Relatos cortos ficcion Futuristas El vertigo de la empatia

 

 

 

“Exclusive News from the Channel you were waiting for…”

-Buenos días, interrumpimos la programación para informarles sobre una noticia de ULTIMISIMA hora, un suceso que acaba de ocurrir hace apenas unos instantes en Manhattan, dentro de las obras de la zona cero. Como saben, aquí se está construyendo el nuevo complejo de edificios conocido como “Jardines del Mundo”. Según nos informan, parece ser que esa construcción se ha parado repentinamente hace pocos minutos, y los técnicos y obreros que se encuentran allí se están actualmente enfrentando en SANGRIENTAS escaramuzas, ya sea con ARMAS DE FUEGO, NAVAJAS o las propias manos. Se dice que las causas han sido los problemas de comunicación entre los trabajadores, que según fuentes cercanas habrían empezado a tener graves DISPUTAS a raíz de confundir sus propias palabras. A estas horas se comienzan a contar los primeros MUERTOS… Desde allí nos informa nuestro corresponsal en Nueva York…

 

-¿Si? Aja…la situación es EXPLOSIVA aquí…eh… los equipos de seguridad y grupos preparados del SWAT se están preparando para entrar en la torre principal del recinto, aquella que está destinada a ser la más alta del mundo…Aquí tenemos unas imágenes de hace unos minutos, en las que como ven los hombres y mujeres de la construcción se han hecho con REHENES y ARMAS y se dividen en diversos grupos para enfrentarse a MUERTE. ¿Que? ¿Si? Señores, me informan que acaba de entrar en el recinto un hombre, al parecer un traductor y diplomático enviado por las fuerzas de seguridad estadounidenses. Ahí está, va solo, por lo visto los policías no se atreven a entrar todavía y envían a ese hombre para hacerse con el control de la situación. Me informan que el nombre del sujeto es VINCENT BRUISE…

“Vincent, el mundo tiene puestos en ti los ojos…eso me han dicho, pero aquí no hay nadie…eh… ¿eso son...cadáveres? Oh dios…mier! ¡¿Quién se ha reído?!- Un silencio de sepulcro en un sepulcro al aire libre- me…mejor será que vaya a donde me dijeron…la maldita torre de los jardines…aquella que hiere el cielo…”. Conforme Vincent se va acercando a la gran torre, helicópteros surcan el aire lejanos, recelosos de acercarse a la desdentada boca del lobo. A la entrada, un papel furtivo yace en la hierba y reza estas palabras al vacío: Ahora pues, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo, y hagámonos un nombre; para que no nos dispersemos sobre la faz de toda la tierra….

La puerta está abierta, y la entrada a la estructura no resulta ni mucho menos difícil. Dentro, el tiempo y el universo se han hecho tímidos y se adhieren y comprimen sobre si mismos, callados, congelados. Suelos encerados, escaleras mecánicas, el entorno de una limpieza quirúrgica. Este panorama es que el que acoge a Vincent, cuyos sonoros pasos marcan el ritmo de un eco dormido. Algunos cadáveres aquí y allá añaden un poco de color a los pasillos con trazos de pasión bermeja. Por fin, algo de vida se remueve, cautiva, entre los tabiques de un laberinto de oficinas y máquinas de café. El señor diplomático avanza agazapado bajo los recién colocados escritorios, puestos con impaciencia antes de haber acabado del todo la estructura, como si el tiempo amenazara con cazarles –como si eso fuera evitable-.

Al poco rato se escucha una serie de disparos rasgando el aire por encima de una cabeza, la de Vincent, que se esfuerza por desaparecer dentro de un torso palpitante. Aquellas descargas proceden de la pistola de un policía humedecido cuyos dedos resbalan con una facilidad pasmosa por la curva del gatillo, al igual que su mirada resbala nerviosa por la cavidad de la cuenca ocular. La voz temblorosa de Vincent se esfuerza por pasar por encima del ruido y consigue llamar la atención al grupo que se atrinchera en el lugar. Éstos son un agente de seguridad, un rígido empresario, un parroquiano con aires de falso progresista y una secretaria, armados con pistolas y plumas estilográficas. Son todos americanos, relacionados de diversas maneras con el proyecto. Se calman un poco a la llegada del recién llegado, que desarrolla como puede sus “habilidades de comunicador”.

 

-¡La culpa es de esos malditos moros! –rezuma el agente- ¡estaban reunidos con un paquete en las manos, cantando no sé que raro! ¡¡Era una bomba, sí, lo he visto, todos quieren matarnos, todos…!!

-Sí, ¡además no hacen más que amenazarnos en árabe! –escupe el parroquiano.

No hace falta ser tan lógico y ordenado como Vincent para darse cuenta de que los empleados no pueden darse cuenta de que los amenazan si no conocen el idioma de las otras personas. Más común es que el que amenace sea el miedo, miedoso a su vez de mostrarse desnudo de la protección de palabras ajenas. El señor Bruise analiza la situación fríamente y prueba de acercarse al otro grupo, el de los árabes “amenazantes” y “zapadores”. Unas mesas más allá, éstos se defienden con piedras, grapadoras o cualquier otro objeto que puedan lanzar, y se agolpan ululando alrededor de una columna, como si fuera ésta la piedra negra de la Meca. El objeto sagrado de los árabes es ,sin embargo, como puede comprobar Vincent entendiéndose perfectamente gracias a su baile de lenguas, un ejemplar del Corán que mantenían envuelto en una serie de pañuelos bordados. El libro ha sido agujereado por una bala perdida, y todo el grupo, el iraquí, el palestino, el pakistaní y el inquieto marroquí, interpretan este gesto como un ataque a su fe y a su cultura. Por supuesto olvidan de momento sus diferentes interpretaciones del libro sagrado ante la amenaza del “demonio americano” y su cabalgadura infernal, una lata de Coca-cola. Vincent descubre progresivamente más y más grupos de personas, de un abanico de nacionalidades tan grande que la contienda parece una guerra mundial a escala de pasillo. Sin embargo, no son menos crueles las heridas ni las muertes. Una vez vista la situación –“bien, éste es mi trabajo”- el profesional comunicador Bruise despliega, la voz clara, alta, y el tono subido a un pedestal de magnificencia, todo el vendaval de su retórica y las palabras de un Mesías

–de la información- . Su discurso repasa la historia, la religión, las semejanzas raciales, las existenciales, y desmenuza poco a poco el ser humano hasta dejarlo desnudo de todo traje ideológico, con el concepto al aire. Bocas abiertas por doquier y rostros lánguidos. Vincent, sin embargo está algo decepcionado, ya que pese a todo no se escuchan aplausos. Todos los presentes, como ciegos que recuperan la vista, gritan y se alegran, se abrazan unos a otros y se excusan por la desgracia de algunas bajas, errores, “daños colaterales” (la muerte está presente, pero se siente ignorada ya que nadie la nombra, y se sienta en un rincón). Al instante varias personas se ofrecen para dar gracias a su salvador de sobrio traje. Por su parte éste les pregunta sobre la situación en el resto del edificio. Dicen que no lo saben muy bien –tampoco les importa-, pero creen que hay más gente en una situación parecida a la suya en los pisos superiores. Le acompañan por el ascensor que de manera algo precaria los transporta no demasiadas plantas mas arriba. El tiempo dentro del cajón elevador se hace sin embargo lento, pesado, como el razonamiento. Un piso. Otro. Traqueteo. Respiraciones inquietas.

 

-Eh… ¡por cierto…! – Ligero pasmo nervioso entre los presentes- Creo que le interesará saberlo. Me he enterado por ahí que la coordinadora del proyecto está en el piso más alto…o bueno, el inferior, ya que todavía la torre está sin acabar…

-¿La coordinadora…? ¿Quién es, sabes su nombre? – Vincent no pierde el tono.

-Creo que…una tal…Pristine, Nancy Pristine, eso es.

-¿Qué…? Nan… ¿qué hace ella aquí…?-El tono no está por ninguna parte, por más que Vincent lo busca y busca en una espacio tan diminuto como aquél.

Nancy Pristine, coordinadora del proyecto de construcción de la torre. Según se sabe, ha matado a varias personas, y la han visto subiendo más y más arriba. La ex-mujer de un recién dubitativo Vincent. El único descontrol de su vida… Todo para pelo rizado

Llegan a su destino. Lo que ve el sudoroso Bruise es todo un Guernica. Un mosaico de piernas, brazos, cabezas e injurias voladoras que crepitan a lo largo de toda la ancha estancia.

-¡¡Rojo!!

-¡¡Nazi!!

-¡¡Traidor!!

-¡¡Fascista!!

Golpes a izquierda. Golpes a derecha. Golpes privados, públicos, extremos, discriminatorios, igualitarios. Golpes y más golpes. Sangre derramada por la patria, por el pueblo, por su país, por su gente. ¿Quién ataca y quién defiende? Personas saliendo de la dictadura de la vida para entrar en la de la muerte. Sin embargo, de la primera ayudan a liberarse unos a otros. Una presencia estoica y una integridad que se quiebra por momentos. Vincent vuelve a usar su capacidad para hacer llegar a los demás su razonamiento, su estructurado ensayo, su diplomacia ensayada. Palabras que más convencen por la forma que por el verdadero contenido. ¿Al fin y al cabo quién puede encontrar la seguridad entre las astas de un toro? Allí creen que el letrado señor Bruise puede. Sólo el tiempo suficiente para que éste pueda seguir su camino, poco tiempo antes de que las brasas políticas vuelvan a arder. Ni la religión, ni la convivencia, ni la solidaridad, ni la aceptación soportan el peso – ¿el peso de que?- y caen uno a uno de nuevo en brazos de la violencia, siempre generosa y abierta. Las dudas e inquietudes de Vincent no cesan, tampoco parecen cesar las escaleras. Se escuchan alrededor gritos, discusiones, peleas, algún disparo. Pero lo único que logra detener el avance del comunicador es el llanto perdido de una niña.

-¡¡¡Te Odio...!!!-vomita la pequeña.

El objeto de tanta ira viene corriendo por un pasadizo correa en mano, a lomos de un alborotado acaloramiento que incendia los oídos de Vincent, que se interpone entre los dos –“¿qué me pasa, qué hago…? Yo no soy así…ya no…”-.

-¡¿Y tú quien eres?!Ah sí…ya sé… ¡tú quieres quitarme a mi hija, sí! ¡Maldito hijo del demonio!-el demonio se hubiese asustado de ver la cara de aquel hombre, la telaraña sanguinolenta de sus ojos, la telaraña de su entendimiento. Poco de humano, o quizás demasiado.- ¡¿y tú, maldita furcia?! ¿Así que ahora te va este hombre? Yo…te quiero…para… ¡para mi! ¡Eres mi hija y harás lo que yo te diga!

 

-¡Maldito asesino! ¡¿Por qué has matado a mi hermana?! ¡¡Era tu esposa!! – Otro personaje en el desgraciado teatro de una familia, el cuñado del padre violento- ¡¡Ella no te ha sido infiel, no te ha hecho nada!!

-Sí…sí lo…ella me lo…a mí no se me engaña…no…lo he visto indirectamente, si…

El pobre Vincent está desbordado, la situación es cada vez más y más desproporcionada, rebosa, salpica, mancha. El abuelo, que pasa por allí, anda lentamente, le cuesta respirar. Su by-pass parece el reloj de una bomba. La niña se escabulle de los hombres y se va al lado de su abuelo.

-Oye, abuelito, ¿estás bien…? ¿No…? ¿Quieres que te ayude?-lo sienta al borde de una ventana a medio hacer, ancha y abierta- eh… ¿siempre decías que ya no te quedaba nada por hacer en esta vida, no…? Entonces, abuelito…yo haré que descanses, yo te ayudaré…

Apenas lograba Vincent calmar y aclarar a los hermanos cuando la pequeña dio un pequeño e inocente empujoncito al anciano de la ventana, que cayó con una mueca enganchada en la boca a través de un vacío inacabable.

-¡Nooooooooooooooo! ¡¡Esto es una locura!!

Vincent acabó de desgarrarse, y siguió su ascenso por los pisos con lágrimas en los ojos. Atrás la confusión, conflictos, desolación.

“Nancy… ¿dónde estás…? ¿Qué está pasando aquí…? Estoy llegando al final…aquí se acaba la construcción…éste es el último piso acabado…tienes que estar aquí…tal y como parecía, lo han dejado todo a medias, repentinamente. Cada vez hay más…sangre. ¡Ahí esta, es ella…!”

-¿Vi…Vincent? ¿Que haces aquí…?-coordinadora Pristine, asesina al borde del suicidio, visionaria.

-¡Nancy! ¡¿Qué ha pasado, qué le pasa a todo el mundo…?!

-¿A todo el mundo en la torre o a todo el mundo en general, cariño? Lo mismo en un caso como en el otro…solo que aquí…se nos desenmascara…

-¿Se nos desenmascara…? Pero…esto no es normal, Nancy…además, tu también…

-¿He matado? Sí, lo he hecho…y no es que me enorgullezca…estábamos tan cerca…casi era un sueño, una construcción para demostrar nuestra unión mundial y nuestra fuerza…estábamos a punto y…de repente el personal comenzó a confundir sus palabras, sus intenciones, con ello vino el miedo y la desconfianza y pronto las peleas…algo nos impide llegar al final, tocar el cielo, un peso inaguantable…

-¿Algo…? Un peso… ¿el peso de qué?

-Nosotros…el propio peso de nuestros seres. Condenados, sí condenados a no entendernos jamás. Hemos subido tan alto que la caída es ahora…inevitable.

-Yo estoy aquí para arreglarlo…he venido a rescatarte, Nancy…

-Gracias, pero ya me salvo yo sola…voy a quitarme la vida.

-¿¿Pero qué dices?? ¡No puedes hacerlo, no debes, no…!

-¿Dime Vincent, por qué no puedo…? ¿Por qué no debo…? Acaso… ¿me queda algo ahora…?

-Claro que sí… ¡tienes una vida por delante…!

-Ah… ¿no lo entiendes o no quieres entenderlo? Me van a arrestar de un momento a otro…mira los helicópteros…me harán responsable de todo este fracaso…y me echarán abajo junto con la torre.

-¡Podemos escapar! Tienes que hacerlo porque…yo…todavía te…te quiero, Nancy.

-¿¿Y eso es un motivo?? Eso es egoísta. ¿Yo no vivo para ti, sabes?

-Ah, muy bien…así que me he estado esforzando para nada…no sabes lo que he pasado para llegar hasta aquí, para salvarte…y así me lo agradeces... ¡siempre has sido igual!

-Y quién te ha pedido que “me rescates”, eh? ¿Te he dicho algo, crees que esperaba un príncipe salvador? Quieres ayudarme, eh? Toma mi pistola…y mátame.

-¿Quieres que utilice esto contra ti…? ¿Pero como…?

-Vincent, nunca has sabido comprenderme, ni lo harás nunca. Nosotros somos la cúspide de toda esta confusión, de toda esta falta de entendimiento. Todas nuestras torres son de naipes…

-No… ¡no no no! Hay…que volver a intentarlo…lo nuestro es posible…

-¿Lo ves? No entiendes nada, no quieres hacerlo. Lo nuestro, Vincent, ha sido un error.

-¿Un…error? ¿¿Un maldito error?? Te odio…¡¡te odio!! Te mereces que…que…

-Exacto, dispárame, es lo que quieres.

-Voy a hacerlo, ¡¡voy a hacerlo…!!

Sin embargo el cañón del arma es silenciado por el ensordecedor ruido del helicóptero de la policía, que aterriza de repente sobre la inacabada estructura. Con dificultad, con oposición, las fuerzas de seguridad arrestan a Nancy y se la llevan en el helicóptero. Ni ven ni quieren ver a Vincent, que ahora sólo apunta al cielo, amenazante. Pero allí nadie se asusta por ello.

-Tenias razón…no nos entendíamos… ¿acaso no queríamos escucharnos…? Pero…yo si quería, no como ella…aunque…solo quería escuchar lo que me apetecía…es mi culpa…pero por otra parte ella nunca me ha agradecido nada…la odio…pero, ¿que haré sin ella?...es culpa de la torre, si…pero el problema era anterior, por tanto nuestro…a quién culpo…? No me entiendo ni yo mismo…dios…

Dios ya está algo harto de que le echen la culpa de algo que no le concierne, bastante tiene él con estar saltando de nube en nube buscando el sexo de los ángeles…

El Autor de este relato fué Thanatos , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=919&cat=craneo (ahora offline)

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2021-03-20

 

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