Relatos cortos eroticos Hetero El ascensor

 

 

 

El cielo está gris. Está algo difuso, es como si el día no quisiera reconocer que ha sucumbido al poner omnipotente del sol y luche por no darse por vencido.

Patricia lleva un vestidito de gasa, con flores, de un color crema, muy muy sensual. Está mirando por la ventana. Es un verano temprano, no es muy normal que haga esta temperatura en pleno mes de abril. El calor pegajoso le hace sudar, aunque se haya acabado de duchar. Está esperando a que Javier le llame. No sabe en qué momento se le ocurrió la brillante idea de dejarle sus apuntes. Se decide a llamar, y en el momento que ha descolgado el teléfono, suena el portero automático. Tiene una premonición, es él. No sabe ni por qué lo ha pensado ¿cómo le va a gustar a ella Javier?

 

Mierda, publicidad. Coge de nuevo el teléfono. Va a recoger a Javier a su casa, y después irá al cine con María.

Joder, este hombre siempre le hace lo mismo, tendrá que subir a recogerlos. Patricia sube hasta el sexto piso en el ascensor. Javier pide disculpas (como siempre) pero, según él, esta vez tiene una buena excusa por haberse retrasado: le dejaron al cargo de su prima pequeña y tuvo que buscar a alguien que le hiciera el favor de quedarse con ella. Él también tiene planes, aunque seguro que ir con sus amigotes a ver un partido de fútbol es menos entretenido que ir con tu mejor amiga a ver una peli checa en versión original.

Se montan en el ascensor. Patricia tiene otra de sus premoniciones, se van a quedar encerrados, lo sabe, pero como la de antes fue fallida, no hace caso. Lo único malo es que esta vez va a ser de verdad.

A los treinta segundos del viaje en ascensor, se apagan las luces, y con ello, comienza un ataque de histeria por parte de Patricia. Está muerta de vergüenza, nunca Javier la había visto así. Qué mal. Sin embargo, a Javier esta situación le ha despertado un sentimiento paternal que le impulsa a abrazarla. La estrecha en sus brazos, acerca su cabeza a su pelo, y descubre que le huele a azahar. Pobrecilla, está sudando, aunque no es sudor pegajoso, si no que es hasta suave, como un bálsamo para niños chicos.

Las luces han vuelto, pero el ascensor sigue sin moverse. Javier está descubriendo que tiene a una preciosa chica en sus brazos, sollozando. Lo que más le sorprende es que mientras más la mira, más se percata de que le excita. Sí, esa chica que se sienta tres pupitres por detrás del suyo, cuyos apuntes tienen fama de ser los más completos de toda la facultad, modosita, con gafas pequeñas, le está haciendo que una parte de su cuerpo que hacía tiempo que no se animaba vuelva la vida. AFrutados todo sobre frutas

Por otra parte, Patricia sigue sollozando. Dios, cuando salga del maldito ascensor, no va a poder mirar a Javier a la cara. Creía que ya podía aguantar sus fobias con algo de dignidad, pero ha visto que sus años de psicólogos han servido de poco. Y sin embargo, rodeada por los brazos de deportista de Javier, se siente segura. El ascensor se mueve, se para de nuevo. Del pequeño salto, su cara se ha quedado enterrada en el cuello de Javier. Le empieza a morder suavemente por el cuello.

Patricia le empieza a quitar los botones del pantalón. Le baja la cremallera. Javier se ha quedado sin capacidad de reacción. Patricia le baja los pantalones. Nunca habría podido imaginar él que tras la apariencia de un suave, se escondía una leona. Ya ha reaccionado. Le quita los botones del vestido. Para su sorpresa, Patricia nada más que llevaba una pequeñas braguitas blancas bajo el vestido. Sus pechos son pequeños, pero parece que le están pidiendo a gritos que sean comidos. Qué vergüenza, Javier lleva unos calzoncillos de Snoopy. Jamás se perdonará que su madre le siga comprando su ropa interior.

Están desnudos, follando como locos, encerrados en un ascensor. Horror, comienza a moverse de nuevo. Comienzan a ponerse la ropa de nuevo, cuando descubren que le da tiempo a hacerlo una vez más, aunque esta vez tendrá que ser con la ropa puesta. Patricia decide meter sus pequeñas braguitas en el bolsillo del vestido, para no perder más el tiempo. Les van a pillar. Patricia nota como le viene el orgasmo de mayor intensidad de su vida. Están sudosos, desprenden hormonas.

Se abre la puerta. Tiempo justo para abrocharse él los últimos botones de los vaqueros. Uf, la vecina del quinto con el perro.

Salen del piso, y comienzan a reír como locos. ¿Y si subimos de nuevo, que se me ha olvidado la cartera?

El Autor de este relato fué Giulia , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=577&cat=craneo (ahora offline)

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2024-04-19

 

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