Relatos cortos terror Asesinos en serie Ciudadano Cero

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El apartamento B del quinto piso es discreto, casi nunca lo es, pero esta noche parece que no quiere seguir esa rutina, y una calma chicha lo inaugura mientras anochece. Está en la calle Mayor haciendo esquina, en el número 19, y sobre la puerta- que nunca ha sido forzada; más les vale a los ladrones no conocer al dueño- la madera de pino sigue resistiendo como todos los días. Ahora se oye un ruido casi imperceptible al fondo del pasillo, un ruido que rasca el aire y se mueve: es una respiración entrecortada, marchita, va decayendo mientras el virus de una lágrima intenta ganar paso desde los ojos al vacío, pero finalmente no llega a caer; aun así no corresponde con una extrema vejez o un paso triste de años. El orgullo se rebela contra los propios instintos y no permite que la debilidad inunde la estancia: no piensa llorar.

En el apartamento no hay una acumulada información en el pasillo de objetos valiosos, arte, o nada que se le parezca; tan solo fotos del pequeño Andrés, y un viejo cuadro propiedad de la familia que un pariente sobrepasando la ochentena regaló a Gregorio hace mucho tiempo.

A las ocho de la tarde la noche ya empieza a comerse al día, pues es invierno en Madrid, y sorprendentemente ha empezado a nevar hace un rato. La nieve cae inmaculadamente blanca antes de perderse como confeti en el carnaval del Diablo: coches y más coches que intentan con frenesí motorizado encallar en sus respectivos hogares, y los cuchillos helados del viento intentan entrar violentamente por todas las ventanas. A esa hora los asesinos asesinan, las busconas buscan, y el invierno cae como una losa sobre la marea urbana.

Hay desdibujados susurros en el aire del apartamento; se incuban en la soledad, y presagian la verdad como una avalancha difícil de asimilar. El fatídico silencio pierde terreno ante un aroma rancio que sale del dormitorio conyugal, la puerta está cerrada. En el intranquilo mar de penumbra que forma el salón se oye un bolígrafo rascar la superficie de un papel. La escritura es lenta, mecánica, meditada, alejada de las prisas o la rabia: es una última carta. Gregorio empezó con esa misiva sincera hace cinco minutos, y sigue todavía afanándose en la recolección de detalles que la justifiquen de alguna manera. Pero la recolección es costosa: hay demasiada indignación, y es indescifrable y aguda; le inunda el pecho. La sonrisa torturada se afana por no estallar en la risa enferma, pero es imposible. Se recuesta sobre la silla riendo a mandíbula batiente y tamborileando con el bolígrafo sobre la mesa. Está pensando cómo empezar la carta, ya que lo demás sólo son notas, pero ha decidido que dada la curiosa situación lo mejor es improvisar.

Gregorio Bánez maldice a la vida desde que ha entrado en casa hace casi veinte minutos, una hora antes de lo previsto. Se carcajea porque sabe algo muy importante: ha dejado de chupar banquillo. Definitivamente, ya no es un hombre cansado de ser reserva en el banquillo de la realidad. ¿Pero cómo acallar esa voz en su cabeza que comienza a susurrarle que debería estar contento, que ahora, si no antes, sus actos estaban justificados en cualquier escala moral concebible?

Se levanta de nuevo con paso presuroso y contempla otra vez su dormitorio: el aire es rancio y cada vez más viciado. Sobre la cama de matrimonio yace el cuerpo de Carolina, inerte y derrengado como un trapo sucio: está arqueada en su última posición y con la mano todavía resbalando sobre el respaldo de la cama. Las uñas han quedado marcadas como hilos siniestros en la madera. Parece un maniquí triste y torturado: Carolina ha intentado gritar y se ha revuelto como un animal enjaulado, pero la mano de Gregorio no ha hecho disminuir la presión de la almohada sobre su cara ni un ápice. “Es por tu bien”, ha dicho sin pestañear mientras las venas de su mano se tensaban como cuerdas de arco.”Un correctivo te enseñará a saber quién forma parte de tus prioridades”

A su lado yace el cuerpo del amante- un contable con cara de mosquita muerta que se hacía llamar amigo de la familia-. Tiene un tiro perfecto en la frente, y se llama Esteban. El hilo fino de sangre todavía dibuja unos pequeños afluentes de hemoglobina por todo el rostro, desembocando en la cama. Lo que son las cosas: esas sábanas bordadas, de las que Carolina siempre ha hecho uso en las ocasiones especiales, de las que alardea como herencia familiar de valor inestimable, y que hace diez escasos minutos eran blancas como la nieve, son ahora un trapo inservible teñido de rojo. Qué pena, Carolina ya no puede quejarse de que la sangre es muy engorrosa de quitar.

Gregorio cierra los ojos y suspira. “Tranquilo chico, no ha habido mas remedio que hacerlo: los policías tenemos que hacer el trabajo sucio hasta en casa, aunque no nos guste.”

Vuelve lentamente hacia el salón después de recoger su arma, repitiéndose a sí mismo que los males hay que atajarlos de raíz. Casi paladea el brillo metálico del cañón agradeciéndole lo sencillo que resulta hacer el trabajo cuando tú eres el que haces las preguntas, y decides cual es la respuesta que mejor se adapta a tus expectativas; si no te gustan, siempre puedes disparar.

Ahora, con una sonrisa alegre, sin fisuras, y una mente ansiosa por justificarle a su hermano Mariano- que sabe que va a venir pronto- lo sucedido, se dirige de nuevo a su imponente y majestuoso sillón de trabajo. Su mente, sus pensamientos oscuros, su desazón... ya no son más que un recuerdo difícil de encontrar entre tanto caos. Hoy más que nunca se felicita a sí mismo por hacer justicia. Qué maravillosa coherencia con las ideas propias destila Gregorio: siempre cumpliendo con su deber de policía, con disciplina, sin vacilación. Le fastidia que la infidelidad no esté contemplada como un delito en las leyes, él sabe que a veces la Ley se equivoca, y que su propia ley- corregida y aumentada- es la que debe tomar cartas en el asunto. Una vez que contempla el resultado confirma que la mano dura es una solución que resulta más que óptima en este caso.

Se oyen los pasos recatados del vecino de arriba bajando las escaleras.

Gregorio comienza a escribir la carta definitiva.

“Querido Mariano:

Te preguntarás por qué te escribo esta carta, que parece hecha sin motivo. Creo poder darte una explicación razonable: hace meses que felizmente hemos recuperado esa estrecha relación que deben tener los hermanos, y no necesitamos correspondencia alguna ya que hablamos todos los días. Realmente no sé si te lo mereces, porque todavía te reprocho lo que le hiciste a la familia, y a nuestro amado padre José Luis en especial, que en paz descanse, cuando te casaste con una divorciada. Pero bueno, todos sabemos que el que mejor ha estado de la cabeza siempre he sido yo, y que ante tu falta de respeto a las buenas costumbres y a los verdaderos valores cristianos necesitabas que a alguien cercano a ti para evitar las iras de nuestro clan. Pero no creas que no me acuerdo de tu falta de respeto, a los ojos de Dios te mereces un gran reproche, de por vida.

Hoy tengo que contarte algo que me ha crispado los nervios, por eso te escribo. Como sabes, nunca he acostumbrado a confiar en el buen gusto en el vestir de mi mujer, del que carece por completo. Por tanto, entenderás mi asombro cuando hoy al llegar a casa he encontrado una gabardina de dudoso gusto colocada pulcramente en el ropero. Así, sin más, sin avisar. Es normal que me haya enfadado, me gusta saber lo que pasa en mi casa. Carolina no puede ir administrando el dinero que yo le doy como le viene en gana, es inadmisible que haya comprado esa desastrosa prenda sin consultarme. Lo he pensado repetidas veces, ¿me la habrá comprado para ocultar algún estropicio con la cena? Igual es que se ha pasado con la sal, y como sabe que me pongo muy nervioso si el guiso me agrieta la lengua ha ido a la tienda para enmendar el estropicio. Pero claro, no puede ser, porque Carolina sabe, y más le vale no equivocarse, que odio por encima de todas las cosas que Nuestro Señor ha puesto en el mundo esas chaquetas de tweed que llevan los malditos ingleses. Si sólo fuera eso, podría hacer de tripas corazón y perdonarla sin que me costase mucho. Su castigo no hubiera sido demasiado severo: quizás unos buenos mimos antes de irnos a dormir, sin rechiste alguno por su parte, o algunas horas de más en la cocina para que yo me quedase satisfecho con la cena. Pero no querido hermano, si esa inútil comete un error, probablemente forme parte de una larga lista todavía por descubrir: Carolina sabe que me exaspera, que me enfada, que me llevan los demonios si mi plato caliente no está sobre la mesa cuando llego del trabajo. Coño Mariano, es su deber, uno no se pasa el día matándose a trabajar para llegar a casa y tener que ejercer de chacha. Esa mujer cruel debería saber cuáles son sus deberes...”

El vecino curioso, Don Camilo, conversa con otros dos entre susurros en el rellano: el señor Esteban, que agita las manos con nerviosismo, suspira mientras el sudor le corre a torrentes por la espina dorsal, y parece que le quiere pegar una tremenda paliza al aire; y Emiliano, que recorre de un lado para otro el reducido espacio, mientras su hipertensión es un declarado maremagnum en su torrente sanguíneo. Y se confirman entre los aspavientos, los negativos movimientos de cabeza, e infructuosos intentos de que reine la calma, de que algo no va bien. Tienen la funesta sospecha de que ese sonido ha procedido de un arma. Su sano y completamente altruista instinto de cotilleo les dice que algo terrible ha pasado, pero sinceramente, no saben que deben hacer ahora. Todos lo han oído, y uno por uno han rezado para que las peores apuestas no se confirmen: ha sido un ruido seco y penetrante, que se asocia inevitablemente con chillidos, sangre, y agujeros de bala en distintas partes del cuerpo. Pero oír algo es una cosa, y asociarla con un vecino que acaba de perder el juicio ya son palabras mayores. Otras tres puertas más se abren y un reguero humano comienza a descender desde las casas, hormigas humanas en pos de celebrar una reunión social donde reine la histeria.

“...Lo intento Mariano, de verdad que lo intento. Puedo llegar a comprender todo eso: que sea una vaga redomada, una completa inútil, que a veces tenga despistes y no se dé cuenta del daño que hace, incluso que quiera tomarse un descanso y se le pase el tiempo volando. Pero lo que no entiendo es que la casa esté sucia y desordenada: ¿qué hacía ese reguero de ropa interior masculina y femenina discurriendo insidiosamente hacia nuestro dormitorio? NUESTRO DORMITORIO Mariano, ese sagrado recinto donde yo he sido un rey feliz mis veinte años de casado. Yo dictaba y ella obedecía, así debería ser, ¿no crees?. Además, no creo que esos calzoncillos los hubiera comprado por simple gusto. ¿O acaso es que le gustaba ponerse ropa de hombre? No quiero ni pensarlo hermano, esa lencería fina por todas partes, ese olor a perfume descarado. Ha sido espantoso, no te puedes hacer una idea: que si sujetador negro, que si una liga provocativa, incluso había un tanga... ¡Se ha gastado el dinero de la economía familiar en un asqueroso tanga!;ya sabes mi opinión sobre el asunto de la ropa interior: las mujeres decentes no deberían usar esas prendas, es completamente inmoral. Nunca habría podido imaginar el disgusto que me iba a dar esa mala mujer, presagia lo peor hermano. maturehardcorewoman.1blogs.es

Acto seguido me he dirigido enfurecido al dormitorio para aclarar unas cuantas cosas. Oigo jadeos y pienso que algo va mal, oigo gritos de placer y confirmo que es peor que malo: las sábanas hermano, las sábanas bordadas con hilo de oro revolviéndose agitadamente, ¡y dos cuerpos debajo! Carolina estaba gimiendo encima de ese desgraciado de Esteban. Ha sido demasiado para mis nervios, demasiado para que yo pudiera soportarlo después del día que he tenido. Lo ha traicionado todo, nuestra historia familiar, la educación que con tanto esmero le he dado yo al pequeño Andrés, todo hermano. Y mientras se revolvía como una puerca he descubierto por fin que toda su vida ha sido una mentirosa, y a mí que quieres que te diga, pero se me va la mano con las mentirosas, no sabes hasta que punto. Cuando uno se casa convierte la fidelidad en una de esas vértebras que sostienen tu vida, es más, haces de la obediencia debida tu sino; pero hay veces en tu vida que descubres que tu mujer tiene otros planes. Y pensar que hace años me prometió el fin del mundo, el oro y el moro querido hermano, y ahora descubro como parece renovar las promesas con otro: tu mejor amigo. La muy zorra le estaba haciendo mimitos, caricias, le susurraba cosas bonitas al oído. ¿Pero en que casa del Señor se ha visto eso?

Llevaba mi arma conmigo, oh Dios, es el único argumento que nunca falla: una pistola, la mejor compañera que uno puede tener. Carolina no comprende nada, no lo comprende de ninguna manera: no debe hacer eso, no está bien. ¿Acaso no la trato como es debido?¿No entiende que se la está jugando?¿ Es que no le importan mis sentimientos? Sabes que conmigo se puede hablar, aunque a veces pierda los nervios y se me vaya un poco la mano. Simplemente es que tengo mucho carácter, pero eso no es excusa para traicionar el sagrado vínculo del matrimonio. SAGRADO, lo dice la Iglesia hermano, y los dos sabemos que la Iglesia dice verdades como templos. Que yo sepa, cuando me casé el contrato no incluía olisquear en las braguetas de otros como una pelandusca...”

Los vecinos comienzan a agolparse en el rellano cual sardinas en lata que acuden a un espectáculo para mayores de dieciocho años: un espectáculo insólito, demasiado serio para que esas mentes ávidas de información puedan comprenderlo. Ni siquiera en sus tiempos de jovencitos acalorados aclamando a sus grandes ídolos de juventud un disparo había creado tanta expectación: las vecinas cotillean, inventan chismes, sus maridos mueven la cabeza con ademanes despreocupados. “¡Bah! No será tan grave”, dicen. “Probablemente a Gregorio ya le haya dado otro de sus ataques”. Confían a ciegas en su buen y amable vecino. Es lo que suele ocurrir: cuando normalmente tu instinto te dice- es más, te grita- que hay un desequilibrado viviendo en el piso de al lado, que además ese desequilibrado tiene unos accesos de rabia que hacen que King-Kong destrozando la Gran Manzana parezca un perrito faldero, y que para rematar la faena nuestro hombre tiene una pistola, y sabe usarla... Probablemente intentes convencerte a ti mismo que no hay que meter las narices en donde a uno no le llaman, y que es absolutamente normal: las discusiones las tienen hasta las mejores familias.

Por fin deciden llamar.

-Gregorio...- un silencio que parece sacado de un funeral-. Gregorio abre la puerta por favor.

No se oye ni un susurro.

“...Lo siento Mariano, de verdad que lo siento: he tenido que hacerlo y mira que me ha costado, pero esa zorra se merecía un escarmiento. Verlos ahí, destrozando lo que es sagrado, fornicando como animales de granja; no Mariano, eso no son modales. Deberían haber recibido una educación de hierro como la nuestra,¿acaso nosotros hubiéramos hecho algo así? Qué desvergüenza, cada vez que lo pienso me resulta más intolerable. Tenía que haber hecho caso en su día a nuestro padre José Luis y no haberme casado con esa maldita puta. “Tu mujer sólo sirve para lo que sirve hijo”, decía. “Tenla muy controlada y no permitas que se te suba nunca a la chepa. Si dejas que pase una vez luego tendrás que lamentarte toda tu vida”.¿Te acuerdas hermano? Además, ese idiota de Esteban no sabía lo que le convenía, debía haberse callado y haber empezado a suplicar. Hay cosas que hasta él debería saber: huye de la mujer de tu amigo policía. ¿O es que no tiene nada mejor que hacer que retozar desnudo en la cama con la mujer de un tipo que va armado? ¿Es que no ha visto que tenía una pistola y que estaba muy cabreado?

No, él no es así, siempre tiene que decir la última palabra. Maldito cabrón, no te imaginas lo que ha hecho: empezar a reírse con esa estúpida carcajada nerviosa de niño chico, menudo imbécil. Lo peor de todo es que después ha terminado gritando como una histérica. “No es lo que parece Gregorio, te juro que no es lo que piensas”.

Claro, no he podido hacer otra cosa que echarme a reír. Si lo piensas bien es bastante curioso: los dos carcajeándonos, como en nuestros buenos tiempos. Pero no sé hermano, ver a Esteban trivializando el asunto me sonaba a falso , a algo completamente vacío. Joder Mariano, ¡se ha tirado a mi mujer! Tantos años fingiendo que me respetaba y de repente me sorprende con estás cosas. Así que me he dicho: “ Gregorio, ya va siendo hora de que te busques nuevas amistades ”. No merecía la pena seguir viendo esa estúpida cara de traidor. Sinceramente, después de un día así no me quedaban ni fuerzas para perdonarle, así que lo he hecho, y se ha quedado tan quieto y tan callado que sé que ha merecido la pena. Tendrías que haber estado hermano, le he gritado intentando ponerme muy serio, pero se me escapaba la risa. “No es lo que parece Esteban, no es lo que piensas”...

Los vecinos han llamado más de diez veces y nadie ha contestado. Tienen que hacerlo, van a llamar a la Policía: una patrulla ya está en camino. Mientras tanto, y antes de terminar su carta, Gregorio se acerca al dormitorio y pasa al lado de los dos cadáveres sin pestañear. Los ojos sin vida de su mujer le sostienen cruelmente la mirada.

-No me mires así- le dice al cadáver haciendo muchos aspavientos-.¿Qué querías que hiciera?

Si su mujer pudiera hablar seguro que le daría una respuesta convincente.

Gregorio se pone su mejor traje de chaqueta y corbata y se atusa el pelo frente al espejo: van a venir visitas dentro de poco, y su padre le enseñó que con las visitas hay que estar presentable, y más aun cuando es una personalidad la que se presenta en tu casa.

Se huele el aliento con la mano: es agradable, tantas palabrotas no han hecho que apeste a enfado. Cada vez que Gregorio se enfada su estómago es como un arrecife problemático, y eso le exaspera aún más: Carolina siempre le daba un poco de bicarbonato para las molestias.

“...En fin hermano, no me lo tengas en cuenta: sé que mi mujer te caía bien, compartíais esas ideas absurdas sobre la educación progresista, pero ya sabes que a veces hay que tomar medidas un poco duras: las cosas funcionan así.

Sin más me despido, espero verte pronto. Cuida de Andrés en mi ausencia, está durmiendo en casa de un amigo y vendrá mañana por la tarde, yo tengo algo que hacer hasta entonces. Ahora que veo a Carolina durmiendo placidamente me acuerdo de lo que dijo el cura: hasta que la muerte os separe.

Un abrazo de tu hermano, que te quiere.

Cuatro agentes uniformados suben por la escalera y dispersan a los vecinos, que se agolpan como perros husmeando trozos de comida. El comisario sube detrás de ellos con paso presuroso mientras un agente de paisano golpea la puerta violentamente con los nudillos. Los vecinos están cada vez más nerviosos.

- ¡Policía!¡Abran la puerta!

Nadie contesta, los agentes uniformados casi tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano para controlar al vecindario, son una manada de urracas y hienas que se abalanzan casi babeando.

-¡Policía!¡ Abran la puerta ahora mismo o la echamos abajo!

-Sí, ya va, ya va- se oyen los pasos de Gregorio recorriendo el largo pasillo, echa una mirada al cuadro de su padre. Se acerca a la puerta y descorre los cerrojos, la abre lentamente...Un disparo repentino hace que los agentes se aparten en la penumbra del rellano, las vecinas empiezan a gritar histéricas, hay algunas que se desmayan. Dos agentes y el comisario entran violentamente. Es bastante parecido a cuando el gran cantante manda un beso a las admiradoras descontroladas, sólo que este cantante tiene una sonrisa ligeramente más fría y está excesivamente pálido.

Comienza el espectáculo: el cuerpo de Gregorio yace sobre el entarimado del pasillo con un tiro en la cabeza. Como un rubí fulgurante el agujero reluce en el cráneo, invitando a cualquiera a alejarse. Uno de los agentes- el que está de paisano- se adelanta e inspecciona el salón. Se pone los guantes de látex y coge el papel que está sobre la mesa. Lo mira de arriba abajo, después se acerca al comisario.

-Comisario- dice con una voz casi inaudible-. Hay una carta para usted.

El comisario Mariano Bánez mientras tanto, está de rodillas sobre el cuerpo, y se tapa la cara con las manos: no le importa la sangre, no le importa nada en absoluto. Dicen que los asuntos del trabajo no hay que llevarlos al terreno personal, pero es difícil cuando es tu hermano el que se ha pegado un tiro en la cabeza. El comisario ha insistido en ir personalmente al lugar al tratarse de un asunto de familia: todos los días lidia con asesinos, prostitutas, drogas, pederastas... y realidades que asustarían hasta a un asesino en serie, realidades que aunque intentes evitar, siempre te persiguen en tus sueños. Esta vez esperaba algo más sosegado; y es curioso, justo cuando has llegado a las profundidades más bajas del horror, de repente se pone peor.

Los agentes que intentan controlar a los vecinos -que exigen como derecho legítimo saber que ha pasado- empiezan a enfadarse. Uno de ellos precinta la puerta con una de esas cintas color amarillo pollo que no se sabe muy bien quién ha diseñado, y que sin ninguna duda incitan a la desobediencia con un “rómpeme” rotundo. En fin, otro ciudadano modelo que ha decidido aliñar su ensalada diaria con sangre y cristales rotos. El policía suelta su frase lapidaria de cada día y se retira al interior del recién inaugurado cementerio:

- Vamos, vamos señores. Aquí no hay nada que ver.

El Autor de este relato fué Solo , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=2260&cat=craneo (ahora offline)

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