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Relato largo de misterio segunda parte

Relato largo de misterio segunda parte. Autor; Fidel Sanz Estaire.

Leer este relato desde el principio.

En ese momento infiero dos hechos muy difíciles de contradecir. El primero es que el transeúnte, pese a no verlo, sigue existiendo al otro lado de la esquina. El segundo que, por el hecho de haberlo visto por última vez haciendo algo como correr, ahora, pese a que ya no lo veo, el transeúnte seguirá corriendo. Esa idea se instala en mi mente. Pese a haber perdido por completo el contacto visual con el corredor mantengo esa creencia en todo momento.

Para verificar mi hipótesis echo a correr hacia la esquina. Allí la realidad se impone. Estaba equivocado. El corredor ya no corre. Está parado junto a un quiosco de prensa y me mira con el ceño fruncido.

Camino hacia él. El transeúnte no se mueve, solo me observa, con una mueca en la boca.

Cuando llego a su altura cruza los brazos sobre el pecho.

-No lo digo por nada- carraspea – pero anda usted con los pies muy separados.

-Caminar no es un delito- le digo- No hay que avergonzarse por ello. Pie delante pie detrás, como se ha hecho siempre. No hay más.  No tiene importancia si un pie tira más a la derecha. No la tiene. Ni tampoco si el otro se desvía un poco hacia la izquierda. No hay que ser tan quisquilloso. Entiendo que usted, como observador externo, tenga una opinión. Pero cuando alguien no está de acuerdo con lo que observa, no es adecuado iniciar un diálogo carraspeando un “no lo digo por nada” Cuando alguien empieza una frase diciendo “no lo digo por nada”, ya está mintiendo. Siempre lo dice por algo.

 

El observador externo estruja el periódico entre sus manos.

-Lo mejor- le explico- cuando por alguna razón, porque nos molesta, o nos produce vergüenza la manera en que nuestro acompañante se desplaza, nos vemos impulsados a confesárselo, es, si lo que en verdad deseamos es que modifique su conducta, mostrarle, lo primero, un respeto.

El observador sonríe con la mitad de la boca.

-Lo segundo- le digo-, es connotar la conducta en forma positiva. Por ejemplo; “me gusta mucho su manera de caminar, es muy original, espero que nunca la cambie” Entonces, solo entonces, el otro, la cambiará. Y lo que digo no diré que no lo digo por nada, lo digo, porque en las ciudades pequeñas, no digo en todas, algunos observadores externos no entienden esto.

El hombre levanta la voz.

-Yo no soy de ninguna ciudad pequeña.

– ¿Está usted seguro de eso? -pregunto.

El transeúnte, sin más, gira sobre su cuerpo y echa a andar calle arriba. Camina con la frente levantada. Una pierna se retrasa mientras su cuerpo avanza. Da pasos largos, dejando una considerable distancia entre el pie que se apoya y el que queda retrasado, como si fuera midiendo la longitud de la acera. Lleva las manos fuera de los bolsillos y columpia el periódico en el costado derecho. Para seguir su marcha tengo acelerar el paso. Mientras desplaza su brazo izquierdo hacia atrás el pie derecho se adelanta. La pierna derecha se mueve en sentido contrario a la izquierda. Un brazo avanza y el otro se retrasa acompañando el movimiento del talón contrario. Su forma de desplazarse es exactamente igual que la mía, aunque sospecho que él piensa que es justo al contrario. Si lo miro de reojo veo que, aunque lleva empapada la frente de sudor, trata de disimular el cansancio.

-El principal problema del observador externo- le digo- es su enfoque. Al no estar lo suficientemente entrenado en percibir los detalles finos de las cosas solo se fija solo en los gruesos. Usted, porque anda con los pies rectos, alineando sus pasos sobre la misma fila de baldosas, se cree en posesión de la verdad. Cree que los demás deberían ser como usted, y no se da cuenta, por motivos que los dos sabemos, pero no decimos, que está en un error.

– ¿En serio?

-No existe un consenso sobre la manera ideal de caminar, no existe, excepto en los ejércitos. En los ejércitos, durante el tiempo que dura un desfile militar, existe una norma consensuada. El motivo por el que un observador externo no se extraña por la manera en que marcha un grupo de soldados gastadores es porque conoce bien este hecho. No opina que esa forma de conducirse sea incorrecta, aunque, desde luego, y espero que aquí coincidamos, no es muy normal.

-Lo que no es normal es seguir a la gente por la calle.

-Si observa detenidamente a los soldados se dará cuenta de que su forma de desplazarse, de mover los brazos y de levantar las rodillas, es anormal. Pero como todos lo hacen parece normal. Si alguno caminase de repente normal, sería anormal. Estaría, por decirlo de alguna manera, emitiendo una conducta normal en un contexto anormal, y entonces, automáticamente, esa conducta normal, a ojos de un observador externo, sería anormal.

El transeúnte resopla un poco y aprieta el paso.

-Muchas cosas que se consideran anormales en las ciudades pequeñas-le digo- en las grandes no lo son. Puede comprobarlo cuando quiera. Un miércoles, en una terraza del Paseo de Recoletos, conté siete mesas y escuché hablar en seis idiomas distintos. Me pareció increíble. Mientras tomaba mi café volví a contar de nuevo y obtuve el mismo resultado. Solo en dos de las mesas se repetía el mismo idioma. ¿Se lo puede creer?

El transeúnte me mira de reojo mientras camina.

-Tanto correr como caminar-le insisto- son conductas naturales. Tan naturales como lavarse los dientes. A nadie le tachan de loco por lavarse los dientes. Lavarse los dientes es una conducta normal. En eso, espero, estaremos de acuerdo. Pero si, por lo que sea, un día, por cualquier motivo, un observador externo sale a la calle y ve un hombre trajeado lavándose los dientes entre la multitud de transeúntes que salen del cine, entonces, seguro, ese observador externo, sobre todo si viene de una ciudad pequeña, se sorprenderá. ¿Por qué? ¿Porque no es compatible una conducta con la otra? ¡Mentira! Las personas podemos caminar y lavarnos los dientes al mismo tiempo sin ningún problema. Y ese observador externo, si va acompañado por alguien en quien tenga la suficiente confianza, sacará las manos de los bolsillos y extenderá el brazo todo lo que pueda para señalar al transeúnte que se lava los dientes entre la multitud. No señalará a los que no se lavan los dientes. No señor. Y si ese observador externo se detuviera un instante a reflexionar sobre los motivos por los que las personas no hacen muchas cosas que desean, llegaría sin duda a una sencilla conclusión.

-Sí. Que nadie las hace porque nadie las hace. Simplemente. No hay necesidad de buscarle tres pies al gato.

 

-No señor. Ese es precisamente el error. El observador externo, al estar, como su propio nombre indica, fuera del campo de observación, piensa que su posición le da un ángulo … ¿cómo decirlo?, más objetivo. Cree que su posición, por algún motivo que solo él conoce, le da una visión privilegiada. Cree, sobre todo si viene de una ciudad pequeña, que puede opinar sobre cualquier cosa, y eso, si me permite decirlo, es una completa estupidez. Si ese observador externo se tomara la molestia de acercarse al hombre que camina y se cepilla los dientes y le preguntara en qué tienda ha comprado el traje que lleva puesto descubriría que no existe tanta diferencia entre ese individuo y él mismo. las personas que caminan y se lavan los dientes tienen muy buenos motivos para hacer lo que hacen. A menudo se trata de individuos sensibles que, durante su infancia, arrastrados de la mano para cruzar un semáforo, se pusieron a insultar a su madre segundos antes de que la atropellara un autobús. Por eso se compran buenos trajes. Llevar un buen traje es el mejor remedio para evitar ser importunado por un observador externo. Una persona elegantemente vestida puede pasar cepillándose los dientes junto a una pareja de policías sin provocar más reacción que el codazo que uno de los agentes le propina al compañero.

-Sabe usted demasiadas cosas sobre las ciudades pequeñas- resopla el caminante.

-Porque provengo de una, como usted, aunque no quiera reconocerlo.

El observador externo se seca el sudor de la frente y aminora el paso. Durante un buen rato caminamos en silencio. El resto de los transeúntes caminan igual que nosotros, balanceando ligeramente los brazos junto al cuerpo. Los que caminan delante muestran las palmas de sus manos. Los que se cruzan en nuestro camino enseñan el dorso. Algunos, los menos, las llevan pegadas al cuerpo. Pero ninguno lleva las palmas vueltas hacia delante porque esos, para disimular, suelen llevar algún objeto bajo el brazo, a menudo un periódico doblado, como el hombre que camina a mi lado. seguir leyendo.





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