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Historia de amor prohibido

Historia de amor prohibido

Historia de amor prohibido para leer online

Solo, tras un pequeño silencio, Santos aprovechó para preguntar a Rosa

-¿Cómo era mi padre en realidad?

La anciana lo miró sin ningún entusiasmo. Luego se levantó de la mesa, abrió la compuerta del fogón y depositó un leño. Parecía que su avanzada edad le obligara a un esfuerzo al incorporarse de nuevo. Carmen Duran no conseguía apartar la mirada de ella

-Rosa, por favor, continúa con esa historia

La mujer tomó asiento y miró a Santos de frente, por primera vez, como si ya no tuviese más remedio que aceptar su presencia

-Tu padre llegó a San Andrés una tarde, hace más de 50 años. En aquellos tiempos este pueblo era próspero y tenía una de las mayores ferias de la comarca. Pero estaba claro que él no era un tratante de ganado. Enseguida todos reconocimos que aquel hombre era diferente. Nadie hasta entonces había visto muchos coches y, desde luego, ninguno de aquellas proporciones.

-¿Cómo murió?

-Ya lo sabes. Lo mataron.

-¿Quién?

-Eran tiempos de guerra. Mataban a la gente.

-Tal vez, no sé, supongo que él tomaría parte por algún bando

-Nunca. Tu padre solo se pertenecía a sí mismo. Durante todo el conflicto él siempre se mantuvo al margen. Le gustaba pensar que era independiente, pero lo que pasaba en realidad era que él nunca se sintió formando parte de nada.

Santos carraspeó un poco, trató de decir algo, pero solo entrelazó sus manos sobre la mesa. La anciana dejó el tenedor

-Llegó una tarde, sin más, nadie supo de dónde procedía, ni de dónde demonios sacaba el dinero para emprender aquella obra de construcción. Aquí todos le decían el Marqués. Contrató a mucha gente, también trajo obreros de otros lugares. Aquello produjo en el pueblo un revuelo que despertó el interés y los comentarios de todos. A los hombres del pueblo les gustaba acercarse a tu padre. Si conseguían tomar con él un chato de vino o charlar unos minutos, miraban a su alrededor para asegurarse que alguien los observaba. A mi nunca me impresionó por su aspecto, ni por su dinero. Yo podía ver más allá, en el fondo de sus ojos, la verdad que los demás eran incapaces de percibir. Aunque se empeñara en sonreír, a mi nunca consiguió engañarme.

Santos bajó la mirada hasta el suelo. La anciana continuó hablando

-Al principio solo venía al pueblo de vez en cuando, para supervisar las obras. Cuando la casa estuvo terminada, en lo alto de la colina, los fines de semana se iluminaban las ventanas y podía escucharse el sonido lejano de la música, y las luces de los faros de los coches que iban llegando y saliendo a altas horas de la madrugada. Aquello nada tenía que ver con la vida de sacrificio de las gentes del pueblo, dedicadas más a madrugar para trabajar el campo y cuidar del ganado. Nadie conocía a esas gentes elegantes y peculiares, que se comportaban de forma diferente, que vestían diferente y se movían diferente. A mi, en realidad, me parecían todos unos simples payasos de circo.

Santos apretó los dientes, pero Rosa Durán hizo como si no se hubiese percatado. Entonces Carmen preguntó a Rosa si había estado enamorada de aquel hombre. La anciana sonrió un poco

-Tenía un aire distinguido, como si perteneciera a otra raza diferente de personas. Tampoco pasó desapercibido entre las muchachas, qué te voy a contar.

-Pero entonces ¿te enamoraste?

Santos Cámara resopló, pero la anciana continuó hablando

-Entonces era joven, como tu ahora. Cuando una es joven sueña con cosas diferentes.

Rosa se levantó de la silla

-Yo estaba harta de oír hablar a mi padre y al abuelo, todo el rato, de justicia y moralidad, mira, son estos dos de la foto. Ya están un poco amarillas por el paso del tiempo.

Carmen sostuvo entre sus manos la foto del abuelo Durán

-Vaya, sí, parece todo un juez de paz

-Si- dijo Rosa sonriendo- Lo era, pero en la cazuela siempre cocía el mismo hueso de jamón. A cambio de sus servicios, se podía dar por satisfecho si recibía alguna gallina vieja.

-Y este debe ser tu padre ¿verdad? Parece un hombre muy fuerte

-Pepe Durán. El pobre siempre se desvivía por los demás. Salía corriendo si alguien le precisaba, para cualquier cosa, aunque en casa las dos vacas que tenía estuviesen aún sin ordeñar.

Santos se revolvió en el asiento

-Estaba hablando usted de mi padre.

Rosa cambió el gesto, dejó con cuidado las viejas fotos sobre el estante, luego se giró hacia Carmen

-¿Te apetece una taza de café?

-Si, muchas gracias. Pero dime, ¿Qué pasó entre tú y el marqués? ¿Cómo acabó la cosa?

La anciana tomó asiento de nuevo

-Pertenecíamos a universos diferentes. Durante un tiempo los dos nos refugiamos en una pequeña burbuja, como si ambos necesitáramos escapar de nuestros propios mundos. Nos encontrábamos a escondidas, como dos chiquillos, para que nadie nos viese.

Santos carraspeó.

-Señora, le recuerdo que está usted hablando de mi padre

Rosa hizo una mueca

Carmen bajó la cabeza

-Rosa…tú y él…

-Si, niña, no hubo otro. Te lo aseguro. Cuando la casa de la colina estuvo terminada…mira, desde la ventana puedes verla. Lo que queda de ella. En realidad aquel hombre no podía identificarse con nadie. Gracias a Dios tú no te pareces en nada a él. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Historias románticas cortas

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El cuerpo de Carmen tiritaba por el frío de la mañana cuando Santos golpeó, con los nudillos, en la puerta de Rosa Durán. Él ya había estado en San Andrés, días antes, y había preparado el encuentro entre las dos mujeres.

Cuando la anciana abrió la puerta se limpió las manos en su delantal y contempló un rato a Carmen. Luego ambas se saludaron con un pequeño beso de mejillas y Rosa les invitó a pasar.

Aquella casa era demasiado pequeña, pero el calor de los leños encendidos hizo que Carmen se repusiera del frío. Del horno, salía un olor a carne asada, y sobre la estantería de madera había, lujosamente enmarcadas en plata, dos fotos amarillentas. La anciana, sin apartar la mirada de Carmen, colocó tres platos sobre la mesa.

-Eres una chica preciosa, dijo. Y Carmen sonrió un poco forzado. Entonces la vieja se sentó y habló de forma pausada

-Antes de que digas nada quiero que escuches esto; Lo que hice en el pasado lo hice bajo unas circunstancias difíciles. Pero sobre todo, necesito que sepas que no voy a disculparme por nada.

Carmen tomó asiento y se mantuvo un rato en silencio. En el fondo le impresionó la franqueza de aquellas palabras, y la determinación con que fueron dichas le hizo estar completamente de acuerdo. “Me parece bien”, dijo, y las dos mujeres se miraron largo rato con expresión seria, como si hubiesen sellado un primer pacto.

-No he venido aquí para reprocharle nada a usted, Rosa, si acaso, sólo necesitaría saber a qué circunstancias se refiere

Rosa sacó el cordero del horno y lo puso sobre la mesa.

-A circunstancias de extrema pobreza

A Carmen volvió a impresionarla la manera en que aquella anciana la miraba, la forma en que hablaba, sin lamentos, en posesión de una extraña dignidad. Por un instante recordó la historia de Pepe y el abuelo, que Santos ya la había contado, y pudo verlos sobre aquella estantería, y en el brillo de las pupilas de Rosa Durán, que reposaban sobre Carmen, como si sólo las dos estuviesen presentes al rededor de la mesa.

– No sé lo que te ha contado este hombre – dijo Rosa sin mirar a Santos – pero en mi familia nadie se anduvo nunca con tonterías. Hemos sido, por así decirlo, unos supervivientes. 

Luego levantó levemente una ceja y añadió- Igual que tú

Aquella aseveración hizo que Carmen sintiese un pequeño recorrido eléctrico en la columna, como si de repente reconociese en ella misma ese rasgo que hasta ahora nadie había mencionado con tanta precisión.

Santos, aceptando que se habían olvidado de él por completo, miró por la ventana. La anciana partió un pedazo de carne y lo depositó en un plato. Luego se dirigió a Carmen

-¿Quieres probarlo?

Estaba exquisitamente cocinado, pero ella no lo dijo, sólo enfrentó la mirada de la anciana, con la misma solemnidad que ella misma desprendía.

-Si. La vida no ha sido fácil para ninguno.

Rosa desvió la mirada hacia la estantería, hacia las fotografías enmarcadas, como si contemplara las cenizas de un incendio, sin disimular una profunda tristeza. Luego, sus ojos volvieron de nuevo a Carmen Durán, y en su boca, lentamente, se fue dibujando una dulce sonrisa

-Qué leches. Eres una chica preciosa

Carmen también sonrió, pero esta vez Santos pudo percibir en su rostro un elemento nuevo; una ligera y deliciosa timidez.

El resto de la tarde, Santos la pasó observando a las dos mujeres. Podía haber caído fulminado por un rayo y ellas hubieran seguido charlando plácidamente, como si nada, ignorando por completo su presencia. Sólo después de mucho rato Carmen por fin desvió la mirada de la anciana. “No me lo puedo creer” dijo, recogiendo de su falda un pedazo de carne, como si no pudiese evitar mancharse la ropa, solo que esta vez su sonrisa no le desapareció de la cara. Santos tampoco podía evitar que las cosas se grabasen en su cabeza con una precisión milimétrica. Mientras observaba las manos de Carmen deslizándose sobre las migas del mantel, supo que aquella imagen ya nunca se borraría de su memoria. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Historias de amor tristes cortas

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Mientras contemplaba el retrato del marqués, Carmen Durán se preguntaba por qué Santos se había empeñado tanto en buscarle una familia. La familia… Él al menos había conocido eso. Para ella esa palabra era solo una idea, un concepto que apenas podía representarse en la cabeza.

-Parece un hombre misterioso. ¿Es tu padre?

Santos asintió con la cabeza

-No lo conocí

-Pues te peinas igual que él. Ahora entiendo porqué pareces sacado de otra época.

Los dos quedaron un rato en silencio frente al retrato.

-Rosa Durán quedó embarazada de mi padre

-Ya lo dijiste

-Tal vez te gustaría conocerla

Carmen guardó silencio, pero Santos podía escuchar cómo el aire entraba con dificultad por los orificios de su nariz. Podía sentir esas cosas, aunque nadie más se percatara. Carmen se giró de espaldas

-¿No tienes nada de beber?

-Si. En la cocina hay refrescos

Él permaneció de pié, bajo el retrato de su padre, mientras ella cerraba la puerta. Tras el tabique, Santos escuchó abrir la puerta de la nevera, luego la puerta de algunos armarios, el tintineo de los hielos contra el cristal y otro sonido metálico, un click, que no pudo reconocer al momento.

Dentro de la cocina, Carmen Duran extraía de su bolso un pequeño frasco. Desenroscó el tapón. Sabía que unas gotas de esa sustancia bastaban para dejar a un hombre fuera de juego; dolores de cabeza, nauseas, perdida de memoria. Lo suficiente para poder controlar ella la situación. Necesitaba hacerlo. Desde sus primeros años en el orfanato sólo podía recordar abusos y mentiras. ¿Acaso alguien se había preocupado alguna vez en serio por ella?

De pronto repasó todos los detalles que Santos le había contado sobre la familia Durán. ¿Qué ganaba él haciéndola creer que formaba parte de toda aquella historia? Era absurdo. ¿Acaso pretendía burlarse de ella?

Por un instante su cabeza empezó a divagar. Era curioso que justamente las monjas hubiesen elegido aquel mismo apellido para ella. En el hospicio a casi todos les apedillaban Expósito, o les ponían el santoral del día después del nombre, pensó, pero ¿Durán? ¿por qué Durán?

En realidad nunca antes se lo había planteado. Si, Las fechas en que Rosa dejó a su hija en el hospicio podían coincidir. Y luego estaba esa marca de nacimiento…la misma marca de Santos. No podía ser. Estaba empezando a delirar. Aquel hombre le estaba contagiando su locura, después de todo la marca en el tobillo era sólo parecida, y el suyo tampoco era un apellido tan raro. Era una idea absurda. En aquellos tiempos los orfanatos recogían niños casi a diario; hijos de violaciones, huérfanos de guerra, madres en dificultades económicas…La suya podía haber sido cualquiera, ¿Por qué iba a ser justamente Rosa Durán?. Todo aquello era una estupidez.

Miró el frasco de nuevo y, sin quererlo, una pequeña sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios. De pronto la idea de haber tenido un abuelo capaz de negarse a fusilar en plena guerra le pareció divertida. En cualquier caso aquel hombre había demostrado un coraje fascinante. En aquellos tiempos de guerra, atreverse a soltar un puñetazo a todo un teniente de artillería, no era un acto banal. Su abuelo, Pepe Durán, qué tontería. Aunque si tuviera que elegir, sin duda habría preferido tener a un hombre de esas características como pariente; un hombre con principios ¿Por qué no? Tal vez entonces, con un familiar como ese también ella podría pensar que en el fondo de su interior habitaba algo bueno y valioso.

Carmen Durán cerró el frasco. No. No todos los hombres tenían que ser unos cerdos. Al menos Santos no era como los que ella había conocido. Él parecía diferente. Un poco más chiflado, eso sí, pero inofensivo. De eso estaba segura. Tal vez Santos, en el fondo, también se sentía muy solo. Después de todo él ahora también era un huérfano. Un huérfano por el que se sentía bastante atraída. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Historias de amor tristes

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Durante un buen rato, después de haber escuchado toda la historia que Santos le había contado, Carmen Durán permaneció muda. Como si estuviese hipnotizada por los bordados del mantel, lentamente, rellenó su copa de vino

-No debí aceptar verte de nuevo

Santos bajó la cabeza y ella se apartó la melena

-Mira, no te conozco de nada. Es la segunda vez que te veo y ahora dices que has conocido a mi madre en un pueblo perdido de la provincia. ¿Crees que eso es normal?. En serio, no te ofendas, pero eres un tío muy raro. Primero me dejas tirada en la cama, inconsciente, luego me despierto sola, medio desangrada por la regla, y ahora me vienes con esta historia. En serio, ¿nunca te vio un medico?

-Disculpen, ¿Han decidido ya los señores?- Santos Cámara sostuvo la mirada del camarero. Tenía un rostro normal, sin ninguna otra cosa que llamase especialmente su atención. Carmen levantó la copa para beber. Sus dedos eran largos y delgados, justo como los recordaba. Una gruesa gota de vino cayó sobre su vestido.

-Vaya, no me lo puedo creer- Exclamó desconcertada

A Santos no le extrañó aquella reacción, era algo que ya había sucedido antes y, sin embargo, ella se sorprendía, como si fuese la primera vez que se manchaba una prenda en toda su vida. Con la punta de la servilleta ella comenzó a frotarse la mancha

-No. No hemos decidido todavía. Vuelva dentro de un rato 

Durante un instante ella frotó la mancha con la servilleta, en silencio, mientras a la cabeza de Santos acudían todos los recuerdos de su visita al pueblo de San Andrés

-La historia que te he contado antes es cierta. Creo que tú y yo somos hijos del mismo padre

Las pupilas de Carmen brillaron de pronto, luego, una sonrisa fue creciendo en su rostro, lentamente, hasta estallar en una carcajada

Santos Cámara guardó silencio unos segundos antes de seguir hablando

-Entiendo que te cueste comprender. Sé que todo esto no es fácil. Tu familia de San Andrés…

Ella golpeó la mesa

-Mi familia vive toda en Italia

Santos observó detenidamente los ojos de Carmen, su postura, el tono de su voz, y pudo percibir en el estómago una ligera señal, una pequeña punzada que reconocía perfectamente. Podía darse cuenta enseguida de esas cosas, pero guardó silencio

Carmen apuró el último sorbo de su copa.

-Me tengo que ir

Santos se mantuvo en silencio, siempre había preferido no decir nada cuando no tenía nada que decir. Y ahora no sabía qué decir, y sabía que sabía que no sabía qué decir, y solo podía repetirse eso para sí mismo, lentamente, casi sin oírse. Luego levantó la vista hacia ella, que seguía allí, observando de cerca los bordados del mantel, desde un lugar muy lejano

-Me voy a ir. Me duele un poco la cabeza.

Santos sintió otra pequeña punzada en la tripa. Reconocía una mentira inmediatamente. Se daba cuenta de esas cosas, no podía evitarlo. Ella se levantó de la silla, como hacen las actrices que mienten cuando aparecen en las revistas, o se despiden de alguien desde la proa de un barco que se va. Santos percibía esas cosas con absoluta claridad. Entonces, a su espalda, escuchó unos pasos acercándose, mientras ella se alejaba entre las mesas

-¿Está todo bien, Señor? ¿Sabe ya lo que van a tomar?

No. No está todo bien, pensó, o dijo, no sabía muy bien. A veces no estaba completamente seguro de esas cosas. El camarero lo miraba sin pestañear.

-No está todo bien- exclamó Santos, sin saber muy bien por qué hablaba con un desconocido, y volvió a repetirlo, como si quisiera asegurarse de que ya lo había dicho, “No está todo bien”, como si a aquel tipo le importase un pimiento la respuesta o,  tal vez, solamente por aquella costumbre suya de repetirse a sí mismo las cosas. 

El camarero, con pulso tembloroso, retiró un vaso de la mesa. A lo lejos, Carmen Durán, con paso seguro, caminaba entre las últimas mesas del restaurante. Colgadas del techo, las lámparas de cristal emitían un sonido ensordecedor, un tintineo incesante por el roce de los vidrios, aunque, misteriosamente, nadie más que Santos parecía darse cuenta de aquello. No sabía qué pensar. Observó que las lámparas del restaurante eran todas iguales y que, sin embargo, había pequeñas diferencias entre ellas, tal vez por la manera en que estaban colocadas, o por la luz, y pensó si eso era importante ahora, si eran importantes la malditas lámparas. Él no iba por ahí preguntando a la gente qué cosas les parecían importantes y qué cosas no. Pero no podía evitar fijarse en los detalles; en la nuez del camarero, que se movía para dejar pasar la saliva, mientras él se levantaba, metía su mano en la chaqueta, dejaba un billete sobre la mesa, la nuez del camarero subía y bajaba, como si quisiera salirse de la garganta.

Carmen también subía la correa de su bolso para que no bajase de su hombro. Cuando Santos la alcanzó en mitad de la calle ella frunció el ceño

-¿Qué quieres ahora?

-Tienes que escucharme, lo nuestro no ha sido un encuentro casual

Carmen no se inmutó. Estaba acostumbrada a encontrarse con bastantes locos en su vida, aunque tal vez pensara, por la manera de mirarlo, que Santos era el caso más grave que había conocido.

-Verás, quiero tratar de ser amable contigo, pero es mejor que nos olvidemos de todo

-No. Tu familia no vive en Italia

De repente, Carmen empuñó con fuerza su bolso de mariquitas rojas 

-Está bien. Soy huérfana. Ahora ya lo sabes. ¿Qué quieres de mi? 

-Si, eso lo sé, tu madre te dejó en un hospicio

Durante casi un minuto Carmen se quedó inmóvil, hasta que, por fin, tras pestañear, arrastrada por la fuerza de la gravedad, la correa de su bolso se descolgó, y todos los objetos rodaron por el suelo.  SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Historias de Terror Cortas

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Los últimos rayos de sol se colaban por la ventana iluminando el sillón vacío del salón. Aquella tarde, al regresar a casa, Santos aún podía ver allí sentada a Doña Petra, en el viejo sillón de cuero. Tal vez él no debía haber viajado nunca hasta aquel pueblo, pensó. En realidad, al hacerlo, era como si hubiese traicionado los deseos de su madre.

Ni siquiera habían pasado dos semanas tras la muerte de la anciana. Días antes, Santos se encontraba allí mismo, de pié, frente a ella. “Madre, mañana se queda libre el apartamento del centro. Me gustaría trasladarme y comenzar a vivir sólo”, dijo.

Doña Petra no dijo nada, ni siquiera levantó la vista del libro, pero Santos se dio cuenta enseguida de que su respiración se había parado en seco. Solo al cabo de un rato, ella se levantó para atravesar el salón. Pero entonces ya estaba muerta. Había dejado de dirigirle la palabra y sólo se movía cuando él no estaba presente. Podía permanecer sentada en su sillón de lectura toda la tarde, mientras Santos miraba por la ventana, hasta que él se iba al servicio y, al regresar, ella había desaparecido. Entonces Santos paseaba por la casa y la encontraba de espaldas, apoyada sobre la encimera de la cocina, o en su habitación, con los ojos cerrados. Una tarde la tocó. Estaba completamente congelada.

Durante un tiempo, después de que la funeraria se la llevase, incluso después de haberle dado sepultura y haber donado toda su ropa a la iglesia, Santos podía verla todavía de pié, contemplando el retrato del Marqués, subiéndose las medias en el aseo, o revolviendo en el interior de algún armario. A veces, aparecía entre las imperfecciones de la pared, con ojo más abierto que el otro, un poco, casi nada, pero Santos se daba cuenta enseguida de esas cosas.

De repente sintió calor en la nuca. Nada podía reprocharla. Las madres sólo buscan lo mejor para sus hijos, pensó Santos, sólo lo mejor, y aquel pensamiento, durante un tiempo, volvió a repetirse dentro de su cabeza, como si tuviese vida propia, como si en realidad, aquella idea fuera suya

De repente, los labios de Santos se tensaron. Dentro de su cuerpo podía sentir un tren de hielo recorriéndole las venas. Tenía derecho a saber, a recordar todas las preguntas que había olvidado. ¿Porqué ella nunca le había contado la manera en que había muerto su padre? SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Historias de Terror

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A la mañana siguiente Santos Cámara no pudo desayunar. Durante un minuto observó su rostro en el espejo; las curvas de sus pómulos, los ojos hundidos en las cuencas. Un rostro hecho de cera, sin una expresión concreta, un rostro capaz de realizar, en cualquier momento, un gesto ajeno.

Caminó hasta el salón. Sobre el escritorio, iluminado por los rayos de sol que se colaban entre las rendijas de la persiana, el retrato del Marqués presentaba un aspecto enjaulado. Por un instante le pareció percibir en la atmósfera el perfume inconfundible de Doña Petra. Recordó la voz de su madre, enumerando las virtudes de aquel hombre retratado, mientras se persignaba. “Tu padre era el hombre más bueno del mundo”, acostumbraba a repetir la anciana, y luego contraía sus mandíbulas, solo un segundo, pero Santos Cámara solía percibir esas cosas inmediatamente. 

Sobre el escritorio, Santos abrió una carpeta. Los papeles del notario temblaron entre sus dedos; Finca de Las Contentas, parcela 345, termino municipal de San Andrés. Doña Petra nunca le habló de aquella propiedad. Levantó la mirada. El retrato de su padre lo observaba sin ninguna expresión.

En el pasillo, las baldosas blancas y verdes alfombraban el suelo hasta su cuarto. Abrió un armario, sacó una pequeña bolsa de viaje y la puso sobre la cama. Le dolían las manos, como si aquellos papeles sobre el escritorio le hubiesen quemado los dedos. Visitar esa finca era una idea inaceptable. Viajar hasta allí era como violar una regla. En el fondo de su cerebro una voz comenzó a reproducirse varias veces “Tu padre era un hombre extraordinario. Eso es lo único que tienes que recordar”

Sacó una camisa del armario y la extendió sobre la cama, casi a oscuras, como un miserable ladrón robándose a sí mismo su propia ropa. Apretó los puños con fuerza, hasta que el pulso recobró la suficiente firmeza como para doblar una manga. “La ropa no puede arrugarse”, escuchó,” la ropa bien planchada dice mucho de la gente”. Era una voz pausada, sin matices, una voz que venía desde algún lugar del dormitorio. El reloj de pared marcaba las doceSEGUIR LEYENDO ♦ LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO







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