Relatos cortos eroticos Hetero Terciopelo Azul

 

 

 

“Terciopelo Azul”

Siempre había tenido problemas a la hora de encontrar un sitio para tener relaciones sexuales esporádicas, ya que aunque trabajaba, no me daba para comprarme un piso, y por eso vivía aun con mis padres. Es el coche donde, como casi todo el mundo, desahogaba mis pasiones, aunque no me gustaba por la estrechez y las pocas posibilidades de probar posturas nuevas y relajarte sin temor de que te observaran.

En una ocasión, quedé con unos amigos y amigas, y entre ellas, había una chica nueva, llamada Rosa, que ya la conocía de otras veces, pero solo entablamos alguna conversación tonta. Ese fin de semana tenía mi viejo coche en el taller y le pedí con clemencia a mi hermana su coche nuevo, de hacía 2 meses, flamante pintura, volante imitación madera, tapicería azul marino de terciopelo modelo “Baccara”, un olor a nuevo que embriagaba, en fin, un coche muy coquetón, y además con el que se podía ligar sin problemas. Ella se resistió, lógicamente, pero supe ganármela, de una forma no muy limpia, ya que si no me lo dejaba, le contaría a nuestros padres el rollo extraño que tenía con un tal Manolo, lleno de tatuajes. Aquello le convenció plenamente, y me dejó las llaves, no muy contenta, claro está.

 

Quedamos el grupo de amigos en el cyber-café del barrio, y ella estaba preciosa, con un sueter rosa, como su nombre, de cuello alto, ajustado, marcando un pecho precioso y erguido, con una falda vaquera con una raja aunque decente pero sugerente. Ojos pintados en su justa medida y pendientes de aro grandes, con brillo en los labios. El destino hizo que me sentara a su lado, y comenzamos una de tantas conversaciones absurdas, cuando nos vimos aislados los dos dentro de nuestra conversación, totalmente compenetrados, con miradas complices y sonrisas dulces. Creo que la culpa la tuvo aquel ambiente, que alguien se fumó algo raro, y la bebida, que tomamos los dos un par de piñas coladas algo cargado. El ruido del local cada vez era mayor lo que provocaba que la proximidad de nuestras caras fuera cada vez menor, con continuos roces de nuestras mejillas. Ella olía a jazmín y me embriagaba. No sé quien lo hizo primero, pero nos besamos profundamente, durante un tiempo interminable, sin parar, creo que pasaron horas, hasta que nuestros labios quedaron doloridos e hinchados.

Nos susurramos que podíamos salir fuera de aquel local cargado y tomar un poco el fresco de la noche, cosa que hicimos con verdadera desesperación.

Una vez fuera, agradecidos de respirar aire puro y frío, se acurrucó en mi pecho y nos dirigimos al coche, en el aparcamiento trasero del local, que era un poco tenebroso, solo iluminado por la luna casi llena.

“¡Qué chulada de coche tienes!” – Comentó ella.

No quería ni mentir ni decir la verdad porque no se lo merecía así que me hice un poco el loco, para no desilusionarla.

“Vamos a dar una vuelta a otro sitio, vale?”, le propuse.

Una vez dentro del coche, nos volvimos a abrazar, y perdimos los estribos, porque nuestras manos se perdian en el cuerpo del otro, con ansia de exploración. Le pregunté que si quería hacerlo. Ella, envuelta en una respiración agitada consintió con la cabeza. Nos cambiamos a los asientos traseros, y me dijo que no me preocupara, que ella tomaba la pildora. Vi que ella iba a por todas, y que era una chica que vivia la vida sin escrúpulos. Se subió la falda vaquera hasta la cintura y se quitó unas braguitas negras que eran la mínima expresión. Mientras, yo ya me había bajado los pantalones hasta los pies. Nunca me los he quitado en el coche por miedo a tener que salir corriendo, en un momento dado de urgencia me los subo ¿o no?. En aquella estrechez, continuamos con las exploraciones y jugueteos, hasta que estando yo sentado en el filo del asiento ella se subió encima y comenzó a cabalgar, metiéndose mi pene en su humedecida vagina, primero con cierta dificultad, pero después nuestros sexos se compenetraron perfectamente. Todo sobre productos Xiaomi

Los cristales del coche con el vaho de nuestros alientos hacían de cortinilla para que no nos viera nadie, y eso me tranquilizaba, aun siendo un aparcamiento oscuro y estar el coche el último de la fila. Quizás nos delatara el movimiento del coche en aquellos vaivenes que producian nuestros cuerpos, que yo intentaba infructuosamente disimular, y que a ella parecía no importarle lo más mínimo, estándo completamente en el séptimo cielo.

Como buen final, ella se corrió contrayéndo sus piernas y apretando el pene con su vulva. Su excitación me volvió loco y solo bastó un par de empujes más para que yo tuviera una corrida monstruosa, dentro de ella, y abrazados en aquel asiento trasero y estrecho, ella me susurró una vez que le gustaría repetir otro día. Estuvimos en esa postura bastante rato, sintiéndonos, relajándonos, hasta que comenzamos a sentir frio, y nos vestimos. La acompañe a su casa, y tras despedirla me dirigí a la mía, aparcando el coche en el garaje, feliz y enamorado, pensando en todo lo que había ocurrido alli dentro, y nadie lo sabría jamás. Entré en casa y deje las llaves a mi hermana en su bolso.

Al día siguiente, me desperté y tras una ducha, baje a desayunar. Allí me encontré a mis padres, que estaban terminando el café. “Tu hermana acaba de salir para quedar con unas amigas”. Nada más decir estó, entró por la puerta mi querida hermana, y coléricamente irritada comenzó a soltar culebras por esa linda boca, y delante de todos se desahogó: “¡¡¡Eres un cerdo maricón hijo de puta cabrón!!! ¿Se puede saber qué clase de puta has montado en mi nuevo coche, pedazo mamón?”

Logícamente, yo me encogí preguntándome cómo podia saber lo que había hecho la noche anterior. “¡¡¡Si no sabes lo que has hecho, ve a mirarlo, mariconazo, mamón!!!”. Tras todos esos insultos sobre mis hombros, tomé las llaves y fui a saciar mi curiosidad cuando comprobé que, además de que había unas bragas negras colgando en el reposacabezas del conductor, había una corrida monumental en el asiento trasero, una gran mancha blanca alargada, cual grafitti antiviolencia, en el centro de aquel terciopelo azul marino modelo “Baccara”.

No supe dónde esconderme. Lo que si es cierto , es que esa mancha, aunque ha habido muchos intentos de eliminarla con infinidad de productos, dura tanto como mi relación con Rosa, es decir, hasta ahora después de 10 años felices.

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Gabi.

El Autor de este relato fué Gabi , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=7820&cat=craneo (ahora offline)

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2020-06-28

 

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