Relatos cortos fantasia Rol cronica

 

 

 

CRÓNICA

Era un perfeccionista que no le gustaba dejar nada al azar, primero elegía a sus víctimas cuidadosamente y las observaba durante un tiempo. No era curiosidad morbosa ni maliciosa, pues era un amante de la belleza en todas sus formas. Estudiaba sus principales rasgos y todo el potencial que guardaban aquellas mujeres, diseccionaba cada uno de sus movimientos y después las imaginaba en una situación extrema y fantaseaba con los cambios que se operarían en aquellos hermosos rostros. Pensaba que demasiada perfección anulaba la hermosura.

Estaba interesado en la ausencia de lo que no se veía. Le gustaba cazar al vuelo esa fantasía invisible y buscaba lo que todavía permanecía dentro de ellas sin aflorar. Donde había media sonrisa o una carcajada, intuía el pánico. Donde emergía la seriedad y el aplomo ya veía asomarse el asombro y la incredulidad, y hasta imaginaba el tono de voz entrecortada y el temblor en sus manos. Cuando había explorado hasta la saciedad todos estos detalles se vestía de forma desaliñada y las atacaba despiadadamente.

 

No quedaba satisfecho con esto. Después de la agresión dejaba pasar el tiempo y, aunque de forma totalmente diferente, repetía la agresión. Aquella reiteración era compulsiva y no la podía dominar. Siempre volvía a la escena del crimen. Algunas veces regresaba por simpatía hacia sus víctimas, otras por debilidad, las más, para exaltar su ego. En última instancia la impunidad le resultaba demasiado aburrida y necesitaba dejar pistas, algo que tuviera su identidad, su sello personal, y le proporcionara un placer extra, ya que pensaba que si no regresaba al lugar de los hechos sus actuaciones estaban huérfanas de un final acorde con las expectativas que él había levantado.

Pasado un tiempo desde de la primera irrupción merodeaba por delante del establecimiento y, gradualmente, iba ganando seguridad hasta tener confianza y estar seguro de no ser reconocido en el primer instante. Cuando tenía la absoluta certeza del anonimato entraba y con la mirada buscaba a su antigua víctima.

Aunque sabía que era peligroso, aquella costumbre de regresar al lugar de la agresión la venía practicando desde hacía tiempo y cada vez le proporcionaba un placer más excitante. Era una mezcla de ritual y provocación, siempre al límite de lo inaudito, y sentía tanta simpatía por sus víctimas que en un arranque de generosidad, al despedirse, dejaba alguna prenda de su estrafalario vestuario o una breve nota que las desconcertaba. Buscaba matices, necesitaba maximizar todos detalles que él consideraba importantes y que con las prisas, los nervios, y la excitación del primer día se le habían escapado. Este segundo ataque era más importante que el primero y el que más placer le proporcionaba y aunque pareciera absurdo necesitaba rememorarlo. Era el verdugo que necesitaba sondear aún más lo que quedaba de sus víctimas, quería ensañarse con ellas y cerciorarse de que aún llevaban el miedo metido en el cuerpo.

Quería revivir la misma escena pero apareciendo como un dulce ángel exterminador y ver la sorpresa en su rostro, a veces incluso el espanto y el horror, aunque casi siempre se imponía la incredulidad. Necesitaba provocar la emoción estética y eran momentos en los que la belleza hacía acto de presencia un solo golpe en el rostro de aquella mujer, que se quedaba sin habla y sin poder reaccionar ante su perversa sonrisa, ya que el factor sorpresa las desconcertaba. Era una manera de reivindicar su acción, de recuperarla, de que no hubiera duda sobre la autoría, aunque las circunstancias fueran diferentes, y le hacían sentir más seguro y rejuvenecido. Quería capturar en la retina aquel momento mágico que él había provocado y contemplar como lo bello se fundía con lo siniestro.

 

Siempre hacía la entrada majestuosamente, mostrando una jovialidad excesiva y se escondía detrás de un ridículo y postizo bigote o se ponía un peluquín y las miraba directamente a los ojos. Era una estrategia que consistía en un breve pero intenso y excitante encuentro de miradas hasta que la confusión se agolpaba en la mente de aquella mujer y entonces estaba segura de haberlo visto antes, aunque ella ya no podía precisar cuando pues la confusión y el miedo le ganaban. Con todo aquel atavismo y escenificación buscaba golpear lo más fuerte posible. Le gustaban los colores estridentes y chillones y sentía debilidad por los pendientes de moda étnica y los anillos de plata.

Usaba perfumes fuertes, algunas veces hablaba con un ligero acento extranjero y utilizaba palabras enigmáticas y extrañas que tendían a acomplejar y a acrecentar el sentimiento de inferioridad de sus víctimas. Otras veces se ponía un elegante sombrero, incluso una vez se puso un panamá que le daba un toque de surrealismo y origen exótico, y es que la ostentación, al borde de lo ‘freak’, le fortalecía mentalmente. La ambigüedad sexual con la que se comportaba le daba el toque final.

Toda aquella apuesta en escena, aquel grotesco montaje, era terreno fértil para su difícil y extraño arte y le daba credibilidad de gran actor. Quería ser considerado como un maestro en la provocación de la belleza, ya que demasiado encanto era un estorbo y corría el riesgo de que todo quedara en una mera experiencia plástica.

Aquellas risas y aquella amabilidad, aquella caprichosa forma de vestir hacía las delicias de su raro y excéntrico espíritu, y desconcertaba a sus víctimas de tal forma que automáticamente reconocían en él una cierta semblanza con su antiguo agresor y estaban tentadas de gritar: ¡Socorro, es él, es él!, Pero el temor las vencía y les faltaba ese rapto de decisión que es tan necesario para creer, se quedaban atónitas y no les daba tiempo a reaccionar mientras que él las contemplaba con frialdad. Ellas lo presentían pero no lo podían inculpar y él se enorgullecía cada vez más de su rocambolesco historial delictivo en la frontera de la locura. Era en esos momentos, cuando se encontraba en plena vitalidad creativa, que fantaseaba con ser el mejor actor del mundo y representaba a otro personaje completamente diferente, lo cual terminaba por desconcertar aún más a su presa. Es curioso, pero ante lo inesperado, las personas, unas veces nos acobardamos y nos dejamos matar, mientras que otras desafiamos al mismo diablo y nos matamos defendiéndonos, por lo general, innecesariamente.

A continuación y como se consideraba un conquistador, intentaba darse un aire romántico y le gustaba flirtear con ellas y les gastaba bromas e intentaba seducirlas. Ponía en marcha un febril repertorio de encantos, incluso había una sutil perversidad en la manera de tratarlas, a veces rayando lo absurdo, ya que les era imposible procesar todo aquel galimatías y se limitaban a asentir con la cabeza como niños asustados. El resultado era triste y patético, aunque en el fondo todo quedaba reducido a un homenaje a sus extraños actos. Tostadora de pan

 

Al despedirse le gustaba dejar olvidada alguna prenda de su pintoresco vestuario para que las víctimas se acordaran de él y la guardasen como un fetiche con devoción religiosa.

Necesitaba asumir, aunque en diferido, el temor que sentían aquellas personas, quería sentirlo de cerca, experimentarlo con ellas y sentirse solidario, quería que le mirasen acusatoriamente y ver el desconcierto que les producía sin que se atrevieran a decir nada. Buscaba la belleza entre rasgos de inocencia e inseguridad. Quería fascinar y dar miedo a la vez para que emergiera toda la belleza. Al final siempre les invadía la inquietud ya que su presencia suscitaba desasosiego y deseaban que se marchara cuanto antes. Este era el momento más mágico y esperado y el que más placer le proporcionaba. Para terminar y en pleno delirio megalómano adoptaba un aire paternalista y les daba una palmadita de ánimo en la espalda que anulaba la poca adrenalina de resistencia que les quedaba y se despedía.

Se consideraba un artista adelantado de su tiempo y aquello era una nueva forma estética de provocar, y aunque todavía no era reconocido, estaba seguro de que su ingenio levantaría pasiones algún día, se admiraría su arte y su nombre aparecería en los titulares de algún periódico, y muy posiblemente tuviera un club de fans que le rindieran culto y admiración. Creía que su incondicional público femenino, aunque se quejaban públicamente, le dedicaba en secreto sus más encendidos elogios pues era su atrevimiento y la reiteración en sus demostraciones lo que hacía que se ganara a sus seguidoras, y aunque le tildaban de demente, estaba convencido de que les hacía un favor, y a la larga, estos actos surrealistas y terapéuticos contenían la extraña semilla que crearía escuela, haría pensar a la gente y entenderían su arte.

En su afán por llegar más lejos se estaba planteando desafíos cada vez más altos, aunque al final todo quedaba reducido a una ópera bufa de la cual no sacaba nada. Y es que en el fondo era consciente de que desde hacía tiempo su vida artística se estaba convirtiendo en una repetición alarmante, y la persistencia de aquellos funciones de exhibicionismo tenían cada vez menos impacto entre las mujeres e iban perdiendo interés e intensidad, pero los había practicado desde hacía tanto tiempo que era incapaz de probar nada nuevo y se atrincheraba con tal de mantener viva la leyenda. Si continuaba era por pura inercia ya que sabía que aquel estilo de vida estaba condenado al fracaso. El dolor que le producían aquellas interpretaciones había hecho que envejeciera demasiado rápido.

Pero con tanto trajín anímico y moral, a cada actuación se sentía más agotado y vulnerable, pues era un mundo en el que se entregaba al máximo, y lo más triste de todo era la desoladora complicidad entre la ficción y la realidad. Sus actos a veces rayaban lo patético y habían sido desplazados por artistas con otras formas más agresivas e innovadoras. En cierta ocasión una chica se quedó desconcertada ante su desnudez y cuando él le enseñó sus atributos masculinos le dio un ataque de risa que no cesó hasta que compungido y confuso tuvo que retirarse discretamente. En otra ocasión un grupo de colegialas le persiguieron a pedradas y le insultaron y tuvo que salir corriendo. El coste de su arte, en comparación con su calidad era muy alto y la sociedad actual había evolucionado y pedía cosas más fuertes que él no estaba en condiciones de poder asumir.

Por eso, aquel día tuvo que admitir que se equivocó de víctima y se lamentó de sus tentaciones suicidas. Lo supo inmediatamente cuando hizo su entrada habitual y no la deslumbró ni se dejó impresionar por su amplio repertorio de frivolidades. Tuvo la impresión de que ella lo reconoció enseguida y estuvo tentado de retroceder y escapar pero no estaba preparado ni tenía estrategia de huida, así que decidió encajar con elegancia aquel golpe. Parecía que ella lo había estado esperando desde el día de la agresión y aunque intentó no perder la compostura, se sintió tocado de muerte y se lamentó de su excesivo atrevimiento.

Su desaparición se haría notar. Aquello representaba el fin de una larga época en la que había llegado a ser un auténtico fenómeno de la cultura popular y había hecho historia. Recordó con tristeza los tiempos cuando los ataques se producían a oleadas que sembraban el pavor entre las féminas y su leyenda se convirtió en un auténtico icono social. Ahora la realidad le tomaba la revancha y se preparaba para el triste anonimato.

Los dos se examinaron con interés y reciprocidad pero ella lo miraba con extrañeza y curiosidad, casi con benevolencia. Parecía incluso divertida de todo aquel insólito montaje que rayaba lo esperpéntico, y poco a poco, a medida que bajaba la intensidad de su representación adoptó un aire de sutil conmiseración. Se sentó frente a él y le sonrió, parecía como si lo conociese desde hacía mucho tiempo y lo hubiese estado esperando.

Ahora, al sentirse totalmente desarmado comprendió que era su última puesta en escena y que no saldría indemne de aquella situación. En un arranque de sinceridad se quitó el peluquín. Ella lo miró con orgullo maternal pero con un hilo de impaciencia. A continuación se quitó el bigote y la dentadura postiza y los dos se echaron a reír al mismo tiempo. Ambos parecieron reconfortados.

- Me imaginaba cualquier otra persona menos a alguien de su edad. Confieso que mi fragilidad emocional se alteró con su reclamo erótico y llegó a asustarme, aunque en el fondo me emocionó y me gustó. Si se proponía escandalizarme lo consiguió, aunque creo que a sus años ya ha agotado el cupo de atrevimientos y es hora de abandonar. Le prometo discreción.

Él la miró con tristeza y asintió.

-Sí, en el fondo empezaba a estar cansado. Los tiempos cambian y ya no estoy para estos trotes.

Se levantó lentamente, con dignidad, le regaló la rosa que llevaba en el ojal y le dio los buenos días. Ella lo acompañó a la puerta y le dio una palmadita en la espalda que él agradeció con una sonrisa irónica que entendió como un pasaporte para el olvido.

El Autor de este relato fué Antoni , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=7293&cat=craneo (ahora offline)

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2021-08-11

 

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