Relatos cortos eroticos Desvirgaciones Ying

 

 

 

Recuerdo como si fuera ayer el día en que perdí el osito de peluche que me regalaron al poco tiempo de nacer. Nunca supe quién fue exactamente la persona que me lo regaló; es algo que suele ocurrir en este tipo de eventos festivos: toda la gente próxima a la familia se ve obligada a hacer algún presente para quedar bien y de algún modo ser recordados, pero lo que ocurre al final es que la cantidad masiva de regalos hace imposible retener en la memoria quién regaló qué. Me hubiese gustado saber quién tuvo el detalle de proporcionarme a mi más fiel compañero de juegos de infancia.

Mi osito de peluche era mi Norte y mi Sur, juntos jugábamos a aviones, a policías, correteábamos por el parque espantando a las palomas, y, en definitiva, cada segundo que pasábamos jugando juntos evidenciaba que estábamos hechos el uno para el otro. Al menos él estaba hecho para mí.

 

Mi osito nunca acabó de encajar bien entre mis amigos, al menos no tan bien como conmigo a solas. Él me entendía más que nadie, me acompañaba a donde quisiera y siempre estaba allí, dispuesto a jugar conmigo, fuese cuál fuese el momento y el juego. Mis padres empezaron a preocuparse porque prefería jugar solo a jugar en el parque con los demás niños, supongo que no comprendían que teniendo a mi osito el resto de cosas, fueran niños o fueran coches teledirigidos con ruedas de pinchos, era accesorio.

Pasó el tiempo, el colegio me abrió una realidad nueva y, aunque nunca me ha resultado fácil relacionarme con la gente de mi entorno, lo cierto es que conocí a muchos niños con los que compartí intensísimas aventuras a bordo de columpios chirriantes y castillos de barras metálicas oxidadas. Al llegar a casa lo primero que hacía era volver con mi añorado osito y explicarle todo lo que había hecho en el cole. Le parecía todo maravilloso, incluso más que a mí, cosa que me llenaba de satisfacción. Pasábamos el resto de la tarde juntos, jugando sin preocuparnos por nada, compartiendo el placer de la diversión pura bañados por la luz dorada del atardecer.

A medida que pasaban los años mi relación con él se fue haciendo cada vez más distante. Nos gustaba vernos, sí, pero ya no era lo mismo que antes, ahora me daba vergüenza y reparo pensar que alguien pudiera verme, a mi edad, jugando con él, que cada día parecía más inanimado y piojoso. Y llegó un día fatal del que no fui consciente hasta mucho más tarde: me olvidé por completo de él. La última vez que vi a mi osito de peluche, no el bulto en la estantería sino el osito que siempre conocí, fue hacia los ocho años. A los catorce, justo a los catorce, me percaté de forma drástica de que seguía existiendo. No estoy seguro de lo que fue de él durante todo este tiempo, tal vez durmió cubierto de polvo escondido tras algunos cachivaches en algún estante de mi habitación. Cuando me di cuenta de lo que había pasado era demasiado tarde. Hacía poco que había cumplido catorce años y, al llegar a casa, tras un intenso día de colegio, reparé en el hecho de que las estanterías y rincones de mi habitación estaban prácticamente vacíos. Sumido en un torbellino de desconcierto y angustia le fui a preguntar a mi madre qué significaba aquello. Me respondió que había llevado todos mis polvorientos trastos al centro cívico del distrito, que no entendía por qué me había puesto tan histérico de repente y que seguro que los niños huerfanitos, o quienes fuesen, le sacarían más provecho que yo a esa montaña de cacharros. Tuve que girarme bruscamente para que mi progenitora no viera brotar las lágrimas de la catarsis que acababa de adueñarse de mi ser. Sin dudarlo ni un segundo salí disparado hacia el centro en cuestión, que se hallaba a pocas manzanas de mi casa. Corría al máximo, no notaba ningún contacto con el suelo; por el contrario un vacío que hacía segundos se había hecho presente en mi interior iba extendiéndose poco a poco. Mi vista, empañada de lágrimas, me mostraba difuso el trecho que me faltaba para llegar al maldito y ansiado centro.

 

No parecía haber demasiada vida en aquel lugar, tan sólo un par de preescolares en un rincón intentando encajar volúmenes de colores en una plantilla. Era un sitio alto y ancho, una especie de barracón enorme sin tabique alguno. Estaba extremadamente nervioso, me dolía hasta la última fibra de mi ser, era incapaz de leer atentamente el contenido de los cartelones dispuestos en un caballete próximo a la entrada del recinto y las voces chillonas y sincopadas de los niñitos retumbando en la inmensidad de la sala me hacían sentir desagradablemente agridulce. Me quedé quieto y desorientado, rendido ante la avalancha de sentimientos que se cernía sobre mí en aquel momento. De repente oí un estruendo, como si el techo del edificio se desplomase sobre mí. El ruido se dispersó por la sala lentamente. Me giré y vi una figura alejándose de lo que parecía ser un doble portón metálico, de esos que tienen una asa transversal que si la empujas hace abrir la puerta de par en par. La persona en cuestión se dirigía hacia los pequeñajos del fondo. Desconcertado me dirigí a ella con mis mejillas rebosantes de lágrimas a medio secar. En aquel momento, antes de poder preguntarle nada reparé en su aspecto: parecía una aparición angelical, sus cabellos rubios acastañados se ondulaban en una cascada de brillo áureo enmarcando un rostro gobernado en majestad por dos inconmensurables ojos azules sustentados en un imperceptible montículo nasal. Su piel era como la leche de almendras, sólo destacaban sus rosados labios, que parecían suaves cojines de majarajá de ultramar. Lo único que pude decirle cuando posó sus ojos en mí fue: "¿d... donde está?". A la milésima de segundo noté que una combinación de goce y malestar me embriagaba. Ella me sonrió y después de esbozar una suave carcajada me respondió con una voz que aún hoy sisea en mi tímpano: "¿qué es lo que buscas?". Tostadora de pan

La miré perplejo, completamente atontado, todo el aire cargado del recinto parecía hacer presión sobre mi persona, tenía las orejas completamente rojas; mi mente acababa de colapsarse, ya no sabía dónde estaba ni qué hacía allí. Fueron mis instintos los que tomaron el relevo, algo que había llevado guardado conmigo durante más tiempo de lo que podía imaginar se manifestó en aquel momento. Tendí poco a poco mis brazos hacia aquel ángel, hasta que las yemas de mis dedos empezaron a notar el tacto de algo cálido. Había dispuesto mis manos en cada lado de su cintura, ella me miraba entre atónita y divertida, manteniendo una sonrisa de perlas perfectas y una mirada que derramaba complicidad. Acerqué mi cuerpo al suyo, ella era unos dedos más alta que yo y probablemente me superara en un par de años, hecho que comprobé cuando mis manos empezaron a desplazarse lentamente por sus sinuosos costados. En aquel instante mi cuerpo era un hervidero de sensaciones. Ella me rodeó el cuello con sus brazos, cosa que hizo estremecer cada partícula de mi persona. En ese momento sus ojos se cerraron y pude ver cómo sus labios se acercaban a los míos. Cuando quise darme cuenta sus pétalos rosados ya se habían modulado a mi torpe hocico; un cosquilleo partió de mis labios y recorrió mi cuerpo de arriba abajo y una dulce neblina de placer me invadió. Noté que mis labios se iban empañando de dulce ambrosía y que la lengua de mi ángel se internaba poco a poco en mi interior. A los pocos segundos se daba en nuestras cavidades bucales una desenfrenada batalla entre nuestros sables flexibles, en la que cada estocada reportaba un botín de inusitado placer a ambos. La neblina de placer ahora entraba en mi cuerpo a borbotones, parecía llenar cada rincón de mi interior de forma salvaje y contundente. Sus manos se deslizaban hábilmente abarcándome por completo. Las mías, aunque torpes, no cesaban de palpar su contorno. En aquel momento mi mano derecha se posó sobre uno de sus pechos. De repente, como el aventurero que pulsa por accidente una baldosa, activé un mecanismo secreto: separó sus labios de los míos y con unas facciones fuera de lo angélico profirió un intenso gemido: "oh, síiihh...". Aquello acabó de disparar algo dentro de mí, puse ambas manos sobre sus pectorales y procedí a magrearlos con frenesí. Ella estaba exaltadísima, contorneaba su cuello hacia atrás, con sus ojos fuertemente cerrados exhalaba jadeos de gusto y me rogaba que no me detuviese. Mientras proseguía con el masaje me di cuenta de que ella estaba agarrando los extremos de su ceñida camiseta y que intentaba quitársela sin que el tocamiento se interrumpiese. En un abrir y cerrar de ojos, sin que yo pudiera darme prácticamente cuenta, se quedó en sujetador. La tira derecha de su sostén yacía sin tensión formando un bucle lánguido hasta la altura de su codo y sus tetas se habían salido ligeramente de las copas, quedando a la vista sus pezones, que eran rosados y enhiestos de excitación. Ya no eran mis manos las que se amoldaban a sus concupiscentes curvas pectorales, ahora mi lengua repasaba la aureola de sus pezones. Mientras le succionaba dulcemente las tetas podía notar su respiración entrecortada acompañada de profundos gemiditos de placer. De repente noté que su mano se deslizaba bajo mi tórax; al principio pensé que sería una caricia más, pero me di cuenta de que se internaba bajo mi pantalón, bajo mis calzoncillos, ¡oh, entonces me di cuenta de dónde había ido a parar toda la neblina de placer que segundos antes había invadido mi interior! Noté el tacto de su mano en mi pene empotrado; para entonces ya me había quedado completamente absorto, en blanco, fue como si perdiera el conocimiento por completo. Cuando lo recobré lo primero que noté fue el frío del parqué del pabellón que se me calaba a través de las palmas de mis manos y de mis rodillas. Tenía la vista fija en los chiquillos que jugaban al fondo y mi cuerpo desnudo yacía tembloroso y sudado sobre las cenizas de peluche de un ángel que me miraba con picardía mientras me hacía suaves cosquillas en el pecho.

 

El Autor de este relato fué Ornitorrinco , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=71&cat=craneo (ahora offline)

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2020-09-11

 

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