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1ª parte: Desencuentro

Buscaba pasión. Y por eso había marcado su número de teléfono. Un número que permanecía intacto en la memoria como si no hubiesen pasado los años.

Conforme iba tecleando cada dígito sentía como la respiración se aceleraba y aquel cosquilleo que empezaba en la boca del estómago para terminar en su sexo la consumía con un calor irreverente. Se despertaban sentimientos que creía extinguidos.

Oyó el pitido del teléfono al otro lado. Uno. Dos. Tres veces. Y nadie descolgaba. Volvió a marcar de nuevo por ver si es que no había llegado a tiempo. De nuevo el pitido interminable. No estaba en casa. Y no quería llamarlo al móvil. Tal vez cuando volviese viera su número registrado en el teléfono y fuese él quien la llamara. Tal vez.

 

Se levantó del sofá y fue hacia la cocina. Sus planes habían sido echados por tierra en un segundo. Necesitaba verlo. Era un deseo imperioso que la estaba consumiendo desde hace días. No podía pensar en otra cosa. Su cuerpo y su mente lo deseaban día y noche. No dejaba de pensar en cómo serían sus besos, sus caricias, en cómo susurraría al oído su nombre... Era una insensatez, un desatino. Pero él era todo lo que quería. Sentirlo en ella igual que late la sangre en una herida abierta. Y sabía que él estaba dispuesto. Se lo había dejado muy claro la última vez que coincidieron de copas. Sólo tenía que hacer esa llamada, y antes de que se marchase de la ciudad. No tenía mucho tiempo. Una semana.

Decidió salir a la calle a dar un paseo. Estaba desasosegada. Llamaría de nuevo a la vuelta. Cogió el bolso, cerró con llave y bajó las escaleras despacio. Iría al centro comercial. Se dejaría seducir por aquel conjunto de ropa interior blanco que había visto la semana pasada. Y lo compraría para él.

Después de caminar cinco minutos llegó a la tienda de lencería y pidió a la dependienta que le enseñase el conjunto. Suerte. Había su talla. Y se lo probó. Era precioso y no le sentaba nada mal ahora que estaba morena. Realzaba sus pechos. No pudo dejar de acariciar con la yema de los dedos el escote, el vientre y la tela bordada. Los pezones se pusieron de punta, la piel se erizó y un escalofrío la despertó de aquél instante llevándola a la realidad del probador minúsculo. Salió y entregó la tarjeta a la dependienta para que le cobrase. Entró a tomar un café y echar un vistazo al periódico. Por la noche televisaban una película que había visto en varias ocasiones pero que le gustaba siempre como la primera vez: “Elegir un amor”. Cambell Scott o Scott Cambell, como quiera que se llamase estaba impresionante. Incluso con el pañuelo en la cabeza para disimular su calvicie. Eso sí, cada vez lloraba más que la anterior. Un amor que se escapa de las manos, una vida que se apaga, un sueño que se difumina con la pérdida de la ilusión. Una historia triste con final, sino feliz, sí esperanzador.

Volvió a casa. Antes de nada fue a ver el teléfono para comprobar si había llamado alguien. Nada. La luz seguía apagada como cuando salió a la calle. Y volvió a marcar. Un primer pitido y:

- Diga

- Alberto, soy Ana

- Sí, te he reconocido. ¿Qué tal?. Acabo de llegar ahora mismo a casa. He visto tu número. Iba a llamarte ahora después de hacer un pís.

- Pues venga, ve al baño que te espero.

- No sabes como te lo agradezco.

 

- Estás en tu casa.

- Cuelga que te llamo yo en un momento

- Vale

Colgó y los minutos se le hicieron interminables hasta que el teléfono sonó de nuevo. ¡Dios!, ¿qué iba a decirle ahora?. De pronto lo que antes tenía tan claro se envolvía en dudas y cavilaciones.

- ¿Ana?

- Hola, aquí estoy.

- Pues tú dirás

- La verdad no sé por dónde empezar

- Soy todo oídos. Cuéntame lo que quieras. Me encantará oirte.

- En realidad no tengo nada que contarte. Bueno, sí.

- Ay, Ana. Desmelénate. Dime lo que de verdad quieres decirme y no te cortes. Ya no somos unos niños. Me encantaría antes de irme que me descubras la mujer que vive en ti. Siempre dejas que se asome unos centímetros por el balcón y luego la escondes como si estuvieses jugando con una marioneta de un guiñol.

- Muy gráfico. Yo no lo habría explicado mejor. La verdad es que quería...

- ¿Echar un polvito?

- Joder, Alberto... eres un demonio. Dicho así va a parecer que estoy desesperada por acostarme contigo.

- ¿Y no es así?... Es de broma, tonta. No te asustes. Sé lo que quieres encontrar. Igual que sabes tú que yo no puedo darte todo lo que buscas. Mira no quiero hacerte daño pero Dios sabe que me encantaría hacer el amor contigo. En realidad es lo que más desearía en este momento.

- ¿Por qué estás tan seguro de todo?

- Yo no estoy seguro de nada. Simplemente sigo mis instintos y leo los tuyos en tus ojos cuando me miras. Y no lo digo con pedantería. Lo que sientes por mí me parece un regalo que no merezco pero el destino ha cruzado nuestros caminos. Y yo no voy a dejar de correr ese riesgo.

- ¿Qué riesgo?. Tú mismo me has contado muchas veces que no piensas enamorarte jamás. Que “esos rollos” no van contigo. Que tú eres un espíritu libre y todas esas pamplinas que suenan bien pero con las que no estoy conforme.

- Un día el amor me puede pillar con la guardia baja.

- Además, te vas en una semana.

- Por eso, Ana. Verás, yo no iré a buscarte pero si tú vienes no te rechazaré. Ya lo sabes. No te engaño.

- Yo no puedo ir. Y tú también lo sabes. En cambio, si vienes tú... te dejaré entrar. ¿Por qué no vienes a cenar?. Mañana entro de tarde y sé que tú ya estás de permiso con el traslado.

- ¿Me espías?

- Encontré a tu amigo Marcos ayer en el hiper y me lo dijo.

- Está bien. En una hora estoy ahí.

- Trae vino, porfa.

- Eso está hecho. Hasta luego.

- Hasta luego.

Encargaría la cena por teléfono a la pizzería de la esquina. Preparaba unas lassagnas exquisitas y así tendría tiempo de darse un baño. Eran las ocho, encargaría la cena para las diez y así le quedaría un margen de una hora para charlar y tomarse un vino. Hizo la llamada, puso la mesa en el comedor, encendió el equipo de música y se fue al baño. Y dejó que el tiempo pasase sin prisa saboreando cada burbuja de jabón que resbalaba por su cuerpo. Con los ojos cerrados sentía la caricia del agua caliente saliendo con fuerza de la cebolleta de la ducha y golpeando su cuerpo hasta dejarlo encarnado. Y se dejó envolver por aquél olor a amapola, té verde y mandarina.

El timbre de la puerta la sacó de su ensimismamiento. Y su corazón bombeó un latido brusco. ¿Quién sería?. ¡Mierda!. Lo más rápido que pudo envolvió el pelo en una toalla pequeña y se puso el albornoz y las zapatillas. Y se acercó a la mirilla de la puerta. Seguro que era cualquiera que venía a ofrecer un seguro o a dejar una revista que nos advertía de que el mundo iba a acabarse. No había acertado. Giró la llave y abrió.

 

En el felpudo estaba Alberto con la botella de vino tapándole la cara y su sonrisa:

- Sabía que si venía antes de tiempo todo sería más espontáneo y así podría echarte una mano... para... preparar la cena.

- Mira que pinta tengo.

- Estás preciosa. ¿No vas a dejarme entrar?

- Pasa. Me vestiré enseguida –dijo Ana, dirigiéndose a su habitación.

- Bueno, la verdad es que así te veo perfecta.

Dejó la botella de vino encima de la primera mesa que encontró a mano y se acercó a Ana por detrás, abrazándola y la olió en el cuello, hundiendo allí su cara. Y desabrochó el nudo de su albornoz dejándoselo caer lentamente por los hombros hasta dar en el suelo. Giró a Ana lentamente hasta quedar frente a frente. Le sacó la toalla que le enroscaba la cabeza con una mano mientras con la otra le despeinaba el pelo corto de chico y dio un paso hacia atrás para verla un poco más lejos. De cuerpo entero. Alberto vio un cuerpo bonito en el que destacaba el triángulo del pubis oscuro y rizado más blanco que el resto de la piel. Y se acercó a besarla suavemente en la boca mientras la cogía en brazos para llevarla al dormitorio. Era un apartamento pequeño y las puertas estaban todas abiertas.

Ana no había articulado palabra pero él no se había dado cuenta. La depositó encima del edredón mullido con cuidado y empezó a desnudarse. Ana se incorporó porque no quería perderse ni un solo detalle de aquel cuerpo que había imaginado tantas veces mientras el deseo se manifestaba en la humedad de su sexo y en aquel calor inconfundible.

Cuando Alberto terminó de desvestirse tiró de los pies de Ana, despacio, dejándola de nuevo en posición horizontal. Y se echó a su lado apoyado sobre un codo, mientras con la otra mano recorrió su cuerpo, rozándolo suavemente con la yema de los dedos. Ana miraba la escena como si fuese una espectadora atónita y le dejaba hacer. El arqueo de su cuerpo delataba cada caricia.

Y Ana sintió la necesidad de tomar las riendas de la situación y empujó a Alberto para que fuese él quien se quedase en posición horizontal y se sentó a horcajadas sobre su sexo dejando caer el peso de su cuerpo sobre él, sin introducirlo. Y empezó a besarlo con besos pequeños. Jugando. Se acercaba a su boca para escaparse cuando él estaba a punto de responder al beso. Hasta oir como le pedía:

- Ana, por favor. Bésame. No seas mala, bésame.

Y entonces los besos fueron haciéndose más húmedos. Como chupones. Por los ojos, por el cuello, por la barbilla, rozando los labios de paso... dejándolo una y otra vez con el ansia de probar su boca por dentro. Sentir el roce de los dientes con la lengua y el sabor de su saliva. Y siguió besando su cuerpo. Alberto acariciaba sus pechos y jugaba con los pezones mientras ella besaba su bajo vientre. Su miembro estaba totalmente derecho cuando ella se lo llevó a la boca para chupárselo como si fuera una piruleta de fresa. Se lo metía en la boca y se lo sacaba para besarlo y lamerlo y volver a chupárselo con fuerza hasta mordérselo despacio.

Y volvió de nuevo a su boca dejando ahora que él la besara como estaba deseando. Con la pasión contenida del deseo de tantos meses atrás. Ana seguía sin decir nada mientras oía a Alberto como susurraba en su oído cuánto le gustaba.

 

Todos los hombres eran iguales. En cada acto de amor se enamoraban de la mujer con la que estaban mientras le daban placer. Y después.... después. Todo lo que importaba venía después. Después del sexo. Después del amor. Desechó ese pensamiento estúpido mientras introducía el pene de Alberto en su cuerpo. Quedaron así acoplados sintiendo un placer lacerante que les quemaba. Él tampoco podía ocultarlo. Sí, ella también había visto en sus ojos. También vio en sus ojos cuando empezó a moverse. Y escuchó sus gemidos y su nombre en su boca: Ana, Ana... Y ella se movía y se movía. Sorda. Y ciega. Había cerrado los ojos para ver su cuerpo por dentro. Aquella oscuridad salpicada por multitud de luces que se hacían más intensas cuánto más intenso era el grado de excitación.

Hasta que de pronto las luces se apagaron y de su garganta brotó un te quiero contenido y un sollozo ahogado. Él había alcanzado el orgasmo mientras ella había sentido como si hubiese subido a la montaña rusa y se hubiese quedado suspendida en el aire cabeza abajo.

Salió de su cuerpo con sigilo y se enroscó a su lado en posición fetal. Alberto la abrazó mientras le acariciaba el pelo. Subió el edredón para que no la cogiese el frío.

Y Ana se sumió en un sueño profundo blanco. Y Alberto, también dormido, soñó que estaba en un parque jugando en los columpios con un niño pequeño que tenía el cuerpo menudo como Ana, y los ojos de Ana y la misma candidez en la sonrisa. Artículos de danza y ballet

2ª parte: Una luz

Ana se despertó demasiado temprano para no tener que madrugar. Alberto dormía todavía profundamente. Abrió el cajón de la mesilla para coger unas braguitas y lo más silenciosamente que pudo se dirigió a la cocina, no sin antes echar un vistazo desde la puerta de la habitación. Quería grabar aquella imagen de él entre las sábanas revueltas. Y no pudo evitar retroceder despacio y acercarse a olerlo. Quería retenerlo todo en su memoria por si aquello no volvía a repetirse. Era lo más probable. Pero no quería pensar en eso ahora. Disfrutar el momento; eso era todo cuanto tenía que hacer.

Echó un vistazo por la ventana y comprobó con agrado que saldría el sol tan esperado después de varios días de lluvia. Tal vez era una señal. Inconscientemente y en alto se dijo: “Anita, hija, mira que eres tonta... tú y tus señales... señales... déjate de chorradas”. Vivir sola le había hecho adquirir esa costumbre: hablar en alto consigo misma. Ella se hablaba y se contestaba.

Encendió la cafetera y se fue a dar una ducha rápida. Mientras el agua caía sobre su cabeza, con los ojos cerrados trataba de recordar cada instante mientras hacían el amor. Y no paraba de oír su nombre en boca de Alberto: Ana, Ana... ¡Mierda!. Le gustaba mucho y tenía que decirle adiós. Inevitablemente. Ya no había vuelta atrás. Ya no había lugar para el arrepentimiento.

Salió del baño y antes de dirigirse a la cocina volvió a pasar por la habitación. Se encontró con la mirada de Alberto. Se había despertado y permanecía pensativo en la cama que los había cobijado.

- Ven a darme un abrazo, sé buena conmigo –Ana se acercó a la cama y se sentó en donde le indicaba Alberto, que se había incorporado mientras le hacia una seña con la mano.

 

- Ay que ver que cariñoso estás por las mañanas. ¿Siempre te despiertas así?.

- Tú eres la culpable de que esté tan contento. Aunque tengo algo que hablar contigo.

- Pues tú dirás.

- Supongo que ya sabes de lo que quiero hablarte.

- De mis orgasmos.

- Bueno. En realidad me gustaría saber si te ha pasado por casualidad o hay algo más que yo deba saber.

- No te preocupes, Alberto. El problema es mío y sólo mío. Ojalá fuera algo casual. Y es muy largo de contar. Da igual, déjalo.

- No quiero dejarlo, Ana. Somos amigos desde hace tiempo y el hecho de que nos hayamos acostado nos une más. Sabes que te quiero mucho, no quizá de la manera que tu esperes de mí. Pero me importa todo lo que te pasa, todo lo que te preocupa. Debiste habérmelo contado. Tal vez no es tuyo el problema Ana. Tal vez sólo se trata de que no has dado con el amante adecuado. Bueno, suponiendo que sí puedas conseguir los orgasmos de otro modo.

- Venga, vamos a desayunar. Me muero de hambre. Seguimos luego.

- Está bien, como quieras. Yo también tengo hambre. Si no te importa voy a ducharme primero. ¿Tendrás un cepillo de dientes para mí?.

- ¿Cómo no?. Siempre tengo un cepillo dispuesto para mis amantes ocasionales. Es broma. Aunque es verdad que siempre tengo alguno en casa sin estrenar.

- Eres mi chica ideal.

- Y tú mi príncipe verde.

Alberto se levantó de la cama y se fue al baño. Y Ana se puso una camiseta, la primera que encontró en el armario y se volvió a la cocina a preparar unas tostadas. En menos de que canta un gallo Alberto estaba situado detrás de ella hundiendo de nuevo la cara en su cuello. Ana sintió que se le ponía la piel de gallina. Sus pezones se pusieron de punta y seguían así cuando se sentaron a desayunar. Se vio y se puso colorada. No pudo evitarlo. Alberto le quitó hierro al asunto haciendo como que no se diera cuenta de nada. Tenían un tema importante que tratar y no quería ponerla nerviosa. Suponía que no le sería fácil hablar de algo tan delicado y tan íntimo.

- Bueno, chica, puedes empezar. No omitas ningún detalle que pueda ser importante y no te avergüences. El cuerpo no es un reloj al que se puede dar cuerda y atrasarlo y adelantarlo cuando quieras.

- Pues verás. Yo puedo tener orgasmos. Cuantos quiera, como quiera y donde quiera. De todos los colores, de todos los sabores, de todos los olores... excepto... en ese momento ideal en el que son los dos amantes los que lo comparten. Puede ser antes o puede ser después. En ese justo instante según creo recordar sólo lo he tenido una vez.

- ¿Ni siquiera cuándo estuviste casada?

- Te va a parecer increíble pero apenas puedo recordar mis relaciones sexuales matrimoniales. Bueno, en realidad podría pero no quiero. Sólo puedo recordar que hice el amor demasiadas veces. Queriendo y sin querer. Suponía que yo debía complacer a mi marido y cuando no tenía ganas me las inventaba. A veces me sentía muy mal. Incluso provocaba las situaciones para que por la noche en cama me dejase dormir tranquila. Al final de nuestra relación ya no podía soportar que me pusiese un dedo encima. Llegué a aborrecer el sexo. Una vez ya separada pasé un montón de tiempo sin tener ningún tipo de deseo ni físico ni mental. Y lentamente aprendí a conocer mi cuerpo. Tampoco era capaz de masturbarme. Era terrible porque empezaba a tocarme y no sentía absolutamente nada. Pensé que mi cuerpo se había quedado vacío y jamás recuperaría lo que se suponía que debía de sentir con total normalidad. Poco a poco con el transcurso de los meses empecé a descubrir las caricias que me gustaban y a sentir como mi mente y mi cuerpo empezaban a reaccionar. Incluso podía y puedo tener orgasmos sin apenas tocarme, sólo con la imaginación. Con una pareja hay algo que al final siempre me frena. No sé qué demonios es lo que me impide alcanzar el climax a pesar de lo placentero que me resulta el acto amoroso en sí. Yo soy como una persona ciega. Sé que no puedo ver y por eso me esfuerzo en acrecentar el resto de mis sentidos. Tal vez yo disfrute más con los pequeños detalles que a los demás pasan desapercibidos. Una mirada, un beso, un susurro. Sé que no existe un final para mí y por eso me esfuerzo en que el preludio y el intermedio sean más interesantes.

 

- ¿Sueles decirles a tus parejas lo que quieres que te hagan o lo que te gusta?

- No. Normalmente me dedico en cuerpo y alma a proporcionar placer al hombre que está conmigo y que me gusta. Eso se me da bien. Recibir ya es otra cosa diferente.

- Ana, haces mal. Una relación es cosa de dos.

- Así serás tú. Pero sabes que la mayoría de los hombres van a lo suyo y en cuanto se suben al tren son incapaces de bajarse una parada antes sólo por el mero hecho de disfrutar del paisaje. Lo único que quieren es llegar. ¿Estamos de acuerdo?.

- Sí y no. No todos somos como describes.

- Puede ser.

- ¿Me dejarías hacer una prueba?. Sólo la haré si estás dispuesta y confias en mí. No voy a hacer nada que te disguste y en el momento que quieras pararé.

- No tienes que hacerlo.

- Ana, yo te deseo. No es ningún sacrificio. Me gustas más de lo que yo podía imaginar. En serio.

- ¿Te importa si pongo un CD?

- Estás en tu casa. Y yo soy hoy para ti el mago de la lámpara maravillosa. Todo lo que quieras te será concedido. Suena bien.

Alberto se levantó de la mesa y se acercó a Ana para cogerla de la mano y llevarla a la habitación parándose antes en el equipo de música. De pie en la alfombra le sacó la camiseta y se sacó a su vez el calzoncillo.

- ¿Tienes un pañuelo?. Jugaremos a los ciegos. Te taparé los ojos. Tú sólo has de disfrutar sin preocuparte de mí. No existo. Es como si estuvieses sola y fuese tu imaginación la que te está proporcionando placer. Sólo tendrás que decirme lo que quieras si sientes esa necesidad y si no pues no dices nada. Es muy sencillo

- ¿Sirve éste?

- Es perfecto

Ana sacó de una caja que guardaba en el armario un pañuelo de seda rojo y Alberto se lo ató con suavidad sobre los ojos.

- ¿Ves algo?

- No

- ¿Te sientes bien?

- Confío en ti.

- Ven, acuéstate –le dijo Alberto, ayudándola a recostarse sobre la cama deshecha.

Se colocó a su lado y empezó a besarla del mismo modo que ella había jugado con él la noche anterior. Ana hundía sus dedos entre el pelo de Alberto acariciando con la yema de los dedos el cuero cabelludo, como si estuviese dándole un masaje.

- ¿Sabes que eso que estás haciendo es muy placentero?

- Tú tampoco lo haces nada mal -le dijo Ana mientras Alberto empezaba a besarle los pezones con el borde de los labios para pasar al siguiente instante a chupárselos como si fuese un niño pequeño amamántandose en el pecho materno.

Y caminó con sus besos por el cuerpo menudo de Ana hasta llegar a besarla en el pubis por encima de sus pequeñas braguitas blancas. Ella seguía acariciándole la cabeza y tocándole la cara con las palmas de las manos tratando de adivinar la expresión de su rostro. Y rozando sus labios. Alberto subió hasta ella y abrió su boca para empezar a chuparle la punta de los dedos de las manos, saltando de uno en otro golosamente, de arriba abajo. Y la dejó con el deseo contenido de volver a besarla en la boca y descendió de nuevo por su vientre para sacarle con toda la lentitud de la que fue capaz las braguitas. Le separó las piernas con cuidado y se acercó a besarla de nuevo. Ana sintió la humedad de su boca moviéndose con caricias precisas. Lamía su sexo como se lame una cuchara de leche condensada, o de chocolate, o de mermelada de frambuesa. Sentía que su cuerpo levitaba y entraba en otra dimensión donde no había límites ni fronteras, donde todo era blando y cálido.

Y como por arte de magia entró en ella. Ana no podría precisar cuál fue el momento exacto en que su sexo fue abandonado por la boca de Alberto para ser penetrado por aquel pene cálido que llegaba hasta lo más profundo de sus entrañas. Y que jugaba dentro parándose de movimiento en movimiento sintiendo como su sexo latía y se contraía para que no se saliera. Tratando de retener entre sus piernas aquél fuego en el que era delicioso quemarse.

Y ninguno de los dos decía nada. Ana jadeaba y Alberto concentrado en desatar aquellas cuerdas que todavía la retenían a un pasado infeliz tampoco encontraba las palabras adecuadas. Los dos estallaron al mismo tiempo con un mismo grito contenido de placer, antiguo para Alberto y nuevo para Ana.

Alberto se echó sudoroso al lado de Ana, le desató el pañuelo y la besó tiernamente mirándose en aquellos ojos profundos que le decían que una luz se había abierto en aquel túnel oscuro que había dentro de su cuerpo y en donde se había perdido tantas veces sin poder encontrar la salida.

Y de nuevo se quedaron dormidos. Ana tuvo un sueño en colores. Iba con Alberto paseando en unas bicicletas azules bordeando la laguna. Las gaviotas que llegaban de la costa hasta allí formaban círculos en el aire y parecía como si estuvieran escoltándolos. Y Alberto, también soñó. Soñó que le decía a Ana gritando que no quería irse de su lado mientras jugaba a perseguirla en la playa por la arena mojada, a punto de ser pillados por las olas que llegaban para lamerles los pies descalzos.

- Fin -

El Autor de este relato fué M.E.V. , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=5894&cat=craneo (ahora offline)

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Buscaba pasión. Y por eso había marcado su número de teléfono. Un número que permanecía intacto en la memoria como si no hubiesen pasado los años. 1ª

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2020-09-10

 

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