Home » Relatos » Relato corto de una confidencia

Relato corto de una confidencia

Relato corto de una confidencia para leer online .

Confidencias

El inspector Campos no siempre era fácil de tratar. Tenía sus días. Mientras le hablaba se ponía a revolver los papeles de su mesa sin parar, sin levantar la cabeza, y se tocaba la cara, muchas veces, como si le rondase una avispa. Había que conocerle. Si lo dejabas tranquilo, al cabo de un rato comenzaba a respirar con normalidad y se quedaba sentado, quieto, muy quieto, con los ojos cerrados, recostado en el respaldo de su silla, así, como lo ve usted ahora.

No me interprete mal, le dije al inspector, yo no soy responsable de nada, quiero a mi mujer, todos los matrimonios discuten alguna vez, si no se fía de mi puede usted comprobarlo, vivo en la calle Cabanillas 42, se lo he dicho a usted muchas veces, si manda una patrulla ahora mismo verá que ella está bien. Entonces el inspector dejó caer la cabeza y se agarró a una carpeta con las dos manos. ¿Me está usted escuchando?, le pregunté, y él seguía sin contestar. Lo único que hizo fue cerrar el puño y morderse los nudillos, como si temiera que alguien se los fuera a quitar de la boca. No era un hombre de mucho diálogo este inspector, si le arrancabas alguna palabra era, como mucho, un sí o un no. Era su forma de ser. Algunas personas hablan más que otras. A veces, le dije al inspector, lo único que necesitamos es tomarnos nuestro espacio, relajarnos, buscar un momento de paz, eso no significa una falta de amor, yo quiero a mi mujer, espero que usted lo entienda, aunque también entiendo que usted no lo entienda, porque, usted, inspector, es soltero. Entonces levantó un poco la cabeza y se me quedó mirando fijamente. Ese detalle me llamó la atención. El inspector no era un hombre de quedarse mirando mucho rato a la gente. Pero no se preocupe, le aclaré, mi mujer está a salvo, una voz dentro de mi cabeza la protege siempre, es una voz que me dice; “no le hagas daño” “no le hagas daño”,¿entiende lo que le digo?, ah, y lo peor, porque usted tiene que saberlo, porque esto es algo que nunca le conté a nadie; mi mujer me espía, ella está siempre ahí, muy encima de mi en todo momento. En una ocasión le pillé hurgando entre mis cosas, no es que yo lo viera directamente, no, porque ella es bastante lista, pero sé que lo hace, no me pregunte por qué, pero lo hace, ahora mismo lo más seguro es que esté sentada en el salón, tranquilamente, viendo uno de esos programas de la tele que a ella le gustan, si no me cree mande una patrulla para comprobarlo, créame inspector, usted es un hombre, ya sabe que mi suegro es coronel del estado mayor, yo nunca le gusté, lo supe enseguida por la forma en que me miraba, se notaba que no había confianza entre nosotros, “bueno, chico…”, me decía ,“…¿y qué tal van las cosas?”, ¿a qué se refiere, Coronel?, le preguntaba yo, “¿a qué va a ser, hombre?”, insistía él, ah, bien, muy bien, le contestaba yo, y entonces el Coronel me miraba con aquellos ojos pequeños y brillantes. Usted me conoce bien, inspector, he venido a verle muchas veces, me llamo Justino Buendía Rojo, mi padre era tendero en Jijón, mi madre ama de casa, una mujer de las de antes, de las de toda la vida, buena, muy buena, murió la semana pasada, un infarto, me dio mucha pena, créame, era una señora muy discreta, nunca dio nada de qué hablar. Entonces, el inspector, sin dejar que terminara de contarle, colocó las manos sobre su cabeza, tomó dos bocanadas de aire, cerró los ojos y se desplomó sobre su silla. Así, en esa misma posición que lo ve usted ahora.

No, ya digo, el inspector no era un hombre fácil de tratar. Antes de desplomarse se levantó de golpe de su sillón y se quedó con los ojos muy abiertos. Le brillaban de una forma extraña. Después comenzó a manosearse una oreja, con tanta insistencia que, por un momento, temí que se la fuese a arrancar de la cabeza. No tengo nada contra mi mujer, le aclaré, y, ya ve, como si le hablase a una pared. Igual que ahora. El hombre no era muy comunicativo. Tenía siempre esa actitud, ¿cómo decirlo?, esa actitud inquietante, y eso, lo confieso, no era agradable. ¿Lo ve usted moverse?. ¿Lo ve usted decir algo? Pues así toda la tarde. No. No era fácil comunicarse con él. Había que tener mucha paciencia.

Fidel Sanz Estaire

 





Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *