Relatos cortos eroticos Hetero El cielo no existe

 

 

 

El cielo no existe

Tengo un trabajo agradable, aceptablemente remunerado y un jefe que confía bastante en mí. Por medio de la oficina yo me encargo de algunas cosas concernientes a su hogar cuando él tiene que ausentarse por un tiempo. De modo que conozco a su esposa, de nombre Mariana, una hermosa mujer de unos 35 años, de mediana estatura y un cuerpo que incita a comerlo de una mordida. Se casaron bastante jóvenes, digamos a los 20, por lo que tienen una niña-mujer de 15 años que no tiene nada que envidiarle a su “mamacita”, llamada Sofía, pero yo creo que debieron ponerle “Bárbara”, porque es lo primero que se viene a la mente al verla.

En realidad no tengo por qué llegar hasta su casa, porque solamente debería ordenar al mensajero que pase por allí cuando el caso lo amerita, pero no pierdo oportunidad cuando se trata de ir allá. No es que me muera por ver a ese hermoso par de mujeres solas en la casa o que quiera deleitarme viéndolas caminar delante de mí. Nada de eso, solamente que me da pena darle tanto que hacer al pobre mensajero.

 

Me han pasado cosas de lo más maravillosas en esa casa, como la ves que estaba con Mariana en la sala familiar conversando cuando desde el dormitorio de Sofía se escuchó: “Mami, ven a ver cómo me queda lo que me regalaste”. Acto seguido, asoma por la puerta esa diosa dorada solamente en ropa interior: un conjunto rojo transparente de sostén y tanga que dejaba ver unos hermosos pechos redondos y una pequeña selva púbica que me dejó boquiabierto.

“Perdón”, dijo Sofía al verme, “no sabía que estabas aquí”. Yo no podía dar crédito a lo que mis ojos veían. “Por los cielos”, pensé, “jamás pensé que pudiera verse más bella de lo que yo ya había visto”.

Pero era cierto, allí estaba esa linda mujercita frente a mí como cualquiera hubiera deseado verla. “Ven, acércate”, le dijo Mariana, “no seas tímida”. Sofía se acercó a nosotros con tal naturalidad que ya me daba un paro cardiaco, porque de los otros hacía rato me estaba dando.

“¿Qué opinas, qué te parece mi niña con ese atuendo?”, oí a lo lejos que me preguntó Mariana. Haciendo un esfuerzo sobrehumano por regresar a este mundo, logré por fin decir: “Esteee, bella, te ves muy bella, Sofía, en realidad... sí”. Ninguna de las dos pudo evitar una pequeña sonrisa pícara-burlona-piadosa al ver que yo no podía emitir sonido alguno y menos parpadear.

Otra vez llegué como a las 8:00 de noche a llevar algo que no recuerdo. Estaba Mariana con un lindo vestido negro de seda, sin zapatos y con una botella de champán casi vacía. “Toma”, me dijo la verme, alzando hacia mí una copa llena.

Platicamos por largo rato, o debería decir que platicó ella, porque no me pude concentrar todo ese tiempo. No podía separar mis ojos de sus hermosos pechos, sus piernas, sus manos, su pelo, sus labios, su espalda, cualquier recoveco de su cuerpo que quedara a la vista era deleitado lenta y placenteramente por mis ojos.

Me gustaría explicar cómo sucedió, pero sería mentir, porque cuando pude reaccionar, Mariana me había plantado un beso de esos fatales, de los que te dejan momificado, si es que se podía más de lo que yo ya estaba.

Sentado en el sofá, con Mariana abierta sobre mí comiéndome la boca, y sabiendo que Sofía no volvería en horas, mis manos no alcanzaban para acariciar ese monumento de mujer que era toda mía en ese momento.

 

Metí mis manos bajo su vestido y ¡por favor, créanme esto¡ no había nada, bueno, quiero decir sí había mucho, pero no había ninguna molesta pieza de tela que impidiera el paso a mis manos. Health Tips

Acaricié sus hermosas nalgas, besé sus lindos pechos, disfruté cómo su lengua recorría mi boca, quité su vestido, cabalgó buen rato sobre mí. Ella sobre mí, yo sobre ella. Comí de su sexo, ella comió del mío.

Lo que más disfruté fue cuando suavemente me dijo al oído: “Quiero que me pongas a gatas”. ¡Dios mío¡ Yo con esa diosa en esa posición, emitiendo gemidos suaves, acariciando su lindo trasero, introduciendo mi miembro a punto de estallar en esa caverna de deseos, húmeda, rosada.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero toda mi vida pasó frente a mí. ¿Que el cielo existe y que es mejor que la Tierra?... ¡mentira¡ No puede haber algo mejor que hacer el amor con Mariana. ¡Eso sí es estar en el cielo¡

Cuando terminamos de hacer el amor, o de inventar el placer, que es lo mismo, no podía parar de besar esa bella anatomía, de arriba abajo, consciente de que algo tan lindo no le puede pasar dos veces a un simple mortal como yo.

Fue algo preocupante cuando noté que una sombra se alejaba por una de las puertas, pero nada podía opacar ese momento.

Pasaron los días y todo seguía normal: yo trabajando y viniendo a su casa “para no ponerle tanto trabajo al mensajero”. Del tema jamás se habló con Mariana.

Una mañana pasé dejando algo que me había pedido Sofía. Entré en la casa y no había nadie. Esperé por largo tiempo hasta que apareció, venía sudando a chorros, traía puesto su traje para jugar al tenis. Ustedes saben: la raqueta, la típica blusita sin mangas y, empiezo a creer en el cielo, la faldita que no supera los 25 centímetros de largo.

“Gracias, te lo agradezco miles”, me dijo, y me dio un beso que abarcó un tercio de mi boca. Se sentó frente a mí, se abrió de piernas y usaba su falda como abanico para ventilar ese hermoso vértice de sus piernas.

“Hace mucho calor, ¿no crees?”, dijo Sofía mirándome de una manera que no pude descifrar. “Esto no me deja ventilarme bien”, murmuró, a la vez que levantaba su pierna derecha y empezaba a quitarse ese calzoncito –¿se llamará así?– que suelen usar las tenistas, que luego de ver la mirada petrificada que yo tenía, me lanzó a la cara.

Casi muriéndose de la risa, me preguntó: “¿Por qué me miras de esa forma? ¿Por qué ustedes, los hombres, disfrutan sólo con imaginarse las cosas? No me estás viendo nada, es igual que cuando lo tenía puesto, ¿o no?” Ella seguía hablando, y yo no atinaba a decir media palabra.

“Ahora que esto es distinto”, expresó pícaramente, y abrió sus piernas hasta donde pudo y dejó su sexo expuesto a mis desorbitados pero meticulosos ojos.

Se levantó, se dirigió a mí sin dejar de mirarme fijamente, levantaba por momentos su falda, pasaba sus de dedos por el escote de la blusa, llegó hasta mí y me dijo: “Vi lo que hiciste con mami, y no te voy a dejar en paz hasta que me lo hagas a mí también, o te atienes a las consecuencias”.

¿Que el cielo no existe? No sé quién se atrevió a hacer semejante afirmación. Claro que el cielo sí existe, sí existe. Créanme amigos “relatocortosianos”, sí existe, y yo iba para allá en ese momento.

El Autor de este relato fué Bohemio , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=6212&cat=craneo (ahora offline)

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2020-09-13

 

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