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Relato corto el accidente

Relato corto el accidente 

Los domingos por la tarde suelo ojear viejas fotos junto a la lámpara que me regaló Marieta. Es una lámpara oriental, decorada con flequitos rojos de tela y cristales amarillos. Luego, cuando me canso, deambulo por el salón observándome los pies durante un rato y entro a oscuras en la cocina. Abro la puerta de la nevera y me quedo allí. Parado. Me gusta la luz blanca que sale de dentro. Hoy solo había dos tomates con moho, tres yogures y una lubina sobre un plato de cristal. He sentido frío, como el día que me caí del caballo.

He cogido el pez con las manos y lo he colocado despacio sobre la encimera. Luego he deslizado la punta del cuchillo sobre su tripa, desde la cabeza hasta la cola, y las vísceras han ido ensangrentando la tabla blanca de cortar.

El día del caballo, cuando Marieta trató de incorporarme, también había sangre en mis manos. A mí ella no me gustaba mucho pero, una mañana que estábamos discutiendo le picó una avispa en el ojo. Nadie que tenga algo de corazón puede dejar a una mujer en esas circunstancias. Recuerdo que, antes de salir disparado sobre la cabeza del equino, también habíamos discutido.

Al principio yo iba despacio, pero, aquel prado era tan apetecible, allí, entre los árboles, que no pude evitar picar espuelas y galopar. Marieta me gritó, pero no le hice caso. Apenas había recorrido cien metros cuando vi acercarse una bolsa de plástico mecida por el viento. Todo sucedió en un instante. Los caballos pueden llegar a ser animales muy estúpidos cuando se asustan.

Apenas tuve tiempo de sacar los pies de los estribos. Ascendí lentamente y me quedé allí, suspendido en el aire, como un tonto frente a una lubina muerta. Me dio tiempo a pensar en muchas cosas. Hasta pude entretenerme viendo los rayos de sol, colándose entre las ramas de los pinos, mientras escuchaba el sonido de los cascos alejarse.

Cuando todo está perdido uno puede fijarse en las cosas. El tiempo se congela. Cuando por fin comprendes que la situación es ya irreversible el cuerpo se relaja y ves todo con claridad. Es un momento eterno.

Al principio, cuando salí del hospital, Marieta venía a visitarme los domingos y preparaba la cena. Quizás ella solo sentía pena, como me pasó a mí el día que le picó la avispa en el ojo.

Ahora que veo la lubina desangrada sobre la tabla y me pregunto cómo diablos se cocina. A veces se me olvidan las cosas, como si el tiempo se parase en seco y ya no hubiera nada más.

Para aprovechar bien la carne hay que meter la punta del cuchillo con cuidado y deslizarla, pegándose bien a la espina, hasta separar el pescado en dos mitades. Lo importante es que el aceite esté bien caliente, no pasarse con la sal y poner un poco de pan rallado para evitar que se pegue en la sartén.

Cuando uno recuerda las cosas es más fácil poder olvidarlas. Las lubinas muertas tienen un tacto muy frío. Después de un rato, por fin, ya no recuerdo nada más. Meto el pez en la nevera y regreso al salón a comerme una bolsa de cacahuetes. Los domingos por la tarde son días terriblemente aburridos.

Fidel Sanz Estaire




Relato corto del frasco de colonia

Relato corto del frasco de colonia

La primera vez que vi a Gabriela yo estaba contra una pared del bloque grande, sangrando por la nariz. El Rubio me tenía cogido por la pechera. Desde que su madre se tiró a las vías del tren tomó la costumbre de pelearse con todo el mundo. Le gustaba hacerlo en sitios apartados, donde nadie le molestara, como si compartir puñetazos fuera un acto de profunda intimidad. Sus lugares preferidos eran los retretes del campo de fútbol abandonado y la valla del cementerio pero, ese día, estaba tan alterado, que le dio igual el sitio.

– Levanta los puños – dijo- que te voy a partir la cara.

-¿Pero qué te pasa? -Le pregunto- ¿te has vuelto loco?. Nosotros somos amigos

-¿Amigos?-contesta- Seguí tu consejo y me puse colonia. Todavía me escuece el capullo. Eres un cabrón.

No era mi problema que su corta cabeza no diese para más. A todos los adolescentes les huelen sus partes. Insistió tanto en repetir una y otra su desgracia que le recomendé aquello para zanjar el asunto. No lo dije en serio, claro. Lo dije como se dicen las cosas cuando alguien no quiere seguir escuchando siempre lo mismo. Mi abuelo, por ejemplo, solía decir “eso es como todo” cuando alguna conversación le cargaba. Si no deseaba continuar con un tema se limitaba a decir “eso es como todo” y así, simplemente, daba el asunto por concluido. Jamás se le hubiera ocurrido decir “cállate ya la boca” o “échate colonia en la polla”, pero yo se lo dije al Rubio, porque, sinceramente, me tenía harto. Nunca imaginé que se lo tomaría al pié de la letra.

-Sí. Tú me lo aconsejaste. Querías joderme y me jodiste.

El Rubio, desde que su madre se arrojó al tren, desconfiaba de todo el mundo. Tenía esa obsesión. Era como si pensara que la gente deseaba perjudicarlo de algún modo. Que si mira cómo me ha mirado ese, que si mira como me ha mirado aquel…El caso era que, y siento decirlo así, resultaba pesado.

Imagino que aquella obsesión suya se debía a los rumores que circulaban por el barrio. Se decía que su madre andaba liada con Jacinto, el charcutero, y que, cuando este falleció, al día siguiente, ella se tiró al tren. La madre de Cachuli aseguraba que don Andrés, el párroco, había advertido a sus feligreses que los intentos de suicidio en las estaciones siempre están relacionados con amores imposibles o ilícitos.

-¿Te has vuelto loco, Rubio? ¿Vas a soltarme de una vez?- Le digo.

-Vamos, levanta las manos, que te vas a comer este puño. Tengo que verte retorcer de dolor como yo esta mañana.

-¿En serio? -dije- ¿quieres que nos peleemos por eso? ¿En serio te escoció tanto la colonia?

El rubio apretó los labios.

-Grité de tal modo que mi madre entró en el baño y me pilló en pelotas.

Imaginé a su madre en la puerta del baño sentada en su silla de ruedas. No fue algo que yo buscara. La imagen vino sola a mi cabeza. Traté de quitarme esa idea inmediatamente. Con el rubio allí mismo, en aquel estado, lo último que faltaba era que se me escapase una risa en su propia cara. Traté de quitarme de la cabeza a la señora Abundia, sujetando el pomo de la puerta, muda, contemplando el espectáculo de su hijo con todas las partes al aire, rojas como diablos, mientras sostenía en la mano un frasco de colonia. No sabía que hacer. Cerré los ojos con fuerza y sorbí mis labios como pude, hasta que, irremediablemente, la imagen de su madre alejándose por el pasillo, pensando que su hijo era un retrasado mental, se configuró en mi cabeza con toda claridad. No pude evitarlo. Cuando me quise dar cuenta las lágrimas chorreaban por mis mejillas.

El rubio me soltó una ostia.

De golpe, se me cortó la risa. Estaba contra la pared del bloque grande cuando apareció Gabriela. Era nueva en el barrio. Si ella no hubiera aparecido seguramente no habría pasado nada más, pero, al verme allí, sangrando por la nariz, cogido por la pechera, frente a esa chica, no me quedó más remedio que actuar.

-Vete a la mierda, Rubio- grité, y, sin pensarlo, le devolví la ostia.

El Rubio también se percató de la presencia de Gabriela, porque, de repente, empezó a saltar como un boxeador profesional. Bailó a mi alrededor, con la cabeza agachada, como un toro, concentrado en cuidar el estilo de cada movimiento. Durante un rato intercambiamos algunos puñetazos de cortesía, dejando, eso sí, un espacio entre golpe y golpe para que la chica tuviera la oportunidad de intervenir.

-Parad ya, por favor- suplicó al fin.

Bailamos un rato más, con los puños en alto, el uno frente al otro, hasta que el Rubio, sin dejar de balancearse, preguntó.

-¿Cómo te llamas?

-Gabriela -dijo- Gabriela de Santos. ¿Y vosotros?

-Este se llama Carlos y yo Sebastián, pero todos me dicen el Rubio.

Media hora después el Rubio ensayaba posturas en los billares. Cuando la bola entra en el agujero mira de reojo a Gabriela y pasea alrededor de la mesa, con el palo sobre el hombro, a modo de fusil, dejando a su paso un ligera peste a colonia.

Fidel Sanz Estaire




Cuento corto original

Cuento corto original para leer online

El universo de lo igual

El coronel Jorge Vázquez tiró un poco de su manta para taparse las piernas. Aunque el cristal de la ventana era blindado, los vientos invernales parecían colarse por algún sitio. El coronel refunfuño. En la calle una hilera interminable de coches grises se agolpaban en los semáforos.

-¿Por qué no lo dejas un rato, Jorge?

El Coronel giró un poco su silla de ruedas. Un aroma a café recién hecho le hizo salivar. Su mujer depositó la bandeja sobre la mesa y le ofreció una taza.
-¿Cuantos llevas contados hoy?
El Coronel bebió un sorbo y revisó su cuaderno.
-Tres.
La mujer tomó asiento junto a la ventana y bostezó.
-¿Sólo tres en toda la tarde?
El Coronel frunció el ceño. En la calle el tráfico era lento y constante. Por la acera dos indigentes borrachos caminaban agarrados del brazo para no caer al suelo.
–Jorge, te estoy hablando.
-Si, te he oído- dijo el Coronel extendiendo el brazo hasta sentir en la palma de la mano el frío del cristal- Sólo he contado tres en todo el día. Ahora la gente prefiere coches grises. Ya casi no se ve otra cosa.

La mujer movió la cucharilla durante un buen rato y dejó salir un suspiró.

-Los del quinto venden el piso. Es un poco más grande que este.

-Ni lo sueñes-protestó el Coronel- Hemos vivido aquí durante sesenta años y aquí nos quedaremos.

Ella dio un pequeño sorbo de café y siguió mirando por la ventana. La luz de la tarde había comenzado a desvanecerse. Por todas las calles, hasta donde la vista alcanzaba, cientos de vehículos grises desfilaban, como un ejército. El Coronel levantó las cejas y acercó la cara al cristal. Con el rostro iluminado tomó su cuaderno. Un flamante descapotable amarillo acababa de girar la esquina.

Con tono triunfante se giró hacia su mujer.

-¿Crees que continuarán abiertos aquellos cines donde íbamos de novios?

La mujer lo miró sorprendida. Luego dejó lentamente la taza sobre la mesa.

-No hablaras en serio…

-¿Porqué no?-protestó jovialmente el Coronel-Todavía recuerdo esos cines. Tal vez aún no los hayan cerrado.

Durante un interminable minuto ambos se miraron en silencio. Cuando el Coronel asintió con la cabeza ella sonrió tímidamente y se levantó para abrir la ventana.

Un pitido ensordecedor impactó en sus tímpanos. Hasta donde alcanzaba la vista varias hileras de coches atascados esperaban en el semáforo. Algunos conductores se iban bajando de sus vehículos con los brazos extendidos. Por el paso de cebra una anciana encorvada empujaba un carrito de hierro lleno de cartones.

Fidel Sanz Estaire

 




Relato corto de una confidencia

Relato corto de una confidencia para leer online .

Confidencias

El inspector Campos no siempre era fácil de tratar. Tenía sus días. Mientras le hablaba se ponía a revolver los papeles de su mesa sin parar, sin levantar la cabeza, y se tocaba la cara, muchas veces, como si le rondase una avispa. Había que conocerle. Si lo dejabas tranquilo, al cabo de un rato comenzaba a respirar con normalidad y se quedaba sentado, quieto, muy quieto, con los ojos cerrados, recostado en el respaldo de su silla, así, como lo ve usted ahora.

No me interprete mal, le dije al inspector, yo no soy responsable de nada, quiero a mi mujer, todos los matrimonios discuten alguna vez, si no se fía de mi puede usted comprobarlo, vivo en la calle Cabanillas 42, se lo he dicho a usted muchas veces, si manda una patrulla ahora mismo verá que ella está bien. Entonces el inspector dejó caer la cabeza y se agarró a una carpeta con las dos manos. ¿Me está usted escuchando?, le pregunté, y él seguía sin contestar. Lo único que hizo fue cerrar el puño y morderse los nudillos, como si temiera que alguien se los fuera a quitar de la boca. No era un hombre de mucho diálogo este inspector, si le arrancabas alguna palabra era, como mucho, un sí o un no. Era su forma de ser. Algunas personas hablan más que otras. A veces, le dije al inspector, lo único que necesitamos es tomarnos nuestro espacio, relajarnos, buscar un momento de paz, eso no significa una falta de amor, yo quiero a mi mujer, espero que usted lo entienda, aunque también entiendo que usted no lo entienda, porque, usted, inspector, es soltero. Entonces levantó un poco la cabeza y se me quedó mirando fijamente. Ese detalle me llamó la atención. El inspector no era un hombre de quedarse mirando mucho rato a la gente. Pero no se preocupe, le aclaré, mi mujer está a salvo, una voz dentro de mi cabeza la protege siempre, es una voz que me dice; “no le hagas daño” “no le hagas daño”,¿entiende lo que le digo?, ah, y lo peor, porque usted tiene que saberlo, porque esto es algo que nunca le conté a nadie; mi mujer me espía, ella está siempre ahí, muy encima de mi en todo momento. En una ocasión le pillé hurgando entre mis cosas, no es que yo lo viera directamente, no, porque ella es bastante lista, pero sé que lo hace, no me pregunte por qué, pero lo hace, ahora mismo lo más seguro es que esté sentada en el salón, tranquilamente, viendo uno de esos programas de la tele que a ella le gustan, si no me cree mande una patrulla para comprobarlo, créame inspector, usted es un hombre, ya sabe que mi suegro es coronel del estado mayor, yo nunca le gusté, lo supe enseguida por la forma en que me miraba, se notaba que no había confianza entre nosotros, “bueno, chico…”, me decía ,“…¿y qué tal van las cosas?”, ¿a qué se refiere, Coronel?, le preguntaba yo, “¿a qué va a ser, hombre?”, insistía él, ah, bien, muy bien, le contestaba yo, y entonces el Coronel me miraba con aquellos ojos pequeños y brillantes. Usted me conoce bien, inspector, he venido a verle muchas veces, me llamo Justino Buendía Rojo, mi padre era tendero en Jijón, mi madre ama de casa, una mujer de las de antes, de las de toda la vida, buena, muy buena, murió la semana pasada, un infarto, me dio mucha pena, créame, era una señora muy discreta, nunca dio nada de qué hablar. Entonces, el inspector, sin dejar que terminara de contarle, colocó las manos sobre su cabeza, tomó dos bocanadas de aire, cerró los ojos y se desplomó sobre su silla. Así, en esa misma posición que lo ve usted ahora.

No, ya digo, el inspector no era un hombre fácil de tratar. Antes de desplomarse se levantó de golpe de su sillón y se quedó con los ojos muy abiertos. Le brillaban de una forma extraña. Después comenzó a manosearse una oreja, con tanta insistencia que, por un momento, temí que se la fuese a arrancar de la cabeza. No tengo nada contra mi mujer, le aclaré, y, ya ve, como si le hablase a una pared. Igual que ahora. El hombre no era muy comunicativo. Tenía siempre esa actitud, ¿cómo decirlo?, esa actitud inquietante, y eso, lo confieso, no era agradable. ¿Lo ve usted moverse?. ¿Lo ve usted decir algo? Pues así toda la tarde. No. No era fácil comunicarse con él. Había que tener mucha paciencia.

Fidel Sanz Estaire

 




Relato corto de un instante

Relato corto de un instante

Cuando Julián se giró con aquella prenda entre sus manos, con el mismo cuidado que un criminólogo sostiene una valiosa prueba forense, toda la sangre se me congeló por dentro de las venas. Durante un instante, mientras sostuve su mirada, temí que Julián perdiera los nervios. No fue así. En su rostro ni siquiera asomó el más mínimo gesto de reproche. Introdujo una mano en el bolsillo de la guerrera de su uniforme y, sin perder su dignidad marcial, bajo el brillo de las tres estrellas de su gorra, volvió a repetir la pregunta:

-Ha estado aquí el Capitán Sánchez, ¿verdad?

Guardé la compostura, tratando de domar los oleajes que acudían a mi pecho y de disimular el cambio de color en la pigmentación de mi piel. No podía ser. Había repasado todo cien veces; la cama estaba hecha; la fotografía de Julián, que durante la tarde descansó en el fondo de los cajones de los calcetines, ahora estaba en su sitio, condecorada y triunfante sobre la mesilla de noche.

El poco aire que conseguí respirar apenas me llegaba para mantener la consciencia. Estaba completamente segura de haber visto aquella corbata anudada en la camisa del Capitán Sánchez antes de marcharse. Podría jurar que vi cómo se la colocaba alrededor del cuello mientras sonreía como un niño travieso, antes de despedirse. Pero ahora estaba allí, inevitablemente, en las enormes manos de mi marido.

Traté de respirar, de introducir algo de oxígeno por mi nariz. En ese momento pensé que tal vez ya no necesitaba responder a su pregunta. Estaba segura de que Julián ya había descubierto, claramente, escrita en mi rostro toda la verdad.

Como una culebra recién cazada, la corbata roja agonizaba entre los dedos de las manos de Julián. Coronado por sus tres estrellas plateadas, el cazador ya podía disfrutar frente a su presa. Tenía todo bajo control, como siempre. Eso le encantaba. A esas alturas ya me tenía entre sus garras, ya podía ver, claramente, en el baile de mis ojos, la señal inequívoca de mi derrota, el gesto inconfundible que marcaba el límite de mi capacidad para resistir por más tiempo aquella situación.

Parecía tan seguro de haber alcanzado la victoria que ya no necesitaba ocultar su satisfacción, ni reprimir el placer de disfrutar de las grandes explanadas de su orgullo. Estaba todo perdido para mi. Su indiscutible inteligencia de detective acaba de encontrar, en aquella prenda, la pieza final para resolver el misterio. No tenía ni idea de cómo había podido saber que el Capitán Sánchez, esa misma tarde, había estado allí. Sólo sabía que, si respondía afirmativamente a su pregunta, sin duda, le estaría entregando la pala con la que cavar mi tumba.

-Sí- Reconocí por fin- El Capitán Sánchez ha estado aquí.

Julián no dijo nada. Sólo asintió con la cabeza. Parecía más alto y delgado que de costumbre. ¿A qué coño estaba esperando? En aquel momento, el largo silencio de Julián me resultó más insoportable que haber recibido el impacto de un enorme bofetón. ¿Porqué no terminar ya de una vez con todo aquello? Su actitud hacia mi me parecía cruel; una estrategia perversa, una técnica malvada para desestabilizarme, un castigo, deliberadamente construido, para acabar con el único hilo de cordura que aún me sostenía en pié y que ya, con un simple soplido, se derrumbaría del todo.

Escruté sus pupilas, buscando al menos una señal de reproche, un signo de reprobación, pero, misteriosamente, su boca se abrió lentamente, en un amplio e interminable bostezo. Su rostro mostraba claramente ese gesto apagado y familiar, de sincero aburrimiento. La misma expresión entre triste y cansada que siempre mostraba cuando un tema ya le había dejado de interesar.

Sin saber qué hacer, en la misma linea del curioso desinterés que Julián mostraba por el asunto, ensayé un gesto bobo.

Durante un minuto los dos nos quedamos en silencio, mirándonos fijamente, como dos verdaderos estúpidos.

Sin prisas, dejó la corbata roja sobre la cama, con el mismo cuidado con que se deposita el delicado cuerpo de un niño muerto. Después, visiblemente afectado por aquel cansancio eterno de lo que nunca cambia, desabotonó su guerrera con la mano derecha, de abajo a arriba, en un acto ritualizado y mecánico, que, por primera vez en muchos años, casi me resultó agradable. Luego, atravesando mi cuerpo, caminó hacia el pasillo.

Con voluntad ajena lo seguí hasta el salón. Todavía confundida observé a mi alrededor. Nuestros dos sillones de tela frente al televisor, los recuerdos de boda sobre las estanterías y el retrato del pobre Pablito colgando de la pared, durante un instante, misteriosamente, parecían estar congelados en el tiempo.

-Solo por curiosidad -pregunté- ¿Cómo has sabido que el Capitán Sánchez ha estado hoy en casa?

Julián se encogió de hombros.

-No sé. Ayer le presté esa corbata y dijo que hoy mismo me la devolvería.

Fidel Sanz Estaire




El retrato del Marqués

 Santos Cámara siempre bajaba las persianas antes de dormirse, siempre, desde que era capaz de recordar, durante todos los días de su vida antes de meterse en la cama, como un ritual, por eso le extrañó encontrarlas abiertas. Tenía la cabeza muy pesada, como si hubiese bebido, y eso no era normal, porque Santos Cámara nunca bebía. Observó que había sangre en la colcha y en las sábanas, y en el cable blanco de la lamparilla de noche. Entonces vio el cuerpo de Carmen tumbado sobre la cama.

Sabía que se llamaba Carmen porque ella se lo dijo en el bar donde la conoció. Pero entonces aún no recordaba por qué conocía el nombre de aquella mujer. Su cabeza estaba tan descolocada como los objetos que veía a su alrededor; una cómoda, dos espejos de armarios y varias prendas de ropa esparcidas por el suelo.

No era posible. Nada le era familiar. Aquella habitación, simplemente, no era la suya. En ese momento solo deseó encontrarse lejos de aquel lugar, pero su cerebro funcionaba demasiado despacio, como si arrastrara una saca de tornillos. Pensó en salir de allí, lo necesitaba como no recordaba haber necesitado algo antes. Fue solo un instante, pero pudo sentir ese deseo con todo su cuerpo.

Lo primero era incorporarse de la cama. Lo hizo. Apoyó los dos pies en el suelo casi a la vez y pudo sentir en sus plantas el frío de las baldosas. Trató de centrarse en aquella sensación, que pronto se extendió por sus piernas y le atravesó la columna, hasta la base de la nuca. Mecánicamente, recogió la camisa y metió el brazo en una manga. Entonces supo que se llamaba Carmen, porque ella se lo dijo en el bar donde la había conocido.

En realidad él no acostumbraba a tratar con mucha gente, y menos con una mujer. Hola, dijo, soy Carmen y recogió un periódico de la barra. Santos preguntó que si le conocía, aun sabiendo de sobra que ella no le conocía. Si Santos Cámara hubiese conocido a esa mujer seguro que lo recordaría. Seguro. No habría olvidado ningún detalle. ¿Nos conocemos?, le preguntó, y ella dijo, no, y sonrió.

Lo recordaba perfectamente. Podía recordar todo eso, cada detalle, excepto cómo llegó a su cama.  Se colocó un calcetín. Sobre las baldosas un bolso con mariquitas rojas había vomitado todo su contenido por el suelo. Carmen estaba ahora completamente blanca, casi trasparente. Se puso los calzoncillos, los pantalones y, de repente, su cuerpo se paralizó. En el tobillo izquierdo de la mujer una mancha azulada parecía brillar, algo insignificante, un detalle sin importancia, si no fuera por que se trataba de la misma marca de nacimiento que él mismo también tenía.

El aire había dejado de llenar sus pulmones y solo una sensación en las tripas lo mantenía alerta. Trató de centrarse en aquella sensación, como el que se aferra a una certeza, a una base de verdad. Ahora solo podía confiar en su estómago, seguir aquella punzada, como un ciego sigue la punta de su bastón.

Salió del cuarto, sin reconocer nada a su alrededor, ningún objeto. Buscó el baño, girando varios picaportes con la manga de su camisa y abrió un grifo. En el espejo pudo recomponer un poco su propia imagen, recolocar las lineas angulosas de su rostro, que parecían mezclarse con el recuerdo de un antiguo retrato al oleo, de alguien que no era él mismo.

La luz de la ventana se reflejaba en los objetos de acero del aseo. Calculó que debía ser casi mediodía. Tenía que salir de aquel piso, aquella era la única idea que su cabeza generaba una y otra vez, como una rueda de piedra girando sobre un eje. Santos podía escuchar esa voz que se repetía sin ninguna variación de tono, casi un rezo, sin ningún énfasis en particular. SEGUIR LEYENDO 




Novela corta: El entierro

El cadáver del abuelo Durán fue enterrado en tierra santa junto a su hijo Pepe, en absoluta intimidad. Solo la familia estuvo presente. Rosa lloró, silenciosamente, mientras Carmen apretaba su mano. Santos Cámara miraba la escena, un poco retirado. Él se había encargado de todos los trámites, y se había hecho cargo de los gastos de la exhumación y del entierro, aún así, sus relaciones con la anciana no mejoraron demasiado con los años, incluso empeoraron un poco, cuando Rosa, ya sin fuerzas para poder vivir sola, se instaló en casa de la pareja.

Los primeros meses fueron los peores, hasta que una tarde, Santos Cámara, harto de discutir, descolgó de la pared el retrato de su padre.

En realidad solo accedió a trasladarlo a otra habitación, lo suficiente para que las dos mujeres dejasen de refunfuñar a sus espaldas por la presencia de aquel retrato presidiendo el salón. Santos colocó el cuadro en uno de los cuartos que nadie usaba, negándose a sacarlo de la casa, aunque solo fuera por evitar que el viejo lo persiguiese desde el otro mundo sin cesar. Santos conocía demasiado bien el carácter obstinado de los muertos.

Rosa Durán vivió hasta los 103 años, y tuvo tiempo de trasmitir a sus nietas, dos preciosas hijas adoptadas por Carmen y Santos, cientos de historias sobre la familia, aunque cuando preguntaban por las vidas de todos los antepasados que descansaban retratados en la casa, la anciana prefiriera ocultar algunos pequeños detalles.

De esa manera, los acontecimientos que sufrieron Pepe y el abuelo, se vieron ligeramente modificados, como pasa en todas las familias, donde el pasado necesita recuperarse de una manera ligeramente distinta, para que los que vienen nuevos puedan representarse su historia de una manera más amable.

Santos dejaba a la anciana contar las mismas historias, que sus hijas no se cansaban nunca de escuchar. Y sólo, cuando preguntaban por el hombre del retrato, él interrumpía enérgicamente, desmintiendo todas las afirmaciones de la anciana, alegando, sin demasiado entusiasmo, que en el fondo aquel hombre solo había cometido el pecado de ser un poco egoísta, aunque para poder decirlo tuviese que soportar en su tripas, la certera punzada que le producían las mentiras.

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Novela corta: bajo la lluvia

A la mañana siguiente Santos Cámara se abrió paso entre un grupo de transeúntes, sin esperar a que el disco del semáforo cambiara de color cruzó la calle, caminó hasta el parque, con paso decidido, entre los jugadores de ajedrez, sin fijarse en la posición de las fichas en los tableros, ni en la distancia que guardaban entre los límites de las lineas que demarcaban las casillas, porque Santos Cámara ahora tenía cosas más importantes en las que pensar.

Al salir del parque caminó deprisa por una larga avenida, tomó varias calles estrechas, hasta llegar a un portal de hierro. Sacó el papel del bolsillo, lo desdobló con cuidado y miró el letrero de la calle. Luego llamó al telefonillo. Estaba seguro de que Carmen aceptaría sus disculpas.

Volvió a timbrar el botón de nuevo sin obtener respuesta. Desdobló el papel una vez más, para asegurarse que aquella era la dirección correcta. Había empezado a chispear. Estaba confundido. Si. No le importó reconocerlo, como cuando los pensamientos son turbios, o agitados, como cuando se llena la mente de pensamientos turbios y agitados. Se repitió a sí mismo esa idea cuatro veces.

Tal vez Rosa le había dado mal la dirección. No podía fiarse de aquella mujer. Bajo la marquesina del autobús un grupo de turistas se refugiaba de la lluvia.

Cada diez minutos pasaba un tranvía, Llegaban y se iban enseguida, mientras Santos Cámara permanecía de pié, escuchando las gotas de agua estrellarse contra el asfalto. Había sido un estúpido reaccionado así frente a Carmen, había sido un estúpido, escuchó decir desde algún lugar dentro de su cerebro. Ahora sólo tenía que concentrarse en las cosas, mirar a su alrededor y observar, olvidarse de todos aquellos pensamientos que se repetían en su cabeza sin cesar. Ahora solo tenía que esperar a Carmen y disculparse. A su derecha el sonido del cierre metálico de un comercio se mezclaba con las risas de un grupo de adolescentes, de cabellos azules y violetas, que pasaron a su lado.

A lo lejos, por fin, pudo ver a Carmen Durán corriendo hasta una cafetería. Santos también corrió. Desde la cristalera pudo ver cómo ella se acercaba a la barra, hablaba un segundo con el camarero, cogía un periódico y se sentaba en un taburete giratorio. Podía verla, entre todas aquellas personas que gesticulaban, reían, levantaban sus cabezas frente al televisor, mientras ella pasaba lentamente las hojas del periódico y el camarero echaba la leche en su café.

Desde la cristalera, podía ver a Carmen, levantando la taza, paralizada, mientras bajaba la mirada hasta el vestido, y levantaba los brazos, como sorprendida, como si pensase “no me lo puedo creer” como si mancharse la ropa fuera algo que le acababa de suceder por primera vez en toda su vida, y Santos pensó que estaba más bonita que nunca, mientras ella se frotaba el vestido con una servilleta de papel, movía la cabeza de lado a lado, como si mantuviese para sí misma un diálogo interior, o tratase de encontrar alguna explicación ante un hecho inexplicable.

Luego, al ver acercarse a Santos, dejó de frotarse la ropa, y la cafetera soltó un agudo pitido.

-Si no te marchas pienso gritar- dijo ella

A su lado un hombre de traje azul dejó su cerveza a la mitad y salió apresuradamente.

Santos tomó asiento en otro taburete giratorio. El sonido de las cucharillas y los platos cesó cuando el camarero vio el brazo de Carmen levantado .

Ella, con los labios apretados, había abierto su bolso verde de mariquitas rojas y empezó a contar monedas, en silencio, con movimientos precisos, cortos, como si dentro de ella hubiese tomado una decisión irrevocable.

Santos podía percibir todos aquellos cambios con milimétrica precisión, aunque no supiera qué decir exactamente en esos momentos. Carmen provocaba esa cosas en él, como una especie de confusión momentánea donde se encontraba perdido, completamente perdido, y era justo en ese momento dónde más lenta y rítmica se volvía su respiración, como si ella, de repente, se encontrase en un territorio completamente conocido.

Sólo tenía que esperar, porque no necesitaba decir nada, solo esperar, hasta que ella levantara la cabeza. Sólo había que fijarse en las cosas para darse cuenta de eso. Bastaba con eso. Por que Santos sabía que era mejor no decir nada cuando no se tenía nada qué decir.

Carmen enroscó la bufanda alrededor del cuello. Sobre los estantes de la pared, las botellas de licor estaban perfectamente alineadas, las unas junto a las otras. Había que esperar, pasar la yema de los dedos por la barra, percibir los pequeños cambios de relieve sobre la superficie lisa, sobre el borde de metal del servilletero, que tenía diferente temperatura, ese cambio de matices, imperceptible para todos los demás.

Entre la gente, Carmen caminaba hacia la puerta, a lo largo de la barra, de las estanterías, donde las botellas seguían guardando la misma alineación, la misma proporción en tamaño.

Había que esperar, para poder verla, tal como ella era, desde cierta distancia, a través de los cristales de la vidriera, cruzando la acera, subiéndose la correa del bolso sobre el hombro, alejándose, hasta desaparecer de su vista. Solo entonces podía verla, de la misma manera que podía ver a todos los que nunca estaban, a todos los desaparecidos, y conocerlos perfectamente, a través del poso, de la sensación que residía en su cuerpo, tan cerca, cuando los otros ya estaban lejos.

Pero Carmen Durán no llegó muy lejos. Antes de cruzar la esquina Santos agarró su brazo. Al girarse, la muchacha frunció el ceño y apretó con fuerza los labios.

-Suéltame

Santos la miró a los ojos. Tenía que fijarse, observar en ella una correspondencia completa entre las palabras y los gestos, una alineación. Y entonces esperó un poco más, un poco, hasta ver cómo iban desapareciendo algunas de las arrugas en su entrecejo, y se abrían otro poco las aletas de su nariz, aunque sus labios todavía estaban duros, como piedras, cuando él comenzó a besarlos. Y a lo lejos, entre los coches, un extraño anciano se alejaba por la calle, sin ropa, saltando bajo la lluvia. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Novela corta: Santos y Rosa

El rostro de Rosa era severo cuando abrió la puerta. Santos tampoco saludó. Solo al cabo de un rato preguntó directamente por el paradero de Carmen.

-No tengo ni idea – contestó la anciana sin alterarse – No he vuelto a verla

Santos comprendió enseguida que la vieja mentía. No sabía porqué, pero se daba cuenta enseguida de esas cosas. De un solo vistazo pudo percibir todo el interior de la casa. Sobre el fogón de leña yacía el cadáver de una gallina blanca

-¿Puedo pasar?

Rosa se apartó de la entrada, sin entusiasmo. Al entrar en la casa, varios objetos se fijaron, con precisión fotográfica, en la mente de Santos Cámara

La anciana comenzó a desplumar la gallina sobre la encimera

-es mejor que te olvides de ella

Santos cogió aire en sus pulmones

-Señora, usted siempre me ha castigado, sin anunciarme los motivos de mi delito. Sé que la relación que mantuvo con mi padre la hizo a usted daño, pero yo no tuve nada que ver, ni siquiera había nacido.

La anciana lo miró fugazmente

-Aquello pasó hace mil años. No sufras, lo he superado

-Entonces ¿Cuál su problema?

-Tu padre sólo pensaba en lo suyo, eso es cierto, cuando le anuncié mi embarazo acabó con lo poco que quedaba entre nosotros. Esas cosas pasan. La clase social, qué te voy a contar

-Si, señora, pero yo no soy mi padre

-Ya ves, algunos se creen con derecho a tratar a los demás de forma diferente por eso

-¿Qué quiere decir?

Rosa se giró del todo, se limpió las manos en el delantal, sacó unos papeles del cajón y los dejó sobre la mesa.

Santos bajó la cabeza

-Entiendo. Fue una disputa entre Carmen y yo. Usted no debería meterse en eso

-En realidad tu y tu padre no sois tan diferentes

Santos tomó asiento.

-Mi padre ahora está muerto

-Si, y no fueron unos ladrones los responsables

Las manos de Santos Cámara comenzaron a temblar sobre la mesa, pero quería conservar la calma, de manera que sólo tragó un poco de saliva

Rosa volvió a girarse y continuó desplumando aquel animal

-En parte yo fui la responsable de su muerte. No fue el encarcelamiento de mi padre lo que volvió loco al abuelo. Cuando reparó por primera vez en mi vientre se quedó bloqueado. El pobre llevaba demasiadas cosas encima. Me cogió con fuerza de los brazos. Cuando le dije el nombre del padre se le salió de las entrañas el poco corazón que le quedaba. Si le hubiera dicho otro nombre, cualquiera del pueblo, cualquiera de esos zánganos que vivían por aquí, no le habría afectado tanto

-¿Qué está usted diciendo?

-Le dije al Abuelo que tu padre me había abusado

Santos cerró los ojos. Entraba demasiada luz en aquella casa. Ni siquiera esas malditas persianas a medio bajar evitaban el exceso de iluminación. Sintió deseos de pedir a la vieja que las bajase, hasta abajo, sin ninguna rendija, pero no podía hablar. Sólo después de haber apretado con fuerza los puños pudo articular palabra

-Me alegro que Carmen no sea hija suya- dijo al fin.

La anciana soltó la gallina y se giró de nuevo

-Si. Tenía miedo de decirle la verdad al abuelo, que yo me estaba viendo con tu padre desde hacía mucho tiempo, a sus espaldas, a espaldas de todos, como una furtiva. Se me ocurrió la estúpida idea del abuso. Entonces me asusté de verdad. Nunca había visto esa mirada en los ojos de un hombre. Pero el abuelo la tenía, traté de decirle que lo del abuso no era verdad, pero para entonces ya era tarde. No escuchaba. Primero se quitó la chaqueta, y caminó hasta la habitación, como sonámbulo. Yo lo seguí, recogiendo del suelo la ropa que se iba quitando. Abrió el armario y sacó la escopeta. Estaba segura de que iba a matar a tu padre.

Santos levanto la mano en señal de que parase de hablar. Le dolían los tímpanos, como si acabara de estallar un petardo bajo sus pies. Solo quería que aquella vieja le diese la dirección de Carmen y marcharse de allí.

La anciana se puso en jarras.

-Si, durante un instante disfruté con la idea de ver a tu padre agujereado por las balas. Te lo confieso.

-Usted está enferma

-Ya ves, cuando somos jóvenes no aceptamos que nadie derrumbe nuestra bonita idea del mundo

-No diga más tonterías

-El abuelo no estaba bien…

-El no pudo haber matado a mi padre

-…acababan de encarcelar a su hijo y todo este pueblo cobarde le estaba dando la espalda. Y ahora su única nieta había sido abusada por un marquesito intocable.

-A mi padre no lo mataron con una escopeta

-Traté de retenerlo y contarle la verdad. Me dio un empujón y caí de espaldas, para cuando me levanté y quise atajarlo el abuelo ya estaba sobre el escenario de la plaza.

-A mi padre lo mataron de varias cuchilladas.

-Luego se lo llevaron los guardias…

Santos se puso en pie

-Son solo suposiciones. ¿Acaso lo vio usted matarlo?

-Cuando a las pocas semanas el abuelo salió del psiquiátrico vi cómo ensillaba su mula y salía en dirección a la finca de tu padre. Al día siguiente los coches de policía iban por todas partes. Habían matado al marqués. Esa fue la última noche que vi al abuelo. Al día siguiente su mula regresó sola a la cuadra.

-Está usted loca

-Mi abuelo desapareció para siempre el mismo día que mataron a tu padre

-Pero se habría descubierto. Lo habría investigado la justicia

-Eran tiempos de guerra. En aquellos momentos la justicia no pasaba por los tribunales, no seas ingenuo

-¿Qué quiere decir?

La anciana metió las manos en el delantal

-A mi abuelo también lo mataron esa tarde

De repente las tripas de Santos se contrajeron, y tuvo que sentarse de nuevo.

-¿Quién?

Rosa sonrió, con aire condescendiente, como se sonríe a un pobre ignorante

-Después de todo también es la historia de tu familia. ¿No es eso lo que querías saber desde el principio?

Las tripas de Santos seguían enredándose, casi al borde del colapso, como si estuviesen digiriendo grandes bloques de cemento.

-Lo que usted insinúa es que mi familia, mi madre, tuvo algo que ver en la muerte de su abuelo. ¿Es así? Sea clara

Rosa se cruzó de brazos y miró al suelo, como el que da una conversación por terminada.

Santos se puso en pié

-Ahora lo entiendo, usted no me odia por ser hijo de mi padre, sino por ser el hijo de mi madre

Rosa abrió la puerta de la calle

-Es mejor que te marches

-Si. Tiene sentido. Tal vez mi madre encargó la muerte de su abuelo. ¿Por qué no? Mejor, Tal vez lo hizo con sus propias manos, no sé, con un arma. Por aquí todo el mundo tenía una, ¿No es cierto?

La anciana miró para otro lado.

-Es mejor que te vayas

-Si, bueno, tal vez si. Quizás ella, toda su vida recluida en casa, no sé, Pero Si, puedo aceptarlo. lo acepto. Su sentimiento por la familia era tan arraigado como el de usted. Ella no era peor que usted. Es el aire de este pueblo, que vuelve locas a las personas.

La anciana transmutó el gesto.

-Lo que te he contado no lo he hecho por ti, porque crea que tienes derecho a saber la verdad…

-No era tan difícil comprender sus motivos, tampoco había que ser tan ingenuo, después de todo el abuelo Durán era el asesino de su esposo. Tiene sentido. Tal vez ella presenció el crimen y decidió vengarse. No me estañaría nada, después de todo, ella siempre ocultaba cosas, igual que usted. Solo era una mujer, como cualquier otra, como usted, cogida por reacciones irracionales. Si. Tal vez todas sus conjeturas sean ciertas. Tiene mucho sentido, ¿por qué no?

-Ni siquiera te he contado esto por ayudarte a comprender de dónde vienes…

-Claro. Ahora entiendo. Aquí la guerra les perturbó a todos. Por eso se desnudaban y se mataban los unos a los otros. El psiquiátrico debía estar muy lleno por estos lugares

-Si te lo he contado no es por hacerte un favor a ti. Lo hago sólo por Carmen.

-No la meta a ella en esto.

-No voy a consentir que la trates de cualquier modo.

-Ahora que ya me ha contado todo ya puede darme su dirección ¿Dónde puedo encontrarla?

-No quiero que llene su cabeza de sueños y ahora vengas tu a destrozarlos.

-Deme su dirección. Solo quiero disculparme con ella y poder aclarar las cosas

La anciana lo contempló un rato, lentamente,

-Sé que usted no me aprecia, Rosa. Pero tenemos algo en común; los sentimientos por Carmen …

Rosa permaneció un rato en silencio sujetando la puerta, luego sacó un trozo de papel del bolsillo de su delantal y extendió el brazo de mala gana.

Santos recogió el papel y cerró el puño contra su pecho. Ahora tenía la dirección de Carmen y solo necesitaba salir de aquella casa. Rosa se apartó lentamente y vio como se alejaba por el camino. Pero entonces Santos detuvo su paso en seco, como si de repente se hubiera quedado pegado a la tierra. Se giró y comenzó a caminar hacia ella.

Sorprendida, Rosa contempló cómo se paraba a su lado, mirando justo por encima de su cabeza, con el rostro completamente pálido. La anciana, casi por instinto, se giró bruscamente en la dirección donde él miraba. Luego se volvió de nuevo hacia Santos, que se introdujo en la casa, muy lentamente, como si le costase caminar. Rosa frunció el ceño, como si se negase a creer lo que veía. Santos seguía caminando, como si alguna fuerza externa tirase de su pecho, en dirección a la ventana de la cocina, como si hubiese visto un fantasma y caminase a su encuentro. La anciana no pestañeaba. El cuerpo de Santos Cámara estaba comenzando a tomar un color más brillante; toda la luz del sol, se iba concentrado al rededor de su figura, mientras él levantaba lentamente el brazo derecho, que parecía tirado por un hilo invisible y que señalaba con el dedo hacia lo alto de la colina, donde se situaban las ruinas de la antigua finca del marqués

-Su abuelo, Rosa, está enterrado allá arriba.  SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Novela corta: La casa vacía

Aquella tarde, cuando Santos Cámara regresó a casa, tampoco encontró a Carmen. Su primera reacción fue abrir las ventanas, pero el aire no entró desde fuera, pese a que las copas de los árboles se mecían con furia. Tampoco escuchó el sonido de los coches, que no paraban de pasar por la calle.

Por un instante le pareció escuchar algo, el sonido de unos zapatos caminando. Podía escucharlo con toda claridad, podía sentir el aroma de ella flotando por toda la casa, sólo que ahora, sabía perfectamente que todo aquello era solo un producto que había fabricado su cerebro. Y por un instante dudó si había sucedido alguna vez. Si ella, realmente, alguna vez había estado en esa casa. Miró a su alrededor de nuevo y vio que algunas persianas estaban a medio bajar.

Sobre el escritorio, el retrato de su padre parecía diferente. Contemplo el oleo detenidamente, con si fuese la primera vez que lo veía, como si en realidad se estuviese contemplando a sí mismo. El mismo peinado, la misma expresión inexpresiva. Entonces se dio cuenta que toda aquella identificación era una forma de complacer a su pobre madre viuda. Una forma de salvarla del hueco que aquel hombre la había dejado al morirse.

Y ahora aquel hombre del retrato, cargado de virtudes, había sido el motivo del conflicto con Carmen. No iba a defendedlo. Sabía que aquel hombre no podía ser tan bueno como le habían contado.

Santos Cámara no era ningún estúpido. Sabía que él era diferente de su padre. Pero después de todo era su padre. A su espalda, un sonido seco le trajo un instante al presente. Podía sentirlo, claramente, y percibir la presencia de Carmen Durán apoyada sobre el escritorio. Podía sentir con absoluta precisión la ausencia de su cuerpo, de su sonrisa, de sus ojos oscuros y profundos. Pero su ausencia era solo una gran certeza, una forma de darse cuenta de las cosas. Una conciencia de que ella era completamente real.

Santos podía darse cuenta de las cosas, incluso aunque todos los demás lo negasen. Tenía esa maldición dentro de su cuerpo, de la que nunca conseguía desprenderse. En el fondo envidiaba de la gente su capacidad para olvidar, incluso para negar las cosas que veían claramente. Pero a Santos no se le escapaban los detalles, como ahora, mientras cada rasgo de aquel retrato se constreñía, amargamente, al borde de las lágrimas.

De repente cerró los ojos, apretó los puños, y corrió hasta la ventana para subir las persianas. El sol de la mañana iluminaba los tejados de los edificios, pero dentro de la casa continuaba reinando la penumbra. Bajó las persianas hasta abajo y volvió a subirlas. Y entonces comprendió claramente lo que siempre había sabido; el hecho de que era, justamente, todo aquello que no estaba presente lo que más realidad e importancia tenía.

El aire de la casa se había hecho tan sólido que casi le dolía al pasar por los pulmones. Estaba acostumbrado a aquella sensación. Podía soportarla, como un médico soporta la presencia de la sangre, mientras tapona una hemorragia, sin inmutarse, cuando a su alrededor todos lloran y se desmayan y miran para otro lado. Pero esta vez Santos Cámara tenía que salir de allí. Le costaba demasiado respirar. Recogió una chaqueta y salió a la calle, como el que huye del humo asfixiante de un incendio.

Angustiado, caminó por la calle, con el boquete que deja en el pecho el disparo de un bazoca, un poco extrañado de que ningún transeúnte se diese cuenta de eso, solo un poco extrañado, pues conocía muy bien la tendencia en el ser humano a negar las cosas importantes.

Tenía que encontrar a Carmen, tenía que pedirle disculpas por haberle arrojado aquellos papeles a la cara. Ese era, el único pensamiento que acudía a su cabeza, mientras arrancaba el motor de su auto. Solo una persona podía conocer su paradero, pero aquella vieja estaba en su contra, como si él fuese responsable de toda su desgracia familiar. SEGUIR LEYENDO   ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO







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