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Novela corta: Pepe Durán

Aquella tarde, cuando Santos salió a pasear por la colina, Rosa se secó las manos en el delantal y bajó de la estantería la amarillenta foto de Pepe Durán.

Carmen apuró el fondo de su taza y se levantó de la mesa para colocarse junto a la anciana.

-Debió ser un hombre muy valiente

Rosa giró la cabeza un momento, y luego bajó la mirada.

-Si hubiese disparado su arma, como hicieron todos los demás, aquella misma tarde habría vuelto a casa con nosotros. Pero no fue así. Aquella tarde regresaron todos del camposanto menos él.

-¿Y nadie más se negó a disparar?

-Había demasiado miedo. Desde que llegaron los militares todo el pueblo comenzó a cambiar. Pero yo no me dí cuenta entonces. Al principio sólo vino un pequeño destacamento, soldados de infantería que instalaron en la casa de correos un cuartel improvisado. Por aquí nadie entendía de política y pensábamos que las cosas importantes sólo ocurrían en al capital. Qué ingenuos.

-¿Qué pasó?

-Cuando llegaron los militares el teniente Parejo visitó a los vecinos casa por casa. El reclutamiento no es obligatorio -dijo- en todo caso los reclutados sólo tendrán la obligación de aparecer en el cuartel unas horas por semana para realizar una pequeña instrucción y hacer turnos de vigilancia. No tendrán que ir a ningún sitio, ni ser desplazados, ni participar en ningún combate. Eso decía, mientras alargaba los papeles de reclutamiento. Un mero trámite sin importancia, dijo, para poder proteger a las familias comprometidas con la defensa nacional, en caso de producirse un ataque enemigo al propio pueblo de San Andrés. Nada más que eso, dijo, y “ya solo tendrán ustedes que esperar cada mes, a que la saca de correos llegase con los sueldos”

¿Qué se podíamos perder? ¿Defender el pueblo? ¿De quién? ¿A qué loco se le ocurriría molestarse en venir aquí? ¿Qué podían llevarse de un lugar donde solo hay campos secos de trigo y cuatro conejos entre las zarzas?

Mi padre firmó aquel papel- añadió la anciana, mientras dejaba su fotografía sobre el estante de madera- En fin, para qué seguir hablando de eso. Coge una castaña. Hoy te veo más pálida. ¿Te encuentras bien?

Carmen suspiró de repente

-Bien, bueno, Santos y yo hemos decidido vivir juntos

-Ah

-Bueno, en realidad llevo tiempo buscando trabajo y…bueno, ya no puedo seguir pagando el alquiler, de manera que…

-Entiendo

-Es sólo temporal. Él se ha ofrecido

Rosa miró fugazmente el techo de la cocina, sin ninguna expresión. Carmen peló una castaña

-Pero dime, cuando llegaron los militares ¿Ya había empezado el conflicto?

-En realidad no. Durante los meses siguientes los únicos indicios de guerra se producían por alguna disputa matrimonial, que el abuelo resolvía desde su sillón de mimbre, en la pequeña sala del ayuntamiento, como buen juez de paz que era. Todo estuvo tranquilo hasta que, una tarde, llegaron al pueblo aquellos cinco desgraciados. Daba pena mirarlos. El más alto, sucio y desnutrido, apenas se sostenía en pié cuando el teniente Parejo le ordenó que bajase del camión militar. Los vecinos sólo miraban en silencio, nadie se atrevió a preguntar qué habían hecho esos hombres para ser tratados de aquella manera. Los metieron a empujones en la casa cuartel y ya nunca más volví a verlos. Lo que sé de ellos me lo contó mi padre desde la cárcel.

Carmen levantó la mirada hacia la vieja fotografía de Pepe Durán.

-Y después de salir de prisión, ¿Vivió aquí contigo?

-Hasta el mismo día de su muerte. El pobre no hablaba mucho. Pero recordaba cada detalle de aquella noche.

-¿Qué pasó esa noche, Rosa?

-El teniente Parejo hizo llamar a todos los hombres del pueblo reclutados. Algunos ya habían regresado de los campos, a otros fueron a buscarlos a los establos. A las ocho y media de la tarde, mi padre y otros diez hombres se reunían en la casa cuartel con sus escopetas de caza.

El teniente parejo se paseó entre ellos con las manos en la espalda. “Iré al grano, dijo, he recibido noticias terribles, las fuerzas enemigas avanzan desde el oeste. Es posible que en pocos días los tengamos encima”

Mi padre decía que todos los hombres se miraron los unos a los otros. “Pero no hay nada que temer”, aseguró el teniente, “dos baterías de artilleros y tres de infantería los impedirán el paso. He recibido ordenes directas de la capitanía. Necesitan saber el grado de compromiso de los habitantes de esta zona. Nosotros sólo tenemos que hacer una pequeña cosa”

-¿Eso dijo?

-Eso dijo el teniente, y luego se abotonó los botones del uniforme sin responder preguntas. Antes de que ninguno de los hombres pudiese decir nada, un sargento dio la orden de formar filas. En pocos minutos todos desfilaron en formación, seguidos de varios soldados, rodeando las casas del pueblo, hasta lo alto del cementerio. Y allí estaban, temblando de frío, aquellos cinco pobres desgraciados. Entonces mi padre todavía no era consciente de lo que sucedía, hasta que el sargento les colocó a todos frente a esos desdichados, y los soldados, fusil en mano, se colocaron detrás de su grupo, para asegurarse de que nadie se echaría atrás.

-¿Te contó cómo pasó?

-Muchas veces. Movía la cabeza siempre de la misma forma cuando lo recordaba, como si al contarlo, al mismo tiempo lo negara. Decía que, al principio, todo le perecía una broma, como si no hubiese estado pasando de verdad, y que su cerebro empezó a funcionar muy deprisa, tratando de encontrar una explicación alternativa a la situación, pero que al escuchar el grito seco de “apunten” fue como si se despertara de repente. Contaba que, en aquellos momentos, sintió como todo su cuerpo se reunía, todos sus sentidos al mismo tiempo, y que, de repente, se encontró mucho más relajado de lo que había estado en toda su vida.

-¿Qué hizo entonces?

-Tiró la escopeta al suelo.

-¿En serio?

-Si, hija, cuando los demás ya tenían las culatas apoyadas sobre los hombros, mi padre tomó una decisión que lo llevaría a la ruina para siempre.

-Sigue, Rosa, ¿Qué pasó luego?

-Escuchó unos pasos secos y rápidos acercarse por su izquierda. Al girarse, pudo ver el rostro del teniente Parejo, deformado por la ira. “Recoja el arma” le ordenó, y desenfundó la pistola colocando el cañón en la cabeza de mi padre. Y ya te puedes imaginar cómo reaccionó el hombre; rompiéndole las narices de un puñetazo.

-Y por eso le encarcelaron, claro. Y los cinco presos…

-Si. Yo estaba sentada aquí mismo cuando sonaron los disparos. Traté de salir corriendo de la casa, pero el abuelo se puso en la puerta. Aguantó mis gritos y mis puñetazos, hasta que me empujó contra esta misma mesa. Cuando recuperé el conocimiento el abuelo estaba sentado en el suelo, sujetando mi cabeza. Entonces entró una vecina, no paraba de llorar, decía que su marido estaba de rodillas, en las cuadras, agarrado a su escopeta, sin poder parar de vomitar, y que el resto de sus compañeros se habían metido en la cantina.

Mi abuelo y yo corrimos a buscarlos para saber qué pasaba. Y allí estaban todos, con las gorras puestas, bebiendo aguardiente sin mirarse. Nos acercamos al grupo y el abuelo preguntó dónde estaba su hijo. Solo al cabo de un rato uno de ellos miró al abuelo “Tu hijo le ha dado un puñetazo al teniente y se lo han llevado preso” , dijo, y bajó la cabeza enseguida. Los demás guardaron silencio, como si se hubiesen puesto de acuerdo. Se quedaron allí, asomados al fondo de sus vasos, sin pestañear. Nunca sentí tanta pena en toda mi vida. Era como estar rodeada de extranjeros. Entonces el abuelo escupió al suelo y levantó de la mesa a uno de ellos. “No me pegue, señor Durán”, dijo el hombre tapándose la cara, y comenzó a llorar como un niño. “Su hijo está bien. Sólo le han detenido. Todo ocurrió en un segundo, dijo. No hemos podido hacer nada”

Todo ocurrió muy deprisa” dijo otro hombre, “muy deprisa” y ya sólo era capaz de repetir lo mismo una y otra vez. Qué asco, cada vez que lo recuerdo me sigo poniendo enferma.

Carmen trató de acercarse a la anciana, pero esta se lo impidió con un delicado gesto de manos. Cuando Santos Cámara regresó de su paseo por la colina encontró a las dos mujeres abrazadas. La anciana, como si no se hubiese percatado de su presencia, continuó hablando.

Después de aquello las cosas se pusieron crudas. En poco tiempo el pueblo se llenó de militares y empezaron a llevarse gente. Cualquiera que tuviese trato con los disidentes o familiares de disidentes era sospechoso. De manera que todos nos dieron la espalda. La gente tenía miedo hasta de respirar. Todos menos el abuelo, que solía pasearse en pijama por el pueblo, recitando poesías inventadas. Entonces los soldados miraban para otro sitio y lo dejaban estar. Debieron pensar que el pobre estaba loco.

-No se si estaba loco – interrumpió Santos – pero en el pueblo me contaron que subió a un escenario desnudo

Rosa se giró bruscamente

-Si. Y los meó a todos desde lo alto

Carmen, inesperadamente, soltó una gran carcajada

-¿En serio, Rosa?

La anciana se volvió hacia ella.

-Tenías que haberlo visto. Los vecinos veían caer el chorro dorado y se tapaban el rostro con las manos, mientras el abuelo los bautizaba, desde arriba, sin piedad, y ellos chillaban y rodaban por los suelos como si expulsasen al diablo de sus entrañas.

-Si, -volvió a interrumpir Santos-, por eso le ingresaron en un psiquiátrico

-Por eso, sí -replico la anciana- pero aquella tarde de verbena, mientras corría desnudo entre la gente, también pasó al lado de tu padre. Tu padre. Casi se desmaya del susto. Era un cobarde.

Santos apretó los puños con fuerza, y salió de la casa dando un portazo. SEGUIR LEYENDO  ♦LEER TODA LA HISTORIA DESDE EL PRINCIPIO





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