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Cuento corto original

Cuento corto original para leer online

El universo de lo igual

El coronel Jorge Vázquez tiró un poco de su manta para taparse las piernas. Aunque el cristal de la ventana era blindado, el frío de la calle parecía colarse por algún sitio. El coronel refunfuño. En la calle, una hilera interminable de coches grises se agolpaban en los semáforos.

-¿Por qué no lo dejas un rato, Jorge?.

El Coronel giró un poco su silla de ruedas. Un aroma a café recién hecho le hizo salivar.
Su mujer depositó la bandeja sobre la mesa y le ofreció una taza.
-¿Cuantos llevas contados hoy?
El Coronel bebió un sorbo y´revisó su cuaderno
-tres
La mujer tomó asiento junto a la ventana y bostezó
-¿Sólo tres en toda la tarde?
El Coronel frunció el ceño. En la calle el tráfico era lento y constante. Por la acera dos indigentes borrachos caminaban agarrados del brazo para no caer al suelo.
–Jorge, te estoy hablando.
-Si, te he oído- dijo el Coronel extendiendo el brazo hasta sentir en la palma de la mano el frío del cristal- Sólo he contado tres en todo el día. Ahora la gente prefiere el color gris. Ya casi no se ve otra cosa.

La mujer movió la cucharilla durante un buen rato y dejó salir un suspiró

-Los del quinto venden el piso. Es un poco más grande que este

-Ni lo sueñes-protestó el Coronel- Hemos vivido aquí durante sesenta años y aquí nos quedaremos.

Ella dio un sorbo pequeño y siguió mirando por la ventana. La luz de la tarde había comenzado a desvanecerse. Por todas las calles, hasta donde la vista alcanzaba, miles de vehículos grises desfilaban como un ejército. De repente, el Coronel levantó las cejas y acercó la cara al cristal. Con el rostro iluminado tomó su cuaderno. Un flamante descapotable amarillo acababa de girar la esquina. Con tono triunfante se giró hacia su mujer.

-¿Crees que continuarán abiertos aquellos cines donde íbamos de novios?

La mujer lo miró sorprendida. Luego dejó lentamente la taza sobre la mesa.

-No hablaras en serio…

-¿Porqué no?-protestó jovialmente el Coronel-Todavía recuerdo esos cines. Tal vez aún no los hayan cerrado

Durante un interminable minuto ambos se miraron en silencio. Cuando el Coronel asintió con la cabeza ella sonrió tímidamente y se levantó para abrir la ventana.

Un pitido ensordecedor impactó en sus tímpanos. De la enorme formación de coches grises decenas de conductores comenzaban a bajarse vociferando con los brazos extendidos. El Coronel cogió la mano de su esposa y apretó con toda la fuerza que aún le quedaba. Por el paso de cebra, con el semáforo en ámbar, una anciana arrastraba con dificultad un carrito de hierro lleno de cartones.

F. Sanz Estaire

 





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