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Relato corto el accidente

Relato corto el accidente 

Los domingos por la tarde suelo ojear viejas fotos junto a la lámpara que me regaló Marieta. Es una lámpara oriental, decorada con flequitos rojos de tela y cristales amarillos. Luego, cuando me canso, deambulo por el salón observándome los pies durante un rato y entro a oscuras en la cocina. Abro la puerta de la nevera y me quedo allí. Parado. Me gusta la luz blanca que sale de dentro. Hoy solo había dos tomates con moho, tres yogures y una lubina sobre un plato de cristal. He sentido frío, como el día que me caí del caballo.

He cogido el pez con las manos y lo he colocado despacio sobre la encimera. Luego he deslizado la punta del cuchillo sobre su tripa, desde la cabeza hasta la cola, y las vísceras han ido ensangrentando la tabla blanca de cortar.

El día del caballo, cuando Marieta trató de incorporarme, también había sangre en mis manos. A mí ella no me gustaba mucho pero, una mañana que estábamos discutiendo le picó una avispa en el ojo. Nadie que tenga algo de corazón puede dejar a una mujer en esas circunstancias. Recuerdo que, antes de salir disparado sobre la cabeza del equino, también habíamos discutido.

Al principio yo iba despacio, pero, aquel prado era tan apetecible, allí, entre los árboles, que no pude evitar picar espuelas y galopar. Marieta me gritó, pero no le hice caso. Apenas había recorrido cien metros cuando vi acercarse una bolsa de plástico mecida por el viento. Todo sucedió en un instante. Los caballos pueden llegar a ser animales muy estúpidos cuando se asustan.

Apenas tuve tiempo de sacar los pies de los estribos. Ascendí lentamente y me quedé allí, suspendido en el aire, como un tonto frente a una lubina muerta. Me dio tiempo a pensar en muchas cosas. Hasta pude entretenerme viendo los rayos de sol, colándose entre las ramas de los pinos, mientras escuchaba el sonido de los cascos alejarse.

Cuando todo está perdido uno puede fijarse en las cosas. El tiempo se congela. Cuando por fin comprendes que la situación es ya irreversible el cuerpo se relaja y ves todo con claridad. Es un momento eterno.

Al principio, cuando salí del hospital, Marieta venía a visitarme los domingos y preparaba la cena. Quizás ella solo sentía pena, como me pasó a mí el día que le picó la avispa en el ojo.

Ahora que veo la lubina desangrada sobre la tabla y me pregunto cómo diablos se cocina. A veces se me olvidan las cosas, como si el tiempo se parase en seco y ya no hubiera nada más.

Para aprovechar bien la carne hay que meter la punta del cuchillo con cuidado y deslizarla, pegándose bien a la espina, hasta separar el pescado en dos mitades. Lo importante es que el aceite esté bien caliente, no pasarse con la sal y poner un poco de pan rallado para evitar que se pegue en la sartén.

Cuando uno recuerda las cosas es más fácil poder olvidarlas. Las lubinas muertas tienen un tacto muy frío. Después de un rato, por fin, ya no recuerdo nada más. Meto el pez en la nevera y regreso al salón a comerme una bolsa de cacahuetes. Los domingos por la tarde son días terriblemente aburridos.

Fidel Sanz Estaire





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