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Relato corto de un instante

Relato corto de un instante

Cuando Julián se giró con aquella prenda entre sus manos, con el mismo cuidado que un criminólogo sostiene una valiosa prueba forense, toda la sangre se me congeló por dentro de las venas. Durante un instante, mientras sostuve su mirada, esperé impaciente que Julián perdiera los nervios.

No fue así. En su rostro ni siquiera asomó el más mínimo gesto de reproche. Introdujo una mano en el bolsillo de la guerrera de su uniforme y, sin perder su dignidad marcial, bajo el brillo de las tres estrellas de su gorra, se limitó a preguntar;

-Ha estado aquí el Capitán Sánchez, ¿verdad?

Guardé la compostura, tratando de domar los oleajes que acudían a mi pecho y de disimular el cambio de color en la pigmentación de mi piel. No podía ser. Había repasado todo cien veces; la cama estaba hecha; la fotografía de Julián, que durante la tarde descansó en el fondo de los cajones de los calcetines ahora estaba en su sitio, condecorada y triunfante sobre la mesilla de noche.

El poco aire que conseguí respirar apenas me llegaba para mantener la consciencia. Estaba completamente segura de habérsela visto poner alrededor del cuello mientras sonreía como un niño travieso, antes de despedirse. Pero ahora, la corbata roja del Capitán Sánchez estaba allí, inevitablemente, en las enormes manos de mi marido.

Traté de respirar, de introducir algo de oxígeno por mi nariz. En ese momento pensé que tal vez ya no necesitaba responder a su pregunta. Estaba segura de que Julián ya había descubierto, claramente, escrita en mi rostro, toda la verdad.

Como una culebra recién cazada, la corbata roja del Capitán Sánchez agonizaba entre los dedos de las manos de Julián. Coronado por sus tres estrellas plateadas, el cazador ya podía disfrutar frente a su presa. Tenía todo bajo control, como siempre. Eso le encantaba. A esas alturas ya me tenía entre sus garras, ya podía ver, claramente, en el baile de mis ojos, la señal inequívoca que marcaba el límite de mi capacidad para resistir por más tiempo aquella situación.

Parecía tan seguro de haber alcanzado la victoria que ya no necesitaba ocultar su satisfacción, ni reprimir el placer de disfrutar de las grandes explanadas de su orgullo. Estaba todo perdido para mi.    Su indiscutible inteligencia de detective acaba de encontrar, en aquella prenda, la pieza final para resolver el misterio. No tenía ni idea de cómo había podido saber que el Capitán Sánchez, esa misma tarde, había estado allí. Sólo sabía que, si respondía afirmativamente a su pregunta, sin duda le estaría entregando la pala con la que cavar nuestra tumba.

-Sí- Reconocí por fin- El Capitán Sánchez ha estado aquí

Julián no dijo nada. Sólo asintió con la cabeza. Parecía más alto y delgado que de costumbre. ¿ A qué estaba esperando? En aquel momento, el largo silencio de Julián me resultaba aún más insoportable que recibir el impacto de un enorme bofetón reventando en mi mejilla. ¿Porqué no terminar ya con todo aquello? Era cruel; una estrategia perversa, pensé, para desencadenar del todo mi locura; un castigo, deliberadamente construido, para acabar con el único hilo de cordura que aún me sostenía en pié y que ya, con un simple soplido, se derrumbaría del todo.

Escruté sus pupilas, buscando al menos una señal de reproche, un signo de reprobación, pero, misteriosamente, su boca se abrió lentamente, en un interminable bostezo.

En la mirada de Julián solo había un brillo apagado de sincero aburrimiento; la misma expresión, entre triste y cansada, que siempre ponía cuando un tema ya le había dejado de interesar.

Sin saber qué hacer, en la misma linea del curioso desinterés que Julián mostraba por el asunto, ensayé un gesto bobo

-Solo por curiosidad -pregunté- ¿Cómo supiste que el Capitán Sánchez había estado hoy en casa?

Julián se encogió de hombros

-No sé- respondió indiferente- ayer le presté esa corbata y dijo que hoy mismo me la devolvería

Durante un minuto los dos nos quedamos en silencio, mirándonos fijamente, como dos verdaderos estúpidos.

Sin prisas, dejó la corbata roja sobre la cama, con el mismo cuidado con que se deposita el delicado cuerpo de un niño muerto. Después, visiblemente afectado por aquel cansancio eterno de lo que nunca cambia, desabotonó su guerrera con la mano derecha, de abajo a arriba, en un acto ritualizado y mecánico, que, por primera vez en muchos años, casi me resultó agradable. Luego, atravesando mi cuerpo, caminó hacia el pasillo.

Con voluntad ajena lo seguí hasta el salón. Todavía confundida observé a mi alrededor. Nuestros dos sillones de tela frente al televisor, los recuerdos de boda sobre las estanterías y el retrato del pobre Pablito colgando de la pared, durante un instante, misteriosamente, parecían estar congelados en el tiempo.




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