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Novela corta: de regreso a la ciudad

De regreso a la cuidad Santos condujo en silencio. Sólo al entrar en casa empezó a ser consciente de las cosas que le rodeaban. Desde la ventana del salón los edificios de cristal brillaban con los últimos rayos de sol. Sobre el hombro derecho, sintió una mano presionado levemente.

-Estoy aquí – dijo Carmen Durán – por si no te has dado cuenta.

Santos se giró hacia ella y, visiblemente cansado, recorrió todo su cuerpo con la mirada.

-Hoy no te has manchado el vestido

-No, Tonto, hoy no me he manchado. Me estoy convirtiendo en toda una señorita

-Una señorita…

-Si, ¿qué pasa? Por lo menos no soy tan rara como tu

-¿Yo raro?

Carmen se puso en jarras, y se fue acercando a Santos Cámara, configurando una inocente sonrisa

-Muy raro… pero tu ya lo sabes.

Durante un segundo, sin poder evitarlo, Santos respiró aquel aroma de mujer.

-Muy raro – añadió ella – y cuando me acerco a ti…así…como ahora…pones siempre esa cara, ¿ves? Pones cara de bobo.

Pero Santos no respondía. Como paralizado, miró por encima del hombro de ella. Sentado en el sillón de su madre podía ver, con toda claridad, al abuelo Durán, completamente desnudo, con la escopeta de su hijo entre las piernas.

Carmen se giró un instante, para mirar en la misma dirección, pero no vio nada.

-¿Estás bien?

El pecho de Santos subía y bajaba deprisa. Carmen trató de tocarlo pero él se apartó un paso. En pié, el abuelo Durán abrió los brazos y bajó la cabeza hacia las baldosas, entre las juntas comenzaron a emerger las figuras de algunos feligreses con rostro deformados. Desde algún lugar del salón comenzó a salir un murmullo de voces y una música de dulzainas y tambores. Entonces el abuelo caminó hasta el retrato del marqués, levantó la escopeta sobre los hombros y echó acorrer en zigzag, como si alguien lo persiguiese.

Santos escuchó gritos de mujer, mientras el abuelo daba giros a derechas, y más gritos, mientras el abuelo daba giros a izquierdas, y también veía el rostro de Carmen que lo miraba sin pestañear “tienes mala cara” y Santos no podía contestar, sentía ganas de vomitar, se puso una mano en el estómago, y los músicos bailaron, un paso adelante, un paso atrás, todos a la vez, y Carmen preguntaba si era necesario llamar a un médico, cuando los ojos de Santos se abrieron, de par en par, al ver crecer dos enormes alas blancas, sobre la espalda desnuda del abuelo Durán.

Carmen giró la cabeza en todas las direcciones posibles, pero tampoco vio nada esta vez, entonces una corriente de aire entró en el salón y sus cabellos se alborotaron, y desde el escritorio una bandada de folios salieron volando por los aires. Sobrecogida, se agachó para recoger los papeles del suelo; eran los documentos de un notario; finca de Las Contentas, termino municipal de San Andrés. Las ventanas estaban completamente cerradas. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Novela corta: Pepe Durán

Aquella tarde, cuando Santos salió a pasear por la colina, Rosa se secó las manos en el delantal y bajó de la estantería la amarillenta foto de Pepe Durán.

Carmen apuró el fondo de su taza y se levantó de la mesa para colocarse junto a la anciana.

-Debió ser un hombre muy valiente

Rosa giró la cabeza un momento, y luego bajó la mirada.

-Si hubiese disparado su arma, como hicieron todos los demás, aquella misma tarde habría vuelto a casa con nosotros. Pero no fue así. Aquella tarde regresaron todos del camposanto menos él.

-¿Y nadie más se negó a disparar?

-Había demasiado miedo. Desde que llegaron los militares todo el pueblo comenzó a cambiar. Pero yo no me dí cuenta entonces. Al principio sólo vino un pequeño destacamento, soldados de infantería que instalaron en la casa de correos un cuartel improvisado. Por aquí nadie entendía de política y pensábamos que las cosas importantes sólo ocurrían en al capital. Qué ingenuos.

-¿Qué pasó?

-Cuando llegaron los militares el teniente Parejo visitó a los vecinos casa por casa. El reclutamiento no es obligatorio -dijo- en todo caso los reclutados sólo tendrán la obligación de aparecer en el cuartel unas horas por semana para realizar una pequeña instrucción y hacer turnos de vigilancia. No tendrán que ir a ningún sitio, ni ser desplazados, ni participar en ningún combate. Eso decía, mientras alargaba los papeles de reclutamiento. Un mero trámite sin importancia, dijo, para poder proteger a las familias comprometidas con la defensa nacional, en caso de producirse un ataque enemigo al propio pueblo de San Andrés. Nada más que eso, dijo, y “ya solo tendrán ustedes que esperar cada mes, a que la saca de correos llegase con los sueldos”

¿Qué se podíamos perder? ¿Defender el pueblo? ¿De quién? ¿A qué loco se le ocurriría molestarse en venir aquí? ¿Qué podían llevarse de un lugar donde solo hay campos secos de trigo y cuatro conejos entre las zarzas?

Mi padre firmó aquel papel- añadió la anciana, mientras dejaba su fotografía sobre el estante de madera- En fin, para qué seguir hablando de eso. Coge una castaña. Hoy te veo más pálida. ¿Te encuentras bien?

Carmen suspiró de repente

-Bien, bueno, Santos y yo hemos decidido vivir juntos

-Ah

-Bueno, en realidad llevo tiempo buscando trabajo y…bueno, ya no puedo seguir pagando el alquiler, de manera que…

-Entiendo

-Es sólo temporal. Él se ha ofrecido

Rosa miró fugazmente el techo de la cocina, sin ninguna expresión. Carmen peló una castaña

-Pero dime, cuando llegaron los militares ¿Ya había empezado el conflicto?

-En realidad no. Durante los meses siguientes los únicos indicios de guerra se producían por alguna disputa matrimonial, que el abuelo resolvía desde su sillón de mimbre, en la pequeña sala del ayuntamiento, como buen juez de paz que era. Todo estuvo tranquilo hasta que, una tarde, llegaron al pueblo aquellos cinco desgraciados. Daba pena mirarlos. El más alto, sucio y desnutrido, apenas se sostenía en pié cuando el teniente Parejo le ordenó que bajase del camión militar. Los vecinos sólo miraban en silencio, nadie se atrevió a preguntar qué habían hecho esos hombres para ser tratados de aquella manera. Los metieron a empujones en la casa cuartel y ya nunca más volví a verlos. Lo que sé de ellos me lo contó mi padre desde la cárcel.

Carmen levantó la mirada hacia la vieja fotografía de Pepe Durán.

-Y después de salir de prisión, ¿Vivió aquí contigo?

-Hasta el mismo día de su muerte. El pobre no hablaba mucho. Pero recordaba cada detalle de aquella noche.

-¿Qué pasó esa noche, Rosa?

-El teniente Parejo hizo llamar a todos los hombres del pueblo reclutados. Algunos ya habían regresado de los campos, a otros fueron a buscarlos a los establos. A las ocho y media de la tarde, mi padre y otros diez hombres se reunían en la casa cuartel con sus escopetas de caza.

El teniente parejo se paseó entre ellos con las manos en la espalda. “Iré al grano, dijo, he recibido noticias terribles, las fuerzas enemigas avanzan desde el oeste. Es posible que en pocos días los tengamos encima”

Mi padre decía que todos los hombres se miraron los unos a los otros. “Pero no hay nada que temer”, aseguró el teniente, “dos baterías de artilleros y tres de infantería los impedirán el paso. He recibido ordenes directas de la capitanía. Necesitan saber el grado de compromiso de los habitantes de esta zona. Nosotros sólo tenemos que hacer una pequeña cosa”

-¿Eso dijo?

-Eso dijo el teniente, y luego se abotonó los botones del uniforme sin responder preguntas. Antes de que ninguno de los hombres pudiese decir nada, un sargento dio la orden de formar filas. En pocos minutos todos desfilaron en formación, seguidos de varios soldados, rodeando las casas del pueblo, hasta lo alto del cementerio. Y allí estaban, temblando de frío, aquellos cinco pobres desgraciados. Entonces mi padre todavía no era consciente de lo que sucedía, hasta que el sargento les colocó a todos frente a esos desdichados, y los soldados, fusil en mano, se colocaron detrás de su grupo, para asegurarse de que nadie se echaría atrás.

-¿Te contó cómo pasó?

-Muchas veces. Movía la cabeza siempre de la misma forma cuando lo recordaba, como si al contarlo, al mismo tiempo lo negara. Decía que, al principio, todo le perecía una broma, como si no hubiese estado pasando de verdad, y que su cerebro empezó a funcionar muy deprisa, tratando de encontrar una explicación alternativa a la situación, pero que al escuchar el grito seco de “apunten” fue como si se despertara de repente. Contaba que, en aquellos momentos, sintió como todo su cuerpo se reunía, todos sus sentidos al mismo tiempo, y que, de repente, se encontró mucho más relajado de lo que había estado en toda su vida.

-¿Qué hizo entonces?

-Tiró la escopeta al suelo.

-¿En serio?

-Si, hija, cuando los demás ya tenían las culatas apoyadas sobre los hombros, mi padre tomó una decisión que lo llevaría a la ruina para siempre.

-Sigue, Rosa, ¿Qué pasó luego?

-Escuchó unos pasos secos y rápidos acercarse por su izquierda. Al girarse, pudo ver el rostro del teniente Parejo, deformado por la ira. “Recoja el arma” le ordenó, y desenfundó la pistola colocando el cañón en la cabeza de mi padre. Y ya te puedes imaginar cómo reaccionó el hombre; rompiéndole las narices de un puñetazo.

-Y por eso le encarcelaron, claro. Y los cinco presos…

-Si. Yo estaba sentada aquí mismo cuando sonaron los disparos. Traté de salir corriendo de la casa, pero el abuelo se puso en la puerta. Aguantó mis gritos y mis puñetazos, hasta que me empujó contra esta misma mesa. Cuando recuperé el conocimiento el abuelo estaba sentado en el suelo, sujetando mi cabeza. Entonces entró una vecina, no paraba de llorar, decía que su marido estaba de rodillas, en las cuadras, agarrado a su escopeta, sin poder parar de vomitar, y que el resto de sus compañeros se habían metido en la cantina.

Mi abuelo y yo corrimos a buscarlos para saber qué pasaba. Y allí estaban todos, con las gorras puestas, bebiendo aguardiente sin mirarse. Nos acercamos al grupo y el abuelo preguntó dónde estaba su hijo. Solo al cabo de un rato uno de ellos miró al abuelo “Tu hijo le ha dado un puñetazo al teniente y se lo han llevado preso” , dijo, y bajó la cabeza enseguida. Los demás guardaron silencio, como si se hubiesen puesto de acuerdo. Se quedaron allí, asomados al fondo de sus vasos, sin pestañear. Nunca sentí tanta pena en toda mi vida. Era como estar rodeada de extranjeros. Entonces el abuelo escupió al suelo y levantó de la mesa a uno de ellos. “No me pegue, señor Durán”, dijo el hombre tapándose la cara, y comenzó a llorar como un niño. “Su hijo está bien. Sólo le han detenido. Todo ocurrió en un segundo, dijo. No hemos podido hacer nada”

Todo ocurrió muy deprisa” dijo otro hombre, “muy deprisa” y ya sólo era capaz de repetir lo mismo una y otra vez. Qué asco, cada vez que lo recuerdo me sigo poniendo enferma.

Carmen trató de acercarse a la anciana, pero esta se lo impidió con un delicado gesto de manos. Cuando Santos Cámara regresó de su paseo por la colina encontró a las dos mujeres abrazadas. La anciana, como si no se hubiese percatado de su presencia, continuó hablando.

Después de aquello las cosas se pusieron crudas. En poco tiempo el pueblo se llenó de militares y empezaron a llevarse gente. Cualquiera que tuviese trato con los disidentes o familiares de disidentes era sospechoso. De manera que todos nos dieron la espalda. La gente tenía miedo hasta de respirar. Todos menos el abuelo, que solía pasearse en pijama por el pueblo, recitando poesías inventadas. Entonces los soldados miraban para otro sitio y lo dejaban estar. Debieron pensar que el pobre estaba loco.

-No se si estaba loco – interrumpió Santos – pero en el pueblo me contaron que subió a un escenario desnudo

Rosa se giró bruscamente

-Si. Y los meó a todos desde lo alto

Carmen, inesperadamente, soltó una gran carcajada

-¿En serio, Rosa?

La anciana se volvió hacia ella.

-Tenías que haberlo visto. Los vecinos veían caer el chorro dorado y se tapaban el rostro con las manos, mientras el abuelo los bautizaba, desde arriba, sin piedad, y ellos chillaban y rodaban por los suelos como si expulsasen al diablo de sus entrañas.

-Si, -volvió a interrumpir Santos-, por eso le ingresaron en un psiquiátrico

-Por eso, sí -replico la anciana- pero aquella tarde de verbena, mientras corría desnudo entre la gente, también pasó al lado de tu padre. Tu padre. Casi se desmaya del susto. Era un cobarde.

Santos apretó los puños con fuerza, y salió de la casa dando un portazo. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Novela histórica corta

Novela histórica cortaNovela histórica corta para leer sin descargar

Santos se alejó andando por la plaza. Entre las baldosas de piedra crecía un musgo negro que brillaba con el sol. A su mente acudió el enorme retrato de aquel hombre que presidía el salón de su casa, los labios de su madre herméticamente sellados, y todas las preguntas que alguna vez había formulado estaban allí, flotando en el aire de aquel pueblo, como una mancha de aceite que se extiende. 

Caminó calle abajo. Dentro de su cabeza se repetía sin cesar el nombre de la anciana, “Rosa Durán”, ¿Sería posible que ella fuera familia de Carmen? Una cigüeña, con las alas extendidas, regresaba al nido de la iglesia. A pocos metros, en la puerta de la última casa de la calle, una anciana colgaba la ropa. Tenía el pelo blanco, recogido en un moño, y vestía de riguroso negro. Al verla, Santos tuvo la sensación de haberse trasportado en el tiempo. Desde su pequeña estatura, Rosa Durán lo contemplaba fijamente

-Me llamo Santos. Santos Cámara

La vieja soltó el barreño

-Soy el hijo de Don Ignacio Cámara. Me han dicho en la plaza que usted conoció a mi padre.

Las pupilas de la anciana se dilataron, apenas un segundo, pero a Santos ese detalle no le pasó inadvertido

-Mi madre murió la semana pasada. Vengo buscando información. Un hombre del pueblo acaba de contarme que a mi padre lo mataron en su casa, allí arriba, en la colina. Yo nunca lo conocí. Mi madre jamás me dijo nada de eso.

-Lo siento. Yo tampoco puedo decirte nada

-Pero usted trabajó en la casa de mi padre

La vieja alisó lentamente su falda

-Han pasado muchos años

-No entiendo, señora…

Rosa introdujo las manos en los bolsillo de su delantal, sin modificar ni un sólo músculo de la cara

-¿Acaso la trataron mal mis padres? ¿Le dejaron alguna nómina sin pagar?

-Al contrario. Pagaban bien

-Es extraño

Rosa resopló y se puso en jarras

-Ya veo que a usted su madre nunca le contó nada

-No

-De ahí ese aire de usted, como alejado del mundo

-Señora, es sólo que la gente no me gusta

-En eso estamos de acuerdo. A mi tampoco

-Ya entiendo. La echaron de la finca. La despidieron

-No me hagas reír

-Si era usted la criada ¿Cómo no vino a la cuidad con mi madre estando ella sola y embarazada? ¿Pretende que crea que se quedó en este pueblo por decisión propia? Dígame, ¿cuando la echaron?

-Cuando le anuncié a tu padre mi embarazo

Santos Cámara dejó de respirar por un instante. Trató de decir algo, pero su boca solo quedó entreabierta. Rosa recogió tranquilamente el barreño del suelo.

-El marqués era un hombre guapo y educado. Nos gustamos, simplemente, no voy a justificarme.

Santos seguía sin pronunciar palabra, no podía comprender qué estaba pasando, pero podía sentir en la boca de su estómago el efecto que deja un puñetazo.

-¿Está insinuando que usted quedó embarazada de mi padre?

-Es mejor que te marches

Necesitaba coger fuerzas. Entonces recordó las palabras del anciano de la visera sobre el embarazo de Rosa y unió los dos hechos

-¿En qué orfanato dejó a la niña?

Las pupilas de Rosa se clavaron en las de Santos, como si contemplara una bandada de murciélagos saliendo de sus ojos. Soltó de nuevo el barreño

-No sé que te han contado de mi, pero será mejor que te vayas

-No voy a hacer eso. Tengo derecho a conocer la verdad

Rosa endureció el rostro, y estrujó entre sus manos una esquina del delantal SEGUIR LEYENDO   ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Novela Histórica

Novela HistóricaNovela Histórica para leer online sin descargar

Durante su viaje a San Andrés la radio del coche no dio ninguna noticia sobre la muerte de una mujer. La persona que iba en aquella ambulancia no podía ser Carmen. Necesitaba recordar más cosas de ella, tal vez para demostrarse a sí mismo que había pasado de verdad, que por primera vez en su vida se había acostado con una mujer, aunque no pudiera recordar los detalles.

Era obvio que alguna sustancia lo había perturbado el cerebro, algo que impedía el flujo normal de sus pensamientos. Perder la memoria era algo que siempre le había causado terror. El ruido monótono del motor lo tranquilizó un poco. ¿Quién sería Carmen Durán?, ¿Cómo pudo acabar en su cama, sin conocerla de nada? No era normal.

El viaje duró pocas horas. Hacía tiempo que los últimos bloques de edificios habían dado paso a un paisaje más abierto y lo árboles de la carretera estaban comenzando a echar flores blancas. Por unos segundos, casi se pasa el desvío de la carretera. Durante cinco kilómetros subió por una pequeña cuesta de grandes curvas  y pensó que se había perdido. Sólo al cabo de un rato pudo ver una docena de casas. Por fin había llegado a su destino. Sobre una pequeña meseta, el pueblo de San Andrés parecía un fantasma abandonado.

Santos detuvo el vehículo en la plaza. El suelo estaba empedrado con grandes losas de piedra. Tras el campanario de la iglesia pudo ver una gran casa blanca sobre la colina. Tenía que ser esa. No había duda. Miró a su alrededor. Un anciano, sentado bajo una enorme encina, era la única persona presente en aquel lugar. No apartaba la mirada de Santos, como si nunca antes hubiera visto un ser humano. Luego, levantó una mano para saludar. Santos se acercó lentamente. El viejo se tocó la visera de su gorra.

-Parece usted algo perdido

A tres pasos de distancia, Santos señaló con el dedo, por encima de la cabeza del hombre

-Quería preguntarle por aquella casona de la colina

El de la visera introdujo una mano en el chaleco

-No se lo recomiendo, esa finca está maldita

-No le entiendo

-Es la finca de Las Contentas. Una historia de terror. Mataron al propietario de varias cuchilladas. Don Ignacio Cámara, El Marqués, como por aquí le llamaban.

Las piernas de Santos temblaron al oír ese nombre. Por un instante su cuerpo se vació, como si toda la sangre, hubiera ido a parar a cualquier otro lugar. El viejo se rascó la nuca por debajo de la gorra

-Me llamo Avelino

Santos no era ningún experto en relaciones sociales, pero necesitaba información, de manera que estrechó la mano del viejo que se extendía. Tenía un tacto demasiado suave, pero aguantó su contacto hasta que el anciano la retiró.

-¿Está usted bien? ¿Quiere sentarse un rato?

Sin saber muy bien a qué voluntad obedecía, Santos tomó asiento. En su cabeza aún bailaba la figura del retrato de su padre.

-La finca está abandonada- siguió el viejo- desde hace más de cincuenta años, casi los mismos que tendrá ahora usted. Jamás se detuvo a los autores del crimen, dijeron que eran de fuera, vaya usted a saber, eran tiempos de guerra, la gente moría, no puedo decirle mucho más. Si lo que busca es comprar la finca puede preguntar a Rosa Durán

Al escuchar aquel apellido, Santos Cámara tragó saliva. En su mente apareció aquel buzón verde “Carmen Durán Durán” de la calle Coronel Salgado. Avelino interrumpió sus pensamientos

-Rosa Duran estuvo sirviendo de joven en la casa del marqués, pero no creo que sepa nada, ahora es una anciana,  su abuelo era muy respetado en este pueblo, el abuelo Durán, le decían, parece que le esté viendo ahora mismo, apareció justo ahí, por aquella calle, cerca del ayuntamiento, donde siempre iba a ejercer su oficio de juez de paz, solo que entonces él no llevaba su sombrero negro, ni sus chaqueta de pana, ni pantalones, ni zapatos, ni nada. Apareció por allí, como Dios le trajo al mundo, completamente desnudo, con la escopeta de su hijo Pepe colgada de la espalda

“¿Y todo esto qué tiene que ver?” dijo Santos, o quizás solo lo pensó. En ocasiones no estaba completamente seguro de esas cosas. Avelino sacó del chaleco una bolsa con tabaco para liar y se estiró en el banco. Su mirada parecía perdida, como si de repente soñara despierto

-El hijo del Abuelo Durán se llamaba Pepe, lo encarcelaron por revelarse, le rompió la nariz a un teniente de infantería, en aquellos tiempos, imagínese. Durante la guerra se dieron otros casos de insurrección, ¿sabe usted?, casos parecidos, como el de Camilo, el porquero, al que se le declaró débil mental y se lo dejó marchar sin más reprimenda que un arresto domiciliario. Pero con Pepe Duran no se tuvo ninguna clemencia. El teniente Parejo ordenó que recogiese su arma inmediatamente y se uniese al pelotón de fusilamiento. Decían que el teniente se le acercó dando zancadas para gritárselo en la oreja y que, luego, viendo que aquello no funcionaba, se desabrochó la cartuchera y que, antes de que tuviera tiempo de desenfundar, Pepe le partió la nariz de un puñetazo. Le cayeron diez años de cárcel. ¿Se lo puede usted creer?

Santos trató de decir algo, pero el hombre siguió con la historia.

-Total, a lo que vamos, que por eso o no por eso, el Abuelo Durán se presento al poco en esta plaza, aquí mismo, como Dios le trajo al mundo. Al verlo aparecer, la gente se fue apartando para dejarlo pasar. Cuando subió al escenario los músicos dejaron de tocar, y las parejas de bailar, y de esa torre salieron volando las palomas por encima de su cabeza. Parece que lo estoy viendo. El viejo parecía un fantasma, todos pensamos que se había vuelto loco, agarró su pene con la mano y nos miró, tenía una polla enorme, se reirá usted, pero ahora mismo puedo verla levantada, allí mismo, y a la gente empujándose, empapada de orín. ¿Usted fuma?

Santos negó con la cabeza

-Hace bien. Pues como le iba diciendo, allí estaba el viejo, subido al escenario, con toda la orquesta a sus espaldas. Los músicos se miraban los unos a los otros, como para llegar a un acuerdo, entonces dieron todos juntos un paso hacia delante, el abuelo se giró bruscamente y los encañonó con su polla, y todos dieron juntos un paso hacia detrás, al mismo tiempo, como si estuviesen bailando. Solo al cabo de un rato subieron los guardias al tablado, pero el abuelo se zafó de ellos, como si fuese un jovenzuelo, escapó de entre sus brazos y saltó a la plaza. La gente le abría paso, los guardias corrían tras él abuelo, derribó a uno y siguió corriendo entre la gente. Todos se apartaban, sin más, hasta que allí, junto a esa puerta verde, lo consiguieron reducir. Lo tuvieron en el suelo, tapado con la capa de uno de los guardias, hasta que llegó la furgoneta y se lo llevaron. Esa fue la última vez que se vio al Abuelo Durán en San Andrés. Decían que el pobre acabó en un psiquiátrico. 

Santos carraspeó

-¿Y dice usted que la nieta, Rosa Durán, trabajó en esa finca?

El viejo de la visera miró a Santos sin ninguna expresión

-Había miedo, sabe usted, por aquí le mataban a uno por escuchar la emisora de radio equivocada. Mi familia se salvó, qué coño, a base de callar. Oír, ver y callar, ese era el lema para seguir vivo. Entonces era muy joven. Cuando escuché la historia de Pepe, el rebelde, quería ser como él, pero mi padre me quitó esa idea de la cabeza. No son tiempos para hacerse el héroe, dijo, eso nunca sale bien. Todavía me da rabia pensarlo. Los Duran eran una buena familia. Ayudaban a la gente. Qué cojones, ni siquiera podíamos dejarnos ver en su compañía. Esa gente se merecía tener el nombre de una calle en este pueblo.

Sobre el campanario de la iglesia una cigüeña estiraba sus alas. Santos se puso en pié.

-Oiga, me gustaría saber dónde vive Rosa Durán.

-Claro, perdone usted, tal vez ella sepa algo de los herederos de la finca. Si quiere comprarla ahora puede sacar un buen precio. No diga que se lo he dicho, pero cuentan que se quedó embarazada de una niña, sin estar casada, y que la dejó en el hospicio.

-¿Una hija?

-Eso dicen. Ahora tendría su edad, si es que aún sigue viva. Pero oiga, ¿Está usted bien?, parece afectado.

-No importa. Y dígame, ¿Qué se sabe del Marqués? ¿Por qué lo mataron?

-No sé, dicen que era un tío raro. Pero oiga, ¿No será usted periodista?

-No. ¿Me podría decir dónde puedo encontrar a Rosa Durán?

-¿A Rosa? Claro, si baja por esa calle es la última casa a la derecha. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO




Novelas Románticas

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Santos Cámara cogió la caja de las aspirinas. Se sentía ligeramente mareado. No era normal. Aquellos síntomas eran consecuencia de alguna sustancia. Estaba seguro. Podía jurar que Carmen Durán había echado algo en su bebida, pero, ¿Por qué motivo? Aquella idea no tenía ningún sentido. Tal vez ambos habían tomado algo en mal estado. Quizás ella sólo estuviera enferma cuando la dejó, o simplemente inconsciente. 

Pero la realidad era que él la había abandonado en extrañas circunstancias, sin tratar siquiera de auxiliarla. Tenía que sacar deprisa a aquella mujer de su cabeza. Quería olvidarse, dejar de pensar, pero al cabo de un rato, sin saber del todo lo que hacía, se encontró en mitad de la calle deteniendo un taxi

-¿Hasta dónde quiere que le lleve, caballero? 

-Calle Coronel Salgado 72 

-Perfecto, vamos para allá. ¿trabaja usted en alguna embajada?

El asiento trasero estaba algo sucio, pero Santos Cámara no se dio cuenta hasta que ya estaba en marcha el vehículo.

-No

Había empezando a chispear. Dos parejas, agarradas de la mano, corrían para refugiarse en los soportales de un cine. En la cera de enfrente una grupo de jóvenes hacía cola para entrar en una discoteca.

El taxista subió la radio

Santos bajó la ventanilla

A lo lejos, montado a caballo, un militar del ejército señalaba el norte desde su pedestal. Tras rodearlo, Santos pudo divisar la calle donde vivía Carmen. Varios coches de policía y una ambulancia estaban subidos en la acera, junto al portal, cuando el taxi se detuvo.

Santos se revolvió en el asiento. “No pare” dijo, o quizás solo lo pensó. En ocasiones no estaba completamente seguro de esas cosas. Un agente de policía se acercó sujetándose la gorra. Las piernas de Santos comenzaron a temblar. Necesitaba salir de allí. Podía escuchar aquella idea, claramente, repetirse dentro de su cabeza. El policía golpeó el cristal del vehículo con los nudillos. Al girarse, una mata de pelos negros asomó por la oreja del taxista. El estómago de Santos se contrajo. Necesitaba salir de allí, como si todo lo que tuviese que ver con aquella calle y aquel piso sólo le produjera deseos de huir. En los cristales, las gotas de lluvia corrían sin cesar. El agente de policía volvió a golpearlos, esta vez con mayor violencia y, cuando el taxista mostró la palma de su mano, comenzó a girar los brazos bruscamente, como un lanzador de bolos.

El conductor metió deprisa la marcha y pisó a fondo el pedal. Por el espejo retrovisor las luces de la ambulancia iluminaban una figura humana, tapada por completo, saliendo en camilla desde el portal.  Seguir LeyendoLEER LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO







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