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Relato largo de misterio

Relato largo de misterio. Autor; Fidel Sanz Estaire

Es otoño en la ciudad. Un hombre sale del metro. Lo sigo. Camino tras él poniendo un pie primero, uno primero, siempre, un poco antes que el otro. Desde que tengo uso de razón no recuerdo haber visto a nadie, ni siquiera en la pequeña ciudad de la que procedo, desplazarse sobre sus pies de otra manera.

Caminar es una conducta pautada que, si no se quiere profundizar en ella, se puede, simplemente reducir, como cualquier otro fenómeno, a pocos pasos. Aun tratándose de un fenómeno global, desplazarse sobre los pies, si lo analizas y lo descompones en los pequeños fragmentos de sucesos que componen cada paso, es un hecho apasionante.

Para estudiarlo más de cerca me coloco junto al hombre que salió del metro. El proceso siempre sucede de la misma forma: una pierna se adelanta y la otra espera, una se adelanta y la otra espera. Cada tres pasos el hombre gira la cabeza un instante y me mira. Su pierna, la que queda segunda, imita el movimiento de la primera, se cruza con ella un instante, sin juzgarla, como si supiera que, aunque toman sentidos distintos las dos van en la misma dirección.

El proceso es sencillo; una pierna espera, antes de iniciar su recorrido, a que la otra esté bien asentada sobre su pie. El hombre, que lleva un periódico bajo el brazo, ahora solo me mira de reojo. Cada uno de sus pies se cruza y se descruza con el otro, se cruza y se descruza, una y otra vez. Un pie queda suspendido en el aire por un tiempo mientras el otro se apoya en el suelo. Ocurre exactamente igual al contrario, es decir, con el otro pie. Tanto si miras uno como si miras otro llegas siempre a la misma conclusión. Resulta imposible determinar, por más concentración que se emplee, cuál de los dos pies lleva en realidad la delantera. Apenas estas convencido de una cosa, cambias al instante de opinión.

Cuando el hombre del periódico aprieta el paso mi percepción cambia por completo. Ahora lo veo desde atrás. Si bajo la mirada hasta sus pies lo único que alcanzo a ver es la suela del zapato. Exactamente un pedazo de la suela de la parte trasera del zapato. Esta visión se presenta de manera irregular; parte trasera derecha, parte trasera izquierda, y así.

Cuando por fin consigo ver toda la suela completa es porque el transeúnte ha echado a correr. Entonces veo toda la suela de su zapato cada vez que levanta el pie. Primero veo una suela y luego la otra, nunca las dos a la vez. Por más que corro tras él sólo veo, alternativamente, una suela por vez. Primero veo una y luego la otra.

 

Durante unos minutos la escena se repite de la misma forma, hasta que, de tanto mirar hacia atrás, el hombre pierde el equilibrio y sufre un traspié. En ese momento puedo ver claramente las dos suelas de sus zapatos a la vez, una junto a la otra. Es solo un instante, porque, enseguida se levanta y continúa corriendo.

De los dos pies ya solo veo la suela que tengo más cerca de los ojos, la otra no. El pie que queda rezagado muestra la suela de su calzado hasta que aparece la suela del otro pie. Para observar este fenómeno hay que ser muy rápido con el ojo ya que apenas hay tiempo de captar el efímero instante donde aparece la suela. Aparece y desaparece. La ves y ya no la ves. Si ves una no ves la otra, y así.

El hecho de que, de repente, ya no consiga observar, ni siquiera en ese efímero instante, ninguna suela de ningún zapato, es porque el corredor se ha parado. Se gira sobre su cuerpo y comienza a camina hacia donde yo estoy. Ahora solo consigo ver la punta del zapato que se acerca en lugar de la suela que se aleja. Para captar mejor el fenómeno me detengo un instante. A medida que el corredor se acerca la punta de su calzado se ve cada vez más grande, mientras que, cuando pasa a mi lado, a medida que se aleja, la suela se ve más pequeña. Es por la posición. Pero cuando el corredor, de pronto, tras recoger del suelo el periódico que perdió en su caída, regresa corriendo de nuevo, entonces, si miro detenidamente sus zapatos veo que, pese a que ahora va en dirección contraria, el fenómeno se percibe de la misma forma; punta de los zapatos cuando se acerca, suela cuando se aleja. Exactamente igual que antes.

– ¿Es usted de una ciudad pequeña? -le grito.

No contesta. Tras la esquina, una de sus piernas desaparece y la otra queda expuesta a la observación, solo un instante, hasta que también desaparece, junto al resto del cuerpo del corredor. seguir leyendo.





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