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HISTORIA DEL METRO (2)

Sé que debería comenzar pidiéndoles perdón por irrumpir de esta manera en sus vidas …, pero no lo esperen, sería una falsedad por mi parte y a estas alturas estoy harto de mentiras. No me importan en absoluto sus sentimientos o lo que puedan estar pensando a cerca de mí, lo único que quiero es que me escuchen y que lo hagan atentamente.

Estas palabras constituyeron una sorpresa para todos los que viajábamos en aquel vagón, no sólo por lo inesperadas que resultaron sino, sobre todo, por el tono imperativo en que fueron dichas; sonaron tan diferentes a los lastimeros monólogos con que los indigentes cada mañana nos acompañaban entre estación y estación, que por unos instantes consiguieron romper nuestra monotonía e incluso despertaron nuestro interés por lo que pudiera venir a continuación. Algunos, llevados por la curiosidad y sin ningún tipo de reparo miramos en dirección a donde había salido aquella voz; queríamos saber a quién pertenecía, qué imagen tenía, y no nos resultó difícil reconocerlo. Al fondo del vagón, de pie, entre un grupo de personas, destacaba un hombre alto que por su aspecto no parecía ser un viajero habitual del metro, era de mediana edad, vestía abrigo color gris que al llevarlo abotonado ceñía un cuerpo todavía bien modelado y como único equipaje trasportaba en una de sus manos una cartera marrón con remaches dorados. ¿Qué motivo podía haber llevado a aquel hombre hasta allí; a compartir un espacio que no le pertenecía? Porque a esas horas tan tempranas el metro es nuestro, de los que cada mañana arrastramos nuestros cuerpos cansados hacia los diferentes trabajos sin haber tenido apenas tiempo en nuestras casas de desayunar, asearnos o elegir otra indumentaria distinta que no sea la de todos los días. Así somos nosotros, los que nos desplazamos por el subsuelo en paralelo a las cloacas respirando olores de miseria; sin embargo, las personas como aquella, bien vestidas, desprendiendo lozanía por todo su ser, lo hacen por la superficie pudiendo disfrutar de los colores del día ¿Qué sería lo que querría decirnos?

No voy a venderles nada- continuó-. Tampoco pasaré después por cada uno de ustedes con mi mano extendida rogándoles su caridad. Lo que quiero es bien sencillo, ya se lo he dicho antes, que me escuchen; y lo cierto es que, si reparan un poco en su situación, me temo que durante los próximos minutos no van a tener otra opción que obedecerme.

Con clara intención pronunció estas últimas palabras mientras extendía una mirada lenta por todo el perímetro del vagón. -Tiene razón- pensé, hasta que no lleguemos a la próxima estación las puertas permanecerán herméticamente cerradas y no podremos salir, realmente estamos a merced de lo que este lunático quiera hacernos.

Como si hubiera adivinado mis pensamientos aquel hombre continuó – pero, no se preocupen, no tienen nada que temer, al menos nada que proceda de mi; les puedo asegurar que no intento hacerles ningún daño.

Aunque su tono parecía ahora más conciliador, la gente empezaba a mostrarse incómoda. Superado ya el efecto sorpresa, su discurso tomaba unos derroteros que no nos gustaban ¿Con qué atribuciones aquel tipo nos asaltaba en esta mañana? Y, sobre todo ¿Quién le daba derecho a amenazarnos aunque fuera de aquella forma velada? ¿Es que acaso su apariencia de ejecutivo le hacía estar por encima de nosotros? Algunos, realmente molestos, prefirieron mirar hacia otro lado dando a entender que aquello no les interesaba, que no iba con ellos. Otros, sin embargo, le dirigían miradas desafiantes en las que parecían ordenarle que cerrara su boca, que se callara y nos dejara en paz. Desconozco si él fue consciente de aquellos mensajes, pero de cualquier forma no pareció inmutarse y continuó:

Verán, he pensado mucho antes de dar este paso. No resulta fácil, para una persona como yo, tener que decir basta y hacerlo ante una concurrencia tan, digamos, singular, como lo son ustedes. Aquello, para algunos, estuvo a punto de acabar con su paciencia y por el vagón se extendió un movimiento de fastidio, del que esta vez el improvisado orador sí fue consciente y trató de apaciguar – Por favor, no se molesten, no ha sido esa mi intención; me refería únicamente a que no son ustedes los interlocutores que yo acostumbro a tener en frente cada día, ellos van vestidos por apreciados estilistas, utilizan perfumes caros y hablan, hablan a todas horas aunque no venga a cuento: dan órdenes, manifiestan que las aceptan, tratan de justificar sus errores con estúpidos argumentos, maquinan venganzas,… . Les puedo asegurar que si estuviera ante ellos mi voz ya no se oiría, la habrían ocultado sus falsas adulaciones, sus comentarios sin sentido, sus hipócritas promesas de colaboración, sin embargo ustedes, aunque sé que se sienten algo molestos y a pesar de que nada recibirán a cambio de mí, permanecen callados.

De algún lugar del vagón surgió una protesta, pero enseguida quedó oculta por el chirriar de las ruedas al deslizarse a toda velocidad por los raíles del metro. Sería ésta la única voz discordante que escucharíamos en todo el recorrido hasta alcanzar la siguiente estación, el mensaje que pretendía transmitirnos aquel hombre nos alcanzó sin traba, ni dificultad alguna, todos le oímos atentamente y en silencio, como él quería.

He venido para hacerles partícipes de un hecho; o mejor dicho, para hacer de ustedes mis cómplices. Soltó la barra a la que se sujetaba y del interior de su traje extrajo sin dificultad un reloj de cadena que muy bien podría ser de oro. – Se nota que este individuo no viaja en el metro – pensé- porque si había algo que en aquellos momentos todos conocíamos con precisión era la hora o, mejor dicho, los minutos que nos faltaban para llegar a los relojes de fichar de nuestros respectivos trabajos. Cuando a diario realizas el mismo recorrido y tratas de hacerlo en el menor tiempo posible aprendes a medir el tiempo sin necesidad de herramientas, sabes, por ejemplo, que si en vez de subir las escaleras mecánicas por la derecha lo haces peldaño a peldaño por la izquierda, ganas unas centésimas que te serán muy útiles para, después en la calle, encontrar abierto el semáforo que tienes que cruzar; o lo ventajoso que resulta ser de los primeros en abandonar el vagón, pues te permite encontrar los pasillos despejados y por lo tanto correr y alcanzar cuanto antes la puerta de salida, de lo contrario, si te demoras y sales con la marabunta obstaculizarán tu camino y te verás obligado a ir sorteando sus cuerpos perdiendo en ello un tiempo precioso; son trucos, pequeñas argucias con las que traficas contigo mismo cada mañana, después de que haya sonado el despertador, para arañar unos minutos más a la cama antes de ponerte en pie y enfrentarte al nuevo día.

En este mismo momento, – cuando son las 7:35 horas, en Barcelona, en uno de sus barrios residenciales, se está cometiendo un asesinato. Disculpen que no desvele identidades, pero por ahora no les hacen falta. Mañana o incluso esta tarde, cuando la noticia salte a los medios tendrán acceso a todos los detalles.

De nuevo se soltó de la barra, pero esta vez para sacar del bolsillo un pañuelo blanco y sin desdoblarlo limpió con él finas gotas de sudor que le brillaban por la frente; fue éste el único indicio de debilidad, el único factor que escapó del control de aquel hombre durante el tiempo que estuvo con nosotros. Cuando hubo terminado lo volvió a guardar en su sitio, se agarró de nuevo a la barra y enderezó su espalda llevando los hombros hacia atrás para recuperar la imagen serena y firme que había tenido desde el principio; hizo una pausa y después continuó. Historia de ricos by ljubi_s26

Dentro de muy poco, no más de tres, cuatro días, verán mi imagen relacionada con el suceso. Dirán que fui yo quien maté al que durante más de cuarenta años ha sido mi más fiel colaborador, el único en el que siempre he podido confiar, el que no me defraudó; y los motivos que aleguen pueden ser varios; desde celos profesionales hasta que estaba implicado en un feo asunto de drogas o blanqueo de dinero y él me había descubierto ¡que importa! cualquier cosa será válida si con ella se consigue despejar la más mínima duda acerca de que he sido yo el autor del macabro asesinato. Aparecerán numerosas pruebas que me incriminen, dirán que se han encontrado restos y huellas mías sobre el cuerpo del difunto; habrá testigos que aleguen haberme visto a esta misma hora merodeando por la escena del crimen, viejos conocidos, a los que he favorecido en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida, declararán sin pudor bajo juramento que en repetidas ocasiones les había manifestado mis aviesas intenciones y quién sabe cuantas cosas más. La trama para acabar con mi compañía y apoderarse de los resultados que estamos a punto de obtener ha sido tan escrupulosamente planeada y los que la hicieron son tan poderosos que mi situación, si me permiten el símil, es como la de ustedes aquí en este vagón, tampoco puedo escapar; pero nos diferenciamos en que dentro de unos minutos cuando lleguemos a la siguiente estación las puertas se abrirán y para ustedes todo habrá terminado, sin embargo para mi comenzará la inexorable cuenta atrás.

Sentí la leve presión hacia delante que provoca la disminución de velocidad en la máquina ante la proximidad de la siguiente parada, pero antes de que nos detuviésemos del todo y viéramos al otro lado de las ventanillas las luces de la próxima estación aquel hombre tuvo tiempo aún para decir.

Reconozco que son ustedes mi única baza, la fórmula que permitiría probar mi inocencia; un grupo de personas de distinta procedencia que sólo tienen en común su coincidencia en un vagón de un metro a la misma hora y en el mismo día y que manifiestan haber viajado conmigo ¿por qué iban a mentir si ni siquiera se conocen entre sí? Sin embargo, como les anticipé al principio, no les voy a pedir que hagan nada, es demasiado tarde para confiar, incluso, en ustedes, la vida me ha enseñado tanto que la idea que en un principio pude tener sobre la bondad y la justicia del ser humano hace mucho que se esfumó, pero tampoco me voy a despedir diciéndoles que se sientan libres para actuar como quieran, se equivocan si mis anteriores palabras les han llevado a pensar eso; ustedes, igual que los que urdieron la trama que ha acabado con la vida de mi compañero, tendrán que arrastrar por el resto de sus vidas su implicación en los hechos porque gracias a lo que no han tenido más remedio que oir conocen la verdad.

Tras un ligero frenazo el tren se detuvo, las puertas del vagón se abrieron y yo salí por la que utilizo siempre, la que está más cerca de las escaleras mecánicas que me llevan hasta la calle. Creo recordar que pensé más de una vez volverme para ver qué dirección tomaba aquel hombre, pero continué a toda prisa por mi camino de todos los días rumbo a mi trabajo

Por la noche en casa, mientras ponía la mesa para cenar, mi marido encendió la televisión, el telediario estaba ya avanzado, pero aún pudimos oír algunas noticias. Justo cuando me dirigía a la cocina la presentadora contó un suceso ocurrido en Barcelona: En un importante barrio residencial de la ciudad Condal ha sido encontrado el cuerpo sin vida de don Ramón Planes, directivo de los laboratorios farmacéuticos Laudi; aunque todavía se desconocen las causas de tan macabro crimen, queda descartado el robo, pues el cadáver conservaba todos sus efectos personales. La policía solicita la colaboración ciudadana, y nos pide que hagamos un llamamiento por si alguien entre las 7:15 y 7:35 horas de esta mañana ha visto u oído algo anormal por la zona y si es así que por favor se ponga en contacto con la comisaría mas próxima, muchas gracias.

El vaso que tenía en las manos cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, mi marido quiso ayudarme a recoger los cristales, pero le dije que no hacía falta.

A la mañana siguiente volví a tomar el metro para ir a mi trabajo y en el vagón que utilizo siempre busqué entre sus ocupantes alguna cara que me resultara conocida, pero no supe identificarlas, además ¿Qué podía hacer? ¿Preguntarles si ayer viajaban en este mismo vagón y oyeron lo que yo? ¿Si sabían que lo que vaticinó aquel hombre había empezado a cumplirse?, ¿si habían tomado la decisión de desviarse de su camino diario para acudir a la comisaría mas próxima y evitar que se acusara a un inocente que a la misma hora del crimen viajaba con nosotros en un vagón a 500 km del lugar donde estaban sucediendo los hechos? No, no podía importunarles con aquella sarta de preguntas, seguramente habrían olvidado el incidente, o pensarían que bastantes problemas tenían ellos ya para meterse en otro más, además ¿quien nos iba a creer? formamos parte de esa masa amorfa que solo se la tiene en cuenta para calcular su volumen, la que no toma decisiones sino que las acata; mientras que ellos son gente importante y seguro que cuenta con recursos para salir adelante. Además ¿Quién sabe si lo que dijo aquel hombre era cierto? –No-, decidí, - ni pregunto a nadie ni me desviaré de mi camino, estoy segura que aquel hombre saldrá bien parado sin necesidad de mi ayuda. Su respuesta a este último pensamiento la obtuve enseguida.

Vi que quedaba un asiento vacío y me senté, aún faltaban varias estaciones para llegar a mi destino y merecía la pena aprovechar aquella oportunidad. Recordé que llevaba en mi bolso uno de aquellos periódicos gratuitos que reparten diariamente a la entrada del metro y me dispuse a echarle un vistazo: nuevos atentados en Irak, pateras que llegan a nuestras costas cargadas de inmigrantes, descenso del paro por cuarto mes consecutivo y, de pronto, al pasar a una nueva página una foto acaparó toda mi atención, la miré fijamente para cerciorarme, pero no había dudas, se trataba del hombre que nos había asaltado el día anterior a esta misma hora y debajo pude leer “Esta mañana ha sido encontrado en su chalet de la Moraleja, el cuerpo sin vida de Rogelio Andrade, directivo de los laboratorios farmacéuticos Laudi, todos los indicios apuntan a que se trata de un suicidio que debió producirse en el día de ayer entre las 8:00 y 9:00 de la mañana”.

El Autor de este relato fué Paula , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=12812&cat=terror (ahora offline)

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