Relatos cortos fantasia Romantica Lidia

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Lidia.

Descubrí a Lidia Tauromakis por vez primera una noche de San Valentín.

Descifrar primero su extraña belleza y luego otros aspectos que nunca pensé que uno pueda llegar a percibir pero que hoy ya nunca podré olvidar fue mi sino y me ha marcado para siempre.

Lidia… ¿por qué estaba tan sola? y ¿qué estaba haciendo cuando la vi? ¿Acaso se esforzaba en hacer suya una porción de llama entre sus manos? ¿O pretendía adivinar danzando en el fuego su incierto futuro? No lo sé, porque no me lo quiso explicar. Pero a la pregunta de quién la había invitado al festejo si me contestó. Tan sólo me dijo y sin apenas inmutarse:

- Isabella.

Y a continuación con un destello de malicia en sus ojos me preguntó.

- También la conoces ¿verdad?

Y yo le dije mintiendo.

- Sí.

En realidad yo no conocía a Isabella pero sí había oído hablar de ella y no precisamente bien. Isabella era para las mujeres de mi entorno una furcia descarada y para los hombres una ninfómana. Más tarde averiguaría que en realidad era eso mismo, pero sin exagerar.

Lidia Tauromakis se instaló en mi vida sin que me diera cuenta; en realidad sin hacer ruido. Yo creía tenerlo todo bajo control cuando ella ya estaba otra vez en mi coche y volviéndose a mí me decía con una tristeza cansina:

-Joan, de verdad, que te quiero.

Y yo sonreía como un hombre duro; como el hombre duro que era y le preguntaba.

-¿De verdad lo crees?

Y ella me contestaba.

-Vamos… Si ya lo sabes. ¡Para qué lo preguntas!

Empecé a salir con ella. Iba a recogerla por las tardes a su piso de Alcorcón. Alcorcón, ciudad cuya aparente limpieza apenas deja entrever la tragedia de las almas que duermen allí… Sí, algo me extraña y no me gustaba y me sigue sin gustar de allí. La esperaba a la puerta. Ella nunca me dejó entrar en el piso; y menos, claro está, en su habitación. La llevaba al cine.

Mientras íbamos de camino ella me acariciaba el pelo y luego durante la proyección se recostaba a mi lado. Después cenábamos, casi siempre en silencio, porque ella hablaba poco, al menos conmigo, con cualquiera no lo sé. Era una mujer silenciosa. Pero tenía una bonita voz y me quería o al menos yo así lo sentía y con eso me bastaba y además cuando llegaba la hora del amor no había nadie más sobre la tierra.

Una vez quise presentarla en sociedad y la invité a una fiesta que organizaba un amigo, se negó a ir y tuve que ir yo solo. Luego pretendí llevarla a bailar a un local con otros amigos, también se negó. Sólo accedió gustosa a dar un paseo conmigo a las tres de la madrugada por el monte que linda con el chalé de unos parientes lejanos con los que yo mantenía alguna relación. Eso, lo recuerdo bien, sí le encantó.

A muchos Lidia Tauromakis podría parecerles una mujer rara por varios motivos. El primero y el que más la estigmatizaba era su oscuro pasado familiar, colmado de parientes con muertes prematuras e incluso violentas y de las cuales no era nada proclive a hablar. El segundo que sólo accediera a salir por las noches ya que de día trabajaba en no sé qué clase de oficio que tampoco quiso detallar. Estaba claro, yo tampoco deseé forzarla nunca a decir lo que no era de su agrado, a fin de cuentas a mí qué me importaba su trabajo si lo primero era – me repetía a mí mismo – su amor. Y resultó ser cierto. Pues para mí era solamente una mujer hermosa; aunque eso sí, la mujer más bonita del mundo.

Mucho tiempo llevó Lidia Tauromakis una pulsera con una inscripción grabada en oro con su nombre que yo le regalé. Y ya nunca podré olvidar el inmenso placer que alcancé a través de ella y si fue así, lo que ella logró extraer de mí. Primero, todas aquellas noches en que me obligaba a conducir más de setenta kilómetros hasta el monte, para desde allí caminar entre las rocas y la oscuridad hasta alcanzar la casa. Y cuando llegábamos, hacerlo con ansiedad entre las cuatro paredes de aquel diminuto santuario que ¿yo le descubrí? ¿Fue así? No lo sé. Pero jamás he vuelto allí. Como tampoco nunca he vuelto a intuir o siquiera desvelar tanto placer en una mujer. Sus convulsiones eran mis orgasmos, sus llantos los míos y sus suspiros los de ambos. Estábamos allí, solos en la oscuridad, en aquel lugar ajeno y sombrío y sin embargo yo no me sentía con miedo sino en mi hogar. ¿Cómo era así? Sin duda porque estaba con ella, ya que lo demás me importaba bien poco.

Luego, al amanecer, volvíamos en silencio. Yo conducía cansado pero feliz, mi brazo derecho firme sobre la palanca de cambios, hasta que sentía el calor de su mano sobre la mía. Entonces ella encendía el casete y ponía una cinta que siempre llevaba consigo y con dulzura empezaba a entonar su hermosa melodía de amor. reidarblog2436.1blogs.es

La dejaba junto a su portal y ella se iba sin siquiera volverse a mirar, y con haberlo hecho sólo una vez me habría dado por satisfecho. Sin embargo siempre era igual; me producía el mismo dolor separarme de ella. En cuanto a ella ¿no imaginaba el daño que me hacía dejarla? ¿No sufría ella igual que yo? Aún así, creo que en cierto modo me amó como era capaz de hacerlo con un hombre.

Pero hasta las cosas buenas se tuercen de la forma más inverosímil y lo que yo no pude aceptar fue que se negara repetidamente y en redondo a dejarme una foto; una sencilla foto de carné para guardarla como recuerdo, tenerla en mi cartera y llevarla siempre conmigo. Ciertamente me duele que una cosa que comenzó siendo un juego de niños se convirtiera en un escollo insuperable. Nos peleamos una noche y ella haciendo uso de esa mezcla de rara indiferencia que solía manifestar como solo ella sabía, acabó por dejarme tirado. Tirado y perdidamente enamorado. Sólo me dijo.

-¡Se acabó! No puedo soportar tus obsesiones. Y más que no comprendas y aceptes lo que no me gusta.¡No vuelvas a llamarme nunca!

Y desapareció de mi vida.

Monté guardia frente a su casa pero acababa agotado. Me dormía y nunca la veía salir. Así que pasados unos meses deduje que ella ya no vivía allí y me rendí y la dejé de asediar para siempre.

Yo la dejé… pero en cambio ella no hizo lo mismo conmigo. Se instaló en mi mente con tal fuerza que por las noches continuaba viéndola en sueños y despertaba sudando y añorándola. Vagaba por los parques sin dejar de pensar en ella, traté de volver al trabajo en la redacción y mi mente solo giraba en torno a ella. Pero no estaba del todo anulado y continué teniendo capacidad para escribir, aunque sí limitado; pues era capaz de escribir cien artículos, mil artículos de ella.

En fin, para qué pensar en ella a qué obsesionarse o lamentarse si ya no estaba. Se había marchado hacía más de un año y yo seguía teniéndola presente. Cuando ella me había dejado sin nada a lo que agarrarme. Sus pertenencias, sus cachivaches, no eran muchos, lo sé, se lo llevó todo... Y sobre todo se llevó nuestro amor y ahora ya no tenía nada para recordarla sino un espacio en blanco de aire que cada vez se enrarecía más en mi memoria.

Sucedió bastantes años después. Yo estaba en Italia. Disfrutaba de un viaje de placer por Venecia con mi novia actual. Sí, me había rehecho y mi vida al fin parecía haber recobrado la normalidad perdida. La tarde que la vi estábamos ambos sobre uno de sus oblicuos puentes, recreándonos con el bello espectáculo de las barcazas y góndolas al atravesarlo, y a lo lejos las cúpulas de San Marcos, difuminándose contra el gris de unos turbadores aunque mágicos nubarrones que presagiaban tormenta.

Ella no pudo reconocerme, pues en ese momento yo tenía el objetivo de la cámara cubriendo mi rostro. Pero iba acompañada por la tal Isabella; las dos solas en una góndola; una frente a la otra, sin hablarse, sin mirarse y sin prestar atención a la belleza que las rodeaba porque ellas también eran esa belleza…

Lo hice siendo consciente y a la vez sin darme cuenta. Disparé primero cinco veces, luego seguí, diez, quince veinte fotos o más sobre ellas. Hasta que advertí la voz de Minerva apremiándome molesta. Le dije que me encantaba la panorámica y ella con cierta ironía me respondió.

-¿Cuál? ¿La de las dos hermosuras que acaban de pasar…?

La interrumpí nervioso y exasperado con su bien intencionado acierto. Claro que ni ella misma podría imaginar que acababa de emplear casi un carrete en aquellas dos mujeres, y le dije.

-No, no. La Basílica de San Marcos, las casas y el canal. Aquí todo es precioso y tan perfecto…

De vuelta, ya en Madrid, revelé en mi casa las fotos y jamás podré creerlo, y si lo creo es porque todavía guardo las fotos para volver a verlas y cuando las veo… ¡allí sigue la góndola, el canal y todo lo demás! y si digo todo lo demás me refiero a ¡todo! me comprenden, excepto a ellas… Porque ellas son las que no están… o yo quien cada vez desvarío y me amedrento más, pues en el lugar donde debieran estar solo hay dos sombras de trazos imprecisos y deformes…

El Autor de este relato fué Jos%E9 Fern%E1ndez , que lo escribió originalmente para la web https://www.relatoscortos.com/ver.php?ID=7786 (ahora offline)

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