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Novelas Románticas

Novelas RománticasNovelas Románticas para leer online sin tener que descargar.

Santos Cámara cogió la caja de las aspirinas. Se sentía ligeramente mareado. No era normal. Aquellos síntomas eran consecuencia de alguna sustancia. Estaba seguro. Podía jurar que Carmen Durán había echado algo en su bebida, pero, ¿Por qué motivo? Aquella idea no tenía ningún sentido. Tal vez ambos habían tomado algo en mal estado. Quizás ella sólo estuviera enferma cuando la dejó, o simplemente inconsciente. 

Pero la realidad era que él la había abandonado en extrañas circunstancias, sin tratar siquiera de auxiliarla. Tenía que sacar deprisa a aquella mujer de su cabeza. Quería olvidarse, dejar de pensar, pero al cabo de un rato, sin saber del todo lo que hacía, se encontró en mitad de la calle deteniendo un taxi

-¿Hasta dónde quiere que le lleve, caballero? 

-Calle Coronel Salgado 72 

-Perfecto, vamos para allá. ¿trabaja usted en alguna embajada?

El asiento trasero estaba algo sucio, pero Santos Cámara no se dio cuenta hasta que ya estaba en marcha el vehículo.

-No

Había empezando a chispear. Dos parejas, agarradas de la mano, corrían para refugiarse en los soportales de un cine. En la cera de enfrente una grupo de jóvenes hacía cola para entrar en una discoteca.

El taxista subió la radio

Santos bajó la ventanilla

A lo lejos, montado a caballo, un militar del ejército señalaba el norte desde su pedestal. Tras rodearlo, Santos pudo divisar la calle donde vivía Carmen. Varios coches de policía y una ambulancia estaban subidos en la acera, junto al portal, cuando el taxi se detuvo.

Santos se revolvió en el asiento. “No pare” dijo, o quizás solo lo pensó. En ocasiones no estaba completamente seguro de esas cosas. Un agente de policía se acercó sujetándose la gorra. Las piernas de Santos comenzaron a temblar. Necesitaba salir de allí. Podía escuchar aquella idea, claramente, repetirse dentro de su cabeza. El policía golpeó el cristal del vehículo con los nudillos. Al girarse, una mata de pelos negros asomó por la oreja del taxista. El estómago de Santos se contrajo. Necesitaba salir de allí, como si todo lo que tuviese que ver con aquella calle y aquel piso sólo le produjera deseos de huir. En los cristales, las gotas de lluvia corrían sin cesar. El agente de policía volvió a golpearlos, esta vez con mayor violencia y, cuando el taxista mostró la palma de su mano, comenzó a girar los brazos bruscamente, como un lanzador de bolos.

El conductor metió deprisa la marcha y pisó a fondo el pedal. Por el espejo retrovisor las luces de la ambulancia iluminaban una figura humana, tapada por completo, saliendo en camilla desde el portal.  Seguir LeyendoLEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO