Relatos cortos eroticos Desvirgaciones Un dulce sueño, 27/09/06

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Hace ya mucho tiempo que conozco a una dulce chica de mirada tierna y sonrisa brillante, la llamaré simplemente Z. Aunque no la frecuento seguido y a decir verdad hace mucho tiempo que no se de ella, solo por mensajes esporádicos, siempre la recuerdo por su bella sonrisa. Este es el sueño que tuve hoy en la madrugada, si suena erótico y mis palabras son “fuertes”, he de aclarar que es lo que soñé y en los sueños no se manda:

“Todo fue como una película que no tiene antecedentes, ahí estaba yo en el borde de la cama, en una especie de habitación de hotel. Z, enfundada en un entallado vestido negro, que le resaltaba unas piernas blancas y gruesas, maquillada sutilmente con unos labios rojos y tentadores me miraba como incitándome a admirarla, a desearla y a poseerla. Su mirada, retadora pero tierna e invitadora no se apartaba de mí, y cedí a los deseos que una adolescente puede crear en torno a un hombre alejado de los placeres carnales. Le tendí la mano derecha y correspondió al llamado; un dulce beso selló el pacto de complicidad. Le tomé por la cintura y la admiré en toda la extensión de su cuerpo rollizo, blanco. Sus piernas gruesas, el vestido negro como una noche llena de promesas e ilusiones, su olor a tentación perenne y su sonrisa alentadora provocaron que fuera tras de ella. Empecé por recorrer suavemente su cuello altivo, sentí con la lengua los bellitos casi rubios de esa sección de su cuerpo, solo yo hablaba, ella tomaba el papel pasivo, la besé nuevamente en los labios; ese momento era realmente inolvidable y no quería que se acabara pronto, seguí hablándole al oído, mientras mis manos ansiosas de sentir lo cálido de esa piel blanca se iban como locas a sus piernas y a su cadera. Los dos de pie, y a hurtadillas nos miramos mutuamente en el gran espejo ubicado arriba de la cama. Mi pene en ese instante era un ser incontrolable que cobraba vida propia y se independizaba del resto de mi tembloroso cuerpo excitado en su totalidad. Pasaban los minutos como pasan las estrellas fugaces en una noche de Verano, hasta que apoye sus manos en la cama y la hice subir, de manera que yo quedaba atrás suyo y con las caderas enfrente mío. Z, se veía en el espejo y se volvía en torno mío, no esperé mas y me lancé como el hambriento que no ha comido en días y de

pronto tiene a escasos milímetros la carne, la divina carne joven, blanca y apetecible en extremo. Empecé por lamer sus pies, sus dedos, sus tobillos y subí lentamente sobre su pantorrilla blanca, gruesa, deteniéndome en esa corva, en ese rinconcito que hacen donde se unen la pierna y empiezan las curvas suaves y gruesas de sus muslos generosos, tuve que levantar un poco su vestido negro, para besarle, explorarle, sus pantorrilla, sus chamorros. En un movimiento instinto despoje mi camisa al mismo tiempo que pasaba mi lengua desde la parte trasera de sus muslos, pasando por sus generosas nalgas blancas hasta su espalda. Ella en la misma posición disfrutaba cada caricia y cada ataque de mi lengua. Besaba su espalda al mismo tiempo que mi mano derecha empezaba a explorar por encima de su pantaleta, su zona púbica mientras la izquierda jugaba con su sus cabellos semirubios. No aguanté más la desesperación y lance toda mi atención sobre esas hermosísimas nalgas grandes, blancas y deliciosas que parecían llamarme. Me deslicé como delfín en busca de su crío sobre esa hermosa carne y “devoré” milímetro sobre milímetro. Eran unas nalgas realmente hermosas, de un color blanco resaltado por el negro de su vestido, ella seguía vestida, yo no quería desvestirla aún. Puse mi lengua sobre su vagina por la parte posterior y empecé a lamer esa zona por arriba de su pantaleta negra también. Chupaba con alegría y sin desesperarse, porque realmente se necesitaba tener mucha calma para no comerse esa rica vagina olorosa y húmeda que estaba tan cerca, la distancia de separación de mi boca y de su vagina era el espesor de la tela de su pantaleta negra. Le abrí más de piernas para poder accionar mejor y empecé a deslizarle su ropa interior suavemente, se quedó a la altura de sus rodillas, distancia suficiente para que mi boca y mi lengua pudieran penetrar esa cavidad húmeda y olorosa que me fascinaban en extremo. Empecé a succionar, mordisquear suavemente cada pedacito de deliciosa vagina, así estuve por un largo rato hasta que alcé la vista un poco y observar un ano rosado con tonos cafés; estaba tan excitado y ella tan llena de humedades que no iba a dejar pasar esa oportunidad. Introduje suavemente la punta de mi lengua y ensalivé el diámetro externo de ese ano de princesa de cuento, pero no solo su cavidad más preciada era el centro de mis ataques, de hecho mi lengua recorría toda la raja de su nalga: arriba, abajo, al centro y mis manos sobando y acariciando sus vellos púbicos, luego una mano queriendo explorar sus senos olorosos a pasión y a dicha. Me estaba comiendo ese ano como jamás nunca lo hubiere soñado, las humedades de su vagina y mi saliva mezclada eran una tortura. Termine por quitarme el pantalón y la ropa interior, nunca la desvestí, quería verla con ese vestido negro que le resaltaba sus hermosas piernotas y su piel blanca como una nieve intransitada jamás. Z seguía en la misma posición. Ahora ya estaba despojada completamente de su pantaleta, yo completamente desnudo y ella con su vestido a medio poner con las tetas de fuera y ansiosa de ser amada. Mi pene era un tronco, la erección hacía que me estremeciera constantemente. Me volví sobre ella y la besé con pasión y lujuria, ella respondía con igual o más intensidad, lo deducía de su piel caliente y de lo alterado de su respiración. Me puse enfrente de ella y la hice girar sobre la cama para que estando yo de pie mi pene quedara a la altura de su golosa boca; no hubo necesidad de dar ordenes: tomó con su manita izquierda toda la extensión de mi pene y le dio una pequeña sobadita, como de reconocimiento, como si el lazo de unión se empezar a estrechar más y más. Agachó un poco la cabeza y se introdujo poco a poco la dureza de mi carne erecta, no era una experta pero la calidez de su boca compensaba todo, lamía sin prisas desde el extremo del glande hasta el inicio del pene, succionaba, besaba, arrullaba ese pedazo de carne como si se tratara de un bebé al que hay que satisfacer todos sus gustos antes de que llore desconsolado. Yo seguía de pie y acariciándole sus cabellos con una mano y con la otra jugando con sus pezones erectos hasta que Z tomó la iniciativa de jalarme hacia la cama y con una mirada cómplice me sugirió que reposara sobre ese aposento que era testigo mudo de un encuentro único y olorosamente sexual, boca arriba y con las piernas separadas esperé que se colocara en medio mío y levantando las nalgas se inclinó a chuparme los testículos, tenía los senos de fuera, así que con la mano izquierda no dejaba en paz sus pezones duros, me incliné un poco de manera que mi mano derecha explorara nuevamente su vagina húmeda. Mi pene estaba a punto de reventar, así que la coloqué boca arriba sobre la cama y le abrí las piernas blancas a lo máximo, la vista de ese vaina de placer que emergía con una altivez propia de princesas guerreras me obligó como General implacable a posarme con boca y lengua a darle otro tratamiento especial; la humedad de esa cavidad parecía crecer de forma exponencial, por primera vez, fijé mi vista en su clítoris de ensueño y ella sugirió que si se despojaba totalmente de sus ropas, yo respondí con una negativa, es claro que ese vestido negro, ceñido a su cuerpo me creaba una fijación casi fetichista. Me centré en su montículo de placer, chupé con más ganas su clítoris hasta que se tornó en un tono rosáceo con tendencias a la explosión. Z levantaba su cadera y sus nalgas golpeando suavemente mi rostro húmedo de sus humedades. Algo estaba pasando en su cuerpo adolescente, porque su piel blanca reflejaba lo caliente y los jadeos la llevaban a un estado de semiinconsciencia que realmente me excitaban aún más. Sus manitas tomando mis cabellos y unas convulsiones que casi golpean mi cara, indicaron que el orgasmo de ella era evidente, dejé que sus espasmos y las contracciones de su vagina se recrearan y por intervalos cortos de tiempo pasaba mi lengua por ese clítoris que se asomaba sin timidez por encima de sus labios vaginales superiores. Mi pene reclamaba ser parte de aquel festín y Z lo intuyó porque me tomó de las caderas y me hizo inclinarme sobre ella, aproveché ese movimiento para posar mi boca en sus senos, en sus aureolas duras. Saqué un preservativo y se lo di a Z para que lo colocara, la asesoré para que la misión fuera exitosa, usó su saliva para lubricarlo. Le abrí esas piernas gruesas que tanto me excitaban y fijé la punta de mi fierro caliente en la entrada de esa cuevita que tanto deseaba ser penetrada. Se la introduje despacio, muy despacio, a una velocidad casi desesperante que se transformaba a una velocidad mayor y mayor. Ella empezó a mover las nalgas, como para acomodarse mejor el pene ansioso de taladrar cada centímetro de piel caliente. Subí sus piernas sobre mis hombros y arremetí sobre ella que no dejaba de gemir y de casi gritar; por primera vez hablaba, se había transformado de la nena pasiva a la nena de obscenidades y que me ordenaba que le diera más y claro que le obedecía, como no ponerse a las ordenes de ese ente angelical que pedía a gritos ser devorada, clavada por la espada que parecía partirla en dos pero que la llenaba de un gozo jamás sentido y que hoy se hacía tangible; atrás habían quedado sus sueños eróticos y sus fantasías de sexo fantástico. Hoy la película que tanta veces había imaginado en su mente de nena reprimida, se estaba rodando y ella era actriz principal, el guión era para ella, todo era para ella, hasta el semen caliente. Cuando mi orgasmo y el de ella casi coincidían, retiré el pene, ella que después de quitarme el preservativo se lo llevó a sus senos y luego a su boca. Con un sutil movimiento de sus manos sucumbí a una eyaculación casi salvaje, en un atisbo de mirada, observé como le escurría por la cara esa sustancia lechosa que frotaba a sus senos y que yo ayudaba a distribuir uniformemente con mi mano derecha en todo su bello rostro. La besé con una ternura jamás soñada. El vestido negro seguía aún ahí, impávido e inmaterial fue mudo testigo de aquel encuentro……”. Métodos artificiales de cría de cabras.

El canto madrugador de un gallo me asaltó sin piedad, sobresaltado y aun estupefacto, comprendí que este había sido el mejor “sueño húmedo” de mi vida, toqué mi bóxer y efectivamente, tenía aun fresco la señal inequívoca de una eyaculación involuntaria. Sonreí, aún quedaban dos horas por disfrutar de un sueño caluroso de verano en el trópico, antes de dormitarme nuevamente, tomé el teléfono móvil y busqué en el directorio el número de Z, esa chica provocadora de ensueños húmedos y pensé para mí mismo: hoy le hablaré a mi muñequita viviente, aunque cuando me conteste me diga “¿porque no habías hablado antes?” y yo, contestaré “es que me daba pena”, y ella contestará “tu siempre tan penoso”……y ella contestarᅅ……………………..

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El Autor de este relato fué El Santo , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=12933&cat=craneo (ahora offline)

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