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Cuento corto de la Catedral

Cuento corto de la CatedralCuento corto de la Catedral.

A Daniel siempre le fascinaron las catedrales. La de su ciudad es tan alta que, al mirarla desde su pequeña estatura tiene que respirar muy despacio para no marearse. Lo que más teme es que sus pies se despeguen de la tierra y la Catedral le arrastre con ella hasta los cielos. Aun así, un espíritu aventurero le lleva cada tarde hasta la Plaza. No puede evitar sentir un cosquilleo en las tripas cada vez que lo hace. Aquello, durante un tiempo, se convirtió en una costumbre. Era la única estrategia que encontró para llevar a cabo lo que de ninguna manera un chico de nueve años sería capaz de realizar sin un firme entrenamiento. Aquel reto de pararse frente a la catedral solo era un ensayo de valor, un ritual, la cuidadosa preparación que necesitaba antes de poder enfrentarse a Miriam Campos; la criatura de doce años más hermosa construida por la naturaleza.

La ve todas las tardes al salir del colegio, altiva, con los libros apoyados contra su pecho, caminando hasta la zona alta de la ciudad, donde viven los ricos. La sigue con la mirada, como un espía, y aquel rostro se pasea por su mente cada noche, cientos de veces, antes de dormir, mientras, su cuerpo no para de dar vueltas en la cama, hasta que, su abuela, que tampoco puede dormir por el permanente lamento de los muelles, abre la puerta del cuarto, se sienta, suspira.

Su Abuela, que lo contempla en silencio con gesto preocupado trata de comprender la naturaleza de su diferencia. A veces, al verlo llegar de la calle, mueve la cabeza de lado a lado, se agacha, coloca unas maderas en la estufa y sus cabellos blancos brillan por el resplandor de las llamas, con el mechón cromado que va forjando el espíritu humano, luego, un suspiro en su boca, un suspiro profundo que recuerda el lamento de las olas cuando se alejan, cuando traen de la mar los restos de un naufragio hasta la playa.

Daniel no puede contar a su abuela lo que le turba. Bastante tiene ella, como para preocuparle con sus problemas, problemas que debe resolver por su cuenta, y, un día, en la Plaza, al final de una enorme cola de personas que esperan para comprar pasteles aparece su oportunidad; Miriam Campos está más bonita que nunca.

Después de una breve parálisis Daniel da un paso al frente, a cámara lenta, como esos astronautas que caminan por la luna. Con mucho esfuerzo domina sus pies y los dirige hasta el final de la cola. Una vez allí, colocado detrás de la muchacha, respira despacio, para no marearse. En el otro extremo de la Plaza la gran Catedral se eleva por encima de las casas, por encima de los tejados, donde sólo el humo de las chimeneas, como si fueran sueños, se desvanecen en el aire mucho antes de alcanzarla.

Pero Daniel está allí, tan cerca de Miriam que, por los agujeros de su pequeña nariz se va colando el aroma de la chica, y ella, como un ser dotado de alguna sensibilidad especial, como si se hubiese percatado que algo de ella le estaba siendo sustraído, se gira.

El rostro de Daniel torna al color de los incendios. Como un ladrón sorprendido desvía la mirada hacia otro lado, hacia la Catedral, que lo contempla con su único ojo de cíclope, desde el cielo, tras el esmalte solemne de sus vidrios cromados.

Perdido en el territorio de los que se adentran demasiado lejos, se da cuenta de la imposibilidad de huir. Ya es tarde. Justo al alcanzar ese instante donde ya no existe ningún retorno, ningún otro momento en la vida, ni pasado ni futuro, sólo queda avanzar, avanzar hacia el instante donde ya no se burla al destino.

-Me llamo Daniel Escudero.

Miriam, que le saca una cabeza, le mira desde las alturas, y, como si fuese poca la distancia, levanta el mentón.

Aquello le hace una pequeña herida.

Miriam consulta su reloj.

-Chico, ¿Me guardas la vez?

Las nubes pasan rozando la cúpula de la catedral. Una a una, Daniel va dejando pasar a todas las personas que llegan a la cola de la pastelería. Los rayos del sol van abandonando la plaza, van dejando un tono gris, según avanzaba la tarde, hasta que, ya sólo queda el pastelero, que lo contempla con los brazos cruzados, con el ceño fruncido.

Hace frío. Catedral está rodeada de una pequeña bruma que solo le llega hasta la mitad. Mientras cruza la plaza Daniel escucha a sus espaldas el cierre metálico de la pastelería estrellarse contra el suelo.

Fidel Sanz Estaire





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