Relatos cortos humor Hechos Reales El burro Cacharo

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“El BURRO CACHARO”

Este cuento surgió de una noche de insomnio. No dormía, porque mi alma aguardaba la tierna llamada de la amada, que se hizo esperar para nunca llegar. En un principio, no era cuento ni era nada, pero poco a poco, comenzó a tejerse el hilo, e inconscientemente terminé el relato.

Como una forma de respeto hacia mí mismo, el cuento del burro Cacharo (dícese del burro o cualquier otro cuadrúpedo con una oreja amputada o deforme), quedará tal y como fue concebido.

Estoy subliminalmente afectado, y el único paliativo para calmar este morboso estado, en vez de ser mi asiento eyector, se convierte en un paracaídas cerrado, que no me salva del abismo sin fin en el que acabo de caer... es mi perdición. Nada que hacer, me agarró nuevamente el vicio, y estoy seguro de que veré el amanecer, antes de que mi mano suspenda su parsimonioso vaivén desde el principio hasta el final de la línea, y se detenga exhausta, tal como se detenía el burro Cacharo de la finca, después de no más de tres viajes de ida y vuelta al pozo de donde sacábamos el agua para las faenas de la casa.

Mi diestra, para desgracia de mis lacrimosas cuencas, es la antítesis del burro Cacharo, pues, cuando el susodicho se acostaba en el suelo, no había poder humano ni divino, que lo hiciera cambiar de posición. Cuántos azotes no recibió el asno por parte de mi tío Armando en esos arranques de rebeldía?. Mi mano por el contrario, cuando se le mete que va a escribir, no cesa de hacerlo y nada más se detiene, cuando mi inteligente masa encefálica, haciendo gala de su poder de convencimiento y persuasión, la obliga a descansar, por el bien de mis agotadas pupilas y del resto del cuerpo en general.

Sólo hay una pequeña (aunque en contadas ocasiones grande) parte de mi humanidad que actúa por cuenta propia y las imprecaciones, concentraciones y regaños, manifestados por mi cerebro, con ocasión de su inoportuna presencia, no hacen ni la más mínima mella en su vergonzante actitud. Estoy seguro de que todas mis exnovias y amigas “chéveres” saben a que me refiero... pues sí, hablo de él, del poco disimulado, del casi nunca reprimido, del rebelde con causa, del pequeño cuando grande.... en fin, del “Viejo Peter”.

El viejo Peter sí se parece al del burro Cacharo, pero no crean que es por aquéllo que hace felices a las burras, NO!, bien quisiera yo estar tan bien dotado. Él se parece al del burro, porque por las hembras es capaz de hacer que el resto de mi cuerpo, esté dispuesto a realizar cualquier cosa, importando muy poco lo temeraria y peligrosa que ésta fuese. Esto lo digo, porque recuerdo que una vez, en la que el burro se estaba revolcando en la cálida arena para deshacerse de su incomodo equipaje (léase calambucos llenos de agua) negándose rotundamente a trabajar, a pesar de los palos que yo azuzado por la cólera le regalaba, sucedió, que pasaba muy cerca del lugar en donde se llevaba a cabo la explosión de mi ira y la manifestación del inteligente deseo del burro de no laborar, el compadre Guillo Peña, que iba montado en su bien aperada burra baya. Fue la primera y última vez que vi correr al flojo animal, se levantó como una exhalación y partió raudo hacia donde se encontraba el compadre Guillo, que venía casi dormido y con una borrachera, que si no caía de la burra, era porque su posición de piernas cruzadas sobre la angarilla se lo impedían. A mitad de camino, el burro Cacharo ya se había desembarazado de los pesados recipientes, y lo que era peor, había desenvainado su arma, blandiéndola en el aire con armoniosas oscilaciones pendulares. Con un sonoro rebuzno, hizo que la burra se detuviese en el acto, y si el compadre Guillo, no se apea rápidamente de su jumento hembra, les juro que habríamos visto en nuestros tiempos, a una especie de animal mitológico, el primer “Centauro asnal”. Al compadre Guillo se le pasó todo el estado de beodez que poseía, y mucho más rápido de lo que él hubiese deseado, pues le tocó terminar a pie la travesía hasta su casa, ya que nuestros dos tórtolos, una vez consumado el oprobio, se perdieron jarochos en la espesura del monte.

Luego hubo ciertas disputas de carácter económico entre mi tío Fabio y el compadre Guillo, pero no era por la angarilla ni por los aperos, pues éstos quedaron tirados en el lugar de la afrenta, tampoco era precisamente por la virginidad perdida, pues la burra, era una burra recorrida, que había parido ya siete veces, unos hermosos pollinos, que le dejaron buenos dividendos económicos al compadre Guillo. Sobra decir, que las ganancias, producto de las ventas de los animales, fueron dilapidadas por él religiosamente, hasta el último centavo en ron. La pelea por el mal perpetrado por el burro Cacharo, se basaba en que pasaron más de diez días, en los que el compadre Guillo tuvo que vérselas a pie, para ir donde el compadre Belisario, a tomar ron en su cantina ubicada en medio del monte. Mi tío Fabio, terminó la discusión con una actitud Salomónica, pues le entregó a su compadre dos medias de “Ron-Caña”, con lo que el conflicto terminó amistosamente, pero además se comprometió, a regresarle la burra en el menor tiempo posible y me mando a mi a suspenderles la luna de miel al rucho y a la rucha. Demoré dos días para encontrarlos, aunque su traída de vuelta al corral, fue relativamente fácil, bastó sólo ensogar a la burra y traerla de cabestro, para que el burro Cacharo, caminara detrás, como si él también fuese tirado de la brida. (No les digo, igual hubiese andado yo).

El burro no contaba con la admiración de nadie en la casa, a lo sumo yo era el único que le tenía un poco de afecto, si es que se le puede llamar afecto al tratar de no golpearlo tan seguido, pero el viejo Manolón, el supuesto capataz de la finca (aunque a decir verdad, era el único empleado que teníamos), ese sí que le profesaba un intenso e irreconciliable odio. Su aversión hacía el holgazán borrico, se intensificó un día en que no habiendo caballos para jardear el ganado, a él le tocó ensillar al burro para realizar este menester. Me oriné de la risa al observarlo montado en el asno, siendo una fiel copia del Quijote cuando le tocó ir a lomo del rucio de Sancho. Manolón iba con su sombrero de paja, remendado hasta en el hilo de zapato que se anudaba al cuello, para que la brisa no le quitase su preciado “yelmo de Mambrino” y el sol no le tuestara la mollera. Si ésto me pareció divertido, más gracia me causó el verlo regresar detrás del ganado a pie, desgañitándose en improperios contra el asno, lo cual, dicho sea de paso, le ayudaba a traer el ganado al corral. Cuando Manolón llegó a la casa y luego de haberse tomado dos jarras de agua de la que teníamos en la tinaja que era la más fresca que poseíamos, y que estaba destinada únicamente a los dueños y compradores de ganado, nos dijo que el burro se le había acostado a mitad de camino, aprisionandole el pie derecho (con razón lo vi cojeando al llegar), cuando logró zafarse del “solipedo cepo”, buscó una rama de dividivi y comenzó a juetearlo para que se levantará, el animal no sólo se levantó, dice Manolón que corrió mas rápido, que la vez que fue a cumplir las leyes de Natura con la burra del compadre Guillo. Proyecto NFT terrestre gratuito Overline

Como a los tres días logramos agarrar al fugitivo, pero lo que sí nunca apareció fue la silla de montar, por lo que se ganó otro enemigo mas, mi abuelo Juan, que con los implementos de vaquería no quería fiestas.

Yo pienso que ese burro tuvo que ser en su vida pasada un Yogui, porque aguantaba estoicamente y sin inmutarse la lluvia de golpes e insultos, que recibía como ración diaria del inconformismo de sus amos. Otra cosa que me hace sospechar acerca de sus vidas anteriores como practicante del faquirismo, era que odiaba a sobremanera al pozo de donde se sacaba el agua para las labores domésticas, es más, jamas se le vio abrevar allí, sufría de una severa hidrofobia de las aguas de ese manantial, pues a pesar de que era una de las más diáfanas, cristalinas y frías de toda la comarca, nunca, ni siquiera por equivocación de estas aguas se le vio beber. Ni aún cuando regresaba sediento de los viajes a marchas forzadas que le hacia realizar mi tío Armando, cuando iba a vender los quesos y traer las drogas y viveres al Difícil, un pueblo que dista unos treinta y seis kilómetros de la finca, en un viaje que a lomo de bestia dura ocho horas de ida y regreso, y que mi tío Armando reducía a sólo cinco, por obra y gracia de sus espuelas y tarzanescos gritos, como les digo, ni siquiera en estas ocasiones (dos por semana), en que se encontraba seco, se dignaba mirar al menos, esas transparentes aguas, que con toda seguridad, le apagarían el fuego de la sed que lo consumía.

Sigo insistiendo, el innoble bruto, tuvo que ser un Asceta en su anterior encarnación, porque de seguro presentía que ese fresco lugar sería su tumba, como en efecto lo fue. Un sábado en vísperas de Navidad, al ir en el primer viaje de arreo de agua, y mientras yo tomaba un baño y el burro Cacharo pacía sosegadamente en el lugar en donde se encontraba amarrado (si lo dejaba suelto, se hubiese escapado con todo y calambucos, y esta vez si no habría burra que me ayudase a traerlo de vuelta), el cielo se oscureció con una nube negra, acompañada de un zumbido ensordecedor, que poco se asemejaba a cumulo de lluvia ni a estruendo de trueno. Eran, las mortales abejas africanizadas, que se lanzaron sin motivo alguno sobre su humanidad (o burranidad, o como se diga) y la mía. En esas estábamos, cuando como diría Quevedo, nos cogió la hora. Yo conté con mejor suerte (si nó, no les estuviese contando esta historia), pues aunque estaba en cueros, inmediatamente me sumergí en las aguas del pozo y apenas unas cinco o seis abejas subacuáticas, lograron introducirme sus minúsculos pero afilados y tóxicos dardos, en el lugar que conocen mejor que yo los médicos que me han inyectado. No sobra decir que me sentí violado, igual me pasa desde ese día cada vez que me colocan alguna ampolla.

Desde el refugio acuático, en el que me encontraba, observaba como el animal inútilmente emulaba la moraleja de una fábula llamada la “Serpiente y la lima”, que mi hermano se sabe de memoria (aunque hay que ver cuántos azotes le costó aprenderla) y que reza “es inútil dar coces contra el aguijón”. Las miserables abejas se marcharon después de pocos minutos de ensañarse inmisericordemente con el poco laborioso cuadrúpedo. Hasta en sus gónadas sexuales le picaron, dejándoselas mas grandes que las balas de cañón del Fuerte de San Felipe de Barajas de Cartagena. A lo que ocurrió le llamaría “pelea de africanas con burro amarrado”. Lo vi toser igualito a la vez que le dio la peste que llaman por estos lares “la buena moza” y caer al piso exactamente como cuando no quería cargar con los calambucos. Luego se quedó quietecito y con la mirada lánguida como la de los perros famélicos del pueblo, que a diario velan por un pedazo de carne, en el restaurante “Mi Rosa”.

Así se fue yendo al paraíso de los burros, donde muy seguramente no tendrá que cargar jamás pesados calambucos llenos de agua. Un suspiro más... y estiró las cuatro patas, en una forma que mas parecía que se estuviese desperezando, que dando el paso definitivo hacia el otro mundo.

Su entierro, o mejor, su cremación (ya que le hice una pira lindísima, adornada a los lados con frutos de dividivi, que junto con los guásimos y los hobos, constituían su postre favorito) fue muy extraña. Luego de jalarlo con el viejo tractor “David Brown” al lugar donde realizaría sus exequias, y cuando su cuerpo comenzaba a ser devorado por las llamas, vi algo que solo alcancé a comprender en la noche. Observé con espanto como su bemba comenzaba a encogérsele, dejando ver sus macilentos dientes, en una mueca irónica y sarcástica... se reía de mí.

En la noche como les refería, recordé esa imagen, que hasta el día de hoy me acompaña en mis peores pesadillas, y comencé a llorar, pero no vayan a pensar que lloraba por el muy hijo de burra, no!, lo hacía por mí, porque esa noche comprendí lo que significaba esa sonrisa. El condenado se burlaba, porque al no haber más burros en la finca, yo sería el encargado de transportar sobre mis hombros el agua de la casa, tal como me tocó hacerlo, durante los diez días que duró su luna de miel con la burra del compadre Guillo.

SE MURIÓ EL BURRO... Y QUIEN LA ARREA?

Diógenes Alejandro - Diciembre de 1995

El Autor de este relato fué Abraham d%EDaz-p%E9rez , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=3657 (ahora offline)

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