Relatos cortos eroticos Desvirgaciones Yang

 

 

 

Mónica era una puta. Sí. Es la tía más cabrona y guarra que he conocido nunca. A principio de curso era mi mejor amiga, lo sé, pero el mundo está lleno de lobos con piel de cordero. Cada vez que pienso en todo lo que me hizo me pongo frenética y me dan ganas de destrozarlo todo. Cabrona hija de puta...

Llevaba saliendo con Sergio desde finales de verano, nunca antes había deseado tanto a un chico; cada segundo con él era algo mágico, sé que puede sonar peliculero, pero lo cierto es que nunca he disfrutado tanto como al lado de Sergio. Me costó mucho acercarme a él, de hecho invertí todo el verano en irle entrando poco a poco. Recuerdo aquellas hogueras nocturnas en la playa con toda la pandilla... Yo sólo tenía ojos para él, aunque intentaba disimularlo a toda costa. Llegada esa fase, en escasas ocasiones llegué a hablar con Sergio de tú a tú, sólo lo hacía si era algo imprescindible, porque tenía miedo a resultar torpe y por nada en el mundo hubiese querido que toda la pandilla se enterase de que estaba coladita por él. Por aquel entonces me limitaba a interpretar cada gesto que hacía: si giraba la cabeza poco a poco hacia donde yo estaba significaba que le gustaba seguro; por el contrario, si estando a pocos metros de mí se cruzaba de brazos fijo que quería decir que me rechazaba. Cuando recuerdo todo esto me doy cuenta de lo tonta que llegué a ser, pero qué le vamos a hacer, pobre de mí, estaba muy enamorada. Recuerdo la noche en la que les confesé a algunas amigas de la pandilla que me gustaba Sergio, y la agradable confusión que experimenté cuando ellas me dijeron que se rumoreaba que yo a él también le gustaba. Una noche de mediados de agosto, aprovechando un momento en que él y yo nos quedamos solos frente a la heladería del paseo, me confesó sus sentimientos y toda la tensión y la espera que acarreaba en mi interior desde hacía tanto tiempo estallaron convirtiéndome en la persona más afortunada del mundo. Se lo conté todo mientras me perdía en sus ojos, y segundos después nos besábamos abrazados en la orilla. Yo era su princesa y él mi caballero andante, nos queríamos los dos, tanto yo a él como él a mí. ¡Era maravilloso! Aquel verano conocí lo que es el amor, le di mi primera vez. Aún pierdo el mundo de vista cuando recuerdo cómo jugaba con mis rizos rubios mientras acariciaba los lugares más sensuales de mi cuerpo. Lo dicho, ¡algo maravilloso!

 

Hasta que empezó el curso y la putorra de Mónica se interpuso entre nosotros. Yo no había notado que nada fuera mal entre Sergio y yo, de verdad que todo seguía igual de bien. Vale, no estábamos en el pueblo ni era el mismo ambiente, pero es que yo le seguía queriendo como antes, joder. Me cago en la cabrona esa. ¡Mierda, mierda, mierda! Me lo arrebató. Por lo que me contaron mis amigas se ve que al mes de empezar el curso, en una fiesta en casa de Nacho a la que no pude acudir porque tenía un gripazo de caballo, Mónica se empezó a insinuar a Sergio y a media fiesta, cuando él ya iba muy borracho... ¡le hizo una mamada en el sofá delante de todo el mudo! Vaya una guarra. No he vuelto a hablar con Sergio desde entonces, y creo que Mónica y él llevan tres meses saliendo. Que se prepare esa furcia, que ya llegará el día en el que otra aún más puta le robe a mí, a su niñín. Remedios Naturales Caseros Trucos Y Consejos De Salud

Supongo que Sergio me sigue gustando, pero decidí perderlo de vista y servidora es de convicciones férreas. Lo complicado del asunto es que tenía pánico a encontrármelo por ahí abrazando a otra y ser consciente de que había substituido la veneración por mis ojos azules por el culto a las chichas de algún putón verbenero. Es un cabrón pero en el fondo le sigo queriendo. En aquel momento no me atrevía a salir de marcha, así que opté por ocupar mi tiempo libre con cualquier tarea que me evitase la posibilidad de acercarme a Sergio. Me pasaba las tardes encerrada en casa estudiando, escuchando música y comiendo Chimos, a veces las tres cosas a la vez. Pasadas unas semanas me surgió la posibilidad de hacer de canguro de mis primitos, unos niños monísimos la mar de dóciles, y pensé que no me vendría mal sacarme un dinerillo con una tarea tan simple.

A veces llevaba a los chavalines al parque, aunque era un engorro porque acababan ensuciándose mucho en el arenal, y otras al centro cívico del barrio, donde podían pasar el rato jugando con otros niños y manipulando juguetes a base de bien. El centro cívico era una especie de pabellón muy grande en el que, según el día y la hora, podías encontrarte gente entrada en años haciendo manualidades plásticas o hasta ancianos practicando tai-chi. No obstante, aquella tarde estaba completamente vacío. Ni siquiera tenían el surtido de diarios con los que me suelo distraer a la espera de que pasen los minutos. Mis primitos ya se habían puesto a jugar como cosacos, para ellos cualquier cosa es sinónimo de distracción. Me senté en el suelo del pabellón, apoyada contra la pared. Fijé mi vista en mis primos, pero mi mente se iba hacia otro lugar. Me imaginé a Sergio pasándoselo bien con un montón de desconocidas. Seguro que se había olvidado de mí. Seguro que yo era tan sólo una muesca más en su revólver. Y aquí estaba yo, sola y autoreprimida, como la más obcecada de las monjas clarisas. Me volví a preguntar por enésima vez qué debía de hacer con los recuerdos de mis días con Sergio: ¿borrarlos de mi mente? Pero si fue de las etapas más bonitas que he vivido... ¿tenerlos siempre presentes? Y así revivir constantemente el dolor que me produjo lo que se desencadenó posteriormente... Entre cavilaciones me levanté del suelo y salí por la puerta trasera del recinto con la intención de comprar en el bar de la esquina un paquete de Chimos. Volvía hacia el centro cívico sumida en mis pensamientos, Sergio se había convertido en algo así como un candado que me mantenía presa. Empujé la puerta de emergencia del pabellón con fuerza: ésta se abrió de par en par de forma vehemente. Y entonces comprendí que no había ningún candado, lo que me mantenía presa era yo misma, la solución estaba en mí. Al cruzar el umbral sentí un cosquilleo en mi pubis mientras me sonreía a mí misma por primera vez en mucho tiempo.

El Autor de este relato fué Ornitorrinco , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=72&cat=craneo (ahora offline)

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2021-03-10

 

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