Relatos cortos terror Asesinos en serie Muerte de un Psicópata

 

 

 

Muerte de un psicópata.

“Vanidad, quizás la más flagrante de las mentiras, arrastra al alma humana hacia aberrantes formas monstruosas; pero en el fondo de todo, el verdadero problema, la autentica búsqueda, es siempre lo mismo: la angustia existencial”

Fragmento del discurso del Doctor Nathan Wilson, director del Instituto Psiquiátrico de Menphis, para la inauguración del “XX Congreso nacional sobre origen del comportamiento criminal en los enfermos de psicopatía”, Nueva York, 1986.

1. Tai Pei.

En la soleada aldea de Tai Pei la vida transcurría con la misma calma que suele caracterizar a los orientales, casi al ritmo en el que crece la frondosa selva circundante. Era una aldea sencilla, de cabañas con paredes de bambú y techumbres de hojas de palma, con campesinos corrientes que se ganaban la vida tal y como les permitía la hostilidad del medio.

 

Pero algo nuevo sucedió el último día, un hecho que trastocará la tranquila existencia de sus habitantes para siempre. La guerra también había llegado a este apartado lugar del sudeste de Vietnam.

Mientras la mayor parte de los pobres vietnamitas permanecen aterrorizados en su hogares, tratando de proteger sus pobres pertenencias, en una de las cabañas, una muchacha, una chica de apenas 15 años, soporta entre jadeos las mordazas y la incertidumbre a la que le obligan los soldados que esa misma mañana la habían arrancado por la fuerza de los brazos de sus padres.

-Que te parece Bill, ¿que podemos hacer con esta maldita Vietcong?- dice un joven soldado americano, demasiado borracho, mientras sostiene con fuerza el cuello de la prisionera amordazada.

Bill, unos años mayor que su amigo Carl, habitualmente habría tenido el sentido común de soltar a la prisionera que habían cogido por error. Pero su estado de ebriedad, sumado a las al menos seis dosis de marihuana y caballo que se había fumado en las últimas dos horas, lo habían transformado haciéndole aflorar un fuerte resentimiento por la maldita guerra y sus malditos habitantes.

-¿Donde esta el sargento, Carl?. Avisemos al sargento, el sabrá que hacer.-dice con la única lentitud que le permiten sus adormecidas facultades.

-Esta ahí fuera, creo, fumando algo de crack con los otros. Espera, que voy a avisarle.

Una débil música, Jimi Hendrix al son de un lejano ritmo trepidante, se oye de algún lugar del exterior mientras el soldado Bill sale tambaleándose en busca de su superior.

No pasó mucho tiempo hasta que un hombre con aspecto de oficial, acompañado por otros dos soldados, todos en un estado de éxtasis alucinógeno, se adentra en el interior de la cabaña.

Al ver al sargento, la poca dignidad que con resignación había tratado de mantener la prisionera desaparece por completo. Su rostro se demuda a un completo terror, le tiembla todo el cuerpo igual que una hoja seca al compás del viento, y por primera vez hace gestos desesperados por arrastrarse lo más lejos que puede de ese grupo de hombres. Intermitentes chillidos de pánico salen de su boca que está bloqueada por una tabla de bambú a modo de mordaza.

-¡Parece que le has gustado!-dice Carl a su jefe ante la repentina reacción de la muchacha.

-Creo que esa puta está pidiendo a gritos que la echemos un polvo.-contesta el sargento, con tono grave, aún impresionado por su extraña reacción.

Los desorbitados ojos de la prisionera le observan con un terror inconmensurable mientras continua haciendo esfuerzos apenas fructíferos por alejarse. Todo es en vano.

 

-¡Vamos Johny!, sabes que no tenemos tiempo para eso, está anocheciendo y debemos volver al campamento. Soltémosla.- dice Bill en un último intento por seguir algo de su habitual sentido común.

Johny pensó durante un momento que debía hacer, cual era su responsabilidad como mando militar. Por fin se le ocurre una idea, una extraña idea que sin embargo llevaba tiempo que quería experimentar con esos malditos indígenas.

-Venga muchachos, sostenedla de pié mientras le hago yo una cosa- dice.-No tardaré mucho-

La muchacha estaba al borde del colapso, el terror la había invadido por completo poniendo rígido todo su cuerpo. Por desgracia lo que estaba por llegar sería de una brutalidad sin igual.

El sargento, como poseído por un demonio -el demonio de la droga y el alcohol pensaron entonces- extrajo el machete de su funda, y con calma, ante la mirada estupefacta de sus compañeros, comenzó a cortar, mediante pequeños pero profundos cortes, el tórax palpitante de la joven vietnamita.

La tortura duró alrededor de una hora. Horrendos gritos de sufrimiento inundaron el poblado y la silenciosa selva circundante, helando el corazón de todos aquellos que podían oírlos.

Cuando terminaron su labor, justo en el mismo momento que por fin se hacía silencio, el silencio de la muerte o el que precede a una tormenta tras otra en este caso, el sargento dio una sola orden. Los soldados cogieron sus armas, las cargaron con todo lo que tenían, y mientras duraba ese estado de euforia en el que estaban, fueron disparando casa por casa a cualquier desprevenido habitante que se encontraban. Mujeres, niños y hombres, todos cayeron por igual, sin ninguna distinción ni remordimiento.

Después de más de mil años de tranquila existencia, la aldea de Tai Pei dejó de existir para siempre.

2.El final de Martha.

El sargento Jonh Larson contaba con suministros para al menos un año. La nevera y la despensa estaban a rebosar de carne de distintos tipos, todas jugosas y bien sazonadas; alimentos que por ahora tan sólo suplían los manjares hacía poco agotados. John se sentía en la cima de la felicidad que por fin había encontrado.

Aún recordaba con añoranza sus años en el ejército, aquellos tiempos en las selvas de Vietnam que se convirtieron en su escuela particular. Para él fueron como vacaciones pagadas y siempre daba gracias a dios por haberle proporcionado tan maravillosa oportunidad.

Es cierto que tras volver como veterano, con la medalla del congreso como trofeo, no estaba bien. Era el hombre más infeliz del mundo, una piltrafa humana que acabó pasando tres tormentosos años en el Psiquiátrico Estatal de Menphis. Pero todo eso eran malos momentos, los traumas típicos de un adolescente que abre los ojos a la vida. Ahora sin duda era un hombre muy muy feliz.

Todavía se recrea por las noches, antes de dormir, en aquellos hermosos momentos en las aldeas, cuando él con algunos hombres de su destacamento torturaban y experimentaban con los bellos-malditos aldeanos que se resistían a decir la verdad; alcanzaba el orgasmo al visualizar en su mente como entre los gritos ¿de placer? les extraía con lenta brutalidad sus órganos por el tórax o la ingle. Siempre, cuando terminaban su trabajo, quedaba con la sensación de que había limpiado de todo mal a esa gente, pero su conciencia se enturbiaba por falsos prejuicios de niño mimado.

 

Gracia a dios los doctores le ayudaron a verlo todo desde su auténtica perspectiva. Engañados por su privilegiado estatus, le decían que no estaba mal lo que había hecho, había cumplido con su deber como soldado, como héroe de guerra, y no debía avergonzarse de recordarlo, sino más bien tratar de extraer conclusiones y enseñar a los demás las partes útiles de su experiencia.

El sargento Larson estaba cumpliendo con su deber como ciudadano americano, y a su quinta esposa, la bella y jovencísima Martha Larson, la había educado como es debido.

John había preparado con meticulosidad militar la mesa para la cena. Un mantel limpio, el mejor que tenía heredado de su querida y difunta madre, dos velas aromatizadas, tal y como le gustan a Martha, y una suculenta cena realizada según sus mejores conocimientos culinarios: Hígado de vaca a la pimienta.

En la cocina tan solo se vislumbraba los rostros de ambos, marido y mujer, a la suave luz de las velas. Esto creaba un círculo de luz acogedor que oscurecía el extraño mundo de Larson que les rodeaba, el mundo de un psicópata homicida.

Estaban celebrando su primer aniversario de matrimonio, un día especial en el que recordaba con alegría como encontró a Martha durante una cálida mañana de Abril por un perdido pueblo de Texas. Había hecho de esa joven adolescente alocada una perfecta esposa, un ejemplo de civismo para el resto de las mujeres con las que estuvo y a las que tan solo pudo aguantar unos meses. Martha era para él el culmen de su trabajo, y lo que aún era mejor, había ganado en belleza durante el último año. Ahora le recordaba a su anciana madre.

John comía con afán voraz su plato humeante de carne mientras echaba ojeadas, entre bocado y bocado, a su esposa que estaba sentada en una silla justo al otro lado de la mesa.

-Cariño, no has probado la comida, ¿acaso no te gusta lo que te he preparado?.

No obtuvo respuesta y eso, como era habitual por su rudo carácter militar, comenzó a preocuparle.

-¡Vamos vida!, olvídate de la discusión de anoche, yo te sigo queriendo como siempre. Pero ya sabes, debes obedecerme como te enseñé.

A John no le gustaba nada que no le respondieran cuando hablaba, y menos ella que es una mujer perfecta. Para él era su esposa, su propiedad y de ningún modo debía permitir que hiciera lo que quisiera.

Seguía sin haber respuesta.

Su porcino rostro, antes risueño, comenzó a enrojecerse mientras unos bulbosos ojos de ira parecían proyectarse como misiles sobre su impávida mujer.

-¡Vamos puta, contéstame, o te aseguro que esta noche te haré tragar tus propias tripas!- aulló escupiendo minúsculos trozos de carne y saliva por todas partes.

Una dulce voz, una voz de fantasía que recordaba a la de los cuentos infantiles que proyectaban cada día por televisión en su niñez, le llegó apenas perceptible desde su propia cabeza.

-Perdona amor mío, no es que no me guste lo que haces por mi, pero esta noche tengo una terrible jaqueca. Yo te sigo amando muchísimo.

A John, ahora furioso, esas simples palabras no le servían para redimir la ofensa que acababa de infligirle, y ella debía hacer algo más por él para evitar el severo castigo que ya estaba pensando.

 

-¡Si es verdad que me quieres, come lo que te he puesto en el plato!-dijo mientras se removía inquieto en la silla.

El rígido cuerpo de Marta continuó sentado sin hacer el mínimo gesto de obedecer, como si ignorará o no temiera a lo que su marido podía llegar a hacer. En realidad, algo nuevo estaba pasando por su cabeza en aquellos momentos, algo inusitado y terrible.

La situación se comenzaba a poner muy fea para Larson, y cuando iba a levantarse para darle una lección a su esposa, unas extrañas voces, gritos ahora roncos de su mujer, comenzaron a llegar a sus oídos como respuesta.

-¡No cabrón, no pienso obedecerte!, ¡Sufre mi ira!

Esa voz era por completo extraña, y no es raro que aún tratara de desentrañar su origen cuando un fuerte dolor comenzó a recorrerle desde el brazo izquierdo hasta el pecho.

Tras un momento de estupefacta vacilación se pudo percatar de esa terrible punzada que le estaba cortando la respiración. Por un instante contempló como Marta cambiaba su rígido rostro a una sonrisa de burla y malicia.

Las palabras entrecortadas de Larson fluían entre furibundos jadeos de sufrimiento.

-¡Aaaaggghhhh!...!Te estas....aaaggghhh....te estas burlando de mi!- dijo torciendo la boca en una horrible mueca.

Durante unos críticos instantes en el que se le nubló la vista, en ese momento vio como Martha volvía a ser la irreverente muchacha que encontró por las calles, las fuerzas le abandonaron estando a punto de perder la conciencia por completo. No obstante enseguida sintió como poco a poco se iba recuperando de ese inexplicable malestar.

Cuando hubo vuelto en sí, el dolor se había transformado en un simple calambre, no vaciló ni un momento. Agarró el primer cuchillo de cocina que podía alcanzar con la mano y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el cuello de su ahora ex esposa.

Habitualmente el cuchillo debería haber asestado un profundo y mortal corte en el cuerpo de cualquier persona, pero no en el de Martha Steinner en su estado actual. La punta de la enorme hoja de acero golpeo de lleno en su cuello, pero en lugar de herirlo, el tremendo impacto hizo que la cabeza se desgajara casi completamente del cuerpo como una rama seca.

La momificada cabeza de Martha quedó colgando por un fino hilo de piel reseca, ahora transformada en algo semejante a un cuero marrón oscuro, y así permaneció hasta que Jonh decidió rematarla mediante otro golpe más certero.

-¡Ahí tienes tu merecido zorra!- dijo cuando hubo terminado de ejecutar al cuerpo sin vida de su última víctima.

3.Malos presagios.

-Jonh Adams Larson, 59 años, nacido el pueblo de Segador, Texas. Se crió en una familia adinerada de ganaderos hasta alistarse en el cuerpo de marines a los 18 años. Fue destinado en Vietnam desde 1968 a 1972, donde sirvió como sargento en el cuerpo especial de infantería. Su labor obteniendo información de los espías vietcong le valió la medalla del congreso...-

-¡Me estas diciendo que ese hijo de puta es un héroe de guerra!.

-Sí-continua el agente del FBI- pero aquí dice que también fue juzgado por posibles crímenes contra la humanidad. Sin embargo parece que el caso fue cerrado por falta de pruebas.

Tom, el teniente de homicidios de Sacramento, escucha estupefacto el informe del sospechoso.

 

-Seguramente lo taparon. Aquellos años no eran momentos para poner en duda la heroicidad de los soldados americanos, ¿verdad?- dice con desconfianza.

-Eso parece. Desde luego no terminó en sus cabales. Al volver de Vietnam paso tres años en un psiquiátrico estatal hasta que lo soltaron en 1976.- responde Louis, terminando de leer el informe.

Durante un momento el silencio reina entre ambos. Parecen reflexionar sobre los datos que poseen y que tan lejos les ha llevado.

-Es él, estoy seguro- concluye Tom.

El coche de incógnito en el que hablan en ese momento los dos agentes, un moderno Saab azul, permanece aparcado junto a una acera frente a la casa de Larson.

A pesar de ser una noche cálida de primavera mantienen las ventanillas subidas para pasar así desapercibidos ante el paso de cualquier transeúnte. Las comunicaciones por radio son constantes con los distintos cuerpos de policía que se han coordinado para la detención y el rescate de algún posible superviviente, aunque ya casi nadie espera que esto último sea posible puesto que la última victima fue secuestrada nada menos que hacía un año.

El rastreo del secuestrador, al que la prensa llamaba “el hombre del saco” por la limpieza y rapidez con que se llevaba a sus victimas para siempre, fue en extremo complicado. Su movilidad era casi infinita por cualquier estado del país, y sin duda jamás se habría identificado con un mismo individuo de no ser por las cartas que con habilidad hacía llegar a los parientes de las victimas. En ellas hablaba de distintos aspectos de su supuesta vida de matrimonio, cosas corrientes, típicas de cualquier pareja felizmente casada, si no fuera porque él se había llevado a unas niñas indefensas por la fuerza.

Tan solo un descuido, una minúscula huella dactilar dejada en el dorso del sello de una de las últimas cartas que se enviaron a la familia Steinner, permitió dar por fin con el presunto culpable.

Así terminaban cuatro años de intensa investigación.

-El senador Wallace ha pedido que le informemos con la mayor puntualidad posible acerca del estado en que se pueda encontrar su sobrina-dice Tom.

Louis, aparentemente sorprendido, lo observa un momento con cara de pocos amigos, mientras piensa con detenimiento que contestar.

-Tom, no debería decirte esto, pero sabemos que Mary hace tiempo que está muerta.

-¿¡Cómo!?-pregunta Tom moviéndose con brusquedad hacia su compañero, como buscando una respuesta mas precisa en el angustiado rostro de Louis.

-Verás Tom- contesta con tono aún más bajo -esto es confidencial, no debe saberlo nadie.-por un momento duda acerca de lo que va a desvelar, aunque antes de que Louis pueda decir algo más continúa- Lo cierto es que al recibir la primera carta la familia del senador, encontramos algo que al principio paso inadvertido a todos. Había una pequeña mancha en el sobre, algo apenas visible a simple vista. El laboratorio desveló que se trataban de restos de tejido humano que las pruebas de ADN identificaron como de Mary...Análisis más profundos lo determinaron como restos de su hígado...

Durante unos instantes el agente del FBI guardó silencio, luego sigue hablando mientras observa con cierto pesar a su compañero.

-Tom, Mary esta muerta, y es posible que el secuestrador se la haya...

-Lo sé, no me digas más.-dice Tom con gesto resignado.

 

En ese momento unas extrañas voces se oyen desde el interior de la destartalada casa de Jonh.

4. La Guarida de los horrores.

A John, el incipiente infarto que le había comenzado hacía unos instantes, volvió a golpearle de nuevo con sorprendente fuerza. Su ira sobrehumana le permitió permanecer aún de pie mientras su corazón se iba apagando poco a poco. Estridentes risas de todas sus victimas inundaban sus oídos de manera caótica lo que no hacía sino aumentar su furia que estaba llegando a la máxima y fatal expresión. Con la mandíbula apretada y la mano en el pecho, trataba de soportar como podía ese extraño e insufrible dolor.

-¡Todo esto es culpa tuya zorra!- le grita a la cabeza inerte de Martha, que ahora reposa boca arriba en el grasiento suelo de la cocina.

-¡Lo vas a pagar muy caro!- continua, mientras con el único puño libre comienza a golpear con todas sus fuerzas los tétricos despojos a los que se dirige.

Es entonces cuando los agentes, que se habían estado acercando para rodear la vivienda desde hacía veinte minutos, reciben la orden de intervenir, y como un ejercito al asalto perfectamente preparado, revientan una a una las puertas y ventanas de la casa.

Tom y Louis entran los primeros por la puerta principal. Con el arma en las manos, siguiendo los mismos movimientos de defensa que ya aprendieron hacía largo tiempo en sus respectivas academias, llegan por fin a la cocina donde Larson los espera en pie. Apenas le quedan fuerzas, y les observa sosteniendo el mismo cuchillo con el que ejecutó a Martha como única defensa.

-¡Al suelo!, le gritan la multitud de agentes que ya lo habían rodeado.

John, en un último y desesperado esfuerzo, intenta abalanzarse con el cuchillo en alto sobre el agente Tom.

No fue necesario realizar ni un solo disparo.

Su abotargado cuerpo apenas da un paso cuando cae sin vida al suelo. El corazón se le había parado definitivamente.

Los agentes permanecieron un rato observando horrorizados los restos momificados de Marta Steinner, una jovencita de buena familia, que con tan solo 14 años desapareció misteriosamente hacía un año.

El cuerpo inerte de John había caído junto a los restos de la aplastada cabeza de la chica, quedando ambos cara a cara, de manera que los desorbitados ojos de Larson observaban inconscientes las cuencas oculares vacías del deforme cráneo de Martha.

Algunos de los agentes no pueden resistir la repugnancia que les produce la escena, y salen a toda prisa de la escena del crimen a vomitar.

Eso no era lo peor que les aguardaba esa noche en el interior de la casa de los horrores.

Con meticulosidad, los agentes comienzan a hacer el registro buscando con pocas esperanzas algún superviviente. Al poco tiempo algunos de ellos llegan a la entrada del dormitorio de Jonh.

Con un ariete del cuerpo especial de policía consiguen abrir la resistente puerta de madera que había sido cerrada con llave, y por fin acceden a la oscura habitación. Un intenso olor a podredumbre inunda el pasillo despertando en todos los peores temores.

Las linternas de los agentes alumbran desordenadamente el interior del habitáculo y poco a poco se ven, como espectros vueltos a la vida por el efecto de los focos en movimiento, los terribles rostros de aquellas en otro tiempo personas. Seres paralizados en una agonía ancestral y demoníaca es todo lo que queda de esa larga búsqueda.

 

Las cabezas momificadas de sus víctimas pendían del techo colgadas por sus propios cabellos, y la momificación era tan burda, que de muchas de ellas trozos de carne y piel reseca se habían desprendido dejando ver partes de una materia amarillenta, una sustancia cerosa que no podía ser otra cosa que sus huesos craneales.

La lúgubre bombilla eléctrica del dormitorio, una vez encendida, dejó ver mucho más.

Alrededor de la vieja y sucia cama de Larson no solo estaban las cabezas de sus víctimas, sino que como árboles muertos, sus cuerpos decapitados yacían desnudos en el suelo. Grandes manchas grasientas los rodeaban, sin duda frutos del lento pero continuo goteo de los fluidos internos de los cadáveres durante el lento proceso de momificación, lo que había llevado a que muchos de estos integraran parte de sus masa corporal con el lugar en el que yacían fundiéndose con el mismo.

En las paredes, fotografías de diversos momentos de las jóvenes justo antes de morir, y ya durante el comienzo del proceso de conservación, posaban, siempre con rostros deformes por un indecible pavor, junto a su brutal asesino. John las vió como retratos de boda y de sus felices vidas de casados.

En la nevera y la despensa hallaron abundantes trozos de los órganos de las víctimas mezcladas con piezas de carne de animales. Todo estaba especialmente condimentados para un futuro banquete. Tardarían aun semanas en identificar la correspondencia de cada uno de estos restos con los cadáveres encontrados.

En un armario especialmente cuidado, oculto en el desván de la casa, se encontraron, junto con recuerdos familiares y objetos de su vida de soldado, antiguos despojos de las distintas víctimas por las que el sargento Larson había comenzado su carrera de psicópata profesional. Un estudio pormenorizado de los mismos, entre los que se encontraban dedos, orejas, trozos de distintos órganos vitales, huesos etc. todos perfectamente disecados, contabilizó al menos treinta y cinco individuos, casi todos femeninos.

Las noticias y las escasas fotografías e imágenes que pudo obtener la prensa transformaron el título de “hombre del saco” por el de “la bestia de sacramento”, lo que hablaba por si sólo de la tremenda conmoción que este caso sacudió al país durante años.

John Adams Larson entraría dentro de las crónicas de los grandes asesinos del siglo XX en Estados Unidos, junto con Albert Fish y Ed Gein, lo que le haría permanecer en la fecunda imaginación popular, con el tiempo se transformaría en folklore nacional, muchos siglos después de que la verdad del caso se hubiera olvidado excepto para unos pocos eruditos y especialistas. En cierto modo, la Bestia de Sacramento viviría para siempre.

5. La muerte de Larson.

-¡Al sargento John Larson no le da nadie órdenes!- grita John mientras hunde el cuchillo sobre el desprevenido cuerpo de Louis.

Es mediante ese brutal gesto cuando se da cuenta de que algo nuevo le ha sucedido, algo inesperado. El fortísimo dolor que padecía por fin ha desaparecido como si nunca existiera, pero lo que aún es más extraño para la perturbada mente de Larson, al agente que había osado intimidar su morada no solo le ha clavado el cuchillo en el pecho con la facilidad con la que se hunde en la mantequilla, sino que además le ha hundido el brazo hasta el codo. Con sorpresa contempla como el maldito policía no parece haberse inmutado ante esa brutal herida, y permanece ahí, de pié, con el brazo de John hundido en el cuerpo, y él indiferente apuntando su arma hacia algún lugar detrás de ambos.

 

-¡¿Que pasa malditos, cómo os atrevéis a entrar en mi casa sin mi permiso?!- grita aturdido por los extraños sucesos que le están aconteciendo.

Larsón, con toda la violencia que le permiten sus restauradas fuerzas, retira el brazo con el cuchillo en la mano de la que debería ser su nueva víctima, y observa, con los primeros síntomas de un terror que se promete creciente, cómo ni en el cuerpo del policía ni en su brazo, ha quedado una sola gota de sangre.

-¡¿Quiénes sois!?-grita desesperado-¡Sois demonios que habéis venido a destruir mi felicidad!.

John, en una mezcla de inconmensurable confusión e ira, comienza a apuñalar en vano a todos los policías allí congregados, corriendo alocadamente de un lado para otro, sin conseguir otra cosa que ahondar más en su demente carrera hacia la desesperación.

Tras un rato de frenéticos movimientos por la casa, John queda paralizado. No puede comprender lo que está sucediendo, es inconcebible que a un buen ciudadano como él le pretendan hacer daño de esa manera.

Por fin se deja caer sobre el suelo de la cocina sin percatarse todavía de su propio cuerpo que yace inerte a su lado.

Durante un instante, en su cabeza el tiempo transcurría mucho más despacio que en la realidad, permaneció sentado, removiéndose con inquietud, hasta que adquirió la relajante postura que sólo se puede encontrar en la posición fetal. Durante esos interminables momentos se introdujo en recuerdos de su feliz infancia en Texas, casi en un estado de hipnosis paranoica que trataba de alejarlo de la terrible realidad que estaba viviendo.

De vez en cuando sus ojos se dirigían inconscientes hacia el cuerpo recién muerto que tenía al lado. No se reconocía, ese no podía ser él, ya que en su cabeza se imaginaba como un hombre apuesto, un soldado muy afortunado que atraía a las mujeres por su irresistible belleza. Era imposible que él fuera esa denigrante figura ahí tendida.

Por fin los sucesos le devolvieron a la realidad de nuevo. Un fuerte golpe en algún lugar de la casa, los agentes acaban de abrir la puerta de su dormitorio, es seguido de unas familiares voces que poco a poco se acercan a donde esta postrado. Al principio mira alrededor de la cocina sin ver de donde procede ese ruido. Al cabo de un rato, cinco jóvenes chicas se hacen visibles como fantasmas surgidos de una tumba. Le están observando con gesto neutro, unos rostros que no trasmiten ningún sentimiento, un vacío infinito que le aterroriza más que la propia aparición.

-¡¿Qué queréis zorras?!- grita tratando de mantener la compostura desde su posición en el suelo.

La forma de las chicas había vuelto a su aspecto de antaño, el mismo que tenían el día que las arrastraron de sus hogares para siempre. Pero en esta ocasión sus fríos rostros mostraban en su objetividad la brutalidad de la venganza que estaba por llegar, algo terrible que Larson sin duda podía intuir.

Las voces de las mujeres se oyeron al unísono, como un coro de sopranos, con voces roncas y enfurecidas situadas en un punto entre el más allá y la realidad cotidiana.

 

-Hemos venido a darte tu merecido, cariño-

-¡Dejadme en paz malditas putas!-dice Larson que de nuevo se

debate entre la furia y el terror.

-¡No podéis hacerme nada, sois mi propiedad, mi derecho, y todas me debéis obediencia y agradecimiento por lo que he hecho por vosotras!-grita con tono cada vez más amenazante.

Las cinco esposas permanecen quietas, alineadas como un muro inmutable, mientras escuchan lo que dice. Pero en esta ocasión una leve sonrisa de malicia se comienza a dibujar en sus pálidos rostros.

-¡No te preocupes amor mío!-comienzan con un tono casi infantil, el tono de mujeres enamoradas y sumisas que tanto le gustaba-¡estamos muy agradecidas, hemos vuelto a ayudarte, te devolveremos a tu cuerpo...para siempre!, ¡para siempre!, ¡para siempre!...

El grito repetitivo de sus últimas palabras, mezcladas con infinidad de terribles risas y bufidos procedentes de algún lugar indeterminado de la casa, le obligan a taparse los oídos mientras cada vez cae más exhausto, sin fuerzas, hacia sus propios recuerdos. Cuando ya no puede más se rinde inconsciente ante lo desconocido.

Está soñando de nuevo con su niñez y ya nada le importa, nada le puede afectar en ese lugar de fantasía. El mundo vuelve a ser sólo suyo. Esta volviendo a nacer.

6. Un largo sueño.

-¡Vamos Johny, despierta!, ¡venga hijo mío, vuelve con nosotros!

La voz de su madre se oye como una dulce melodía, pero el se resiste a despertar, aún no puede.

-¡Hijo mío, ya todo a pasado, despierta Johny!.

Las súplicas se mezclan con sollozos de desesperación.

-Mamá, déjame dormir un poco más, no puedo levantarme- dice todavía con los ojos cerrados.

-¡Hijo, te quiero mucho, despierta, ya ha pasado todo!.

Poco a poco a Johny le comienzan a llegar sonidos intermitentes de alguna otra parte, sonidos muy familiares. Unas sirenas de policía o ambulancia se están acercando. El murmullo cercano de una multitud que le rodea. El leve susurro de un río.

Por fin abre los ojos con lentitud, casi con miedo, temiendo lo que se pueda encontrar.

Su madre está a su lado, sosteniéndole la cabeza en su regazo, y una multitud de gente y policías están a escasos metros hablando con su padre.

Él está desnudo, tendido sobre una manta en medio de un bosque.

-Mamá, ¿qué ha pasado?.

-Nada hijo, no te preocupes. Tu solo descansa.- Responde sin apenas poder disimular las lágrimas que desde hacía días surcaban su envejecido rostro.

Johny se da cuenta de inmediato que no hacía falta que le dijeran lo que había sucedido, lo recordaba todo. Como en una pesadilla, podía evocar cada momento de lo había pasado en tan poco tiempo.

Ahora, a salvo en los brazos de su madre, comienza a rememorarlo con cierta fascinación.

Hacía unos días, no estaba seguro de cuántos, un hombre malvado, muy malvado, le había cogido por la fuerza en su coche cuando se dirigía andando al colegio por la James Road. A partir de ese instante todo se volvió oscuridad.

Cuando despertó, ese hombre le retuvo encerrado y completamente desnudo en el interior de una oscura cabaña en el bosque.

A Johny le habían estado violando de varias perversas maneras durante todo ese largo periodo. Lo sabía muy bien, hacía muy poco lo había vivido con toda su crudeza y dolor, aunque ahora prefería no evocarlo pues resultaba demasiado doloroso. Algo más intenso le rondaba la cabeza, un hecho que consideraba determinante en su vida.

 

El último día, justo antes de que lograra escapar de ese infierno, con mucha paciencia consiguió librarse de las cuerdas que lo tenían inmovilizado. El hombre se había marchado a algún sitio no hacía mucho rato, por lo que sin duda estaría de vuelta muy pronto.

Ese pobre niño, exhausto y desnudo, pudo haber escapado de allí sin ningún problema, tenía tiempo de sobra y la cabaña estaba llena de huecos por donde escabullirse. Pero no lo hizo.

Durante un buen rato buscó algo a tientas en el interior de la oscura habitación, tropezando de un lado para otro con infinidad de objetos, hasta que por fin encontró lo que tan ansiosamente buscaba, se trataba de un viejo cuchillo oxidado que aun podía servir.

Johny estuvo esperando de pié tras la puerta, sin nada con lo que poder cubrirse, soportando los terribles dolores que les propinaban las múltiples heridas y contusiones, durante tres largas horas.

Por fin el hombre llegó en su viejo Chevrolet.

Cuando cruzó la desvencijada puerta de la cabaña se quedó paralizado, más por la sorpresa que por miedo, al ver que el joven niño que había secuestrado para darse placer unos pocos días antes, le esperaba allí, completamente desnudo, con un viejo cuchillo en alto.

Su sorpresa no duró mucho, pero si lo suficiente para que John, entre gritos de ira y rabia le diera la primera puñalada justo en el corazón.

El hombre cayó mortalmente herido al suelo, con el rostro crispado por el terrible dolor. Para ese niño no era suficiente. Durante diez minutos continuó apuñalándolo con todas su fuerzas hasta que convirtió el cuerpo del hombre ya cadáver en una masa sanguinolenta apenas reconocible.

Cuando se hubo rendido por el agotamiento y la exasperación de apuñalar a un monstruo hacía rato muerto, salió corriendo de ese lugar hasta que cayó inconsciente en algún punto desconocido, en un lugar entre la vida y la muerte.

Un cazador lo encontró en un bosque de las Rocosas tan solo doce horas después. La policía y equipos de salvamento no tardaron en personarse en el lugar junto a su familia, que por fin tenían noticias esperanzadoras tras una semana de indecible sufrimiento y angustia .

-No te preocupes mamá, todo ha pasado. Estoy bien, de veras- le dijo a su madre tratando de tranquilizarla.

Esta le abrazó con fuerza mientras de nuevo las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro, ahora lleno de dicha y felicidad. Estaba convencida de que todo volvería a ser como antes, de que aquello quedaría como un mal sueño que el tiempo curaría.

Pero Johny no estaba bien, nunca más volvería a ser el buen chico de antes al que todos amaban.

Tenía tan solo nueve años y había descubierto un placer muy morboso. La sangre.

7. El funeral.

Michael Burn no era un hombre al que le gustaran demasiado ese tipo de cosas, pero lo cierto es que recordaba con añoranza a la familia Larson, incluido al joven Johny antes de que se marchara al ejercito. Había padecido con gran dolor como ese niño cariñoso, siempre presto a ayudar a cualquiera, religioso como pocos, fuera tentado por las manos del mismísimo diablo tras su desaparición ya hacía demasiados años. Por esa razón, cuando le pidieron esos hombres del FBI que celebrara una sencilla ceremonia en secreto frente a su tumba, no se pudo negar.

 

El cuerpo de John constituyó un problema desde que se dio por cerrado el caso dos meses después de su muerte. Por cuestiones judiciales no podía ni ser donado a un instituto anatómico, ni ser incinerado, ni tan siquiera podía ser enterrado en un lugar conocido en prevención de posibles profanaciones por parte de los familiares de las víctimas, o por su propio club de fans.

Por eso, cuando alguien en el ministerio de defensa descubrió que existía un nicho de la familia Larson en el cementerio público de su ciudad natal, el juez ordenó que se le diera allí sepultura con el mayor secreto posible.

El cuerpo de John, tras ser realizados los análisis anatómicos y forenses necesarios, fue embalsamado con muy buenos resultados bajo costos del estado. Lo que el gobierno no sabía es que la funeraria encargada se quedó suficientes recuerdos de sus órganos como para poder vendérselos por partes a los ambiciosos coleccionistas durante años.

Por fin, una soleada mañana de Octubre, en esos parajes siempre hacía calor incluso durante los más rigurosos inviernos, dos hombres del FBI, el anciano pastor luterano de la población, y el aún más decrépito enterrador, dieron su último adiós al cuerpo de Larson. El viejo nicho, que estaba a ras de suelo, fue cerrado con ladrillos y puesta la lápida en presencia de todos. Tan solo un número y un nombre falso permitía identificar el lugar; y por extraño que parezca, el paradero de uno de los más crueles asesinos de este siglo permaneció en el anonimato para siempre.

Un cuerpo embalsamado tarda alrededor de cinco años en descomponerse por completo casi en cualquier lugar del mundo, pero no en el cementerio de Segador, Texas. Allí se puede decir sin temor a equivocarse, que el cementerio público constituye un depósito de habitantes momificados con mayor o menor acierto según el lugar donde le haya tocado a cada uno. John había recibido uno de los mejores emplazamientos para este involuntario fin.

Tanto es así, que cuando despertó nueve años después, justo en el instante en el que se había reunido de nuevo con su familia tras el terrible secuestro del que fue objeto por el famoso pederasta asesino de Jacksonville, Florida, su cuerpo seguía estando prácticamente intacto.

Al principio no fue consciente de su situación, y aún tardo varias horas más en despertar por completo de su largo sueño. Cuando por fin se dio cuenta, atrapado en su propio cuerpo, de que había sido encerrado en algún lugar oscuro y asfixiante, su espíritu atormentado consiguió darle por última vez vida a las agarrotadas articulaciones. Los músculos, ya finos y quebradizos como correas de caucho, se tensaron hasta golpear con tremenda fuerza la tapa del ataúd. Ese golpe consiguió abollar la vieja madera, pero en cambio ya no podría volver a colocar los brazos en la cómoda posición en la que estaban, y esto, como pudo constatar mucho tiempo después, tan sólo contribuiría a aumentar el largo suplicio que había comenzado.

Durante años el viejo cementerio de Segador fue objeto de extraños sucesos. Lejanas voces y gruñidos se oían en ocasiones cuando alguien se acercaba a la zona sur. Incluso un grupo de parapsicólogos, todos estudiantes procedentes de Nueva York, se personaron en el lugar alertados por un documental acerca de mitos y leyendas de la vieja Texas. La investigación se realizó a toda prisa a causa de los recelos interpuestos por los habitantes de la zona. Como única conclusión del estudio se dedujo que el cementerio estaba embrujado.

 

A lo largo de veinte años más el lugar continuó utilizándose como última morada para los habitantes de la poblaciones cercanas, siempre evitando la zona sur que ya había sido convenientemente cercada. Poco a poco la gente dejó de enterrar a sus amados parientes en un sitio que creían era morada del demonio. Por fin, cuando ya no hubo nadie que ni se atreviera a entrar allí, dejó de emplearse por completo y se abandonó el cementerio a su propia suerte.

8. El fin de los tiempos.

John Adams Larson, muerto a los 59 años de un infarto al corazón en su propia casa cuando iban a detenerle, llevaba ya un siglo morando en su cuerpo momificado, encerrado en lo que una vez fue un cementerio al oeste de Texas.

Las víctimas y sus parientes ya hacía tiempo que habían muerto y estaban olvidadas, pero no para él, que cada día, cada momento de su miserable no muerte, acudían a su cabeza para atormentarle.

Si durante su paso por la vida todo fue un completo engaño, sus primeros siglos muerto no fueron muy diferentes. Sentía como su cuerpo degeneraba año tras año y no encontraba una clara explicación para ello. Sus frágiles miembros, sus órganos ya inexistentes desde que se los extrajeran al poco de morir, sustituidos por algo semejante a una mullida almohada de algodón, su cerebro reducido a polvo, ojos que ni tan siquiera eran de cristal, tan sólo una pasta cerosa que mantenía rellenas sus cuencas oculares, todo ello no era cierto para él, que lo único que contemplaba era la preservación eterna de su perfección, de esa vida que tan hipócritamente había adorado.

Con el tiempo Johny, aquel hombre que en su niñez había sido un devoto servidor de cristo en la iglesia de su localidad, comenzó a convencerse de que le había tocado pasar ese tormento para limpiar sus pecados antes de que su cuerpo resucitara definitivamente el día del juicio final. John aprendió a verlo todo como una última oportunidad para ganarse el cielo antes de que ya no hubiera remedio. Por esta razón, poco a poco, aprendió a comprender lo que había sido su vida, y se dio cuenta, no con poco dolor, de los terribles actos que había cometido como el buen hijo de Dios que siempre se había considerado.

Estaba alcanzando el verdadero arrepentimiento, y durante dos siglos más estuvo pidiendo perdón a los fantasmas de las víctima que por su parte no paraban nunca de atormentarle segundo tras segundo en su recuperada conciencia.

Por fin, un buen día, en la oscuridad de su tumba, ellas consintieron en darle el perdón y esto supuso el momento más feliz de su triste cautiverio. Había encontrado la paz, y ya se consideraba un hombre nuevo, un alma purificada digna de ser recibida en el paraíso celestial.

Tras ese día, muchos siglos después de su muerte, esperó en silencio a que llegara el milagro de la liberación.

Aún tardaría ochenta y cuatro años más en conseguir la oportunidad que tanto anhelaba.

El cementerio de Segador comenzó a ser visitado por niños y bándalos al poco tiempo de ser abandonado. Varias lápidas fueron arrancadas de su lugar, y muchos de los viejos nichos abiertos con la esperanza de contemplar los fascinantes tesoros que albergaban en su interior. Sin embargo, para cuando se había abandonado, el cementerio ya era viejo, un lugar en proceso de ruina que aún lo era más en la zona sur, cerrada al paso de cualquier visitante o a algún cuidado mucho tiempo atrás.

 

La tumba de John se situaba en un imponente bloque constructivo de nichos funerarios de finales del S.XIX, por eso no es de extrañar que ante la falta de cuidado, y debido a los pobres materiales empleados en su construcción, comenzara a derrumbarse tan solo unos años después.

Los muchachos, y algún que otro saqueador oportunista, habían abierto ya algunas de las tumbas de las plantas más altas, incluidas entre otras la de los padres de John y la del reverendo Michael Burn, que murió un año después de asistir al entierro, lo que aceleró aún más el proceso de degradación del mausoleo. Johny, que de buena gana habría deseado que le sacaran de su prisión aunque fuera de una manera tan irreverente, observaba impotente como la fortuna no estaba de su lado, de tal modo que para cuando se abandonó el cementerio, un abundante manto de arbustos espinosos habían crecido justo frente a su lápida, lo que hacía prácticamente imposible su acceso. Con el tiempo su suerte no mejoró, de tal manera que cuando comenzaron a hundirse los nichos más altos, a lo único que condujeron es a cubrir y proteger como una cápsula atemporal la tumba que se había convertido en su infierno personal.

Durante todo este tiempo John seguía gritando de agonía, en especial cuando percibía la presencia de alguien, pero nadie nunca fue capaz de adivinar de donde procedían exactamente esos ruidos, y lo que en realidad consiguió es que la gente, que ya no recordaba porque se dejó de enterrar a los difuntos en ese sitio, se mantuviera siempre alejada de lo que llamaban “el susurro de los malditos”.

9. Un hallazgo extraño.

-Oye Burny, ¿recuerdas lo que dijo aquel viejo granjero sobre este lugar?, ¿tu crees que es cierto?-

Burny se detuvo un momento de su labor y miró indulgente a su joven y, porque no decirlo, con pocas luces amigo Ben.

-¿Que te va a decir un viejo paleto de pueblo?. No te creas todas esas paparruchadas.-contesta al tiempo que vuelve a su labor.

Ben se detuvo también un instante, como tratando de asimilar la respuesta, y de nuevo continuó extrayendo tierra del interior del hoyo.

Los dos amigos, buscadores de tesoros de profesión, continuaron apartando las finas arenas que constituían el desierto de lo que fue el antiguo estado de Texas. El calor, incluso en pleno Diciembre, era insoportable a esas horas, llegando a alcanzar en algunos momentos los 45ºC.. Por suerte, por aquellos tiempos, los trajes de preservación térmica eran habituales para todo el mundo, y por supuesto ellos estaban convenientemente ataviados con un par de ellos.

Durante horas los dos hombre continuaron trabajando entre cortos periodos de descanso. Sus atuendos, de aspecto metálico, brillaban en la lejanía confiriéndoles el aspecto de dos astronautas llegados a un planeta desértico y repleto de dunas, buscando tal vez un fragmento de roca que llevarse a la tierra.

-Burny- dijo al rato su joven amigo - ¿de que periodo dices que es este cementerio?.

-Del siglo XX. Ya te lo he dicho, es del periodo tardo republicano.-

 

Burny y Ben se detuvieron un momento para contemplar el trabajo que habían hecho. Un agujero irregular de unos seis metros de diámetro por otros tres de profundidad se abría en mitad de la desolación de ese territorio. Ya abundantes restos de cascotes y algunos fragmentos de huesos habían sido extraídos durante el trabajo, lo que confirmaba que estaban en el lugar correcto, la necrópolis del antiguo pueblo de Segador.

-Muy bien - dijo Burny mientras examinaba las pocas evidencias visibles- Mira, aquí ya salen restos de un antiguo mausoleo.

Ben asintió con la cabeza mientras se adentraba junto a su amigo en el interior de la excavación.

-Sí, y mira. Aquí comienzo a notar algo duro con la pala.- dijo señalando un punto junto a una pequeña tapia de ladrillos.

Ambos se pusieron a limpiar el lugar con palas y cepillos lo mejor que les permitían las escurridizas arenas. Tras un rato de intenso trabajo, el sofocante calor no ayudaba nada en esas circunstancias, dejaron al descubierto las primera evidencias sólidas: Un rectángulo de ladrillo y cemento de unos tres metros de largo por uno y medio de ancho que parecía continuar a los lados, y sobre el que aún se depositaban algunos restos de madera y hueso muy mal conservados.

Burny fue el primero en hablar una vez que hubieron acabado.

-Esta bien amigo.- dijo con la respiración entrecortada por el esfuerzo- Apuesto lo que quieras a que bajo los restos de este nicho tenemos un muerto intacto.

Ben sonrió ante las expectativas de encontrar algo que vender en el mercado de antigüedades de Austin.

-¿Tu crees que nos haremos ricos?-preguntó feliz.

Burny, que estaba satisfecho por haber encontrado algo tras tanto esfuerzo, contestó con tono alegre a su fiel compañero.

-¡Nunca se sabe, nunca se sabe!-

Los dos hombres, ahora con la ayuda de un par de taladros eléctricos del tamaño de bolígrafos, comenzaron a romper con el mayor cuidado posible el techo de lo que parecía una nueva tumba.

La madera barnizada de un ataúd, en apariencia muy bien conservado, empezaba a relucir bajo la cegadora luz del sol al tiempo que retiraban los restos de ladrillo desprendidos. En los primeros instantes todo les pareció normal, tal y como se suelen encontrar ese tipo de restos. Pero pronto dos abolladuras situadas en la mitad de la longitud de la caja, las astillas que sobresalían evidenciaban que el daño había sido hecho desde dentro, les obligó a detener el trabajo ante la sorpresa que suponía esa extraña evidencia.

Ambos se miraron con gesto de comprensión, y al instante se apresuraron a despejar el ataúd como dos niños excitados ante un regalo de navidad.

-A este pobre desgraciado le debieron enterrar vivo. ¡Menudos palurdos ignorantes estaban hechos los del siglo XX!.-dijo Burny mientras se enjugaba el sudor de la frente.

Ben continuó observando con extrema curiosidad esos dos golpes en la tapa de madera. Nunca había visto un hombre al que enterraran vivo, y la simple idea de ver uno, nada menos que él que acababa de encontrar con sus propias manos, le excitaba aun más que cualquier posible objeto valioso.

-¡Abrámoslo Burny, vamos, abrámoslo ya!.-

Por fin ambos, con la ayuda de unas palancas que habían traído para ese tipo de tarea, abrieron de un solo golpe la tapa del ataúd. Ya apenas podía hacer alguna resistencia debido a la descomposición interna de su madera, algo semejante a un cartón comprimido.

 

Por un segundo, bajo una nube de polvo, el cuerpo disecado de un hombre comenzó a hacerse visible.

Johny ya era poco más que un esqueleto con una capa de piel y unos jirones de tela que apenas lo cubrían. Tras un instante sin percatarse siquiera de su nueva situación, enseguida sintió la abrasadora fuerza del sol obligándolo a despertar de su casi eterno letargo.

Ante la horrorizada mirada de los dos amigos, el cadáver, como vuelto a la vida, empezó a agitarse con violencia en el interior de su caja.

El sol, tras casi cuatrocientos años de oscuridad, era insoportable, y la atormentada mente de Johny percibió como su maltrecho cuerpo se convertía en cenizas y humo mientras se retorcía en espasmos de indecible dolor. Su piel prendió en llamas y sus quebradizos miembros se partieron en mil fragmentos que el despiadado calor los terminaba de abrasar mediante minúsculas ascuas incandescentes.

En ese momento, un ensordecedor chillido surgió de su cadavérica boca, el grito agudo de un esqueleto agónico al que ya no le queda nada más que su espíritu para seguir sufriendo. Las escalofriantes estridencias del revivido despojo se mezclaron con los de Burny y Ben que gritaban de terror en su frenética huida.

Por unos breves instantes todo fue un interminable infierno. Los buscadores de tesoros cogieron su vehículo aéreo y se marcharon a toda velocidad del lugar para no volver jamás. En la tumba profanada los restos de Johny continuaron agitándose como una araña mal herida. Al cabo de unos terribles minutos, terminó de consumirse en unas pocas cenizas y humo, y con ello se extinguió su largo periodo de purgatorio.

Una sombra cruzó el cielo como un buitre planeando con calma en medio del desierto. Era libre y sentía las fuerzas y el alivio de poder moverse a donde quisiera. Dios le había perdonado por lo que ya nada debía temer, era un espíritu puro.

Durante horas estuvo viajando sin rumbo sobre el inhóspito territorio, observando con asombro el sitio en el que había estado esperando durante tanto tiempo, sin duda el lugar que más odiaba en el mundo.

Muy por encima de él, en el vertiginoso azul del cielo, un resplandor celestial se vislumbró al fondo de un largo túnel que se había abierto en medio de la nada, una visión de esperanza y alegría que estremeció de gratitud su alma.

Pasados unos segundos había olvidado todos los tormentos, todo el eterno sufrimiento en el interior de su tumba y, aunque ninguna fuerza le obligaba, voló con todas sus energías hacía ese lugar hipnotizador.

-¡Por fin todo se ha acabado!- dijo triunfal mientras desaparecía a través la intensa luz que le abrazaba como a un hijo pródigo.

10. La resurrección de los muertos.

La agradable música, un sonido rítmico muy familiar, se oía de algún lugar algo distante a su alrededor.

Al principio no podía ver más que colores revolviéndose sobre su cabeza aunque ya tenía los ojos abiertos, pensando que quizás su vista aun no se hubiera acostumbrado al brillo celestial del paraíso.

Voces suaves y entrecortadas, casi angelicales, le llegaban mezcladas con la maravillosa música que cada vez le permitía relajarse más. El oír eso, el poder sentir que había alguien cerca, le atrajo más a la alegría que aún estaba por llegar, esos añorados sentimientos que pensaba ya perdidos para siempre. Hacía mucho que su existencia se había sumido en el profundo silencio de la soledad de su tumba.

 

Preguntas constantes de cómo sería el majestuoso lugar que le rodeaba, o si llegaría a conocer a dios, le venían a la cabeza todo el tiempo. Tanto es así que hizo tremendos esfuerzos por sobreponerse, quería verlo y sentirlo todo lo antes posible.

Enseguida se dio cuenta de que una presión en el cuello le estaba cortando la respiración, aunque de momento no le resultaba insoportable. Tan solo le hacía padecer un poco de angustia.

Quiso decir alguna cosa para que alguien le oyera, para pedir ayuda, pero del mismo modo algo en su boca, parecía un objeto duro y cortante, no le permitía hablar. Para su desesperación, comprobó que tampoco podía moverse, así que permaneció tendido, intentando captar con sus sentidos lo poco de lo que era capaz.

-Quizás ir al cielo sea algo semejante a volver a nacer, -se le ocurrió- de ahí mi torpeza en estos momentos.-

Coherente con estos pensamientos notaba que tenía de nuevo cuerpo, quizás el de un ángel. Sentía como un corazón, en esos momentos agitado por la emoción de la llegada, latía con fuerza en su pecho y, aunque le costaba, la respiración le era de nuevo necesaria y muy grata .

-...que...parece...on...-

Consiguió oír de alguien que estaba muy cerca de él, un ser de aliento cálido que notaba como si le susurrara a la cara.

Él intentó hablar de nuevo, pero seguía sin conseguirlo, y esa presión en la garganta comenzaba a transformarse en un dolor inaceptable, demasiado asfixiante.

-...onde...ta...ento...arl- oyó a otro ser algo más distante de él.

Por fin notó como unas manos liberaban su cuello, lo que le permitió respirar con fuerza y reponerse aún más rápido del aturdimiento y la ceguera en que había estado sumido.

Poco a poco su vista se le fue aclarando, y ya pudo percibir la figura borrosa de dos individuos que parecían conversar entre ellos.

John comenzó a inquietarse. La música que oía tan lejana le resultaba más familiar de lo que se imaginaba, al igual que esas voces que escuchaba. Esa familiaridad, algo semejante a un recuerdo aunque no eso con exactitud, era lo que más le preocupaba.

Un pensamiento aterrador, algo que no habría deseado descifrar pero que de todos modos inundó sus sentidos, le asaltó como una bestia que devorara las pocas esperanzas apenas rescatadas de la memoria.

-Esto ya lo he vivido-

Tal vez por la tensión que le provocaban todas esas divagaciones, o porque por fin se estaba recuperando de la asfixia que había enviado a la dueña original del cuerpo a algún lugar más allá de la muerte, consiguió recuperar poco a poco todos sus sentidos.

En ese instante cerró los ojos, no estaba seguro de si quería ver el lugar en el que estaba. Sentía como su cuerpo estaba atenazado por un súbito e irracional terror. Por fin, pasados unos instantes, hizo un acto de valentía y los abrió de nuevo a lo desconocido.

La aplastante comprensión, el fatal destino al que se había condenado él mismo, llegó al mismo tiempo que un hombre alto y fornido, un soldado vestido con uniforme de camuflaje, que en ese momento vio con demasiada claridad como entraba en la rustica cabaña en que se encontraba. Por unos breves y terribles segundos ese individuo le observó en silencio, con una sonrisa maliciosa dibujada en su joven rostro, mientras escuchaba a alguien que hablaba en algún lugar a su alrededor. Luego habló él.

-Creo que esa puta está pidiendo a gritos que la echemos un polvo.-

La tortura duró alrededor de una hora. Horrendos gritos de sufrimiento inundaron el poblado y la silenciosa selva circundante, helando el corazón de todos aquellos que podían oírlos.

Francisco Miguel Bejarano Neila

30/08/2004

El Autor de este relato fué Francisco Miguel Bejarano Neila , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=6243 (ahora offline)

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2021-01-24

 

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