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Historias cortas

Historias cortas

Historias cortas: Algo en común

Como una aparición, destacando entre todos los demás transeúntes, el hombre cabizbajo salió por la puerta de un enorme edificio acristalado. Desde su coche Bruno Soto pudo verlo cruzar por el paso de cebra. Caminaba con dificultad, cojeando sobre el asfalto caliente, como si, en cualquier momento, fuese a morirse allí mismo. Era maravilloso. Bruno apartó su flequillo de la frente y pegó la nariz en el volante.

No. Aquel hombre no tenía ningún parecido con los Martínez. Milagrosamente, mientras lo miraba, el recuerdo de los Martínez había desaparecido de su cabeza.

Había dejado de recordar todas las veces que ellos le cogían el teléfono, en cualquier momento, a cualquier hora del día, eligiendo las palabras adecuadas, en un tono tan suave que casi conseguía sosegarle.

Don Luís, el padre de la familia, era el más amable de todos. Posee usted una casa maravillosa, decía. Incluso daba su opinión cuando, de repente, ojeando el catálogo, Bruno proponía alguna combinación de colores que a él le parecía inadecuada. A veces, en el entusiasmo que mostraba la familia, el padre y las hijas se interrumpían al hablar. Un día, una de ellas, la más joven, en mitad de la conversación, excitada por el proyecto, casi llegó a tocarle.

Mientras miraba al hombre cabizbajo el recuerdo de los Martínez se había diluido por completo.

No. No se trata de cualquier tipo de pavimento, aseguraba la hija mayor, Nada industrial, decía, nada hecho en serie. Son piezas únicas, fabricadas a mano, una por una, de manera artesanal, con la misma técnica centenaria que sirvió para embellecer las estancias de las mejores casas del mundo.

Si. Se trataba de unas baldosas tan extraordinarias y exclusivas como la propia familia que las vendía. Una familia que poseía esa manera única de comportarse, distinguida pero natural, propia de las personas refinadas y felices.

Me gusta tanto su casa que un día le diré a mi mujer que venga a conocerla, insistía el padre. Bruno esperaba que, tal vez, la esposa sólo sería una mujer fea y amargada. Una señora corroída por los celos ante un marido tan apuesto y refinado. Un ser insignificante y excluido a la sombra de la estrecha relación que mantenía aquel hombre con sus deliciosas hijas. Pero no fue así. Con el tiempo descubrió que ella también era guapa, muy guapa, y siempre sonreía.

Durante algún tiempo Bruno pensó que las cosas cambiarían por sí solas; que algún acontecimiento inesperado y dramático haría que los Martínez, de una maldita vez, perdieran para siempre aquella costumbre de ilusionarse y sonreír por el más insignificante de los motivos. Mientras tanto, cada noche, bajo la luz de una farola, oculto por los setos del jardín, los veía bailar y reír tras las enormes vidrieras del salón. Era desolador.

El hombre cabizbajo era diferente. Al verlo cojear entre la gente, arrastrando su pie derecho por el asfalto, Bruno se recostó en el asiento de su vehículo y respiró profundamente. Ahora podía disfrutar. Ahora sabía que la familia Martínez, por fin, estaba descansando en el infierno.

De repente, un muchacho en patinete pasó rozando el espejo de su coche. Cuando giró la cabeza de nuevo dio un respingo en el asiento. A lo lejos, entre los demás peatones, el hombre cabizbajo había desaparecido de su vista.

De un brinco, Bruno Soto tomó la acera. Una señora gorda lo increpó cuando pasó corriendo a su lado. En la esquina, junto a un viejo quiosco, el hombre cabizbajo metía su mano en el bolsillo del pantalón y contaba monedas, una a una, lentamente, para pagarse un paquete barato de cigarrillos.

A pocos metros de distancia Bruno Soto respiraba con codicia cada centímetro cúbico de aire. El hombre cabizbajo guardó el tabaco y reanudó la marcha. Se desplazaba con dificultad, entre cientos de peatones que pasaban a su lado sin mirarle, con la barbilla botando sobre el pecho, como si todo el peso de los edificios chocara sobre su nuca. A tres pasos de distancia Bruno Soto soplaba su flequillo con verdadero júbilo.

Por la carretera, a toda velocidad, dos ambulancias pasaron con las sirenas encendidas. Siempre con el mismo paso lento y torpe, como si fuera a desplomarse de lado en cualquier momento, el hombre cojeaba junto a los elegantes maniquíes de los escaparates. Era maravilloso. Sobre el tejado de un enorme edificio una estatua de bronce abría sus brazos al cielo.

Media hora después el hombre detuvo la marcha y apoyó su codo en una papelera. Luego, tras coger un poco de aire, doblo la esquina mientras secaba el sudor de su cara con el brazo. Al cabo de unos metros, frente a un viejo portal, introdujo una mano en el bolsillo.

Bruno no podía apartar ni un sólo instante la vista de él. Sin pestañear, observó como trataba de acertar con la cerradura. Una y otra vez, realizando un esfuerzo sobrehumano, giraba la llave y empujaba la puerta con el hombro. Reflejado en los cristales de la puerta el rostro del hombre cabizbajo enrojecía a cada instante.

Ocultos tras la marquesina del autobús, bajo un espeso flequillo, los ojos de Bruno brillaban sin cesar. Por primera vez en muchos meses se sentía satisfecho. Lo único que deseaba ya era regresar a su coche y seguir viajando por el país. Había tenido suficiente. Tal vez a partir de ahora la imagen de aquel hombre le ayudaría a conciliar el sueño por las noches.

Estaba equivocado. Mientras se giraba para irse la mata de pelo sobre su frente no pudo ocultar lo que vio a continuación. Por el rabillo del ojo observó cómo, de repente, el portal se abría desde dentro y una bella mujer abrazaba tiernamente al hombre cabizbajo.

Bruno Soto palideció. Reflejada en los cristales, hasta casi salirse de los putos cercos de la puerta, la sonrisa del hombre cabizbajo no paraba de crecer. Alrededor de la pareja un chucho pequeño y peludo movía la cola sin parar, en cualquier dirección, como si se le hubiera desencajado de la columna.

Los Martínez también tenían perro. En ese momento Bruno Soto pensó que eso era lo único en común que había entre ellos. Dos familias separadas por cientos de kilómetros de distancia, dos familias completamente diferentes; distinta edad, distinta clase social…Nada en común, se dijo, nada que pudiera relacionarlos.

Bruno Soto reaccionó con rapidez. Tras tres enormes zancadas evitó con el pie que la puerta se cerrase cuando la pareja entró en el portal. Se les veía tan dichosos que no se percataron de su tenebrosa presencia. Cuando el hombre cabizbajo se giró hacia Bruno ya era demasiado tarde. Como un cordero, con las manos en alto, entró cojeando en su apartamento. Tras él, con el perrillo entre los brazos, la mujer caminaba aterrada.

Todo sucedió muy deprisa. Como en la casa de los Martínez.

Cuando Bruno acabó de recoger del suelo los casquillos sopló su flequillo y miró alrededor. El dormitorio era húmedo y pequeño. A pocos metros, en otra estancia, un televisor antiguo, un espejo barato y dos sofás de tela se agolpaban sin espacio.

Mientras caminaba por el pasillo recordó la casa de los Martínez. No había comparación; apenas cuarenta metros cuadrados frente a los más de cuatrocientos que tenía aquel chalet. Recordó sus enormes vidrieras y la escalera colonial que subía hasta las habitaciones. Nada que ver con aquello.

En la pared del pasillo, sobre una escarpia, junto a una habitación cerrada, colgaba un delantal. Bruno Soto se detuvo en seco. Con la manga de la camisa giró cuidadosamente el picaporte.

Mientras se abría la puerta las bisagras chirriaron. Durante un instante le pareció escuchar de nuevo el gemido del perro. Pero lo que vio a continuación no era ningún producto de su imaginación. La presencia de un enorme salón hizo que el aire se quedara congelado en sus pulmones. No era posible. Aquel palacio no podía formar parte de la casa. Debía tratarse de un error. Bajo sus pies, majestuosamente, se extendían por los suelos, casi hasta el infinito, las mismas malditas baldosas que pavimentaban su casa.

A toda velocidad Bruno regresó al dormitorio. Tras una cortina de pelo negro sus pupilas brillaron en todas las direcciones a la vez. Abrió un cajón de la mesilla. En realidad no tenía ni idea qué diablos estaba buscando. Lo único que sí sabía con certeza era que en el fondo de sus tripas comenzaba a crecer un mal presentimiento. Entonces, bruscamente, giró el cuello y la vio allí, como una burla, asomando por el bolsillo de la camisa del hombre cabizbajo; la maldita tarjeta de visita de los Martínez.

Fidel Sanz Estaire