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Relato Corto del Ascensor

Relato Corto del Ascensor

Era solo un ascensor, con paredes cuadradas y techo alto, con botones colocados de arriba a abajo, en línea, desde el número más alto al más pequeño, que según descendía se iban iluminando en escrupuloso orden. Hacía ruido al bajar, pero no mucho, no ese ruido de motores rugiendo, no, era más bien un ruido disimulado, eléctrico, que hace tiempo ha dejado de sonar.

Si al menos hubiera un ascensorista podría hablar con alguien. Debería haber bajado por las escaleras, quizá entonces me habría torcido un tobillo, nunca se sabe. Veo en el suelo unas pequeñas manchas, tal vez los cercos secos de algún pervertido que aprovechó el ascensor para masturbarse. Por lo demás está limpio, como esos paisajes lunares donde solo hay eco. Si acaso, como digno de mención, por decir algo, veo una mosca. Y un espejo. Así los pasajeros pueden mirarse mientras suben y bajan, disimuladamente, si van acompañados, o de forma desinhibida y abierta, si viajan solos. Cuando uno está solo siempre puede ser un poco más sincero.

Un ascensor con espejo parece más grande de lo que es. A todos nos pasa. Un ascensorista lo sabe, incluso aunque no se de cuenta de que se da cuenta, eso es lo de menos. Es una profesión acabada. A nadie le gusta viajar con un desconocido en un espacio tan pequeño. Los usuarios se incomodan, tratan de disimular, aprietan los puños, carraspean, levantan la barbilla y miran todo el rato los botones, calculando los pisos que les quedan, esperando que se iluminen, cuanto antes, que cesen de sonar los motores y se abran las puertas de una vez. A nadie le gusta sentirse observado. En una distancia tan corta los pequeños detalles se notan aún más.

La gente que toma un ascensor solo espera que el trayecto sea rápido. No hay nada interesante en un ascensor. Cuando lo tomo con mi esposa siempre nos miran. Algunos se dan codazos, otros reprimen todos los músculos de la cara para disimular. Los peores son aquellos que no paran de hablar. Lo hacen para que no se note lo que piensan, hablan sobre cualquier cosa y cuando ya no tienen nada más que decir, entonces miran la hora, observan el techo, taconean, respiran entrecortadamente, se miran de reojo en el espejo, o se ponen a silbar.

Si hubiera bajado andando ahora estaría en el bar de Juanjo echando la partida. Mi esposa dice que los hombres casados no deben ir a los bares. También dice que soy demasiado bajito y nada cariñoso. La gente no se casa para eso. La primera vez que cogí un ascensor tenía ocho años. Antes no había. Los primeros que hicieron arrancaban bruscamente. Las tripas se te quedaban un rato en el piso de arriba antes de volver al cuerpo. Si volviera a nacer me quedaría soltero.

La mosca zumba a mi alrededor, lanzo manotazos al aire. Salto. Vuelvo a saltar, pero no la alcanzo. La mosca se posa en el espejo y va subiendo, luego se para para frotarse las manos porque sabe que a esa distancia está a salvo. El espejo está sujeto sin remaches y ocupa toda una pared. Me desabotono la camisa para usarla como arma.

La luz de emergencia empieza a parpadear y el reflejo de mi cara aparece y desaparece en el espejo. En la adolescencia me miraba en el del aseo durante horas. Era aterrador. Pensaba que en cualquier momento la cara haría un gesto involuntario, de repente se echaría a reír ella sola. No es una cuestión de aceptarse o no aceptarse, es algo mucho más terrible. Podía ser cualquier cosa; una vieja, una avispa. Cuando conocí a mi mujer a ella le pasaba lo mismo.

Lanzo la camisa al aire. Fallo. Cuando eres adolescente siempre te miras en el espejo por partes. Primero miras tu nariz, mucho rato, y todo el rostro se descompone. Entonces empiezas a asustarte pero no dejas de mirar, aguantas, sabes que en cualquier momento la cara cambiará de gesto ella sola, y si eso ocurre, ya nunca sabrás si sucedió en realidad o solo te pareció verlo. Luego piensas que la taza del váter se cerrará de repente, o que alguien te tocará la espalda, aunque estás solo, con la puerta del baño cerrada.

Vuelvo a lanzar la camisa, pero no se eleva, mi esposa se empeña en comprarme camisas de seda, que no pesan. Por fin la luz de emergencia deja de parpadear. Ahora me parece que el ascensor ha encogido. Golpeo la puerta. Pregunto que si alguien me escucha. La mosca se ha revolucionado y vuela en círculos por encima de mi cabeza.

Mis hijos ya no viven con nosotros. Cuando eran adolescentes también necesitaban mirarse en todos los espejos. Se miraban en los cristales de los coches, en la luna de los escaparates, y en mis gafas de sol mientras les hablaba. Cuando los hijos son pequeños te ilusiona volver del trabajo para verlos, hasta que entran en la adolescencia y de repente dejas de reconocerlos. Solo quieres que crezcan deprisa y desaparezcan de tu vista para siempre. Desgraciadamente eso es lo que ocurre; un día se van de casa y te quedas solo, con tu mujer.

Toco los botones de los pisos y no pasa nada. Ni sube ni baja. Un ascensor solo puede hacer eso, subir o bajar, es sencillo, solo dos opciones, nadie espera cuando coge un ascensor que le lleve a logroño. Nadie se forja grandes expectativas cuando toma una máquina como esta. Un ascensor es solo eso. Sería estúpido pedirle otra cosa. Tiene una trampilla en el techo, sí, pero no llego, y de todas maneras, ¿a dónde me llevaría?. Salir de una situación para meterte en otra peor. A muchos les pasa. Al final todo son elecciones. Un hombre no puede vivir sin esperanza. Algunas personas pueden ser muy valientes, yo nunca lo fui, preferí mil veces antes la comodidad. Podía haber bajado por las escaleras. A veces en la vida no se acierta. Luego ya no hay remedio. Quizás se haya ido la luz en todo el barrio. Seguro que hay mucha más gente en mi situación. Me alegro. Que se jodan. Lo bueno de tener una mosca dentro del ascensor es que ella tampoco puede ir a ningún otro sitio. Solo tienes que esperar, pacientemente, para tomar tu venganza.

Fidel Sanz Estaire