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Relatos cortos eroticos Desvirgaciones Esas niñas - Sandra

Relatos Cortos Relatos Cortos para adultos, misterio, romance, terror, aventuras, amor, guerras, novelas, fantasia, fanfic y cuento corto.

 

Sandra, era mi vecina de toda la vida, bueno de mi niñez para ser más exactos. Y siempre tuvimos una cercanía pues yo era amigo de sus dos hermanos mayores, Cayetano y Pepe. Siempre estábamos en su casa o en la mía, sin contar las muchas veces que nos encontrábamos jugando en la calle como todo niño. Ya sea al futbol, o cualquier otro juego infantil. Ya para la fiesta de sus quinceaños, era muy obvio cierto afecto que había nacido a lo largo de todos esos años, aunque no fui su pareja esa noche, sí baile mucho con ella. Y antes de terminar el año, me le declaré, con todo el roche del mundo que eso supone para un primerizo.

Sus hermanos lo tomaron con total naturalidad, y a pesar de que sus padres ni los míos lo sabían, o creíamos que no, pasábamos gran parte del tiempo juntos. Así llegó las vacaciones de verano, y todo el tiempo para poder seguir con lo nuestro. Bueno, Sandra era una chica negra, delgada pero muy bien proporcionada, con un trasero de lujo, inmenso pero parado, y unos senos muy desarrollados para su edad pero eso no me importaba en lo absoluto, todo coronado por su hermoso cabello ondulado que caía por sus hombros.

Mientras escuchábamos música en su cuarto y nos besábamos, sus hermanos veían televisión en la sala, de igual manera pasaba cuando íbamos a mi casa aunque claro siempre a escondidas y atentos a los pasos de mi madre, cuando se acercaba a mi cuarto. Así fue que se desarrollaba el verano, con la naturalidad del amor inocente de dos adolescentes. Fue un día que escondidos en el patio de mi casa, besándonos para variar, sentí el roce de su pierna con la mía, lo cual me produjo una semi erección, no dije nada y continué con los besos, probando la lengua rica y sabrosa de Sandrita. Ella portaba un vestido que le llegaba hasta las rodillas y yo, pues tenía una bermuda y un polo. La calentura que sentía en el cuerpo se me subió a las mejillas y pensé que ella se daría cuenta, aunque eso no me detuvo.

- Oye, Sandra, siéntate en mis piernas.- susurré suplicando.

- ¿Por qué?- preguntó curiosa pero no molesta.

- Si te molesta no lo hagas.- contesté dije tanteando.

- No hay problema Miguel sólo te preguntaba.- replicó mientras se sentaba sobre mis piernas.

Así continuamos con los besos y la exploración de nuevas sensaciones, todo esto fue suficiente para que mi semierección se volviera una erección completa, total. No pude evitar moverme y dejar en evidencia lo muy excitado que me encontraba.

- ¿Qué te pasó?- preguntó moviéndose y ver mi inmenso bulto.

- No nada.- contesté riendo nervioso.

- Mentiroso, mira cómo la tienes.- dijo señalando.

- ¿Cómo tengo qué?- pregunté inocente.

- El pene pues, ¿qué más?- contestó.

- No te gusta, ¿verdad?- pregunté resignado.

- Yo no dije eso, pero sólo se las he visto a mis hermanos.- contestó de lo más natural.

- ¿Ellos te la enseñaron?- pregunté impresionado y curioso.

- No, cómo crees.- respondió aterrada y jocosa. Yo los espié.

- Ah, ya decía yo.- dije. Bueno, mejor lo dejamos así.

Ella se quedó muda y tan sólo me miraba el bulto que aún se mostraba demasiado grande.

- Y, tú, ¿cómo la tienes?- preguntó con una mirada extraña.

- Qué Chismosa eres.- contesté riendo.

- Ja,ja,ja, si no quieres mostrarme...- dijo tentándome.

- Ya, está bien, sí te muestro.- dije.

Nos fuímos a la cocina y ver si estaba mi madre. Nada, estábamos solos pero tal vez no por mucho tiempo, así que raudos nos dirigímos a mi cuarto. Dejé la puerta abierta para escuchar con más facilidad el regreso de mi mamá. Ella se sentó sobre mi cama, y sin demora, la saqué cuan larga y gorda era, sus ojos se agrandaron del asombro y sonrió contenta.

- Sí está grande.- dijo sin dejar de mirar.

- ¿Así la tienen tus hermanos?- pregunté curioso.

- Sí, bueno, como Cayetano la tienes pero Pepe la tiene más chica.- dijo explicando.

Yo la movía ante su atenta mirada, y ambos reíamos de ese nuevo juego, se lo acerqué y lo tomó con su mano, acariciándolo con detenimiento. De un momento a otro escuchamos el cerrar de una puerta y a prisa me arreglé la bermuda y salimos al patio a conversar.

- Aquí siguen, chicos.- dijo mi madre apareciendo por la puerta. Vengan a tomar un café.

Rato más tarde, conversamos sobre lo que había pasado y decidimos seguir curioseando otro día.

Fue así que con el transcurrir de los días, fuímos avanzando cada vez más en nuestro mutuo descubrimiento, ya sea en su casa o en la mía. Ya nuestros juegos incluían el poder disfrutar de los toqueteos a su papita velludita y sus senos turgentes y maduros, ella a su vez gustaba de masturbarme. Lo que siguió era de esperar, yo me sumergía en su vagina y se la comía con unas ganas tal como ella me daba las primeras mamadas de mi vida, saboreando los primeros fluídos corporales que ambos nos entregábamos. Ella saboreó mi leche por primera vez así como yo sentí el sabor especial de sus flujos.

Un día estando en casa, mi madre se fue al mercado a realizar sus compras, y nosotros nos encerramos rápido en el cuarto. Nuestras ropas volaron por todas partes y ambos disfrutábamos de un delicioso 69. De lo caliente que estaba no deseaba por nada del mundo dársela en la boca, yo ansiaba algo más. Sin decir nada, me levanté y la eché abriéndola de piernas, con fruición frotaba la cabeza del glande en toda su conchita, jugando con sus labios vaginales mojados por sus jugos. Relatos cortos fantasia Epica La Pelea Final(3º Parte)

- Quiero metértela.- dije acariciando sus deliciosas piernas de ébano.

- Yo tambien quiero.- contestó abriendo más sus piernas y ofreciéndome su virginidad.

Por instinto, fui buscando la entrada de su cuevita hasta conseguir dar con el sitio, ayudado por la mano de Sandra, quien me decía que ya estaba en el lugar indicado. Sosteniendo mi verga fui empujando hasta ver como el glande morado y gigantesco se hundía ante la expresión de dolor en la cara de mi enamorada. Lentamente iba penetrando más en su interior caliente y húmedo, la sensación que me producía era indescriptible, sólo sabía que era lo más delicioso que hubiera probado hasta ese día.

Claramente veía como mi verga se perdía hasta poco más de la mitad en su cavidad, ella soltaba gritos a cada avance mío y me decía que me detuviera, yo hacía caso pues no deseaba hacerle daño. Pero sí estaba seguro de que no tenía ganas de sacársela, me gustaba mucho la opresión que su vagina virgen le daba a mi pene. Una vez que se fue acostumbrando al tamaño y grosor que la invadía, seguí deslizando mi animalote hasta sentir que no entraba más o que algo lo obstruía. Como aún tenía gran parte de verga por meter, decidí continuar y forzarla hasta enterrársela por completo. Con embestidas desbocadas, empezaba a romper ese óbice, los gritos de ella no se dejaron esperar.

- Me duele, Miguel, detente, algo se me ha roto.- gritaba llorando Sandra.

- Pero, yo no siento nada.- contesté con la verga casi incrustada por entero en su chuchita. Si aún no te la meto toda.

- ¿Aún falta?- preguntó asustada por lo que aún le esperaba. No, ya no, la tienes muy grande.

- Entonces, me quedo quieto.- dije suplicante. Se siente tan rico que no te la quiero sacar.

- Ya pero no la metas más adentro, porque duele mucho.- dijo dándome permiso.

Cumpliendo a cabalidad su pedido yo sostenía sus piernas mientras observaba mi gran verga hundida en su vaginita, después de esto nada sería igual para nosotros. Mis rodillas me dolían al no estar tan acostumbrado a esa posición y por instinto me eché encima de ella apoyándome en mis brazos. Al hacer esto una gran parte de mi animalote, aproximadamente unos 10 a 11 centímetros, salió de su conchita dilatada. Acomodándome sobre ella, procedí a recobrar esos centímetros perdidos, no sin la consabida queja de su parte. Volver a entrar me produjo un escalofrío sabroso por la espalda, extrañamente volvía a retirar mi verga de su orificio, y otra vez penetrar y recobrar lo ganado anteriormente, siguiendo la práctica que sin saber hasta ese momento me había dado la masturbación.

Sandra dejaba que yo hiciera en su chuchita, y se quejaba bajito, con mis arremetidas. Mis movimientos se fueron haciendo mucho más rápidos y violentos, y mi cuerpo no deseaba detenerse a pesar de los nuevos gritos cada vez más desaforados de mi enamoradita linda. Sus fluidos se deslizaban por su ano y mis huevos al chocar con este provocaban un chasquido extraño. El tiempo nos era ajeno pero sabíamos que no podíamos estar así para siempre.

- ¡Qué rico se siente, Sandra!- dije arremetiendo furioso por el placer que disfrutaba.

- A mí también me esta gustando aunque aún me duele algo.- contestó cerrando los ojos cuando sentía dolor.

- Ya voy a eyacular.- dije tratando de aguantar mi corrida al máximo.

- Sácamela, Miguel, porque me puedes embarazar.- contestó empujándome para salir de ella.

- ¡Yaaaaaaa!- grité retirando a tiempo mi verga y soltando una abundante cantidad de esperma mezclada con sangre que cayó sobre su vientre y parte de sus vellos púbicos.

Con una mano apretaba mi animal tratando de sacar hasta la última gota de leche que fue a parar sobre su pierna derecha. Para no embarrarme me acosté al lado de ella totalmente exhausto y con las piernas tan cansadas como si hubiera jugado un partido de futbol. Ambos tratábamos de recobrar el aliento después de experimentar nuestra primera vez. Ella miraba la enorme cantidad de leche que le deposité y que al moverse se deslizó por un lado ensuciando mi sábana.

- Mira hay sangre.- dijo señalando los coágulos. Ya ves que se me había roto algo.

- Ya veo, pero no pensé que fuera así.- contesté sorprendido. Pero ya no te sale, ¿cierto?

- No, ya no me sale, que raro.- respondió dubitativa.

- Y, ¿ya no te duele?- pregunté curioso por los gritos que le escuché proferir.

- No, ya no me duele mucho.- dijo. Sólo un poco.

- Que bueno, Sandra.- dije más tranquilo.

- Pero, sí que ha sido algo muy lindo.- dijo sonriendo.

- Sí, no pensé que fuera así.- dije agarrándome la verga. Es mucho mejor que masturbarse.

Ambos reímos al escuchar mi sincera confesión y nos besamos. Al saber que mi madre regresaría en cualquier momento, ayudé a limpiar a Sandra y nos vestimos raudos. Y tomados de la mano salimos a caminar por las calles, sabiendo que éramos hombre y mujer, y que no importaba dónde ni cómo, de seguro lo volveríamos a repetir.

El Autor de este relato fué Miguel , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=11791&cat=craneo (ahora offline)

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