Relatos cortos eroticos Desvirgaciones Cristina

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La tarde comenzó a nublarse, trayendo consigo un aire fresco que hizo bajar las sofocantes temperaturas que desde hacía varios días azotaban a la ciudad. Salió de casa decidido a despejarse y a ver si tenía suerte. Sí. Sabía que podía tener éxito su empresa o quizás no. Por probar no perdía nada. Se encaminó hacia el parque de “capados”. No era fortuita la decisión, pues a mediodía, de regreso a casa en autobús, a la altura de la plaza de Shakespeare, se sorprendió al ser saludado desde la acera por Cristina, que iba acompañada de su madre, abuela y alguna prima pequeña. Habían fluido en cascada los recuerdos a su cabeza. Se conocieron cuando ella tenía seis años y el trece, en la parroquia. Ella iba la coro de niños más a enredar que a cantar y él era monaguillo. Y así había ido pasando el tiempo. Más de una vez había sido su responsable en las excursiones y actividades desarrolladas por la parroquia. Desde hacía un tiempo no se veían y fue en una fiesta de nochevieja en una parroquia donde se encontraron de nuevo. Ella empezaba a despuntar. No habían pasado ni seis meses y había que ver lo rápido que se había desarrollado Hacía menos de media hora, a eso de las cinco de la tarde, que la había llamado al móvil, para ver cómo estaba. Todo iba bien y que estaba de camino al parque para jugar con su prima.

Llegó al parque. Era uno de los más grandes de la ciudad. Caminaba en apariencia distraído, pero desde que había entrado la había localizado. Jugaba con su prima y varios niños y niñas más en un columpio de balanceo con cesta, en vez del tradicional asiento individual. Desde allí fue ella quien le vio y le llamó. Sintió en su interior cierto regocijo de que fuese ella y no el que comenzase. Se acerco y comenzó a dar impulso a la cesta. Ella estaba radiante. Llevaba el pelo rubio castaño recogido en una coleta, pero al no tenerlo lo suficientemente largo, un gran flequillo enmarcaba su redonda cada, cuyos pómulos enmarcaban su nariz respingona y sus ojitos marrones. El cuellos esbelto y fino unía con un cuerpo que estaba en plena floración bastante desarrollada. Metro sesenta, delgada, un pecho generoso, que hacía que su camiseta rosa con capucha, se resistiese a cubrir su cintura. Sus pantalones vaqueros ajustados no ocultaban sus bien modeladas piernas. Guardaba una proporción perfecta. Los niños pedía más potencia. Eran en total tres y ella. No pesaban demasiado por lo que en breve estaban en un balanceo vertiginoso que hacía las delicias de los pequeños. Ella a la par de disfrutar vigilaba de que ninguno se soltase y lo que comenzó como diversión terminase en tragedia. Tras un buen rato meciendo y hablando de temas banales con ella, Enmanuel paró la cesta a petición de los críos que ya empezaban a notar leves síntomas de mareo aunque no quisiesen reconocerlo. Cristina necesitó su ayuda, cayendo en sus brazos. “¿Estas bien?” “Sí, es que soy un poco pato... ya lo sabes” Siguieron hablando, sin perder de vista a la prima que no paraba de ir de uno a otro columpio. Finalmente llegó su tía y su madre a por la pequeña. Ambas le sometieron al interrogatorio de rigor. Una vez que terminaron, se llevaron a la pequeña y le dejaron solos. Desde hacía un rato, él había notado cómo los colores se había subido a la cara de Cristina. “¿Que te pasa? Llevas un rato colorada y no se...” “Yo las quiero mucho, pero a veces me avergüenzan sus interrogatorios, que impresión debe...” “¿Cristina? ¿Estas ahí? Si nos conocemos desde hace un montón. Ya estoy acostumbrado... a lo que no estoy tanto es a estar contigo...me explico.:Te has hecho toda una mujer desde la última vez que nos vimos. Creo que empiezo a tener un poco de envidia de ese novio que te has echado...Sus palabras fueron interrumpidas por los labios de Cristina. Estaba perplejo. Ella, aunque aunque colorada, parecía liberada de un pesado fardo que parecía arrastrar desde hacía mucho tiempo. Él se levantó meditabundo, en silencio. Le tendió la mano. Ella iba ir a decir algo, pero el dedo índice de Enmanuel cortó cualquier intento. Ella se acercó mientras caminaban. El viento soplaba frío. El la envolvió con sus brazos. Llegaron a un pequeño y coqueto jardín, lejos de cualquier mirada. “Cristina, nunca me habían hecho sentir así. Gracias.” Sellaron sus labios, que dieron paso a un juego de besos por el cuello y ella en un lento susurro, arrastrando las sílabas anunció: “Me he guardado para ti. Soy virgen.” Él paró. “Cristina, aunque no lo creas, yo también lo soy” La miró. En sus ojos había un chispa...“¿Estás segura?” Asintió. Se acercó. La volvió a besar en el cuello, deslizando su mano por su secreto. Notó como se sobrecogía. Estaba preparada. Paró de nuevo. Comenzaba a chispear levemente. En los ojos de ella surgía la pregunta. Sin decir nada, él la cogió de la mano y comenzaron a andar. Cada vez llovía más fuerte. Ella estaba turbada, al borde de la decepción, contrariada. No sabía qué pasaba, pero confiaba en él, pues le transmitía el sentimiento de seguridad tan frecuente que tenía cuando estaba junto a él. Tras caminar cerca de quince minutos, en los cuales él no la había separado de su lado, llegaron a una pensión. Iban totalmente calados. Los ojos de ella se abrieron como platos. Enmanuel se acercó al mostrador. La recepcionista estaba entrada en años y kilos, viendo uno de los varios programas del corazón que ofrecía la televisión pública, apenas si prestó atención. En pocas palabras Enmanuel pidió lo que quería, pagando por adelantado. Cristina no dejaba de mirarle. De sus labios escapaba una pequeña sonrisa de triunfo y victoria. Llegaron al cuarto. El sitio era limpio, con una decoración cuidada. Ella lo miraba todo y no salía de su asombro. La sorpresa fue mayor cuando entró en el servicio. Al salir vio sentado en la cama a Enmanuel, acabando de hablar por teléfono. “Acabo de llamar a tu madre para decirle que estas conmigo, que nos íbamos de juerga por ahí y que volverías para la hora de la comida. Me ha dicho que sin ningún problema, siempre que no me separe de ti.” Ella dio un grito de alegría y se lanzó sobre él. Retomaron el juego de besos y caricias, secándose mutuamente quedaron totalmente desnudos el uno frente al otro. Ella guardaba cierto pudor que fue evaporándose con un juego de caricias. Se exploraron lentamente, sin prisa. El jugó con su tesoro hasta que provocó el éxtasis. Su cuerpo temblaba de placer, se estremecía y volvía a recuperarse, con más deseo cada vez. El miembro de Enmanuel había cobrado unas dimensiones jamás alcanzadas. En uno de los reconocimientos de ella se asusto un poco ante ese tamaño. Él la tranquilizó. Lo harían muy despacio, con amor, para no olvidar nunca ese momento. Empezó poco a poco a penetrar la glande. Todo chorreaba de fluidos, por lo que el principio fue sencillo. Avanzaba poco a poco, sacando y volviendo a meter, dando de sí ese tesoro, rojo e hinchado por el placer. Ella gemía de cago dolor que quedaba tapado por el gozo. Llegó un momento en que había algo que impedía el paso. “Ahora, te va a doler un poco y no vas a poder recuperar...” Los labios quedaron sellados una vez más por ella, que se había incorporado. “Métemela mientras nos besamos” Él obedeció sin dudarlo. Colocó su miembro a la entrada. Ella se abrazó a él y la gravedad hizo el resto. Mientras se fundían en un interminable beso. Ella con los ojos cerrados, de donde brotaban lágrimas de dolor y felicidad, Enmanuel no dejaba de mirarla. Cayeron ambos en la cama. Abrazados, unidos en una oleada de placer que sobrecogió a ambos a la vez, una mezcla de fluidos y sangre. “¿Te dolió mucho, mi niña?” dijo mientras acariciaba sus mejillas húmedas todavía por las lágrimas. “Bueno,un poco” Se levantó y fue al servicio. Él se percató de que algo casi imperceptible había cambiado. Ya había dejado de ser aquella niña que le sacaba la lengua y trasteaba. Era toda una mujer. Sonó la puerta. Era la cena, como él había indicado. Se puso el pantalón ya seco. Abrió y sonrió a la joven, que miraba descaradamente su torso. “Gracias”. Cerró la puerta. En la mesa dispuso todo, justo cuando ella salía. Miró a la mesa y a Enmanuel y llenó de besos a Enmanuel. Cenaron entre risas y recuerdos de la infancia, sin dejar nada. Él la invitó a lavarse y pasaron al servicio y emplearon el hidromasaje. Hicieron de nuevo el amor. Al salir, dispuestos acostarse para descansar, entre roce y roce, volvieron a prender y lo volvieron hacer, hasta que de puro cansancio, tras la última unión ella se durmió sobre él, acurrucada. Él pasó toda la noche contemplándola, exhalando su fragancia que no había perdido su inocencia y candidez. Todo había sido maravilloso pero... eran tantos los interrogantes. Por la mañana, con las primeras luces del alba, ella se despertó como si de un sueño agradable hubiese llegado a su fin y hubiese de volver a la dura realidad. Pero no había sido un sueño, era real y él estaba allí a su lado, acariciándola suavemente, perdiendo sus manos en caricias en sus cabellos. Comenzaron de nuevo los juegos amorosos y antes de que llamasen con el desayuno lo habían hecho otras dos veces. Desayunaron ya duchados y vestidos. La conversación era plácida y normal, como si no hubiese sucedido nada. Al final del desayuno, ella levantó los ojos y los clavó en él. “¿Sabes qué? Ha sido maravilloso. Cualquier chica sueña con lo que yo he tenido desde ayer por la tarde. He descubierto los secretos del amor con mi príncipe de los sueños, que ha estado más allá de las expectativas (cinco veces es... de cómic x, jejeje), pero creo que no saldría bien. Tu estas en el seminario y yo tengo novio... Si te parece bien, nos guardamos el momento y el secreto.” Le hizo un guiño. Enmanuel estaba confundido, pero brotó rápidamente la alegría. Sí. Estaba bien pensado. Mientras se acababa de arreglar, ella tomó la píldora del día después sin que él se diese cuenta. Fueron a confesar a la capital, pues en una ciudad así todo podía por saberse... lesbiansfuckingstrap.1blogs.es

El Autor de este relato fué Magister , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=13549&cat=craneo (ahora offline)

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