Relatos cortos eroticos Hetero La Caida del Muro

 

 

 

“La caida del Muro”

Hace ya años, y antes de la caida del muro de Berlín,me nombraron consejera delegada del komitern para los extranjeros en la URSS. Esto hizo que mis viajes a Moscú fueran bastante frecuentes y el roce con altos cargos militares fuera muy común. En esa sociedad tan machista, era poco frecuente que una mujer tuviera un cargo semejante al que desempeñaba, pero como era extranjera, no les importaba mucho. Al menos eso decían, porque creo que era por mis encantos de mujer mediterránea, cabello oscuro, ojos grandes y negros, piel trigueña y curvas seductoras cuando podía enseñarlas y el frío me dejaba. En mi ciudad podría pasar por gordita, pero por estas tierras, las carnes de mi exuberancia son de agradecer. Lógicamente, la atracción en sentido contrario, también existía, puesto que esos militares, tan altos, rubios, ojos azules, fuertes, . . . y ese uniforme, aseguro que volvían loca a cualquiera, lo dificil era elegir!!!

 

Una vez, despues de estar varios meses sin ir a esas tierras, fui a Moscú, y tras aterrizar, tuve que ser escoltada desde el aeropuerto hasta un edificio anexo al Kremlim, por motivos de seguridad que nunca me explicaron. Al llegar a este edificio, me abrió la puerta el chófer, que fue el mismo que me recibió al pie del avión, pero que no sé si sería la embriaguez del viaje que hasta entonces no caí en la cuenta de aquel monumento de hombre. Con gran delicadeza, me dijo que me acompañaría hasta el despacho donde era la reunión y que me esperaría hasta el final de la reunión para llevarme al hotel. En las otras ocasiones, nunca había sido así, y todo me lo había guisado yo solita. Parece que las medidas de seguridad habían aumentado, no sé porqué.

Tras varias horas de reunión, salí al pasillo donde dejé a mi acompañante, y con paso ligero sin tener esperanzas de encontrármelo, al girar el pasillo, allí me lo encontré, aunque se puede decir que allí nos chocamos. Perdí el equilibrio por la altura de mis tacones y él, en un intento de socorrerme, me sujetó por el brazo, no sin antes rozar mi pecho. Creo que mi cara de asombro se me reflejó en la cara, porque fue la primera vez que sonrió desde que me recogió con el coche. Eso hizo que el hielo que existía entre los dos se fundiera con la mirada que nos cruzamos de complicidad. La cercanía de nuestros rostros hizo que cayera en la cuenta de su juventud, su piel fina y blanca.

Nos montamos en el coche, y comenzamos una conversación típica del tiempo en Rusia, en Andalucía, el frío, el calor. Llegamos al hotel, y se me pasaron fantasías por la cabeza, como una noche loca con ese pedazo de hombre que tenía a mi lado. Siempre que viajaba y me quedaba en los hoteles, creo que por puro aburrimiento me dedicaba en la habitación al culto de mi cuerpo, ya que disponía de mucho tiempo libre. Despues de un largo baño de espuma siempre me gustaba relajarme con un orgasmo conseguido tras una larga excitación de mi clítoris. Pero lógicamente, yo no iba a dar el primer paso. Mientras todo esto se me pasaba por la cabeza, en el ascensor, el se me acercó y me besó cálidamente, a pesar del frío que hacía. Por si acaso y para que no se me escapara, lo agarré fuertemente a mí, y lo apreté contra mi cuerpo, y noté como su pene comenzaba a ponerse duro en mi barriga, a golpes de latido. Aquello hizo que me descontrolora, total, estaba en un pais extranjero en el que apenas me conocían y además, así podía pasar una noche entretenida.

 

Se abrió el ascensor y sin mediar palabra, nos dirigimos a la habitación, sin prisa pero sin pausa. Una vez dentro y sin dejar de abrazarnos, nos desnudamos suavemente. Quería que fuera como cuando estaba yo sóla. Recrearme en el tiempo, sin que el reloj me dijera cuando parar. Le propuse tomar una ducha juntos y allí contemplé su cuerpo, de piel blanca, delgado pero contorneado por sus músculos, nada peludo, como a mí me gustan. Tenía a mi disposición parte del ejército rojo, rojo como su pene, que llamaba mi atención, que destacaba su coloración alrededor de aquel pálido cuerpo. Su pene había respondido a mi exuberante cuerpo saludándome, y para no ser maleducada, me agaché y lo agarré para darle los honores. Al apretarlo de la base y tirar hacia mí, salió una gotita transparente de la punta, “el preludio de la lluvia” pensé. Pero al realizar el movimiento contrario, agarrando su pene y trasladando mi puño hacia sus testículos, soltó un quejido y el encogió su cuerpo, comprobando que el pellejo de su glande no dejaba asomar a aquel monumental prepucio. Aunque mi experiencia sexual no era muy larga, fue la primera vez que veía algo así. Me dijo unas palabras en ruso que no logré descifrar (mi vocabulario era ruso técnico, no ruso sexual!), pero que sobreentendí que era su primera vez y que no había sido circuncidado según la tradición familiar, y por eso era aun virgen, por miedo, por verguenza. Me explicó que nunca había estado con mujeres por ese tema, por temor a que se rieran o no dar la talla. Según me iba explicando,yo intentaba comprender lo que me decia, al tiempo que me inundaba un sentimiento maternal. No sé si me eligió por ser una desconocida, extranjera o es que cayó prendado por mis encantos femeninos, pero estaba dispuesta a desvirgar a aquel hombre, en concreto, ese instrumento masculino que necesitaba ayuda. Disfraces para niños y adultos

Recordé los comentarios de una prima mía, su hijo pequeño tuvo ese problema de fimosis y el pediatra le recomendó que en la ducha, con abundante jabón y agua caliente, le frotara la punta del pene y que con cuidado le tirara del pellejo hacia atrás para que el prepucio dejara ver completamente el glande y así evitar una futura operación. Y me dispuse manos a la obra. Conseguí tranquilizar a aquel manojo de nervios, y sin darle la mayor importancia a su problema. Le agarré de la mano y nos metimos en la bañera, y mientras se llenaba de agua y espuma, volvimos a abrazarnos y besarnos olvidando el suceso. Tras unos minutos y comprobando que había agua suficiente, nos sumergimos en el agua, uno en frente del otro. Nuestros cuerpos se rozaban bajo el agua, y jugueteamos con nuestros pies. Esto hizo que su pene emergiera del agua, con un penacho de espuma, como recordándome que estaba allí y que quería la ayuda que le prometí. Me incliné hacia el miembro y lo agarré firmemente, sintiendo todo su calor. La piel del prepucio estaba tensa y roja, retenida por la corona del glande, y estiré lentamente hacia atrás la piel, con miedo a que se rasgará. Con gran paciencia, daba descanso a ese pellejito, dando marcha atrás, y volviendo a atacar, como si fuera una medio-masturbación. No dejaba de lubricar el extremo con la espuma que le envolvía, cuando decidí suavemente empujar mi puño hasta el fondo. . . mi militar soltó un pequeño quejido, pero se consiguió el objetivo. Allí estaba explendoroso el glande, hinchado, rojo, y lo cubría una especie de telilla que limpié a conciencia, ya que pensaba disfrutar de aquel miembro que había descubierto y era para mí solita. Estaba palpitante. Decidí probar su sabor, y en mi boca, succioné facilmente algo de líquido ligeramente salado, un manjar que hizo que mi vulva se encogiera dentro del agua. Pensé que era hora de comenzar lentamente a masturbar aquel pene, lentamente. Las sucesivas veces que se descoronaba el glande, ya fueron más fáciles, mientras que la cara de su dueño era una mezcla de gusto, placer y agradecimiento. Los movimientos se convirtieron cada vez más rítmicos, y mi puño al chocar en cada bajada con el agua salpicaba fuera de la bañera. Aquel armamento que tenía en mi mano súbitamente comenzó a disparar hacia arriba su munición, a intervalos, como si fuera un antiaereo descontrolado, el primero y más grande de ellos me acertó en la frente, otro en la cortina del baño, en la grifería, en el agua, la pared, . . . fue una gran batalla en la que ganamos todos.

Una vez aliviados por las heridas de guerra, decidimos salir del baño y tras dirigirnos a la cama, decidí que había llegado la hora de consolar a mi clitoris, que ya le tocaba como me lo pedía siempre en las noches de hotel. Pero esta vez mis dedos tomaron un descanso.

De esta forma fue como se produjo la apertura del comunismo al mundo, mostrando su color rojo sin ningún miedo.

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Me gustaría leer vuestros comentarios, sean buenos o no. Gracias y un saludo. Gabi.

El Autor de este relato fué Gabi , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=7915&cat=craneo (ahora offline)

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2021-03-16

 

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