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Relato corto del frasco de colonia

Relato corto del frasco de colonia

La primera vez que vi a Gabriela yo estaba contra una pared del bloque grande, sangrando por la nariz. El Rubio me tenía cogido por la pechera. Desde que su madre se tiró a las vías del tren tomó la costumbre de pelearse con todo el mundo. Le gustaba hacerlo en sitios apartados, donde nadie le molestara, como si compartir puñetazos fuera un acto de profunda intimidad. Sus lugares preferidos eran los retretes del campo de fútbol abandonado y la valla del cementerio pero, ese día, estaba tan alterado, que le dio igual el sitio.

– Levanta los puños – dijo- que te voy a partir la cara.

-¿Pero qué te pasa? -Le pregunto- ¿te has vuelto loco?. Nosotros somos amigos

-¿Amigos?-contesta- Seguí tu consejo y me puse colonia. Todavía me escuece el capullo. Eres un cabrón.

No era mi problema que su corta cabeza no diese para más. A todos los adolescentes les huelen sus partes. Insistió tanto en repetir una y otra su desgracia que le recomendé aquello para zanjar el asunto. No lo dije en serio, claro. Lo dije como se dicen las cosas cuando alguien no quiere seguir escuchando siempre lo mismo. Mi abuelo, por ejemplo, solía decir “eso es como todo” cuando alguna conversación le cargaba. Si no deseaba continuar con un tema se limitaba a decir “eso es como todo” y así, simplemente, daba el asunto por concluido. Jamás se le hubiera ocurrido decir “cállate ya la boca” o “échate colonia en la polla”, pero yo se lo dije al Rubio, porque, sinceramente, me tenía harto. Nunca imaginé que se lo tomaría al pié de la letra.

-Sí. Tú me lo aconsejaste. Querías joderme y me jodiste.

El Rubio, desde que su madre se arrojó al tren, desconfiaba de todo el mundo. Tenía esa obsesión. Era como si pensara que la gente deseaba perjudicarlo de algún modo. Que si mira cómo me ha mirado ese, que si mira como me ha mirado aquel…El caso era que, y siento decirlo así, resultaba pesado.

Imagino que aquella obsesión suya se debía a los rumores que circulaban por el barrio. Se decía que su madre andaba liada con Jacinto, el charcutero, y que, cuando este falleció, al día siguiente, ella se tiró al tren. La madre de Cachuli aseguraba que don Andrés, el párroco, había advertido a sus feligreses que los intentos de suicidio en las estaciones siempre están relacionados con amores imposibles o ilícitos.

-¿Te has vuelto loco, Rubio? ¿Vas a soltarme de una vez?- Le digo.

-Vamos, levanta las manos, que te vas a comer este puño. Tengo que verte retorcer de dolor como yo esta mañana.

-¿En serio? -dije- ¿quieres que nos peleemos por eso? ¿En serio te escoció tanto la colonia?

El rubio apretó los labios.

-Grité de tal modo que mi madre entró en el baño y me pilló en pelotas.

Imaginé a su madre en la puerta del baño sentada en su silla de ruedas. No fue algo que yo buscara. La imagen vino sola a mi cabeza. Traté de quitarme esa idea inmediatamente. Con el rubio allí mismo, en aquel estado, lo último que faltaba era que se me escapase una risa en su propia cara. Traté de quitarme de la cabeza a la señora Abundia, sujetando el pomo de la puerta, muda, contemplando el espectáculo de su hijo con todas las partes al aire, rojas como diablos, mientras sostenía en la mano un frasco de colonia. No sabía que hacer. Cerré los ojos con fuerza y sorbí mis labios como pude, hasta que, irremediablemente, la imagen de su madre alejándose por el pasillo, pensando que su hijo era un retrasado mental, se configuró en mi cabeza con toda claridad. No pude evitarlo. Cuando me quise dar cuenta las lágrimas chorreaban por mis mejillas.

El rubio me soltó una ostia.

De golpe, se me cortó la risa. Estaba contra la pared del bloque grande cuando apareció Gabriela. Era nueva en el barrio. Si ella no hubiera aparecido seguramente no habría pasado nada más, pero, al verme allí, sangrando por la nariz, cogido por la pechera, frente a esa chica, no me quedó más remedio que actuar.

-Vete a la mierda, Rubio- grité, y, sin pensarlo, le devolví la ostia.

El Rubio también se percató de la presencia de Gabriela, porque, de repente, empezó a saltar como un boxeador profesional. Bailó a mi alrededor, con la cabeza agachada, como un toro, concentrado en cuidar el estilo de cada movimiento. Durante un rato intercambiamos algunos puñetazos de cortesía, dejando, eso sí, un espacio entre golpe y golpe para que la chica tuviera la oportunidad de intervenir.

-Parad ya, por favor- suplicó al fin.

Bailamos un rato más, con los puños en alto, el uno frente al otro, hasta que el Rubio, sin dejar de balancearse, preguntó.

-¿Cómo te llamas?

-Gabriela -dijo- Gabriela de Santos. ¿Y vosotros?

-Este se llama Carlos y yo Sebastián, pero todos me dicen el Rubio.

Media hora después el Rubio ensayaba posturas en los billares. Cuando la bola entra en el agujero mira de reojo a Gabriela y pasea alrededor de la mesa, con el palo sobre el hombro, a modo de fusil, dejando a su paso un ligera peste a colonia.

Fidel Sanz Estaire





3 comentarios

  1. ¡Qué bien! Me recordó mis días de escuela y las peleas casi diarias que presenciaba. Ahora veo a mis alumnos en lo mismo… la infancia de todos es la misma… Te felicito.

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