios todavía estaban duros, como piedras, cuando él comenzó a besarlos. Y a lo lejos, entre los coches, un extraño anciano se alejaba por la calle, sin ropa, saltando bajo la lluvia. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO





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