Relatos cortos eroticos Hetero Mi vecina.

 

 

 

Mi vecina, Doña Elisa, que vive en la puerta frente a la mía, aparenta 50 años y tuvo que ser una joven bastante guapa, porque aún quedan vestigios. Desde luego parece increíble que a su edad tenga un cutis como una mujer de treinta, ni una arruga. En el cuello, no sé por qué, siempre usa unas gargantillas de terciopelo de un palmo de anchas. Nadie le calcularía los 66 años que tiene, es viuda, sin hijos y además se pasea todo el día por el piso en una silla de ruedas con motor. No es que esté paralítica, es que tiene un callo en un pie y un juanete en el otro que le molestan mucho. Le asustan los podólogos por lo caros que son y aún más la cirugía. La pobre vive de una pensión de viudedad que, como todas las pensiones de viudedad, es irrisoria.

 

Tiene algunas hectáreas de naranjos, pocas, arrendadas, que tampoco le producen grandes ingresos, tres entresuelos alquilados a una empresa de Informática, otra de Cosméticos y otra de Seguros. De las acciones de una compañía petrolífera que posee casi no vale la pena hablar, son unos pocos miles cuyos dividendos tampoco son como para echar cohetes. Sin embargo, el Ayuntamiento le cobra por el piso de su propiedad los mismos impuestos que a todos los demás vecinos. No tienen conciencia. Ya se sabe, políticos al fin y al cabo.

Es una mujer tan metódica y amiga de las estadísticas que lo anota todo, incluso las veces que los vecinos se equivocan al llamar a su piso desde la portería, motivo por el cual no se habla con ninguno de ellos y, cuando se equivocan, les suelta cada filípica por teléfono que los deja flipando. Tiene razón, el año pasado, sin ir más lejos, se equivocaron seis veces, según figura en su libro registro. Con el único que se muestra amable es conmigo, quizá porque cuando me llama para cambiar la botella del butano acudo de inmediato, le hago algunas compras en el súper, llega a darme hasta diez céntimos de propina y se enfada si no se los admito, y, una vez al año, le hago la declaración de la renta que procuro le salga negativa las más de las veces. Se muestra tan agradecida que una tarde me invitó a una copita de Anís del Mono.

Y, aquella misma tarde, después de varias invitaciones, a las que me acompañó para no hacerme el feo de tener que beber solo, charlando, charlando derivó la conversación sobre los hijos. Sí que me hubiera gustado tenerlos – comentó apenada – pero, por más que hice, no tuve suerte. Mire, le voy a enseñar algo, ¿ve esos dietarios en la estantería de la derecha?... Sí, sí, los veo, son veinte... Haga el favor de coger el primero.. Le di el dietario... Empiece por el 21 de Marzo, cumplía yo ese día 18 años y fue el día que me casé. Lea, lea... Y leí:

21 de Marzo. Hoy me he casado a la 12 de la mañana. Por la noche 4 veces.

22 de Marzo. Por la tarde una vez. De noche, tres.

23 de Marzo. Por la mañana una vez, Por la tarde una vez, De noche, dos.

En fin, que miré la suma del mes y justo sumaba 40 veces.

Pasé la hoja que arrastra la suma 40. Todos los días hasta el 11 de Abril sumaban cuatro. Del once al 18 una anotación”:Ha llegado el pintor”, restar 28. Al final de la hoja la suma ascendía a 132. Quise cerrar el Dietario pero ella se empeñó en que siguiera leyendo. En el mes de mayo para mí sorpresa la suma diaria ascendía a seis veces, la de julio a ocho veces, la de septiembre a diez veces diarias, la de noviembre a doce veces diarias, y doce también en diciembre. La suma total para aquellos nueve meses era capicúa: 12.221. Teniendo en cuenta que había 20 dietarios el total estaría alrededor de las 250.000 veces. Todo un récord Guiness. Como no pude aguantar más la curiosidad pregunté... ¿Murió muy joven su marido?...

 

No, hace seis años, antes de comprar este piso... Pues se ve que era un hombre fuerte... Bueno, esto que voy a decirle quede entre nosotros... Doña Elisa, por Dios, no hace falta decirlo... La verdad es que necesitó bastante ayuda, cuatro polvos sólo lo aguantó tres meses, pero claro, yo tenía tantos deseos de un niño – comentó compungida sirviéndose creo que la décima copita de anís – ya me comprende ¿verdad?...

¡¡No la voy a comprender!! Está chupado... No, eso no lo contabilicé porque con saliva no se hacen los niños, pero claro, pese a las diversas ayudas que me prestaron no hubo manera... Quizá no fueron suficientes – comenté comprensivo – a veces ocurre... Puede ser, a pesar de que teníamos entonces cincuenta y dos empleados en la empresa... ¿Todos la ayudaron? - pregunté ligeramente estupefacto --... No, ¡¡qué va!! Todos no, sólo cuarenta y seis, los encargados eran bastante mayores... Comprendo ¿Y por qué no consultó a un ginecólogo?... ¡¡Pero qué dice!! ¿Enseñarle yo mis intimidades a un hombre? ¡¡Por el amor de Dios!! Lo que pasa es que hay muchos hombres que son estériles... Claro, entre tres mil millones de hombres ¿qué son cincuenta y dos o cincuenta y tres?... ¿Verdad que sí? Estadísticamente es un porcentaje de infertilidad ridículo. Bebió otra copita y comentó de repente:

Podemos tutearnos, si te parece, al fin y al cabo casi somos de la misma edad, porque tu ahora andarás por los cuarenta ¿verdad?... No, desgraciadamente ya son cuenta y dos... ¡¡Bah!!, Estás hecho un chaval, total tengo ocho años más que tú – comentó sin acordarse de que le hago todos los años la declaración de la renta – Pues como te decía, pese a toda la ayuda que busqué no hubo manera ¿sabes? Pero no vayas a creer que era una buscona ni nada de eso, soy una mujer muy decente, lo que yo buscaba era un hijo... Si, ya me lo has dicho, y es comprensible, una mujer nace con el instinto de la maternidad... Eso es, muy bien, eres un chico muy inteligente ¿Hace calor, no te parece? – preguntó desabrochándose la blusa hasta el canal de Silvio – tengo que instalar el aire acondicionado, por favor, quieres ponerme las pantuflas, voy a cambiarme de vestido, este abriga demasiado... Le puse las pantuflas. Significado de emojis

Se levantó, entró en una habitación y dejó la puerta abierta quizá sin darse cuenta. Vi que abría el armario en cuya luna me vi reflejado. Dejé de mirar los libros para mirar a la habitación. La luna del armario estaba entornada y Elisa reflejada en él de cuerpo entero y, si bien esto en sí no era importante, sujetaba un vestido delante del cuerpo que escasamente le llegaba a medio muslo. Tengo que salir de aquí arreando – me dije preocupado – Y mucho más me preocupé al verla dejar el vestido encima de la cama y quedarse en bragas y sostén. Casi no podía creer lo que estaba viendo. Algo flácida la carne detrás de los biceps, pero, a los 66 años, ni una arruga en todo el cuerpo.

Al girarse, después de dejar el vestido sobre la cama, me miró a través del espejo, me sonrió de improviso y me guiñó un ojo. Mi párpado no quiso bajar y tuve que taparme el ojo con la mano, no sabía que hacer, distendí los labios en un remedo de sonrisa que se me borró de inmediato al quitarse las braguitas sin dejar de mirarme. Atónito comprobé que no tenía ni un rizo donde suelen tenerlos. ¡¡Anda, pensé, si ya lo tiene pelado!! Como si hubiera adivinado mis pensamientos comentó: Nunca he tenido vello en esa parte, Bau, ni en las axilas tampoco... Hay que ver las cosas que llegan a ocurrir, creí que te lo habías depilado... No, no, nací así y así continuo, eres el primero que me ve desnuda... También fui el primero en llegar a la Luna – comenté mientras ella reía suavemente. Quería levantarme y marcharme pero seguí clavado en el sillón como si estuviera paralítico. Ella mirándome y yo mirándola a ella. Era indudable que las once o doce copitas de anís tenían la culpa de su proceder.

 

No se quitó el sostén pero me dijo: Anda ven, ayúdame a vestir... Lo siento, Elisa, - respondí levantándome -- acabo de acordarme que me está esperando Lina. Salí arreando por el pasillo pero no pude salir, la puerta estaba cerrada con llave. Me giré. Ella, con pantuflas, gargantilla y sostén se acercaba sonriendo. Me tomó de la mano comentando... Anda ven, ya sé que no soy tan joven como Lina, pero ¿Tan mal me ves que no te apetezco?.... No, no, si estás muy bien pero sería un abuso por mi parte porque... Déjate de tonterías, llevas siete días sin Lina y eso es mucho tiempo para ti... ¿Cómo sabes tú eso?... Yo sé muchas cosas, eres un buen semental y yo llevo mucho tiempo sola... ¿Me estás pidiendo ayuda también?... ¡¡Vaya, qué inteligente!!

Me resistí todo lo que pude porque estaba muy lejos de verme capacitado a superar la cifra de los dietarios. Pero no cejó en su empeño y en su intento por convencerme me prometió nombrarme su heredero universal. Naturalmente, eso me importaba un comino, pero como era un caso de conciencia le hice firmar un contrato.

Se tumbó en la cama con los muslos separados. El coño imberbe parecía tan cerrado como el de una quinceañera. Separé los labios de la vulva mientras ella me dejaba hacer mordiéndose suavemente los labios. Me parecía increíble que después de 250.000 polvos siguiera tan encantador y sonrosado como el de una jovencita, pero estaba tan seca como el desierto de Gobi.

Sólo pude clavarle el capullo, me despellejaba vivo intentando clavársela más. Tuve que detenerme y ella comentó... Chico, he conocido vergas grandes, pero es que la tuya es como la tranca de un caballo... Es que tú estás muy seca, y no lo entiendo... Es la edad, pero sácala y espera un momento, voy al baño. Para cuando regresó tenía el coño brillante como el charol, se había puesto crema suavizante.

Uf, chico, qué maravilla de verga, húndela hasta el fondo, así, así, ah, que gustazo – comentó mordiéndome una tetilla – dame, dame más fuerte, así, así... Se corrió en tres minutos y de forma tan abundante que la caricia de su tibio licor sobre mi excitado capullo me hizo bramar de placer y la inundé a borbotones fuertes y tan prolongados que se retorcía como una anguila corriéndose una y otra vez.

No quiso que se la sacara. Su coño hirviente me amasaba la polla como una boca ansiosa y en pocos minutos estaba otra vez tan empalmado como la primera. Tenía un coño especialista en amasar el pene con los músculos vaginales. Consiguió que me corriera cuatro veces casi seguidas sin sacársela. Nunca lo hubiera imaginado. Ahora cuando no está mi compañera Lina, follamos a destajo todo el día. Y cuando desfallezco me hace cada mamada que vale un Perú. Le gusta el sabor del semen porque se lo traga como si fuera mantequilla salada. Estoy muy contento con mi anciana vecina.

El Autor de este relato fué Jotaene , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=982 (ahora offline)

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Mi vecina, Doña Elisa, que vive en la puerta frente a la mía, aparenta 50 años y tuvo que ser una joven bastante guapa, porque aún quedan vestigios. Desde

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2020-08-10

 

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