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Relato largo de misterio 5ª parte

Relato largo de misterio 5ª parte. Autor; Fidel Sanz Estaire.

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Cerca de Atocha, bajo una marquesina de cristal, la pareja se detiene. Junto a ellos un pequeño grupo de mujeres ciegas espera el autobús. Cuando se abren las puertas las dejan pasar primero. Van hablando alegremente entre ellas. La más bajita sube los escalones con dificultad. Tiene las caderas anchas y sus piernas son demasiado gruesas. El resto del cuerpo es normal. Mientras camina su cuerpo se va escorando a los lados del pasillo. Tarda un rato en acomodarse en su asiento. Su mirada parece perdida. Mire donde mire, a cualquier lugar del techo que no puede ver, sus ojos azules tiemblan dentro de las cuencas de los ojos. Tras ella, en la última fila del autobús, la pareja toma asiento.

Durante el trayecto las mujeres ciegas charlan animadamente. Hablan de un hermoso lugar donde van a celebrar el cumpleaños de la más bajita.  Se las ve tan excitadas que casi se atropellan en la conversación. La más alta tiene un grado menor de ceguera. Cuando el megáfono anuncia la próxima parada se pone en pie la primera y las otras la siguen por el pasillo. Caminan juntas, entre risas, ayudadas las unas por las otras. A la de los ojos azules le cuesta un poco seguir el paso de las otras.

Mientras se abren las puertas del autobús el observador externo me chista desde su asiento.  Cuando me giro para mirarlo me guiña un ojo y señala con la barbilla a las mujeres ciegas.

-¡Vaya cuatro!-dice.

-Ya no me queda ninguna duda sobre usted-le digo-Definitivamente no es de Madrid. Se le nota a la legua.

Sin pronunciar palabra el observador externo mira al frente y pestañea tres veces. La mujer lo mira sin expresión. El hombre abre lo que queda de su periódico y hace que lee.

Yo me apresuro por el pasillo. El variopinto grupo de mujeres camina unido, como una pandilla de adolescentes. La más alta camina delante tanteando el suelo con la punta de su bastón. Aferrada al brazo de la última, la de los ojos azules da pasos rápidos y cortos. Camina frotando sus muslos, uno contra el otro. Con cada paso sus piernas transmiten una onda al resto del cuerpo que le provoca un delicioso ladeo de hombros. Cuando pisa la calle, al recibir los últimos rayos de sol sobre su rostro, echa la cabeza hacia atrás y abre la boca en una enorme sonrisa, casi infantil.

Cuando el autobús arranca el hombre y la mujer se asoman a la ventanilla. Poco a poco, enmarcados tras el cristal, sus rostros se van haciendo pequeños. A lo lejos me parece ver la mano del observador externo que se levanta en señal de despedida.

Calle arriba caminan las mujeres ciegas. Las sigo. Mientras escucho sus risas bajo la cabeza y veo, a ambos lados de mi cuerpo, salir, cada vez, un pie. A cada paso, a un ritmo preciso, las hojas de los árboles salen disparadas a los lados. A cada paso un pie se aleja, se sale de los límites de la acera. Cuando regresa el otro desaparece, misteriosamente, en la oscuridad de un portal.

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Relato largo de misterio 4ª parte

Relato largo de misterio 4ª parte. Autor; Fidel Sanz Estaire.

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Caminamos por Paseo del Prado. Una racha de viento mueve las hojas de los árboles y el chorro de la fuente de Neptuno se retuerce en lo alto. Delante de nosotros camina una mujer con la melena suelta que desprende un olor a castañas. Golpeo con el pie una papelera y ella vuelve su rostro.  Tiene unos ojos muy grandes. El observador externo gira el cuello al pasar junto a ella y sonríe. Tiene unos ojos pequeños. Durante un segundo la mujer queda atrapada entre nosotros dos. Cuando por fin la adelantamos me acerco al observador externo y saco un poquito el pie.  El observador externo pierde el equilibrio. La mitad de su periódico sale volando por los aires y sus hojas ruedan por el asfalto bajo las ruedas de los coches. Desde mi posición puedo observar, de nuevo, la suela de sus zapatos. Las dos al tiempo. Una junto a la otra.

La mujer, que se ha quedado parada con las palmas de la mano apretadas contra sus mejillas muestra, entre sus dedos, unos labios rojos en forma de beso. Se agacha. Se interesa por el estado de salud del observador externo. Pasa el brazo bajo su axila y trata de ayudarle.

-Lo siento- le digo encogido de hombros- tengo los pies muy separados.

La mujer me mira los zapatos. No pestañea. Aprieta los labios y se contiene.

El observador externo se quita la tierra de la palma de las manos frotando una contra la otra.

-Separados y grandes-afirma rotundo.

La mujer se tapa la boca y empieza a ponerse colorada. Desde arriba veo sus rodillas flexionadas. Tiene unas pestañas largas y negras. El hombre y la mujer permanecen un rato semiabrazados sobre la acera, contemplando mis zapatos. Luego se miran entre ellos y, sin más, arrancan a reír.  Se ríen a carcajadas. Casi sin fuerzas se ayudan mutuamente hasta ponerse en pie.

Un anciano con pantalón amarillo y gafas azules de espejo pedalea sin esfuerzo por el carril bus. Mientras camina el observador externo recompone su periódico. La mujer se vuelve un instante para mirarme y susurra algo a su oído. Desde mi posición no puedo escuchar lo que dicen. El hombre le coloca una mano en la espalda y niega con la cabeza sin girase. Seguir leyendo.




Relato largo de misterio tercera parte

Relato largo de misterio tercera parte. Fidel Sanz Estaire.

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El hombre que camina a mi lado, cuando pasa junto a un escaparate aprovecha para mirarse. Desde mi posición veo su nuca. Cuando nuestras miradas se encuentran en el cristal el hombre gira la cabeza y mira al frente. Entonces puedo ver sus dos perfiles casi al tiempo, uno allá, otro acá, resoplando por lo bajo, para que no se note que va reventado.

 

-Andar-le digo mientras su imagen se desplaza junto a los maniquíes trajeados del escaparate- no es un acto cultural. Si así lo fuera cada cultura designaría una forma distinta de mover los pies.  A la mayoría de la gente, que presume de conocerse bien a sí misma y de ser muy consciente de sus actos, se le escapa este detalle. Si le preguntas con cuál de sus dos pies acostumbran a iniciar la marcha, no sabrá qué responder. Pero si le preguntas por cualquier otra cosa, siempre, siempre, te dará una opinión. Para un observador externo, poco entrenado en percibir los detalles finos de las cosas, tanto si está en Madrid como si está en la China, ve andar a un individuo y ha visto a todos. Otro error. La gente camina por la calle, en cualquier lugar del mundo, pero no todos lo hacen igual, aunque a un observador externo se lo parezca. Aparte de los que andan de forma muy particular por su constitución física, existe una gran variabilidad entre los transeúntes. Pero un observador externo que sujeta un periódico bajo el brazo para evitar desplazarse con las palmas de las manos vueltas hacia adelante, no se percata de eso.

-Nadie se desplaza con las manos vueltas hacia adelante-protesta enérgicamente el observador externo- La mayoría de la gente camina normal. Con los pies rectos.

 

-En las ciudades grandes todo es normal. Uno puede sentarse en una terraza, pedir un café y leer un libro. Aunque sea lunes. A nadie se le salen los ojos de la cara por eso.

 

-Tanto en las ciudades grandes como en las pequeñas la gente camina por la calle sin sacar los pies de las aceras.

-Mientras dejes pasar a los demás no tiene ninguna importancia.

-Claro, claro, tampoco se trata de ocupar toda la calle.

– En cualquier lugar del mundo la gente camina. Algunos caminan a nuestro lado si, por el motivo que sea, la dirección que ellos toman coincide con la nuestra, pero también sucede al revés. Si vamos con prisa lo normal es que dejemos a otros atrás. Si otro quiere llegar antes, te adelanta. Es normal. Del tiempo que pasa desde que llevamos a otro a nuestro lado prefiero no hablar.

-Si. Mejor no hablar.

-Uno anda, sin más, adelanta un pie primero, luego el otro, y así, sucesivamente.

-No me cabe duda.

-Pues es eso lo que trato de decirle.

-Pero la gente normal se desplaza hacia adelante. No a los lados.

– Las extremidades inferiores, como pueden, conforman una serie ordenada de movimientos, lo más armónicos posibles. Me parece innecesario insistir más. Me parece innecesario dar mayor transcendencia a ese asunto.

-Estoy de acuerdo. Caminemos en silencio. Seguir leyendo.




Relato largo de misterio segunda parte

Relato largo de misterio segunda parte. Autor; Fidel Sanz Estaire.

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En ese momento infiero dos hechos muy difíciles de contradecir. El primero es que el transeúnte, pese a no verlo, sigue existiendo al otro lado de la esquina. El segundo que, por el hecho de haberlo visto por última vez haciendo algo como correr, ahora, pese a que ya no lo veo, el transeúnte seguirá corriendo. Esa idea se instala en mi mente. Pese a haber perdido por completo el contacto visual con el corredor mantengo esa creencia en todo momento.

Para verificar mi hipótesis echo a correr hacia la esquina. Allí la realidad se impone. Estaba equivocado. El corredor ya no corre. Está parado junto a un quiosco de prensa y me mira con el ceño fruncido.

Camino hacia él. El transeúnte no se mueve, solo me observa, con una mueca en la boca.

Cuando llego a su altura cruza los brazos sobre el pecho.

-No lo digo por nada- carraspea – pero anda usted con los pies muy separados.

-Caminar no es un delito- le digo- No hay que avergonzarse por ello. Pie delante pie detrás, como se ha hecho siempre. No hay más.  No tiene importancia si un pie tira más a la derecha. No la tiene. Ni tampoco si el otro se desvía un poco hacia la izquierda. No hay que ser tan quisquilloso. Entiendo que usted, como observador externo, tenga una opinión. Pero cuando alguien no está de acuerdo con lo que observa, no es adecuado iniciar un diálogo carraspeando un “no lo digo por nada” Cuando alguien empieza una frase diciendo “no lo digo por nada”, ya está mintiendo. Siempre lo dice por algo.

 

El observador externo estruja el periódico entre sus manos.

-Lo mejor- le explico- cuando por alguna razón, porque nos molesta, o nos produce vergüenza la manera en que nuestro acompañante se desplaza, nos vemos impulsados a confesárselo, es, si lo que en verdad deseamos es que modifique su conducta, mostrarle, lo primero, un respeto.

El observador sonríe con la mitad de la boca.

-Lo segundo- le digo-, es connotar la conducta en forma positiva. Por ejemplo; “me gusta mucho su manera de caminar, es muy original, espero que nunca la cambie” Entonces, solo entonces, el otro, la cambiará. Y lo que digo no diré que no lo digo por nada, lo digo, porque en las ciudades pequeñas, no digo en todas, algunos observadores externos no entienden esto.

El hombre levanta la voz.

-Yo no soy de ninguna ciudad pequeña.

– ¿Está usted seguro de eso? -pregunto.

El transeúnte, sin más, gira sobre su cuerpo y echa a andar calle arriba. Camina con la frente levantada. Una pierna se retrasa mientras su cuerpo avanza. Da pasos largos, dejando una considerable distancia entre el pie que se apoya y el que queda retrasado, como si fuera midiendo la longitud de la acera. Lleva las manos fuera de los bolsillos y columpia el periódico en el costado derecho. Para seguir su marcha tengo acelerar el paso. Mientras desplaza su brazo izquierdo hacia atrás el pie derecho se adelanta. La pierna derecha se mueve en sentido contrario a la izquierda. Un brazo avanza y el otro se retrasa acompañando el movimiento del talón contrario. Su forma de desplazarse es exactamente igual que la mía, aunque sospecho que él piensa que es justo al contrario. Si lo miro de reojo veo que, aunque lleva empapada la frente de sudor, trata de disimular el cansancio.

-El principal problema del observador externo- le digo- es su enfoque. Al no estar lo suficientemente entrenado en percibir los detalles finos de las cosas solo se fija solo en los gruesos. Usted, porque anda con los pies rectos, alineando sus pasos sobre la misma fila de baldosas, se cree en posesión de la verdad. Cree que los demás deberían ser como usted, y no se da cuenta, por motivos que los dos sabemos, pero no decimos, que está en un error.

– ¿En serio?

-No existe un consenso sobre la manera ideal de caminar, no existe, excepto en los ejércitos. En los ejércitos, durante el tiempo que dura un desfile militar, existe una norma consensuada. El motivo por el que un observador externo no se extraña por la manera en que marcha un grupo de soldados gastadores es porque conoce bien este hecho. No opina que esa forma de conducirse sea incorrecta, aunque, desde luego, y espero que aquí coincidamos, no es muy normal.

-Lo que no es normal es seguir a la gente por la calle.

-Si observa detenidamente a los soldados se dará cuenta de que su forma de desplazarse, de mover los brazos y de levantar las rodillas, es anormal. Pero como todos lo hacen parece normal. Si alguno caminase de repente normal, sería anormal. Estaría, por decirlo de alguna manera, emitiendo una conducta normal en un contexto anormal, y entonces, automáticamente, esa conducta normal, a ojos de un observador externo, sería anormal.

El transeúnte resopla un poco y aprieta el paso.

-Muchas cosas que se consideran anormales en las ciudades pequeñas-le digo- en las grandes no lo son. Puede comprobarlo cuando quiera. Un miércoles, en una terraza del Paseo de Recoletos, conté siete mesas y escuché hablar en seis idiomas distintos. Me pareció increíble. Mientras tomaba mi café volví a contar de nuevo y obtuve el mismo resultado. Solo en dos de las mesas se repetía el mismo idioma. ¿Se lo puede creer?

El transeúnte me mira de reojo mientras camina.

-Tanto correr como caminar-le insisto- son conductas naturales. Tan naturales como lavarse los dientes. A nadie le tachan de loco por lavarse los dientes. Lavarse los dientes es una conducta normal. En eso, espero, estaremos de acuerdo. Pero si, por lo que sea, un día, por cualquier motivo, un observador externo sale a la calle y ve un hombre trajeado lavándose los dientes entre la multitud de transeúntes que salen del cine, entonces, seguro, ese observador externo, sobre todo si viene de una ciudad pequeña, se sorprenderá. ¿Por qué? ¿Porque no es compatible una conducta con la otra? ¡Mentira! Las personas podemos caminar y lavarnos los dientes al mismo tiempo sin ningún problema. Y ese observador externo, si va acompañado por alguien en quien tenga la suficiente confianza, sacará las manos de los bolsillos y extenderá el brazo todo lo que pueda para señalar al transeúnte que se lava los dientes entre la multitud. No señalará a los que no se lavan los dientes. No señor. Y si ese observador externo se detuviera un instante a reflexionar sobre los motivos por los que las personas no hacen muchas cosas que desean, llegaría sin duda a una sencilla conclusión.

-Sí. Que nadie las hace porque nadie las hace. Simplemente. No hay necesidad de buscarle tres pies al gato.

 

-No señor. Ese es precisamente el error. El observador externo, al estar, como su propio nombre indica, fuera del campo de observación, piensa que su posición le da un ángulo … ¿cómo decirlo?, más objetivo. Cree que su posición, por algún motivo que solo él conoce, le da una visión privilegiada. Cree, sobre todo si viene de una ciudad pequeña, que puede opinar sobre cualquier cosa, y eso, si me permite decirlo, es una completa estupidez. Si ese observador externo se tomara la molestia de acercarse al hombre que camina y se cepilla los dientes y le preguntara en qué tienda ha comprado el traje que lleva puesto descubriría que no existe tanta diferencia entre ese individuo y él mismo. las personas que caminan y se lavan los dientes tienen muy buenos motivos para hacer lo que hacen. A menudo se trata de individuos sensibles que, durante su infancia, arrastrados de la mano para cruzar un semáforo, se pusieron a insultar a su madre segundos antes de que la atropellara un autobús. Por eso se compran buenos trajes. Llevar un buen traje es el mejor remedio para evitar ser importunado por un observador externo. Una persona elegantemente vestida puede pasar cepillándose los dientes junto a una pareja de policías sin provocar más reacción que el codazo que uno de los agentes le propina al compañero.

-Sabe usted demasiadas cosas sobre las ciudades pequeñas- resopla el caminante.

-Porque provengo de una, como usted, aunque no quiera reconocerlo.

El observador externo se seca el sudor de la frente y aminora el paso. Durante un buen rato caminamos en silencio. El resto de los transeúntes caminan igual que nosotros, balanceando ligeramente los brazos junto al cuerpo. Los que caminan delante muestran las palmas de sus manos. Los que se cruzan en nuestro camino enseñan el dorso. Algunos, los menos, las llevan pegadas al cuerpo. Pero ninguno lleva las palmas vueltas hacia delante porque esos, para disimular, suelen llevar algún objeto bajo el brazo, a menudo un periódico doblado, como el hombre que camina a mi lado. seguir leyendo.




Relato largo de misterio

Relato largo de misterio. Autor; Fidel Sanz Estaire

Es otoño en la ciudad. Un hombre sale del metro. Lo sigo. Camino tras él poniendo un pie primero, uno primero, siempre, un poco antes que el otro. Desde que tengo uso de razón no recuerdo haber visto a nadie, ni siquiera en la pequeña ciudad de la que procedo, desplazarse sobre sus pies de otra manera.

Caminar es una conducta pautada que, si no se quiere profundizar en ella, se puede, simplemente reducir, como cualquier otro fenómeno, a pocos pasos. Aun tratándose de un fenómeno global, desplazarse sobre los pies, si lo analizas y lo descompones en los pequeños fragmentos de sucesos que componen cada paso, es un hecho apasionante.

Para estudiarlo más de cerca me coloco junto al hombre que salió del metro. El proceso siempre sucede de la misma forma: una pierna se adelanta y la otra espera, una se adelanta y la otra espera. Cada tres pasos el hombre gira la cabeza un instante y me mira. Su pierna, la que queda segunda, imita el movimiento de la primera, se cruza con ella un instante, sin juzgarla, como si supiera que, aunque toman sentidos distintos las dos van en la misma dirección.

El proceso es sencillo; una pierna espera, antes de iniciar su recorrido, a que la otra esté bien asentada sobre su pie. El hombre, que lleva un periódico bajo el brazo, ahora solo me mira de reojo. Cada uno de sus pies se cruza y se descruza con el otro, se cruza y se descruza, una y otra vez. Un pie queda suspendido en el aire por un tiempo mientras el otro se apoya en el suelo. Ocurre exactamente igual al contrario, es decir, con el otro pie. Tanto si miras uno como si miras otro llegas siempre a la misma conclusión. Resulta imposible determinar, por más concentración que se emplee, cuál de los dos pies lleva en realidad la delantera. Apenas estas convencido de una cosa, cambias al instante de opinión.

Cuando el hombre del periódico aprieta el paso mi percepción cambia por completo. Ahora lo veo desde atrás. Si bajo la mirada hasta sus pies lo único que alcanzo a ver es la suela del zapato. Exactamente un pedazo de la suela de la parte trasera del zapato. Esta visión se presenta de manera irregular; parte trasera derecha, parte trasera izquierda, y así.

Cuando por fin consigo ver toda la suela completa es porque el transeúnte ha echado a correr. Entonces veo toda la suela de su zapato cada vez que levanta el pie. Primero veo una suela y luego la otra, nunca las dos a la vez. Por más que corro tras él sólo veo, alternativamente, una suela por vez. Primero veo una y luego la otra.

 

Durante unos minutos la escena se repite de la misma forma, hasta que, de tanto mirar hacia atrás, el hombre pierde el equilibrio y sufre un traspié. En ese momento puedo ver claramente las dos suelas de sus zapatos a la vez, una junto a la otra. Es solo un instante, porque, enseguida se levanta y continúa corriendo.

De los dos pies ya solo veo la suela que tengo más cerca de los ojos, la otra no. El pie que queda rezagado muestra la suela de su calzado hasta que aparece la suela del otro pie. Para observar este fenómeno hay que ser muy rápido con el ojo ya que apenas hay tiempo de captar el efímero instante donde aparece la suela. Aparece y desaparece. La ves y ya no la ves. Si ves una no ves la otra, y así.

El hecho de que, de repente, ya no consiga observar, ni siquiera en ese efímero instante, ninguna suela de ningún zapato, es porque el corredor se ha parado. Se gira sobre su cuerpo y comienza a camina hacia donde yo estoy. Ahora solo consigo ver la punta del zapato que se acerca en lugar de la suela que se aleja. Para captar mejor el fenómeno me detengo un instante. A medida que el corredor se acerca la punta de su calzado se ve cada vez más grande, mientras que, cuando pasa a mi lado, a medida que se aleja, la suela se ve más pequeña. Es por la posición. Pero cuando el corredor, de pronto, tras recoger del suelo el periódico que perdió en su caída, regresa corriendo de nuevo, entonces, si miro detenidamente sus zapatos veo que, pese a que ahora va en dirección contraria, el fenómeno se percibe de la misma forma; punta de los zapatos cuando se acerca, suela cuando se aleja. Exactamente igual que antes.

– ¿Es usted de una ciudad pequeña? -le grito.

No contesta. Tras la esquina, una de sus piernas desaparece y la otra queda expuesta a la observación, solo un instante, hasta que también desaparece, junto al resto del cuerpo del corredor. seguir leyendo.







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