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Novela corta: de regreso a la ciudad

De regreso a la cuidad Santos condujo en silencio. Sólo al entrar en casa empezó a ser consciente de las cosas que le rodeaban. Desde la ventana del salón los edificios de cristal brillaban con los últimos rayos de sol. Sobre el hombro derecho, sintió una mano presionado levemente.

-Estoy aquí – dijo Carmen Durán – por si no te has dado cuenta.

Santos se giró hacia ella y, visiblemente cansado, recorrió todo su cuerpo con la mirada.

-Hoy no te has manchado el vestido

-No, Tonto, hoy no me he manchado. Me estoy convirtiendo en toda una señorita

-Una señorita…

-Si, ¿qué pasa? Por lo menos no soy tan rara como tu

-¿Yo raro?

Carmen se puso en jarras, y se fue acercando a Santos Cámara, configurando una inocente sonrisa

-Muy raro… pero tu ya lo sabes.

Durante un segundo, sin poder evitarlo, Santos respiró aquel aroma de mujer.

-Muy raro – añadió ella – y cuando me acerco a ti…así…como ahora…pones siempre esa cara, ¿ves? Pones cara de bobo.

Pero Santos no respondía. Como paralizado, miró por encima del hombro de ella. Sentado en el sillón de su madre podía ver, con toda claridad, al abuelo Durán, completamente desnudo, con la escopeta de su hijo entre las piernas.

Carmen se giró un instante, para mirar en la misma dirección, pero no vio nada.

-¿Estás bien?

El pecho de Santos subía y bajaba deprisa. Carmen trató de tocarlo pero él se apartó un paso. En pié, el abuelo Durán abrió los brazos y bajó la cabeza hacia las baldosas, entre las juntas comenzaron a emerger las figuras de algunos feligreses con rostro deformados. Desde algún lugar del salón comenzó a salir un murmullo de voces y una música de dulzainas y tambores. Entonces el abuelo caminó hasta el retrato del marqués, levantó la escopeta sobre los hombros y echó acorrer en zigzag, como si alguien lo persiguiese.

Santos escuchó gritos de mujer, mientras el abuelo daba giros a derechas, y más gritos, mientras el abuelo daba giros a izquierdas, y también veía el rostro de Carmen que lo miraba sin pestañear “tienes mala cara” y Santos no podía contestar, sentía ganas de vomitar, se puso una mano en el estómago, y los músicos bailaron, un paso adelante, un paso atrás, todos a la vez, y Carmen preguntaba si era necesario llamar a un médico, cuando los ojos de Santos se abrieron, de par en par, al ver crecer dos enormes alas blancas, sobre la espalda desnuda del abuelo Durán.

Carmen giró la cabeza en todas las direcciones posibles, pero tampoco vio nada esta vez, entonces una corriente de aire entró en el salón y sus cabellos se alborotaron, y desde el escritorio una bandada de folios salieron volando por los aires. Sobrecogida, se agachó para recoger los papeles del suelo; eran los documentos de un notario; finca de Las Contentas, termino municipal de San Andrés. Las ventanas estaban completamente cerradas. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO





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