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Relato largo de misterio 5ª parte

Relato largo de misterio 5ª parte. Autor; Fidel Sanz Estaire.

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Cerca de Atocha, bajo una marquesina de cristal, la pareja se detiene. Junto a ellos un pequeño grupo de mujeres ciegas espera el autobús. Cuando se abren las puertas las dejan pasar primero. Van hablando alegremente entre ellas. La más bajita sube los escalones con dificultad. Tiene las caderas anchas y sus piernas son demasiado gruesas. El resto del cuerpo es normal. Mientras camina su cuerpo se va escorando a los lados del pasillo. Tarda un rato en acomodarse en su asiento. Su mirada parece perdida. Mire donde mire, a cualquier lugar del techo que no puede ver, sus ojos azules tiemblan dentro de las cuencas de los ojos. Tras ella, en la última fila del autobús, la pareja toma asiento.

Durante el trayecto las mujeres ciegas charlan animadamente. Hablan de un hermoso lugar donde van a celebrar el cumpleaños de la más bajita.  Se las ve tan excitadas que casi se atropellan en la conversación. La más alta tiene un grado menor de ceguera. Cuando el megáfono anuncia la próxima parada se pone en pie la primera y las otras la siguen por el pasillo. Caminan juntas, entre risas, ayudadas las unas por las otras. A la de los ojos azules le cuesta un poco seguir el paso de las otras.

Mientras se abren las puertas del autobús el observador externo me chista desde su asiento.  Cuando me giro para mirarlo me guiña un ojo y señala con la barbilla a las mujeres ciegas.

-¡Vaya cuatro!-dice.

-Ya no me queda ninguna duda sobre usted-le digo-Definitivamente no es de Madrid. Se le nota a la legua.

Sin pronunciar palabra el observador externo mira al frente y pestañea tres veces. La mujer lo mira sin expresión. El hombre abre lo que queda de su periódico y hace que lee.

Yo me apresuro por el pasillo. El variopinto grupo de mujeres camina unido, como una pandilla de adolescentes. La más alta camina delante tanteando el suelo con la punta de su bastón. Aferrada al brazo de la última, la de los ojos azules da pasos rápidos y cortos. Camina frotando sus muslos, uno contra el otro. Con cada paso sus piernas transmiten una onda al resto del cuerpo que le provoca un delicioso ladeo de hombros. Cuando pisa la calle, al recibir los últimos rayos de sol sobre su rostro, echa la cabeza hacia atrás y abre la boca en una enorme sonrisa, casi infantil.

Cuando el autobús arranca el hombre y la mujer se asoman a la ventanilla. Poco a poco, enmarcados tras el cristal, sus rostros se van haciendo pequeños. A lo lejos me parece ver la mano del observador externo que se levanta en señal de despedida.

Calle arriba caminan las mujeres ciegas. Las sigo. Mientras escucho sus risas bajo la cabeza y veo, a ambos lados de mi cuerpo, salir, cada vez, un pie. A cada paso, a un ritmo preciso, las hojas de los árboles salen disparadas a los lados. A cada paso un pie se aleja, se sale de los límites de la acera. Cuando regresa el otro desaparece, misteriosamente, en la oscuridad de un portal.

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Relato largo de misterio 4ª parte

Relato largo de misterio 4ª parte. Autor; Fidel Sanz Estaire.

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Caminamos por Paseo del Prado. Una racha de viento mueve las hojas de los árboles y el chorro de la fuente de Neptuno se retuerce en lo alto. Delante de nosotros camina una mujer con la melena suelta que desprende un olor a castañas. Golpeo con el pie una papelera y ella vuelve su rostro.  Tiene unos ojos muy grandes. El observador externo gira el cuello al pasar junto a ella y sonríe. Tiene unos ojos pequeños. Durante un segundo la mujer queda atrapada entre nosotros dos. Cuando por fin la adelantamos me acerco al observador externo y saco un poquito el pie.  El observador externo pierde el equilibrio. La mitad de su periódico sale volando por los aires y sus hojas ruedan por el asfalto bajo las ruedas de los coches. Desde mi posición puedo observar, de nuevo, la suela de sus zapatos. Las dos al tiempo. Una junto a la otra.

La mujer, que se ha quedado parada con las palmas de la mano apretadas contra sus mejillas muestra, entre sus dedos, unos labios rojos en forma de beso. Se agacha. Se interesa por el estado de salud del observador externo. Pasa el brazo bajo su axila y trata de ayudarle.

-Lo siento- le digo encogido de hombros- tengo los pies muy separados.

La mujer me mira los zapatos. No pestañea. Aprieta los labios y se contiene.

El observador externo se quita la tierra de la palma de las manos frotando una contra la otra.

-Separados y grandes-afirma rotundo.

La mujer se tapa la boca y empieza a ponerse colorada. Desde arriba veo sus rodillas flexionadas. Tiene unas pestañas largas y negras. El hombre y la mujer permanecen un rato semiabrazados sobre la acera, contemplando mis zapatos. Luego se miran entre ellos y, sin más, arrancan a reír.  Se ríen a carcajadas. Casi sin fuerzas se ayudan mutuamente hasta ponerse en pie.

Un anciano con pantalón amarillo y gafas azules de espejo pedalea sin esfuerzo por el carril bus. Mientras camina el observador externo recompone su periódico. La mujer se vuelve un instante para mirarme y susurra algo a su oído. Desde mi posición no puedo escuchar lo que dicen. El hombre le coloca una mano en la espalda y niega con la cabeza sin girase. Seguir leyendo.




Relato largo de misterio tercera parte

Relato largo de misterio tercera parte. Fidel Sanz Estaire.

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El hombre que camina a mi lado, cuando pasa junto a un escaparate aprovecha para mirarse. Desde mi posición veo su nuca. Cuando nuestras miradas se encuentran en el cristal el hombre gira la cabeza y mira al frente. Entonces puedo ver sus dos perfiles casi al tiempo, uno allá, otro acá, resoplando por lo bajo, para que no se note que va reventado.

 

-Andar-le digo mientras su imagen se desplaza junto a los maniquíes trajeados del escaparate- no es un acto cultural. Si así lo fuera cada cultura designaría una forma distinta de mover los pies.  A la mayoría de la gente, que presume de conocerse bien a sí misma y de ser muy consciente de sus actos, se le escapa este detalle. Si le preguntas con cuál de sus dos pies acostumbran a iniciar la marcha, no sabrá qué responder. Pero si le preguntas por cualquier otra cosa, siempre, siempre, te dará una opinión. Para un observador externo, poco entrenado en percibir los detalles finos de las cosas, tanto si está en Madrid como si está en la China, ve andar a un individuo y ha visto a todos. Otro error. La gente camina por la calle, en cualquier lugar del mundo, pero no todos lo hacen igual, aunque a un observador externo se lo parezca. Aparte de los que andan de forma muy particular por su constitución física, existe una gran variabilidad entre los transeúntes. Pero un observador externo que sujeta un periódico bajo el brazo para evitar desplazarse con las palmas de las manos vueltas hacia adelante, no se percata de eso.

-Nadie se desplaza con las manos vueltas hacia adelante-protesta enérgicamente el observador externo- La mayoría de la gente camina normal. Con los pies rectos.

 

-En las ciudades grandes todo es normal. Uno puede sentarse en una terraza, pedir un café y leer un libro. Aunque sea lunes. A nadie se le salen los ojos de la cara por eso.

 

-Tanto en las ciudades grandes como en las pequeñas la gente camina por la calle sin sacar los pies de las aceras.

-Mientras dejes pasar a los demás no tiene ninguna importancia.

-Claro, claro, tampoco se trata de ocupar toda la calle.

– En cualquier lugar del mundo la gente camina. Algunos caminan a nuestro lado si, por el motivo que sea, la dirección que ellos toman coincide con la nuestra, pero también sucede al revés. Si vamos con prisa lo normal es que dejemos a otros atrás. Si otro quiere llegar antes, te adelanta. Es normal. Del tiempo que pasa desde que llevamos a otro a nuestro lado prefiero no hablar.

-Si. Mejor no hablar.

-Uno anda, sin más, adelanta un pie primero, luego el otro, y así, sucesivamente.

-No me cabe duda.

-Pues es eso lo que trato de decirle.

-Pero la gente normal se desplaza hacia adelante. No a los lados.

– Las extremidades inferiores, como pueden, conforman una serie ordenada de movimientos, lo más armónicos posibles. Me parece innecesario insistir más. Me parece innecesario dar mayor transcendencia a ese asunto.

-Estoy de acuerdo. Caminemos en silencio. Seguir leyendo.




Relato largo de misterio segunda parte

Relato largo de misterio segunda parte. Autor; Fidel Sanz Estaire.

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En ese momento infiero dos hechos muy difíciles de contradecir. El primero es que el transeúnte, pese a no verlo, sigue existiendo al otro lado de la esquina. El segundo que, por el hecho de haberlo visto por última vez haciendo algo como correr, ahora, pese a que ya no lo veo, el transeúnte seguirá corriendo. Esa idea se instala en mi mente. Pese a haber perdido por completo el contacto visual con el corredor mantengo esa creencia en todo momento.

Para verificar mi hipótesis echo a correr hacia la esquina. Allí la realidad se impone. Estaba equivocado. El corredor ya no corre. Está parado junto a un quiosco de prensa y me mira con el ceño fruncido.

Camino hacia él. El transeúnte no se mueve, solo me observa, con una mueca en la boca.

Cuando llego a su altura cruza los brazos sobre el pecho.

-No lo digo por nada- carraspea – pero anda usted con los pies muy separados.

-Caminar no es un delito- le digo- No hay que avergonzarse por ello. Pie delante pie detrás, como se ha hecho siempre. No hay más.  No tiene importancia si un pie tira más a la derecha. No la tiene. Ni tampoco si el otro se desvía un poco hacia la izquierda. No hay que ser tan quisquilloso. Entiendo que usted, como observador externo, tenga una opinión. Pero cuando alguien no está de acuerdo con lo que observa, no es adecuado iniciar un diálogo carraspeando un “no lo digo por nada” Cuando alguien empieza una frase diciendo “no lo digo por nada”, ya está mintiendo. Siempre lo dice por algo.

 

El observador externo estruja el periódico entre sus manos.

-Lo mejor- le explico- cuando por alguna razón, porque nos molesta, o nos produce vergüenza la manera en que nuestro acompañante se desplaza, nos vemos impulsados a confesárselo, es, si lo que en verdad deseamos es que modifique su conducta, mostrarle, lo primero, un respeto.

El observador sonríe con la mitad de la boca.

-Lo segundo- le digo-, es connotar la conducta en forma positiva. Por ejemplo; “me gusta mucho su manera de caminar, es muy original, espero que nunca la cambie” Entonces, solo entonces, el otro, la cambiará. Y lo que digo no diré que no lo digo por nada, lo digo, porque en las ciudades pequeñas, no digo en todas, algunos observadores externos no entienden esto.

El hombre levanta la voz.

-Yo no soy de ninguna ciudad pequeña.

– ¿Está usted seguro de eso? -pregunto.

El transeúnte, sin más, gira sobre su cuerpo y echa a andar calle arriba. Camina con la frente levantada. Una pierna se retrasa mientras su cuerpo avanza. Da pasos largos, dejando una considerable distancia entre el pie que se apoya y el que queda retrasado, como si fuera midiendo la longitud de la acera. Lleva las manos fuera de los bolsillos y columpia el periódico en el costado derecho. Para seguir su marcha tengo acelerar el paso. Mientras desplaza su brazo izquierdo hacia atrás el pie derecho se adelanta. La pierna derecha se mueve en sentido contrario a la izquierda. Un brazo avanza y el otro se retrasa acompañando el movimiento del talón contrario. Su forma de desplazarse es exactamente igual que la mía, aunque sospecho que él piensa que es justo al contrario. Si lo miro de reojo veo que, aunque lleva empapada la frente de sudor, trata de disimular el cansancio.

-El principal problema del observador externo- le digo- es su enfoque. Al no estar lo suficientemente entrenado en percibir los detalles finos de las cosas solo se fija solo en los gruesos. Usted, porque anda con los pies rectos, alineando sus pasos sobre la misma fila de baldosas, se cree en posesión de la verdad. Cree que los demás deberían ser como usted, y no se da cuenta, por motivos que los dos sabemos, pero no decimos, que está en un error.

– ¿En serio?

-No existe un consenso sobre la manera ideal de caminar, no existe, excepto en los ejércitos. En los ejércitos, durante el tiempo que dura un desfile militar, existe una norma consensuada. El motivo por el que un observador externo no se extraña por la manera en que marcha un grupo de soldados gastadores es porque conoce bien este hecho. No opina que esa forma de conducirse sea incorrecta, aunque, desde luego, y espero que aquí coincidamos, no es muy normal.

-Lo que no es normal es seguir a la gente por la calle.

-Si observa detenidamente a los soldados se dará cuenta de que su forma de desplazarse, de mover los brazos y de levantar las rodillas, es anormal. Pero como todos lo hacen parece normal. Si alguno caminase de repente normal, sería anormal. Estaría, por decirlo de alguna manera, emitiendo una conducta normal en un contexto anormal, y entonces, automáticamente, esa conducta normal, a ojos de un observador externo, sería anormal.

El transeúnte resopla un poco y aprieta el paso.

-Muchas cosas que se consideran anormales en las ciudades pequeñas-le digo- en las grandes no lo son. Puede comprobarlo cuando quiera. Un miércoles, en una terraza del Paseo de Recoletos, conté siete mesas y escuché hablar en seis idiomas distintos. Me pareció increíble. Mientras tomaba mi café volví a contar de nuevo y obtuve el mismo resultado. Solo en dos de las mesas se repetía el mismo idioma. ¿Se lo puede creer?

El transeúnte me mira de reojo mientras camina.

-Tanto correr como caminar-le insisto- son conductas naturales. Tan naturales como lavarse los dientes. A nadie le tachan de loco por lavarse los dientes. Lavarse los dientes es una conducta normal. En eso, espero, estaremos de acuerdo. Pero si, por lo que sea, un día, por cualquier motivo, un observador externo sale a la calle y ve un hombre trajeado lavándose los dientes entre la multitud de transeúntes que salen del cine, entonces, seguro, ese observador externo, sobre todo si viene de una ciudad pequeña, se sorprenderá. ¿Por qué? ¿Porque no es compatible una conducta con la otra? ¡Mentira! Las personas podemos caminar y lavarnos los dientes al mismo tiempo sin ningún problema. Y ese observador externo, si va acompañado por alguien en quien tenga la suficiente confianza, sacará las manos de los bolsillos y extenderá el brazo todo lo que pueda para señalar al transeúnte que se lava los dientes entre la multitud. No señalará a los que no se lavan los dientes. No señor. Y si ese observador externo se detuviera un instante a reflexionar sobre los motivos por los que las personas no hacen muchas cosas que desean, llegaría sin duda a una sencilla conclusión.

-Sí. Que nadie las hace porque nadie las hace. Simplemente. No hay necesidad de buscarle tres pies al gato.

 

-No señor. Ese es precisamente el error. El observador externo, al estar, como su propio nombre indica, fuera del campo de observación, piensa que su posición le da un ángulo … ¿cómo decirlo?, más objetivo. Cree que su posición, por algún motivo que solo él conoce, le da una visión privilegiada. Cree, sobre todo si viene de una ciudad pequeña, que puede opinar sobre cualquier cosa, y eso, si me permite decirlo, es una completa estupidez. Si ese observador externo se tomara la molestia de acercarse al hombre que camina y se cepilla los dientes y le preguntara en qué tienda ha comprado el traje que lleva puesto descubriría que no existe tanta diferencia entre ese individuo y él mismo. las personas que caminan y se lavan los dientes tienen muy buenos motivos para hacer lo que hacen. A menudo se trata de individuos sensibles que, durante su infancia, arrastrados de la mano para cruzar un semáforo, se pusieron a insultar a su madre segundos antes de que la atropellara un autobús. Por eso se compran buenos trajes. Llevar un buen traje es el mejor remedio para evitar ser importunado por un observador externo. Una persona elegantemente vestida puede pasar cepillándose los dientes junto a una pareja de policías sin provocar más reacción que el codazo que uno de los agentes le propina al compañero.

-Sabe usted demasiadas cosas sobre las ciudades pequeñas- resopla el caminante.

-Porque provengo de una, como usted, aunque no quiera reconocerlo.

El observador externo se seca el sudor de la frente y aminora el paso. Durante un buen rato caminamos en silencio. El resto de los transeúntes caminan igual que nosotros, balanceando ligeramente los brazos junto al cuerpo. Los que caminan delante muestran las palmas de sus manos. Los que se cruzan en nuestro camino enseñan el dorso. Algunos, los menos, las llevan pegadas al cuerpo. Pero ninguno lleva las palmas vueltas hacia delante porque esos, para disimular, suelen llevar algún objeto bajo el brazo, a menudo un periódico doblado, como el hombre que camina a mi lado. seguir leyendo.




Relato largo de misterio

Relato largo de misterio. Autor; Fidel Sanz Estaire

Es otoño en la ciudad. Un hombre sale del metro. Lo sigo. Camino tras él poniendo un pie primero, uno primero, siempre, un poco antes que el otro. Desde que tengo uso de razón no recuerdo haber visto a nadie, ni siquiera en la pequeña ciudad de la que procedo, desplazarse sobre sus pies de otra manera.

Caminar es una conducta pautada que, si no se quiere profundizar en ella, se puede, simplemente reducir, como cualquier otro fenómeno, a pocos pasos. Aun tratándose de un fenómeno global, desplazarse sobre los pies, si lo analizas y lo descompones en los pequeños fragmentos de sucesos que componen cada paso, es un hecho apasionante.

Para estudiarlo más de cerca me coloco junto al hombre que salió del metro. El proceso siempre sucede de la misma forma: una pierna se adelanta y la otra espera, una se adelanta y la otra espera. Cada tres pasos el hombre gira la cabeza un instante y me mira. Su pierna, la que queda segunda, imita el movimiento de la primera, se cruza con ella un instante, sin juzgarla, como si supiera que, aunque toman sentidos distintos las dos van en la misma dirección.

El proceso es sencillo; una pierna espera, antes de iniciar su recorrido, a que la otra esté bien asentada sobre su pie. El hombre, que lleva un periódico bajo el brazo, ahora solo me mira de reojo. Cada uno de sus pies se cruza y se descruza con el otro, se cruza y se descruza, una y otra vez. Un pie queda suspendido en el aire por un tiempo mientras el otro se apoya en el suelo. Ocurre exactamente igual al contrario, es decir, con el otro pie. Tanto si miras uno como si miras otro llegas siempre a la misma conclusión. Resulta imposible determinar, por más concentración que se emplee, cuál de los dos pies lleva en realidad la delantera. Apenas estas convencido de una cosa, cambias al instante de opinión.

Cuando el hombre del periódico aprieta el paso mi percepción cambia por completo. Ahora lo veo desde atrás. Si bajo la mirada hasta sus pies lo único que alcanzo a ver es la suela del zapato. Exactamente un pedazo de la suela de la parte trasera del zapato. Esta visión se presenta de manera irregular; parte trasera derecha, parte trasera izquierda, y así.

Cuando por fin consigo ver toda la suela completa es porque el transeúnte ha echado a correr. Entonces veo toda la suela de su zapato cada vez que levanta el pie. Primero veo una suela y luego la otra, nunca las dos a la vez. Por más que corro tras él sólo veo, alternativamente, una suela por vez. Primero veo una y luego la otra.

 

Durante unos minutos la escena se repite de la misma forma, hasta que, de tanto mirar hacia atrás, el hombre pierde el equilibrio y sufre un traspié. En ese momento puedo ver claramente las dos suelas de sus zapatos a la vez, una junto a la otra. Es solo un instante, porque, enseguida se levanta y continúa corriendo.

De los dos pies ya solo veo la suela que tengo más cerca de los ojos, la otra no. El pie que queda rezagado muestra la suela de su calzado hasta que aparece la suela del otro pie. Para observar este fenómeno hay que ser muy rápido con el ojo ya que apenas hay tiempo de captar el efímero instante donde aparece la suela. Aparece y desaparece. La ves y ya no la ves. Si ves una no ves la otra, y así.

El hecho de que, de repente, ya no consiga observar, ni siquiera en ese efímero instante, ninguna suela de ningún zapato, es porque el corredor se ha parado. Se gira sobre su cuerpo y comienza a camina hacia donde yo estoy. Ahora solo consigo ver la punta del zapato que se acerca en lugar de la suela que se aleja. Para captar mejor el fenómeno me detengo un instante. A medida que el corredor se acerca la punta de su calzado se ve cada vez más grande, mientras que, cuando pasa a mi lado, a medida que se aleja, la suela se ve más pequeña. Es por la posición. Pero cuando el corredor, de pronto, tras recoger del suelo el periódico que perdió en su caída, regresa corriendo de nuevo, entonces, si miro detenidamente sus zapatos veo que, pese a que ahora va en dirección contraria, el fenómeno se percibe de la misma forma; punta de los zapatos cuando se acerca, suela cuando se aleja. Exactamente igual que antes.

– ¿Es usted de una ciudad pequeña? -le grito.

No contesta. Tras la esquina, una de sus piernas desaparece y la otra queda expuesta a la observación, solo un instante, hasta que también desaparece, junto al resto del cuerpo del corredor. seguir leyendo.




Relato corto el accidente

Relato corto el accidente 

Los domingos por la tarde suelo ojear viejas fotos junto a la lámpara que me regaló Marieta. Es una lámpara oriental, decorada con flequitos rojos de tela y cristales amarillos. Luego, cuando me canso, deambulo por el salón observándome los pies durante un rato y entro a oscuras en la cocina. Abro la puerta de la nevera y me quedo allí. Parado. Me gusta la luz blanca que sale de dentro. Hoy solo había dos tomates con moho, tres yogures y una lubina sobre un plato de cristal. He sentido frío, como el día que me caí del caballo.

He cogido el pez con las manos y lo he colocado despacio sobre la encimera. Luego he deslizado la punta del cuchillo sobre su tripa, desde la cabeza hasta la cola, y las vísceras han ido ensangrentando la tabla blanca de cortar.

El día del caballo, cuando Marieta trató de incorporarme, también había sangre en mis manos. A mí ella no me gustaba mucho pero, una mañana que estábamos discutiendo le picó una avispa en el ojo. Nadie que tenga algo de corazón puede dejar a una mujer en esas circunstancias. Recuerdo que, antes de salir disparado sobre la cabeza del equino, también habíamos discutido.

Al principio yo iba despacio, pero, aquel prado era tan apetecible, allí, entre los árboles, que no pude evitar picar espuelas y galopar. Marieta me gritó, pero no le hice caso. Apenas había recorrido cien metros cuando vi acercarse una bolsa de plástico mecida por el viento. Todo sucedió en un instante. Los caballos pueden llegar a ser animales muy estúpidos cuando se asustan.

Apenas tuve tiempo de sacar los pies de los estribos. Ascendí lentamente y me quedé allí, suspendido en el aire, como un tonto frente a una lubina muerta. Me dio tiempo a pensar en muchas cosas. Hasta pude entretenerme viendo los rayos de sol, colándose entre las ramas de los pinos, mientras escuchaba el sonido de los cascos alejarse.

Cuando todo está perdido uno puede fijarse en las cosas. El tiempo se congela. Cuando por fin comprendes que la situación es ya irreversible el cuerpo se relaja y ves todo con claridad. Es un momento eterno.

Al principio, cuando salí del hospital, Marieta venía a visitarme los domingos y preparaba la cena. Quizás ella solo sentía pena, como me pasó a mí el día que le picó la avispa en el ojo.

Ahora que veo la lubina desangrada sobre la tabla y me pregunto cómo diablos se cocina. A veces se me olvidan las cosas, como si el tiempo se parase en seco y ya no hubiera nada más.

Para aprovechar bien la carne hay que meter la punta del cuchillo con cuidado y deslizarla, pegándose bien a la espina, hasta separar el pescado en dos mitades. Lo importante es que el aceite esté bien caliente, no pasarse con la sal y poner un poco de pan rallado para evitar que se pegue en la sartén.

Cuando uno recuerda las cosas es más fácil poder olvidarlas. Las lubinas muertas tienen un tacto muy frío. Después de un rato, por fin, ya no recuerdo nada más. Meto el pez en la nevera y regreso al salón a comerme una bolsa de cacahuetes. Los domingos por la tarde son días terriblemente aburridos.

Fidel Sanz Estaire




Relato corto del frasco de colonia

Relato corto del frasco de colonia

La primera vez que vi a Gabriela yo estaba contra una pared del bloque grande, sangrando por la nariz. El Rubio me tenía cogido por la pechera. Desde que su madre se tiró a las vías del tren tomó la costumbre de pelearse con todo el mundo. Le gustaba hacerlo en sitios apartados, donde nadie le molestara, como si compartir puñetazos fuera un acto de profunda intimidad. Sus lugares preferidos eran los retretes del campo de fútbol abandonado y la valla del cementerio pero, ese día, estaba tan alterado, que le dio igual el sitio.

– Levanta los puños – dijo- que te voy a partir la cara.

-¿Pero qué te pasa? -Le pregunto- ¿te has vuelto loco?. Nosotros somos amigos

-¿Amigos?-contesta- Seguí tu consejo y me puse colonia. Todavía me escuece el capullo. Eres un cabrón.

No era mi problema que su corta cabeza no diese para más. A todos los adolescentes les huelen sus partes. Insistió tanto en repetir una y otra su desgracia que le recomendé aquello para zanjar el asunto. No lo dije en serio, claro. Lo dije como se dicen las cosas cuando alguien no quiere seguir escuchando siempre lo mismo. Mi abuelo, por ejemplo, solía decir “eso es como todo” cuando alguna conversación le cargaba. Si no deseaba continuar con un tema se limitaba a decir “eso es como todo” y así, simplemente, daba el asunto por concluido. Jamás se le hubiera ocurrido decir “cállate ya la boca” o “échate colonia en la polla”, pero yo se lo dije al Rubio, porque, sinceramente, me tenía harto. Nunca imaginé que se lo tomaría al pié de la letra.

-Sí. Tú me lo aconsejaste. Querías joderme y me jodiste.

El Rubio, desde que su madre se arrojó al tren, desconfiaba de todo el mundo. Tenía esa obsesión. Era como si pensara que la gente deseaba perjudicarlo de algún modo. Que si mira cómo me ha mirado ese, que si mira como me ha mirado aquel…El caso era que, y siento decirlo así, resultaba pesado.

Imagino que aquella obsesión suya se debía a los rumores que circulaban por el barrio. Se decía que su madre andaba liada con Jacinto, el charcutero, y que, cuando este falleció, al día siguiente, ella se tiró al tren. La madre de Cachuli aseguraba que don Andrés, el párroco, había advertido a sus feligreses que los intentos de suicidio en las estaciones siempre están relacionados con amores imposibles o ilícitos.

-¿Te has vuelto loco, Rubio? ¿Vas a soltarme de una vez?- Le digo.

-Vamos, levanta las manos, que te vas a comer este puño. Tengo que verte retorcer de dolor como yo esta mañana.

-¿En serio? -dije- ¿quieres que nos peleemos por eso? ¿En serio te escoció tanto la colonia?

El rubio apretó los labios.

-Grité de tal modo que mi madre entró en el baño y me pilló en pelotas.

Imaginé a su madre en la puerta del baño sentada en su silla de ruedas. No fue algo que yo buscara. La imagen vino sola a mi cabeza. Traté de quitarme esa idea inmediatamente. Con el rubio allí mismo, en aquel estado, lo último que faltaba era que se me escapase una risa en su propia cara. Traté de quitarme de la cabeza a la señora Abundia, sujetando el pomo de la puerta, muda, contemplando el espectáculo de su hijo con todas las partes al aire, rojas como diablos, mientras sostenía en la mano un frasco de colonia. No sabía que hacer. Cerré los ojos con fuerza y sorbí mis labios como pude, hasta que, irremediablemente, la imagen de su madre alejándose por el pasillo, pensando que su hijo era un retrasado mental, se configuró en mi cabeza con toda claridad. No pude evitarlo. Cuando me quise dar cuenta las lágrimas chorreaban por mis mejillas.

El rubio me soltó una ostia.

De golpe, se me cortó la risa. Estaba contra la pared del bloque grande cuando apareció Gabriela. Era nueva en el barrio. Si ella no hubiera aparecido seguramente no habría pasado nada más, pero, al verme allí, sangrando por la nariz, cogido por la pechera, frente a esa chica, no me quedó más remedio que actuar.

-Vete a la mierda, Rubio- grité, y, sin pensarlo, le devolví la ostia.

El Rubio también se percató de la presencia de Gabriela, porque, de repente, empezó a saltar como un boxeador profesional. Bailó a mi alrededor, con la cabeza agachada, como un toro, concentrado en cuidar el estilo de cada movimiento. Durante un rato intercambiamos algunos puñetazos de cortesía, dejando, eso sí, un espacio entre golpe y golpe para que la chica tuviera la oportunidad de intervenir.

-Parad ya, por favor- suplicó al fin.

Bailamos un rato más, con los puños en alto, el uno frente al otro, hasta que el Rubio, sin dejar de balancearse, preguntó.

-¿Cómo te llamas?

-Gabriela -dijo- Gabriela de Santos. ¿Y vosotros?

-Este se llama Carlos y yo Sebastián, pero todos me dicen el Rubio.

Media hora después el Rubio ensayaba posturas en los billares. Cuando la bola entra en el agujero mira de reojo a Gabriela y pasea alrededor de la mesa, con el palo sobre el hombro, a modo de fusil, dejando a su paso un ligera peste a colonia.

Fidel Sanz Estaire




Cuento corto original

Cuento corto original para leer online

El universo de lo igual

El coronel Jorge Vázquez tiró un poco de su manta para taparse las piernas. Aunque el cristal de la ventana era blindado, los vientos invernales parecían colarse por algún sitio. El coronel refunfuño. En la calle una hilera interminable de coches grises se agolpaban en los semáforos.

-¿Por qué no lo dejas un rato, Jorge?

El Coronel giró un poco su silla de ruedas. Un aroma a café recién hecho le hizo salivar. Su mujer depositó la bandeja sobre la mesa y le ofreció una taza.
-¿Cuantos llevas contados hoy?
El Coronel bebió un sorbo y revisó su cuaderno.
-Tres.
La mujer tomó asiento junto a la ventana y bostezó.
-¿Sólo tres en toda la tarde?
El Coronel frunció el ceño. En la calle el tráfico era lento y constante. Por la acera dos indigentes borrachos caminaban agarrados del brazo para no caer al suelo.
–Jorge, te estoy hablando.
-Si, te he oído- dijo el Coronel extendiendo el brazo hasta sentir en la palma de la mano el frío del cristal- Sólo he contado tres en todo el día. Ahora la gente prefiere coches grises. Ya casi no se ve otra cosa.

La mujer movió la cucharilla durante un buen rato y dejó salir un suspiró.

-Los del quinto venden el piso. Es un poco más grande que este.

-Ni lo sueñes-protestó el Coronel- Hemos vivido aquí durante sesenta años y aquí nos quedaremos.

Ella dio un pequeño sorbo de café y siguió mirando por la ventana. La luz de la tarde había comenzado a desvanecerse. Por todas las calles, hasta donde la vista alcanzaba, cientos de vehículos grises desfilaban, como un ejército. El Coronel levantó las cejas y acercó la cara al cristal. Con el rostro iluminado tomó su cuaderno. Un flamante descapotable amarillo acababa de girar la esquina.

Con tono triunfante se giró hacia su mujer.

-¿Crees que continuarán abiertos aquellos cines donde íbamos de novios?

La mujer lo miró sorprendida. Luego dejó lentamente la taza sobre la mesa.

-No hablaras en serio…

-¿Porqué no?-protestó jovialmente el Coronel-Todavía recuerdo esos cines. Tal vez aún no los hayan cerrado.

Durante un interminable minuto ambos se miraron en silencio. Cuando el Coronel asintió con la cabeza ella sonrió tímidamente y se levantó para abrir la ventana.

Un pitido ensordecedor impactó en sus tímpanos. Hasta donde alcanzaba la vista varias hileras de coches atascados esperaban en el semáforo. Algunos conductores se iban bajando de sus vehículos con los brazos extendidos. Por el paso de cebra una anciana encorvada empujaba un carrito de hierro lleno de cartones.

Fidel Sanz Estaire

 




Relato corto de una confidencia

Relato corto de una confidencia para leer online .

Confidencias

El inspector Campos no siempre era fácil de tratar. Tenía sus días. Mientras le hablaba se ponía a revolver los papeles de su mesa sin parar, sin levantar la cabeza, y se tocaba la cara, muchas veces, como si le rondase una avispa. Había que conocerle. Si lo dejabas tranquilo, al cabo de un rato comenzaba a respirar con normalidad y se quedaba sentado, quieto, muy quieto, con los ojos cerrados, recostado en el respaldo de su silla, así, como lo ve usted ahora.

No me interprete mal, le dije al inspector, yo no soy responsable de nada, quiero a mi mujer, todos los matrimonios discuten alguna vez, si no se fía de mi puede usted comprobarlo, vivo en la calle Cabanillas 42, se lo he dicho a usted muchas veces, si manda una patrulla ahora mismo verá que ella está bien. Entonces el inspector dejó caer la cabeza y se agarró a una carpeta con las dos manos. ¿Me está usted escuchando?, le pregunté, y él seguía sin contestar. Lo único que hizo fue cerrar el puño y morderse los nudillos, como si temiera que alguien se los fuera a quitar de la boca. No era un hombre de mucho diálogo este inspector, si le arrancabas alguna palabra era, como mucho, un sí o un no. Era su forma de ser. Algunas personas hablan más que otras. A veces, le dije al inspector, lo único que necesitamos es tomarnos nuestro espacio, relajarnos, buscar un momento de paz, eso no significa una falta de amor, yo quiero a mi mujer, espero que usted lo entienda, aunque también entiendo que usted no lo entienda, porque, usted, inspector, es soltero. Entonces levantó un poco la cabeza y se me quedó mirando fijamente. Ese detalle me llamó la atención. El inspector no era un hombre de quedarse mirando mucho rato a la gente. Pero no se preocupe, le aclaré, mi mujer está a salvo, una voz dentro de mi cabeza la protege siempre, es una voz que me dice; “no le hagas daño” “no le hagas daño”,¿entiende lo que le digo?, ah, y lo peor, porque usted tiene que saberlo, porque esto es algo que nunca le conté a nadie; mi mujer me espía, ella está siempre ahí, muy encima de mi en todo momento. En una ocasión le pillé hurgando entre mis cosas, no es que yo lo viera directamente, no, porque ella es bastante lista, pero sé que lo hace, no me pregunte por qué, pero lo hace, ahora mismo lo más seguro es que esté sentada en el salón, tranquilamente, viendo uno de esos programas de la tele que a ella le gustan, si no me cree mande una patrulla para comprobarlo, créame inspector, usted es un hombre, ya sabe que mi suegro es coronel del estado mayor, yo nunca le gusté, lo supe enseguida por la forma en que me miraba, se notaba que no había confianza entre nosotros, “bueno, chico…”, me decía ,“…¿y qué tal van las cosas?”, ¿a qué se refiere, Coronel?, le preguntaba yo, “¿a qué va a ser, hombre?”, insistía él, ah, bien, muy bien, le contestaba yo, y entonces el Coronel me miraba con aquellos ojos pequeños y brillantes. Usted me conoce bien, inspector, he venido a verle muchas veces, me llamo Justino Buendía Rojo, mi padre era tendero en Jijón, mi madre ama de casa, una mujer de las de antes, de las de toda la vida, buena, muy buena, murió la semana pasada, un infarto, me dio mucha pena, créame, era una señora muy discreta, nunca dio nada de qué hablar. Entonces, el inspector, sin dejar que terminara de contarle, colocó las manos sobre su cabeza, tomó dos bocanadas de aire, cerró los ojos y se desplomó sobre su silla. Así, en esa misma posición que lo ve usted ahora.

No, ya digo, el inspector no era un hombre fácil de tratar. Antes de desplomarse se levantó de golpe de su sillón y se quedó con los ojos muy abiertos. Le brillaban de una forma extraña. Después comenzó a manosearse una oreja, con tanta insistencia que, por un momento, temí que se la fuese a arrancar de la cabeza. No tengo nada contra mi mujer, le aclaré, y, ya ve, como si le hablase a una pared. Igual que ahora. El hombre no era muy comunicativo. Tenía siempre esa actitud, ¿cómo decirlo?, esa actitud inquietante, y eso, lo confieso, no era agradable. ¿Lo ve usted moverse?. ¿Lo ve usted decir algo? Pues así toda la tarde. No. No era fácil comunicarse con él. Había que tener mucha paciencia.

Fidel Sanz Estaire

 




Relato corto de un instante

Relato corto de un instante

Cuando Julián se giró con aquella prenda entre sus manos, con el mismo cuidado que un criminólogo sostiene una valiosa prueba forense, toda la sangre se me congeló por dentro de las venas. Durante un instante, mientras sostuve su mirada, temí que Julián perdiera los nervios. No fue así. En su rostro ni siquiera asomó el más mínimo gesto de reproche. Introdujo una mano en el bolsillo de la guerrera de su uniforme y, sin perder su dignidad marcial, bajo el brillo de las tres estrellas de su gorra, volvió a repetir la pregunta:

-Ha estado aquí el Capitán Sánchez, ¿verdad?

Guardé la compostura, tratando de domar los oleajes que acudían a mi pecho y de disimular el cambio de color en la pigmentación de mi piel. No podía ser. Había repasado todo cien veces; la cama estaba hecha; la fotografía de Julián, que durante la tarde descansó en el fondo de los cajones de los calcetines, ahora estaba en su sitio, condecorada y triunfante sobre la mesilla de noche.

El poco aire que conseguí respirar apenas me llegaba para mantener la consciencia. Estaba completamente segura de haber visto aquella corbata anudada en la camisa del Capitán Sánchez antes de marcharse. Podría jurar que vi cómo se la colocaba alrededor del cuello mientras sonreía como un niño travieso, antes de despedirse. Pero ahora estaba allí, inevitablemente, en las enormes manos de mi marido.

Traté de respirar, de introducir algo de oxígeno por mi nariz. En ese momento pensé que tal vez ya no necesitaba responder a su pregunta. Estaba segura de que Julián ya había descubierto, claramente, escrita en mi rostro toda la verdad.

Como una culebra recién cazada, la corbata roja agonizaba entre los dedos de las manos de Julián. Coronado por sus tres estrellas plateadas, el cazador ya podía disfrutar frente a su presa. Tenía todo bajo control, como siempre. Eso le encantaba. A esas alturas ya me tenía entre sus garras, ya podía ver, claramente, en el baile de mis ojos, la señal inequívoca de mi derrota, el gesto inconfundible que marcaba el límite de mi capacidad para resistir por más tiempo aquella situación.

Parecía tan seguro de haber alcanzado la victoria que ya no necesitaba ocultar su satisfacción, ni reprimir el placer de disfrutar de las grandes explanadas de su orgullo. Estaba todo perdido para mi. Su indiscutible inteligencia de detective acaba de encontrar, en aquella prenda, la pieza final para resolver el misterio. No tenía ni idea de cómo había podido saber que el Capitán Sánchez, esa misma tarde, había estado allí. Sólo sabía que, si respondía afirmativamente a su pregunta, sin duda, le estaría entregando la pala con la que cavar mi tumba.

-Sí- Reconocí por fin- El Capitán Sánchez ha estado aquí.

Julián no dijo nada. Sólo asintió con la cabeza. Parecía más alto y delgado que de costumbre. ¿A qué coño estaba esperando? En aquel momento, el largo silencio de Julián me resultó más insoportable que haber recibido el impacto de un enorme bofetón. ¿Porqué no terminar ya de una vez con todo aquello? Su actitud hacia mi me parecía cruel; una estrategia perversa, una técnica malvada para desestabilizarme, un castigo, deliberadamente construido, para acabar con el único hilo de cordura que aún me sostenía en pié y que ya, con un simple soplido, se derrumbaría del todo.

Escruté sus pupilas, buscando al menos una señal de reproche, un signo de reprobación, pero, misteriosamente, su boca se abrió lentamente, en un amplio e interminable bostezo. Su rostro mostraba claramente ese gesto apagado y familiar, de sincero aburrimiento. La misma expresión entre triste y cansada que siempre mostraba cuando un tema ya le había dejado de interesar.

Sin saber qué hacer, en la misma linea del curioso desinterés que Julián mostraba por el asunto, ensayé un gesto bobo.

Durante un minuto los dos nos quedamos en silencio, mirándonos fijamente, como dos verdaderos estúpidos.

Sin prisas, dejó la corbata roja sobre la cama, con el mismo cuidado con que se deposita el delicado cuerpo de un niño muerto. Después, visiblemente afectado por aquel cansancio eterno de lo que nunca cambia, desabotonó su guerrera con la mano derecha, de abajo a arriba, en un acto ritualizado y mecánico, que, por primera vez en muchos años, casi me resultó agradable. Luego, atravesando mi cuerpo, caminó hacia el pasillo.

Con voluntad ajena lo seguí hasta el salón. Todavía confundida observé a mi alrededor. Nuestros dos sillones de tela frente al televisor, los recuerdos de boda sobre las estanterías y el retrato del pobre Pablito colgando de la pared, durante un instante, misteriosamente, parecían estar congelados en el tiempo.

-Solo por curiosidad -pregunté- ¿Cómo has sabido que el Capitán Sánchez ha estado hoy en casa?

Julián se encogió de hombros.

-No sé. Ayer le presté esa corbata y dijo que hoy mismo me la devolvería.

Fidel Sanz Estaire







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